TANATOS12

Capítulo 47

Me cerraba los pantalones y dejaba aquella habitación, aquel fondo del pasillo, pasando cerca de la otra puerta abierta, en la que Guille se follaba a Sofía, en lo que comenzaba a ser una maratón de sexo.

En la oscuridad de aquel pasillo cerraba los ojos y aun veía a mi novia, boca arriba, alargando su mano para coger aquel pollón de aquel crío, desesperada por ser penetrada de nuevo. ¿Tan necesitada estás? ¿Tan poca polla te doy…? Me preguntaba, injusto y compungido… cuando unas tremendas náuseas me invadieron y a duras penas conseguía encontrar la puerta del cuarto de baño.

Unas arcadas me subían por el cuerpo mientras me arrodillaba frente al retrete… sintiendo que vomitaría en cualquier momento. El sudor recorría todo mi cuerpo, tenía calor y frio a la vez, unos escalofríos me hacían tiritar, y todo ello mientras imágenes de María, follada por aquel crío, se cruzaban en mi mente. Otra vez empalmado y arrepentido de entregarla así… pensaba, hundido, mientras comenzaba a vomitar sobre aquel asqueroso retrete.

Vaciarme así no curó mi náusea. El agujero en mi estómago seguía allí, y mi corazón palpitando sin parar seguía matándome. Tras aquel silencio tras vomitar volví a escuchar los gemidos de ellas, y ni podía diferenciar qué gemido era de quién. Era lo que quería y seguía sabiendo que era lo que quería, pero a la vez no lo podía soportar. Estuve varios minutos prácticamente abrazado a aquel retrete, arrodillado, en un limbo no del todo consciente, mientras les escuchaba follar, cada uno a la suya… y mientras intentaba imaginar en qué postura se la follaría ahora, si seguiría sobre ella o se la estaría follando en otra postura.

Conseguí levantarme. Me miré en el espejo del lavabo. Hundido. Demacrado. Me lavé la boca. Me eché agua en la cara. Mis manos temblaban, con vida propia, y me veía capaz de volver a vomitar en cualquier momento, a pesar de saber que ya no había nada más en mi estómago.

Salí al pasillo. Me iba a ir. Iba a dejar aquella casa. Aquel tugurio al que había entrado para joder a Álvaro y excitarnos… y del que me iría escuchando a María gemir por estar siendo follada por él.

Me acerqué de nuevo a aquel fondo del pasillo. Giraría a la izquierda, dejando a mi derecha los incansables jadeos, ronroneos y gemidos de Sofía, y entraría en el dormitorio de Álvaro para coger mi abrigo y marcharme.

Arrastrando los pies. Cansado de tantos nervios, aterrorizado por lo que podría encontrarme, caminaba por aquel pasillo, y giraba a la izquierda.

Entré de nuevo en el dormitorio de Álvaro y lo primero que me invadió fue el sonido de unos muelles de cama chirriantes, combinados con unos gemidos desvergonzados. No quería ni mirar, pero presentía la postura. Me moría. Cogí mi abrigo de la silla donde la había dejado, y no pude ya evitar mirar directamente:

Álvaro, tumbado boca arriba, y María, en medias, liguero y la camisa abierta, en cuclillas, hacia mí, dándole la espalda a él, ya sin zapatos, subía y bajaba de su polla, complacida, repleta, disfrutando de hacer aquel largo recorrido, de poder subir y bajar, de enterrarla y desenterrarla, de invadirse y liberarse de aquel pollón en movimientos largos. La miré. Ella me miraba. Pero ya no me veía, supe que ya no me veía, de hecho acabó por cerrar los ojos mientras seguía subiendo y bajando. Y Álvaro le daba un azote en el culo con una mano y llevaba la otra a tirar de su melena… María recibía aquel tirón y aquel azote sin inmutarse… encantada, encantada de aquel sexo guarro, encantada de aquel trato y de aquella polla… Su tetas botaban orgullosas, ella botaba pletórica… desvergonzada… y emitía unos “¡Ahhhmmm!” “¡Ahhhmmmm!” tremendos, gritados, constantemente…

Álvaro le dio otro azote… y María llevó sus dos manos a sus tetas, cogiéndolas por abajo, sin tapar aquellas areolas extensas y aquellos pezones duros e impresionantes. Recibiendo aquel azote, recibiendo aquel tirón de pelo, y escuchándole, escuchando como él le daba exactamente lo que ella quería:

—Joder… qué puta eres… qué bien follas… —decía Álvaro, con los ojos cerrados… y María disfrutaba aun más, sintiéndose más mujer… y más guarra, exultante, exuberante… orgullosa… Descubría o confirmaba que ella necesitaba más, que su cuerpo había sido creado para un sexo superior, que su morbo, su sexualidad deberían ser complacidas de aquella manera… La imagen de como botaba sobre él mientras se contenía las tetas, con la camisa de seda abierta, con el liguero, con las medias, de nuevo aquella imagen combinada de elegante y de puta… Su melena densa, sus movimientos de cuello, gustándose, follándose aquella polla enorme, hasta los huevos, su subir y bajar… su cara… de guarra… sus gemidos… sus ¡Ahhhmmm! tremendos y verdaderos… Aquella era la realidad de María, la realidad del sexo que ella quería tener y que creía merecer.

