LOIS SANS

Pronto me di cuenta de que a Fran no le importaba lo más mínimo, era un depredador nato que se lanzaba detrás de cualquier chica y, parece ser, que tenía mucho éxito, todas estaban coladas por sus huesos. Así que decidí aparcar el tema de los chicos, me estaba mentalizando de que el hombre perfecto no existía, al menos en la adolescencia, por lo que, a partir de ahora, sería independiente.

Reconozco que siempre he sido muy enamoradiza, sin embargo, después de Fran no conocí a ningún chico tan guapo y apuesto como él, así pues, aunque mi imaginación volaba cada vez que conocía algún apuesto muchacho, no duraba demasiado y mis experiencias sexuales quedaron frenadas, de momento.

Cuando terminé mis estudios en el colegio de monjas mis padres me convencieron de que debía prepararme para unas oposiciones en el Departamento de Justicia. Ellos estaban convencidos de que ser funcionaria era la mejor opción para una señorita.

Así pues, les hice caso, me concentré en ello y me presenté a las oposiciones, consiguiendo una buena nota que me permitió escoger dónde quería trabajar y, al poco tiempo me adjudicaron como auxiliar administrativa del departamento penal.

El primer día de trabajo, Asunción se encargó de presentarme a todas las compañeras, mientras me explicaba, riendo, que en este departamento todo son mujeres, a excepción del jefe, que estaba a punto de jubilarse. Mi tarea sería rellenar expedientes a máquina y archivar, lo que me llevó a pensar que era un aburrimiento, teniendo en cuenta que a mí siempre me habría gustado estudiar Química y formar parte de un departamento de investigación.

Debido a que nuestro jefe, el Sr. Pérez, estaba a punto de jubilarse, se estaba especulando sobre quién sería su sustituta y todas las apuestas apuntaban hacia la Sra. Rodríguez, que llevaba trabajando allí desde hacía más de veinte años. Sin embargo, justo una semana antes de la jubilación, justo antes de terminar con nuestra jornada laboral, nos reunieron en una sala y nos presentaron al sustituto del Sr. Pérez.

Era Abel Santos, veinticuatro años, con la carrera de Derecho, había pasado unas oposiciones para ese puesto en concreto y sería nuestro nuevo Jefe de Departamento. Abel, además de guapo y simpático, era tierno y firme a la vez, con dotes de líder y, con el tiempo todas suspiramos por él, incluso la Sra. Rodríguez a quien le había quitado el anhelado ascenso.

Debido a mi carácter enamoradizo, caí rendida a sus pies cuando me pidió que le buscase unas carpetas en el archivo y al llevárselas a su despacho me ofreció un donut y un café, mientras me pedía que me sentase frente a él.

No podía dejar de observarle, su cara angelical le hacía parecer un niño, con el pelo liso, rubio, su flequillo caía sobre sus grandes ojos castaños y el hoyuelo de la barbilla le otorgaba la simpatía que tenía.

Me sentía incomoda, sentada frente a él con un café y un donut encima de la mesa hasta que levantó la vista de los documentos que le acababa de entregar y clavó su mirada en la mía haciéndome estremecer.

Luego hizo unas anotaciones en su agenda y, mirándome de nuevo, propuso:

  • ¿Qué te parece si al salir vamos a comer a ese restaurante que hay al otro lado de la acera? Me han dicho que hace un menú muy bueno. Invito yo.
  • Vale – acerté a contestar notando que me temblaban las manos.

Y esa fue la primera de las muchas citas que siguieron, casi cada día me invitaba a algo, quedábamos para comer, cenar, ir al cine o a pasear, siempre tenía un pretexto para que saliésemos juntos y las compañeras ya murmuraban.

Recuerdo que siempre fue muy formal, se portaba como un caballero, atento y educado, hasta que una noche que me había invitado a cenar me pidió que fuésemos novios. Y al acompañarme a casa me besó, apasionadamente, por primera vez, mientras pensaba que, seguramente, este era el hombre perfecto.

Un domingo me invitó a comer con sus padres, hermanas, cuñados y abuelos, una familia encantadora. Mis padres no quisieron ser menos y también le invitaron un domingo a comer y quedaron prendados de su buena educación, simpatía y amabilidad. Mi madre no paraba de decirme:

  • No dejes que se te escape, es un buen partido, joven, guapo, con empleo fijo y un buen sueldo. Estoy segura de que cuidará muy bien de ti. Es el hombre perfecto.

