LOLA BARNON

La semana siguiente

1

El fin de semana lo pasamos básicamente, follando. Nico estaba literalmente encantado con lo sucedido esa tarde del jueves entre Jorge y yo. El domingo por la noche, tras cenar y cuando estábamos tranquilamente en la cama, ya, más calmada, pude preguntarle sobre aquello.

—¿De verdad que no te importa?

—No solo no me importa, sino que me encanta. Esa mezcla de celos y de excitación, de pensar que estás con él, me hace desearte con más fuerza. No te imaginas lo que me puede llegar a excitar esto.

—¿Y los celos? Me dices que tienes, pero no te importa que te cuente las veces que se la he chupado, dónde hemos follado, cómo me he corrido…

—Tengo unos celos enormes, pero me puede la excitación que me produce saber que estás o has estado con él follando. No te puedo explicar mejor el tema…

—Pero son cuernos… y bien puestos, Nico —le dije, temiendo que aquello lo enfadara.

—Sí, la verdad es que sí… —me sonrió con tranquilidad—. Son unos cuernos de cojones… Pero en verdad, yo no lo veo así. Me gusta lo que haces, ¿cómo voy a enfadarme si fui yo quien te lo propuso?

—¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —dije unos segundos más tarde, procesando lo que mi novio me acababa de decir.

—¿Ahora? Puedes follar con él cuando quieras…

—¿Más? —Le dije abriendo los ojos como platos.

—¿No te gustaría volver a verlo?

No sabía qué responder. Si decía sí, significaba que me había gustado mucho estar con otro y aunque Nico me dijera que no pasaba nada, temía por su reacción. Pero si decía que no, me daba miedo frustrarlo. Decidí ser sincera, aunque no tomara claramente partido.

—Vamos a ver… Entiéndeme. Fue un experiencia brutal, excelente, por lo que visto desde ese punto, y que a ti no te importa, sí me gustaría volver a verlo, la verdad… Pero por otra parte me da miedo.

—¿Miedo a qué?

—Nico —le miré sorprendida—, estamos hablando de follarme a un tío… Otra vez —remarqué.

—Por eso… Ya lo conoces. Te sería más fácil.

—¿De verdad quieres que me lo vuelva a follar? —no daba crédito a mi novio.

—Sí, claro que sí, preciosa. Es un buen tipo y me he informado de él.

—¿Informado? —volví a quedarme de piedra.

—Sí. Es sano, no tiene antecedentes y nunca ha tenido problemas en su trabajo. Ni de modelo, ni cuando estuvo empleado en el departamento de marketing de una empresa de seguridad, y trabaja, no solo de escort

—¿Trabaja…? Pero bueno, me dejas alucinada… ¿Cómo sabes tanto de él?

—Me he informado, preciosa. No te iba a traer panga, cuando tú eres caviar.

—¿Y a qué se dedica?

—A eso…

—¿A qué?

—Al caviar… —mi chico sonrió con ganas.

—¿Al caviar? ¿Trae caviar ruso, iraní…?

—No… Americano. De California. Un amigo ha invertido dinero allí y él lo está vendiendo a algunos restaurantes y tiendas gourmet de Madrid.

—Joder… —susurré.

—¿Ves como es un buen tío? ¿Entonces quieres volver a verlo?

—No sé Nico… lo del otro día estuvo bien… Pero me da cosa…

—Bueno, lo vemos tranquilamente mañana. Ahora, preciosa, me has vuelto a poner a tope —me dijo acercándose y buscando mi vientre y mis tetas.

Fue el décimo polvo del fin de semana. Nunca habíamos follado tanto, la verdad, pero lo cierto era que él me lo hizo mejor que el resto de días y yo me notaba más atrevida y dispuesta. Veinte minutos más tarde, ambos desnudos, respirábamos agotados tumbados boca arriba.

—Vas a acabar conmigo… —le dije sonriendo de satisfacción.

—Por hoy ya está bien, que mañana tengo mucho lío en el despacho. —Me dijo—. Pero quiero que sepas que seguiría preguntándote para volver a excitarme. No pararía de follar contigo, hasta que se me cayera la piel de la polla a tiras…

—¿Tanto te pone?