Se me saltaban las lágrimas… y mi cuerpo decidió por mí… y me iba… me iba otra vez por aquel pasillo, con mi abrigo en la mano, dejando atrás el sonido rítmico de aquellos muelles que protestaban cada vez que María subía y bajaba… los gemidos tremendamente sensuales de María… y aquellos azotes en sus nalgas desnudas. Y no sabía si Álvaro se lo repetía, o era mi mente quién lo hacía, pero volvió a retumbar en mi cabeza aquella frase de Álvaro, aquel “Joder… qué puta eres… qué bien follas… ”

Yo no sabía si Álvaro era así, si era así de desinhibido en el sexo, o si suponía desde hacía tiempo que aquello era justo lo que demandaba María, lo que buscaba ella, pero resultaba ser un amante incluso más agresivo y despótico que Edu.

Llegué al salón, que estaba en la casi absoluta penumbra, y una tremenda arcada me subió por el cuerpo. Creí que vomitaría allí, en el suelo. Me senté como pude en el sofá. Intentaba coger aire. Alguna lágrima salía de mis ojos, y podría ser por varios motivos. Me tumbé un momento, de lado, pues si lo hiciera boca arriba me marearía más… y cerré los ojos.

 

Un ruido me sobresaltó. No sabía qué era, pero sí me desvelaba aquello que me había quedado dormido. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí, retorcido sobre aquel mullido sofá. Me daba la impresión de que lo que me había despertado había sido un portazo, quizás de la puerta de salida. Agudicé el oído y escuché unos pasos, parecían de mujer, de tacón, en el rellano del ascensor.

Miré la hora. No lo sabía con exactitud, quizás llevara una hora en aquel sofá. Y no sabía de quién eran aquellos pasos, quizás de una vecina de enfrente, aunque el portazo me había sonado más cercano, o no estaba seguro, o quizás era Sofía, la cual pudiera ser que se hubiera marchado, ya plenamente complacida.

Me senté un momento. La boca seca. Una desazón insoportable. Un malestar horrible. Llevé mis manos a la cara. Resoplé. Lo que acababa de ver entre María y Álvaro me parecía que había sucedido hacía una vida a la vez que lo tenía nitidamente grabado en la mente.

Me puse de pie y volví a escuchar, en la distancia, gemidos de mujer… Otra vez aquella mezcla de morbo y dolor que no había desaparecido ni mientras dormía. Otra vez no quería saber, pero necesitaba saber. Otra vez mi subconsciente, mi borrachera o mi locura de fantasía, que ahora era real, decidía por mí y me veía obligado a caminar por aquel pasillo, autómata, sin saber qué esperar, sin saber qué sentir, sin saber quién estaría follando… si aquellos gemidos eran de Sofía… aunque si ella había sido la que se había ido solo podían ser de María… Me acercaba y a veces aquellos gritos me parecían de María y a veces de Sofía. Infartado pero terriblemente cansado… cansado de aquellos nervios… llegaba hasta el final del pasillo y comprobaba que no había luz a la derecha, por lo que… tenía que ser María… era la luz del dormitorio de Álvaro la que estaba encendida.

La puerta estaba arrimada. No quería verlo, pero quería verlo. Como un masoquismo auto destructivo, como una ludopatía… no sabía por qué me hacía aquello a mí mismo… pero aquellos gemidos me obligaban a empujar aquella puerta.

La aparté un poco y los decibelios se dispararon… y un tremendo calor y olor a sexo y a látex me invadió. Pero si esos dos sentidos me hicieron estremecer, cuando añadí a aquello lo que me aportaban mis ojos me morí. Literalmente me morí allí mismo. Ya no llegué a sentir dolor en aquel momento, quizás porque la escena era tan sexual, tan poco íntima, al contrario que ver a Álvaro besar y follar a María en misionero, que lo que sentí con muchísima más fuerza fue excitación. Y también incredulidad.

La iluminación era más oscura que antes, pues una prenda negra, seguramente la camisa de María, yacía sobre la lámpara. Y descubrí que Sofía no era la propietaria de aquellos tacones en el rellano. Y descubrí por qué no alcanzaba a descifrar si los gemidos y gritos que escuchaba eran de María o de Sofía. Pues eran de las dos.

Sí, eran de las dos. Además no era Álvaro quien follaba ahora a María, si no Guille.