Nuestra relación fue progresando lentamente, él siempre estaba pendiente de mí, era muy detallista, siempre tenía un motivo para regalarme flores o bombones, nunca descuidaba las fechas importantes, sin embargo, a mí me parecía que no ponía mucho empeño en que progresara nuestra relación sexual, seguíamos besándonos, me acariciaba la espalda, el pelo, la cara, pero nunca se atrevió a tocarme los pechos, por lo que, un día que estábamos contándonos confidencias osé preguntarle:

  • ¿Tú me deseas?
  • Por supuesto que te deseo. Eres guapa y sexy. ¿Por qué lo preguntas? – dijo mirándome sorprendido.
  • Bueno, verás, no sé cómo decirte esto, nunca has intentado tener relaciones sexuales conmigo – expliqué un poco nerviosa porque no sabía cómo se lo tomaría.
  • Claro que tengo ganas de hacer el amor contigo, sin embargo, opino que una buena chica debe llegar virgen al matrimonio – contestó sonriendo mientras me abrazaba y besaba como si quisiera compensarme – Por qué tú eres virgen, ¿verdad? – aprovechó para preguntar.
  • Claro – contesté sin dar más explicaciones.

Para celebrar que llevábamos seis meses juntos me invitó a cenar a un romántico restaurante con vistas al mar. A la hora de los postres, el camarero nos dejó un pastel de chocolate con seis velas encendidas y un pequeño paquete envuelto en un brillante papel de color rojo. Primero me obligó a soplar las velas, luego abrí el regalo y encontré un precioso anillo de brillantes, que me colocó en el dedo mientras me preguntaba si quería casarme con él.

Mis padres estaban entusiasmados, sobre todo mi madre, que se puso en contacto con la suya y se encargaron de organizar la ceremonia y el banquete. Él se ocupó de preparar la luna de miel y yo, con la ayuda de mis amigas, me preocupé de buscar el vestido de novia ideal.

Tres meses más tarde, el día en que cumplía veinte años, mi padre, vestido con un elegante traje gris y corbata azul me acompañaba al altar, ante la emocionada mirada de mi madre. Lo celebramos en el mismo restaurante donde me pidió que nos casáramos.

De ese día tan especial tengo recuerdos entremezclados, como el tráiler de una película, veo a Lucía ayudándome con el vestido, a mi madre, colocándome el colgante de la abuela mientras me decía:

  • Este colgante lo llevo la abuela cuando se casó y luego me lo entregó a mí cuando me casé con tu padre, ahora yo te lo pongo a ti para que algún día se lo pongas a una hija tuya. Te daré un pequeño consejo para la noche de boda, puesto que es un momento muy especial, sobre todo para el hombre al que le entregarás tu virginidad. Tú no tienes que hacer nada, deja que sea él quien lleve la iniciativa para que pueda ser feliz, porque un hombre feliz no da problemas.

También recuerdo cuando llegó Quique, el mejor amigo de Abel, para entregarme un ramo de rosas blancas mientras leía un precioso poema de amor. Me besó en la mejilla diciendo:

  • Sé que Abel te quiere mucho y cuida de ti, pero si algún día te falla, búscame porque yo siempre te estaré esperando.

En aquel momento no comprendí demasiado bien ni el discurso de mi madre ni el de Quique, aunque los entendí cuando llego el momento adecuado. Los recuerdos que tengo más claros de ese gran día son el momento en que mi padre me acompañó al altar hasta llegar al lado de Abel, que me esperaba elegantemente vestido con un traje negro y pajarita gris plata, esperándome sonriente y nervioso. También el momento en que nos pusimos los anillos y el cura dijo eso de “os declaro marido y mujer”.

Cuando acabó el banquete, una limusina nos llevó al aeropuerto y volamos a La Habana, donde estuvimos cuatro semanas de luna de miel.  De ese viaje también tengo recuerdos sueltos como si se tratase de otro tráiler de una película.

A pesar de que había soñado que la primera noche sería especial y que la recordaría toda mi vida, una vez pasada desee olvidarla para siempre, porque Abel era detallista, educado, atento y delicado, en cuanto al sexo, aparte de ser inexperto, estaba claro que para él no era importante para la relación de pareja.

Recuerdo la suite de un hotel de cinco estrellas en la parte vieja de La Habana, con una terraza en el último piso con piscina y una vista panorámica de la ciudad. Recuerdo que cuando llegamos a la habitación mientras me ponía un camisón sexy en el baño, él se estiró en la cama y lo encontré durmiendo a pierna suelta. Un poco decepcionada me metí en la cama y dormí hasta que él me despertó porque teníamos que ir a comer.

