SARA LEVESQUE

Hoy hice la prueba de salir de casa sin reloj, condenando la inocencia de la muñeca correspondiente. A veces es la diestra, como si dominar el instrumento capaz de medir el tiempo en un brazo tan dictatorial me saturara de autoridad; en realidad, percibí cierta Libertad, porque mi brazo ya no poseía capacidad de señalar, sino de ayudar. A veces es la siniestra, y con ese tenebroso matiz suena la melodía de las vértebras de mi cuello al buscar qué minuto es en este trance con ansiedad, como interrogando al momento por su edad.

No me incomoda el reloj sino su observación. Sustituí ese control del reloj de pulsera por una pulsera de bolitas de madera con colores descontrolados. Ignoro ese gozo por el tiempo si siempre he sido un jodido desastre, o un desastre jodido por el gobierno del tiempo. Hoy cumplí esa condena rompiendo la correa y me liberé de sus particulares cadenas. Es mucho mejor un reloj mudo con la muñeca al desnudo. Bastante crudo es fichar ante un descomunal TPV como si fuéramos pelotudos. Ser siervos de un aparato que te marca la hora de ir a engullir el almuerzo que se ha quedado crudo, salir de trabajar cabizbajo y chepudo, cuándo puedes ir al baño para calmar los retortijones de tu estómago e intentar deshacerte el nudo y hasta en qué momento debes rascarte el felpudo.

Ya no me ahoga no saber qué hora es, solo me importa el intervalo que exprimo viviendo; ya no me cuestiono tantos porqués, existo mucho mejor riendo a tiempo. ©

Un comentario sobre “Reloj de pulsera

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