GINÉS CARRASCOSO

Otto

Otto trabajaba como vigilante para el área del municipio de  Torcello.  Tenía que recorrer los canales patrullando algunas zonas en los alrededores de Venecia, y entre ellas, el área de Sant Ariano. No es que le apasionara el trabajo, pero era un trabajo, y el salario no estaba mal. Quizás lo peor eran los horarios, ya que a menudo navegaba entrada la noche.

Finalizaba la ronda en  las instalaciones de la vieja refinería, y puso rumbo hacia  el cementerio viejo. Se sentía satisfecho.  Hacía ya un buen rato su cabeza sólo pensaba en una cosa, una buena ducha que incluiría sofá y cerveza. Se dispuso para iniciar la maniobra de regreso. Despacio, aminoró la velocidad de la embarcación, y comenzó a dar la vuelta justo ante el acceso a la entrada del osario. En ese instante le pareció ver algo en los matorrales de la orilla. Enfiló la embarcación y rastreó la zona con el foco. No había nada. Probablemente ratas, pensó. No era la primera vez que las veía merodear por las orillas de aquella zona. Rastreó de nuevo en sentido contrario, y otra vez observó un extraño movimiento, como si algo o alguien hubiese atravesado el haz de luz en la orilla.  Demasiado grande para una rata.

Sopesó las opciones. Dar media vuelta y hacer la vista gorda. O informar de la anomalía en el parte de trabajo. Lo que significaría volver al día siguiente, para realizar las comprobaciones posteriores a la incidencia.
¡Maldita sea! No pensaba volver en su día libre. Sin dejar de iluminar la entrada del antiguo cementerio veneciano. Acercó la embarcación. Cogió su linterna y tocó la culata del arma con los dedos. Sin duda esta comprobación le iba a suponer un retraso así que envió un whatsapp al teléfono de guardia,

“Comprobación de movimientos anómalos en Sant Ariano. No estoy seguro de lo que he visto. Me ha parecido que había alguien. Es posible que no sean más que gamberros.”

Amarró la embarcación y caminó hacia la desvencijada cancela alumbrando con la linterna. Maldita sea pensó, pero quien cojones andará por aquí a estas horas, vamos es que este no es sitio ni para… Comprobó que la cadena y el candado habían desaparecido y la puerta estaba ligeramente abierta. Alumbró al antiguo recinto, en donde reposaban cientos de almas. A su alrededor, algunas tumbas, cruces y montones de arena. Y sobre todo escombros y maleza. Al fondo varios panteones y a su lado la vieja iglesia.

Dudó y miró hacia la embarcación cuyos focos alumbraban el camino hasta su posición. Volvió a alumbrar dentro y suspiró, mientras apoyaba la mano en el viejo metal y entraba en el cementerio.  La escena sobrecogía si uno se dejaba llevar. Normalmente mantenía a raya sus emociones pero aquella atmósfera, porqué no decirlo, fantasmal, le estaba poniendo a prueba.
Caminó entre la maleza y enfocaba su linterna a un lado y al otro al tiempo que se cuidaba de no invadir ni molestar a ninguno de los inquilinos del viejo camposanto. Avanzaba en dirección a la iglesia, cuando algo junto al muro de la entrada atrajo su atención.  Los goznes del viejo portón chirriaron por un momento y se detuvo alarmado. Enfocó la linterna y observó la puerta entreabierta. Su aplomo empezaba a desfallecer y tuvo conciencia de la pistola en su cinturón.

⎯ ¿Quién anda ahí?
⎯ ¡Eh! Esto es un propiedad privada…
⎯ Vamos ¡salgan!

Intentaba mostrarse autoritario. Necesitaba terminar con todo aquello para marcharse a casa. No recibió respuesta alguna. Estaba junto a la puerta de la Iglesia. Sacó definitivamente la pistola y empujó la puerta con el pié. La oscuridad era máxima. Recorrió el interior con la linterna. Un pequeño vestíbulo, algunos bancos, y dos grandes columnas que había caído sobre el pasillo central. Al fondo lo que quedaba de otra puerta, parecía dar acceso a la nave principal del templo.

Algo rodó por el suelo y el corazón le dio un vuelco. Instintivamente dio un paso atrás cuando… a punto estuvo de disparar apuntando a… ¡Maldita sea! Una rata, un gato, no había tenido tiempo más que de ver como se escabullía tras una losa de mármol. La situación estaba rebasando límites y empezaba a incomodarse por decirlo de alguna manera. Volvió a escudriñar el interior con la linterna mientras caminaba hacia atrás visiblemente nervioso. Dirigía la luz en todas direcciones, incluso a su espalda, y se movía lentamente.

En ese momento un sexto sentido, algo inexplicable, alguna señal de alarma estalló en su cabeza y giró sobre sus talones al tiempo que una sombra, alguien, algo bloqueó la entrada.

– Pero…¿Qué?…

No lo dudó, sintió el peligro, advirtió el ataque y disparó. El estruendo del balazo rebotaba en las paredes de su cerebro que ahora, se afanaba por detener algo de flujo sanguíneo para no perder la sensación de conciencia. La cascada de sangre hacía las venas del cuello amenazaba seriamente con colapsar el resto de órganos,  y mientras hincado de rodillas se preguntaba donde demonios estaba la linterna, a qué había disparado y porqué cada vez se sentía más débil. Tenía la sensación de estar levitando por encima de sí mismo,  mientras veía su cuerpo con aquel ser succionándolo, zarandeándolo, vaciándolo. Cerró los ojos, después, silencio.

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