En el hotel todos nos miraban y decían que éramos la pareja perfecta, guapos, jóvenes y enamorados. Y por fin llegó el momento tan temido y esperado, cuando perdí la virginidad. Habíamos cenado en un restaurante típico, luego paseamos por la ciudad vieja y cuando llegamos frente a la puerta de la suite, me cogió en brazos, luego me depositó suavemente encima de la cama, me besó, me quitó la ropa, rozó mis pezones con la yema de los dedos, como si temiese tocarme y después se desnudó, con prisas, como si temiese que se acabase el tiempo. A continuación, se colocó encima de mí y me la metió dentro, sin más, sin preocuparse de averiguar si estaba preparada, por lo que fue bastante doloroso. Luego empezó a moverse, primero lentamente y luego, cada vez más deprisa, hasta que eyaculó. Aún encima de mí, me dijo al oído:

  • Gracias por entregarme tu virginidad, yo también era virgen. Nos hemos estrenado los dos.

Con un nudo en la garganta intenté sonreír, aunque estaba decepcionada, aunque intenté pensar que, tal vez, la próxima vez iría mejor. Se estiró a mi lado y se durmió enseguida, dejándome frustrada y escocida.

A parte de las relaciones sexuales, el resto del viaje fue fantástico, no escatimo en gastos, por lo que visitamos muchas ciudades, también hicimos excursiones a caballo, navegamos en velero y nadamos en el océano.

Cuando volvimos a casa, aunque solo habíamos mantenido relaciones sexuales unas pocas veces, estaba embarazada. Muy feliz porque íbamos a ser padres, me convenció para que cogiera una excedencia de dos años y, como al cabo de este tiempo volvía a estar embarazada, decidimos que lo mejor era ampliarla a dos años más y así me fue convenciendo para que no me incorporase a la vida laboral, aunque a mí me gustaba más cuidar de mi familia que trabajar en los Juzgados.

Mientras tanto a él lo fueron ascendiendo por lo que tenía un buen sueldo y un horario que le permitía compaginar la vida laboral y familiar. Cuando nació nuestra tercera hija Berta, compró una casa con jardín y piscina y nos trasladamos.

Siempre fue un buen compañero y un padre fantástico, recuerdo que él se ocupó de todo cuando a Isabel le diagnosticaron una otitis aguda con la cual tuvo una pérdida auditiva que la llevo a la necesidad de llevar un audífono.

Cuando Clara fue ingresada de urgencia por una apendicitis, él estuvo siempre a su lado y al mío, sobre todo animándome cuando entró en el quirófano con solo siete años.

Y con Berta tuvo la paciencia de llevarla al psicólogo cuando le diagnosticaron hiperactividad, una enfermedad difícil de detectar en aquella época.

Pasaron los años volando, primero cuidando de las niñas, que luego estudiaron en la universidad hasta que volaron del nido para casarse y formar su propia familia, quedándonos solos en esa gran casa con jardín, por lo que decidimos venderla para trasladarnos a un piso de sus padres, en la ciudad.

Fue cuando estaba a punto de jubilarse cuando le detectaron una enfermedad degenerativa. Empezó perdiendo fuerza en algunos músculos hasta que le fallaron las piernas y acabó sentado en una silla de ruedas. Aconsejada por los médicos y apoyada por mis hijas, decidimos que internarlo en un Centro especializado, donde podíamos visitarle cada día y estaría bien cuidado.

Cada día, por la mañana, iba a visitarle, le leía sus libros preferidos y le hablaba de nuestros cuatro nietos y dos nietas, aunque, he de reconocer, que era muy duro enfrentarme a su pérdida muscular, cada vez más grave y también a la pérdida de memoria que le hacía parecer muy vulnerable.

Nunca me había planteado si existen las casualidades hasta que un día de lluvia, cuando salía de casa para ir al Centro, paré un taxi al mismo tiempo que un hombre en la acera de enfrente y los dos nos metimos dentro, uno por cada puerta. Cual sería mi sorpresa cuando me encontré a Quique, el mejor amigo de Abel, el cual había desaparecido de nuestras vidas porque se fue a vivir a Alemania.

Nos miramos sorprendidos y aliviados. Torpemente nos besamos en la mejilla y decidimos ir a una cafetería para ponernos al día.