—Ni te lo imaginas…

Yo también me dormí pronto, pero me quedé intranquila. No había sido totalmente sincera. Sí, tenía miedo, pero me había gustado mucho follar con Jorge, y si mi chico no me ponía trabas, ¿por qué no probarlo de nuevo? Era aquella duda la que me atormentaba. ¿Cómo podía recordar a un tío con el que había estado follando, mientras estaba enamorada y quería a mi novio? ¿Se podía ser tan golfa?

2

El lunes cuando fui a trabajar, me encontré con un ramo de rosas sin tarjeta. ¿Quién era? ¿Nico, o se le habría ocurrido decirle a Jorge dónde trabajaba y convencerlo para que me enviara rosas? En el fondo, me excitaba la idea de que fuera él pero no me olvidaba que era un escort, un profesional de esto y que lo del jueves no había sido nada más que un trabajo. Un buen trabajo, ciertamente.

Fui la comidilla de la agencia y todos especularon con quién era mi admirador secreto. Hubo hasta una especie de apuesta. Y se barajaron nombres y posibilidades: desde uno de los guardias de seguridad del edificio que siempre se mostraba muy galante conmigo, hasta el director de la agencia de seguros y reaseguros que teníamos dos plantas más abajo y que en su momento, se había empeñado en que fuera yo quien les llevara la cuenta. Uno de los creativos gays, de los más osados y víboras, dejó caer que también podía ser una mujer. Yo las puse en la mesa que ocupaba, tan contenta y sin querer saber muy bien quién de ellos había sido.

Sin decir nada a nadie, fisgoneé un poco por la información de la empresa de escorts, intentando saber algo más de él. Pero no encontré su ficha. O no la habían mandado o no trabajaba en esa empresa. Me quedé mosqueada, la verdad.

A la hora de la comida, quedé con una amiga que trabajaba en un banco en la misma zona de Madrid que yo. Cinco o seis días atrás me hubiera parecido una comida normal de chicas, donde nos contábamos nuestras cosas, las manías de los chicos, tal o cual cosa de esta o de aquella, pero ese día estaba distraída, despistada. Me revoloteaba aun lo sucedido el jueves en mi casa, la reacción de mi chico y los diez polvos que habíamos echado el fin de semana. Que si sumaba los tres del jueves, dos con Jorge y uno con Nico, hacían la cifra de doce más uno en cuatro días. Todo un récord.

Cuando llegué a casa le pregunté a Nico por las flores, pero solo me sonrió y me dio un beso, por lo que no me sacó totalmente de dudas. Pensaba que había sido él, pero no las tenía todas conmigo. No volví a insistirle y dejé que mi imaginación volara desde mi novio hasta a Jorge.

Llegó el martes y pasó el miércoles. Tuve mucho trabajo que me hizo estar más distraída y pensé menos en lo sucedido el fin de semana y el lunes.

Pero llegó el jueves de nuevo.

A media mañana me entró un Whatsapp de un número desconocido.

(Número de teléfono)

«Hola. Cómo estás?»

El corazón me latía deprisa. Nunca me había sucedido esto, ni cuando era adolescente. Siempre había tenido chicos a mi alrededor, y tampoco había sido muy mojigata. Cuando empecé con Nico, yo ya había estado con varios hombres. No es que fueran muchos, pero no podía quejarme. O al menos, y según comentaban mis amigas, estaba por encima de la media.

Número de teléfono

«Te has quedado muda?»

Mamen

«Quién eres?»

(Número de teléfono)

«Jajajaja…

un admirador secreto»

 Mamen

«Me enviaste tú las flores?»

(Número de teléfono)

«Sip. Te gustaron?»

Mamen

«La verdad es que sí… pero quién eres?»   

En ese momento ya estaba totalmente segura de que no había sido Nico… La idea de que hubiera sido Jorge, empezaba a gustarme. No sabía mucho de escorts, pero entendía que no debía ser muy normal enviar un ramo de flores… 

        (Número de teléfono)

«Piensa un poco…» 

Mamen

«No caigo… Dime algo!!»       