  • Cuando terminé mis estudios de ingeniería me fui de vacaciones a la Selva Negra, donde conocí a Astrid, una bióloga que me ofreció su corazón y un trabajo en la empresa de su padre. Nos casamos y nos quedamos a vivir en Friburgo hasta que hace cuatro años Astrid murió en un accidente de coche. Al principio me quedé a vivir allí, todos eran muy amables y me apoyaban mucho, sin embargo, una parte de mí me pedía volver a mi ciudad natal, así que cuando me jubilé decidí volver a casa – explicó mientras me cogía una mano y la acariciaba lentamente.
  • ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida? ¿Todavía estás con Abel? – preguntó.
  • Nosotros tuvimos tres hijas, que ahora están felizmente casadas y nos han hecho abuelos. Hace algunos años que a él le diagnosticaron una enfermedad degenerativa. Al principio le cuidaba en casa, pero cada vez me era más difícil y me aconsejaron que lo internase en un Centro especializado, donde voy cada día a explicarle las novedades o, simplemente, a hacerle compañía. Ahora mismo iba a verle – explico también a modo de resumen.
  • Oye ¿no crees que esto es una señal? – me pregunta cogiendo mis manos entre las suyas.
  • ¿Una señal? ¿Cuál? – pregunto haciéndome la tonta para que me explique mejor que quiere decir.
  • Pues encontrarnos ahora, de repente, después de tantos años sin saber nada uno del otro. Hace un mes que he vuelto, me han hecho la jubilación anticipada, así que dispongo de tiempo y dinero. Tú tienes a tus hijas independizadas y Abel está fuera de juego. Ahora es nuestro momento. Recuerdo cuando te entregué el ramo de novia, después de recitarte una poesía te dije al oído que si me necesitabas siempre estaría disponible para ti. Aún podemos ser felices – explicó entusiasmado acariciándome las manos suavemente.
  • Pero yo todavía estoy casada con él – intenté protestar mientras miraba su pelo cano, unas pequeñas arruguitas en el contorno de la boca y un brillo en la mirada que lo hacía rematadamente sexy.
  • Claro que estás casada con él, pero no puede ejercer como marido. Deja que cuide de ti mientras tu cuida de él – propuso con una sonrisa franca.
  • No sé, ya veremos – dije nerviosa mientras no dejaba de acariciarme las manos haciéndome estremecer.
  • Me gustaría ir a verle – planteó a continuación.
  • Por supuesto, el día que te vaya bien me lo dices y vienes conmigo – respondí con una sonrisa, dejando que continuase su masaje en mis manos, haciéndome sentir realmente bien.
  • Dame tu número de móvil – ordenó dejándome las manos y cogiendo su teléfono.
  • 636 43 20 30 – contesté sin pensar.
  • Apunta el mío: 689 98 93 99 – siguió ordenando.

Después de grabar su número de teléfono, me levanté diciendo:

  • Se ha hecho tarde, casi es la hora que le dan la comida a Abel. Debo dejarte.
  • Podríamos ir a comer juntos y luego vamos a verle. Me encantaría pasar un rato con él – propuso.

No sé porque no pude negarme, así pues, fuimos a comer a un restaurante y luego a visitar a Abel. Estuvimos los tres hablando, intentando hacerle recordar experiencias que vivimos juntos hasta que nos echaron porque era la hora en que los internos debían cenar.

Al salir cogimos un taxi que nos dejó en una calle estrecha del barrio viejo de la ciudad, delante de un edificio antiguo de cuatro o cinco plantas, aunque tenía una amplia entrada y disponía de ascensor. Cual sería mi sorpresa cuando el ascensor paro en la última planta y al abrir la puerta entramos en el recibidor de su ático, reformado, con muebles minimalistas, muy modernos, tal vez demasiado para mi gusto.

En un momento preparamos una cena informal que tomamos en la terraza, bajo las estrellas, iluminados por centenares de velas blancas dispuestas alrededor de las macetas y jardineras que adornaban la azotea.

Abrió una botella de cava, brindamos por el encuentro, por nosotros y por nuestro futuro, por lo que, sin darme cuenta, iba perdiendo la noción del tiempo. No sé exactamente cómo ni cuando llegamos a su habitación, besándonos apasionadamente, mientras íbamos perdiendo la ropa por el camino.

Desnudos, piel con piel, nos estiramos en su enorme cama redonda. Después de besarnos apasionadamente en la boca, jugueteo con su lengua en mis pezones y luego bajo hasta mi sexo, donde se recreó en cada pliegue hasta que disfruté con un maravilloso orgasmo. Pero él siguió acariciándome, luego cogió mi mano para llevarla hasta su miembro, que acaricié suavemente hasta que me pidió permiso para entrar dentro de mí. Entro con cuidado, como si temiese que algo se rompiese y sus movimientos lentos y rítmicos consiguieron que de nuevo explotase en otro orgasmo, esta vez casi al mismo tiempo que él. Luego estuvimos un rato abrazados y cuando se hizo a un lado, me abrazó besándome la cara mientras me repetía lo mucho que me quería.

Hace seis meses Abel se apagó como una pequeña vela, mientras mis hijas, que no saben nada de mi relación con Quique se han volcado conmigo, haciéndome compañía, dejándome a los nietos, pidiéndome ayuda para cualquier nimiedad, pensando que no soportaría la soledad.

Ahora estoy soplando las setenta velas rojas de mi tarta de cumpleaños deseando que Quique y yo podamos compartir el resto de nuestra vida, esperando que sea larga y de calidad. También pido fuerzas para revelar a mi familia que he empezado a estudiar química y que no estoy sola porque he encontrado al hombre perfecto.

 

FIN

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