        (Número de teléfono)

«Te gusta el gintonic con fresas…»

Era Jorge definitivamente. Mi corazón se aceleró y empezó a latir con fuerza, como el de una colegiala. ¿Pero qué me estaba pasando?

        Mamen

        «Jorge?»

(Número de teléfono)

«Sí. Estoy por tu zona.

Tengo que ir a Pencho Cortés.

        Te invito.

A las dos.

No me falles, porfa»

Iba a contestar algo como que no puedo, tengo trabajo, no me da tiempo… Pero me quedé con los dos dedos pulgares en el aire, sin teclear nada. Decidí no responderle. Tampoco sabía si debía ir.

        Le puse un mensaje a Nico, pero no me contestó. Lo miré varias veces, pero seguían sin aparecer los dos ticks azules. No me había leído el mensaje. Recordé que estaba en una obra y que muy posiblemente no llevara el móvil.

        Lo llamé. No me contestó. No sabía qué hacer. Por una parte, sinceramente, me apetecía volver a ver a Jorge. Y cuando digo ver, me estaba refiriendo a eso, justamente a verlo. No a desnudarme ante él. Por lo menos, en un restaurante.

        Entré en la página web de Pencho Cortés. Era uno de los restauradores y cocineros de moda, de cubierto superior a los ochenta o noventa euros y donde muchos famosos se dejaban ver. Me miré el reloj. La una. Aun quedaba algo de tiempo, pero mi novio no me respondía al mensaje que seguía con los dos ticks en gris.

        A las dos menos veinte me fui de la oficina y cogí mi coche. Le dije a Conchita, la secretaria de mi jefe, que me encontraba mal. La regla y esas cosas. Inconscientemente, no pensaba volver al trabajo. Afortunadamente, ninguno era demasiado complicado de convencer y tanto una como el otro, me tenían por buena trabajadora. No había faltado nunca y se fiaban de mí.

        Llegué al restaurante con el corazón a cien.

        —Buenos días. ¿Tiene reserva? —un maître joven, de aspecto pulcro y refinado me sonreía.

        Recordé que no sabía el apellido de Jorge, quizá no fuera este ni siquiera su nombre real.

        —Me están esperando. Es un caballero rubio…

        —Acompáñeme. Está ya sentado.

        La sonrisa y la facilidad con que había pasado el primer escollo me hizo envalentonarme. Iba vestida de oficina. Moderna, pero nada que ver con el modelito floral del jueves. Un pantalón tipopalazzo, amplio, de pata ancha, una camisa blanca ligera, varios colgantes de bisutería barata pero efectiva y un chaleco de hombre a cuadros. Que me entallaba y me sentaba estupendamente. Me alegré de haberlo elegido ese día. La cazadora ligera descansaba plegada encima de mi bolso amplio de bandolera.

Enseguida lo vi. Estaba hablando por teléfono y el maître me llevó hasta la mesa que ocupaba Jorge. Se levantó, pero siguió hablando en inglés con alguien. Tenía un buen acento y la conversación era fluida. No era bilingüe, pero lo hablaba con bastante soltura. Hice por no escuchar. Era algo de un pago en dólares…

        Colgó rápidamente y me miró sonriente. Me dio dos besos en las mejillas. Olía a colonia varonil. Tabaco y cuero, me dije.

—Hola. Me alegro de que hayas venido. Que sepas que esto no es trabajo… Me refiero a que yo me alimento como todos los mortales, y me gusta hacerlo bien. Me apetecía verte, Mamen. —Y me largó una de sus sonrisas perfectas y tremendamente atractivas.

        No sabía si me mentía. Pero en ese momento, viendo aquellos dos ojazos azules como luminarias que me miraban y me decían aquello, me sentí una especie de princesa. No sé si los escorts hacen esto con sus clientas, pero al aparecer, ni me importaba. Pero él sí lo estaba haciendo conmigo.

        —No he podido hablar con mi novio… —me excusé sin saber muy bien lo que estaba diciendo ni lo que significaba aquella frase dirigida a Jorge.

        —No pasa nada. Nico es un tipo estupendo. Lo entenderá.

        —¿El qué entenderá?

        —Que estemos comiendo tu y yo.

        —No va a pasar nada más, Jorge —le dije sonriendo y negando con la cabeza—. No te puedo mentir y lo de la semana pasada estuvo genial. De verdad que muy bien… Disfruté mucho, pero… —confesé bajando la voz y mirando hacia los lados, dejando inacabada la frase.

        —Me alegro mucho de que te lo pasaras bien. De verdad, te lo prometo. Y no pretendo que suceda nada. Ya sabes que lo quieras que hagamos, es cosa tuya. Lo decidirás tú. Siempre…

        —Me gustas mucho… eres como un muñeco —susurré con un mohín de fastidio. Luego me mordí el labio inferior, como una adolescente—. Pero tengo novio. Vivo con él….

        —Mamen, disfruta de la comida. Piensa en mí como un amigo.

        —No puedo —volví a mirar a los lados y a sonreír—. Yo no follo con mis amigos —dije bajando de nuevo la voz y acercándome a él.

        —Pues no pienses y relájate —volvieron a salir a relucir sus dientes perfectos, blancos y esa sonrisa franca, espaciada y amplia—. ¿Te gusta el caviar?

        —Sí, me gusta mucho… Sé que lo importas —le dije para intentar impresionarlo.

        —Eso es que te has interesado por mi… Me halaga mucho, sinceramente.

        —Buenos, es lo menos, después de lo del jueves… No acostumbro a hacer eso.

        —Lo sé. Y no te preocupes por mí. Soy discreto, vivo de serlo.

        —¿No decías que importabas caviar…? —le dije con intención.

        —Y así es… Pero también, me dedico a esto.

        —¿Por qué? ¿No prefieres trabajar en lo del caviar?

        —Sí, pero tengo que pagar facturas. Y ahorrar para cuando sea mayor y ya no pueda disponer de esta carrocería.

        —Que es un cañón… —suspiré, lo que hizo que él se riera echando la cabeza hacia atrás.

        —Gracias. Me encanta que me piropees.

        —Debería ser al revés…

        —Tienes razón. Eres una mujer espectacular. En todos los sentidos.

        —Me vas a sonrojar…

        —No creo. Se lo habrás escuchado a muchos tíos. Y aunque suene a disculpa, yo ya te había dicho unas cuantas veces que eres muy guapa y tienes un cuerpazo. Y que me gustas. ¿Qué me queda?

        —Decirlo en serio.

        —¿Y por qué piensas que no lo hago? ¿Tú te crees que yo me voy con cualquier que me solicita? Te aseguro que no…

        —Discúlpame Jorge —temí haberlo ofendido—, no pretendía decir eso.

        —Tranquila, no me has molestado. Solo te quiero decir que aunque tu chico me llamara, yo también te elegí a ti.

        Sonreí halagada.

        —¿Estás o ves a alguien más? Me refiero con regularidad… —la pregunta me salió sola. Sin pensarlo— Me refiero a… como yo. —Me sentí un poco ridícula.

        No me contestó. Solo sonrió ampliamente y llamó al camarero.

        —Caviar para dos y un pescado a la plancha. Aquí hacen muy bien el atún y estamos en temporada. ¿Te parece bien?

        —Sí, fantástico.

        Comimos, bromeamos y nos lo pasamos realmente bien. Jorge se tomó una copa de vino blanco y la mitad de una segunda. Yo fui la que llevé el peso en aquello y me tomé casi cuatro. El vino hizo que me relajara y me riera con lo que Jorge me contaba. Era un buen conversador, con multitud de temas y con evidente don de gentes. Me sorprendió que estuviera al tanto no solo de economía, sino de política, cine, libros o tendencias de moda. A ambos nos gustaba el Real Madrid, al contrario de Nico que era un acérrimo seguidor del Atlético.

        Llegamos a los postres.

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