La imagen era tan sexual, tan brutal, que casi me tuve que apoyar en el marco de la puerta. Veía a Guille y a Álvaro de espaldas a mí, desnudos, de rodillas sobre la cama. A cuatro patas tenían a Sofía y a María, que, en paralelo, recibían la follada de aquellos dos chicos. Aquellas dos bellezas, a cuatro patas, recibían la polla de aquellos dos niños pijos, cada cual de ellas disfrutando más, cada cual gritando más. Los culos de ellos se contraían, hacían fuerza, y las mataban del gusto. Sofía con la camiseta arrugada en su cintura y nada más. María mantenía el liguero y las medias, pero ya no la camisa, que, efectivamente estaba sobre la lámpara. María era la que más pinta de puta tenía, y la que más gritaba.

Caminé un poco y ellos repararon en mi presencia, pero no se detuvieron. Muerto, como un fantasma, como si alguien me controlase por control remoto, rodeaba la cama, hasta verlas de perfil, y casi de frente. Sofía me miró y me mantuvo la mirada. María también lo hizo, pero agachó la cabeza, pero no dejó de gemir.

Fue Sofía la que habló:

—¿Qué miras, cabrón…? Como me grabes te mato. Como me grabéis os mato —dijo, sin parar de recibir las embestidas de Álvaro, y ya ni me sorprendía. Ya nada podía alterarme pues había sobrepasado todos los límites, ya no podía sentir nada más.

María bajaba los codos, con su cara enterrada entre sus brazos y Guille se la metía rítmicamente. Guille, repeinado, con algo de tripa, con aquel cuerpo mediocre, me daba la sensación, no estaba seguro, de que se follaba a María sin condón.

Sofía, con las palmas de las manos apoyadas en la cama. Recibía las embestidas de Álvaro, con más entereza que María las de Guille, con más orgullo, y sus tetas contundentes, aunque no tanto como las de María, colgaban atrayentes de su torso.

Yo. Inmóvil. Me encontraba tan mal que ni me empalmaba. Ya no podía. No podía más.

Atónito. De pie. Veía como ahora Sofía cerraba los ojos del gusto, sin importarle ya mi presencia, tomándome por inofensivo. Vi en aquella morena lunares oscuros que salpicaban su cuerpo, también su cara, y unas caderas generosas, más que las de María, y sus pendientes de aros enormes moverse rítmicos al compás de las embestidas de aquel niñato que se la incrustaba hasta el fondo.

Mientras su antigua rival y ahora compañera disfrutaba de la polla de Álvaro, María levantaba la cabeza y ponía ella también las palmas de sus manos sobre la cama, de forma que sus tetas caían enormes de su torso. Y miraba hacia adelante, recibiendo los envites de Guille, pero no me miraba, solo tenía que girar un poco la mirada, pero no lo hacía… solo disfrutaba, jadeaba… y emitía unos “¡Aaahhmmm!” “¡Aaahmmm!” de forma constante…mirando hacia adelante, pero sin mirarme, y comenzaba a ladear su cabeza, moviendo su melena, gustándose, orgullosa… como si no se estuviera dejando follar por un desconocido, mientras se follaban a otra a su lado, en la misma cama.

No la reconocía, no la podía reconocer así. Guille la agarraba y tiraba de ella, sujetándola por aquel liguero, aquel liguero comprado para mí…

No parecía importarle nada, ni que la mirase, ni que fuera el segundo en follarla en la misma noche, ni tener a una desconocida al lado siendo también follada, en la misma cama. Ni le importaba que sus tetas rebotasen entre sí, dando una imagen grotesca. Ni le importaba como él tiraba de su liguero, ni como le agarraba el culo con fuerza, ni como la azotaba él también de vez en cuando. No. Ella solo disfrutaba, disfrutaba de aquel sexo tan guarro y de su propia sexualidad. Quizás sabía la imagen de guarra que estaba dando y era precisamente eso lo que la enganchaba, lo que la hacía no solo no querer parar si no no querer que aquello acabase nunca. Si la cara de Sofía mostraba placer, si sus jadeos mostraban placer, la cara de María, desencajada del gusto, era impactante, sobrecogedora, era placer puro.

Y a mí, de todo aquello, lo que más me mataba, lo que constituía el dolor más insoportable, era que ella no me mirase. Que se dejase follar así por aquellos dos críos y no se dignara ni a mirarme.

Guille, sudado, con aquella tripa pequeña, redonda, y por ello especialmente extraña y ridícula, acabó de ajusticiarme:

—Es tu novia, ¿no? —preguntó mientras le tiraba del pelo.

María se dejaba follar, se dejaba humillar, se dejaba tirar del pelo, haciendo que su cabeza se levantase… y él me repetía, mientras ella seguía gimiendo:

—¿Pero es tu novia o no?

Aquella pregunta entrañaba un afán de humillación, doble, también hacia María, casi psicótico.

Álvaro se reía, mirando para mí, sin dejar de follar a Sofía y, con aquella imagen de las dos a cuatro patas folladas por aquellos críos, decidí marcharme.

No podía más. Solo quería llegar a mi casa. Como si allí fuera a estar a salvo… Como si por estar allí, aquellos dos niños pijos no se hubieran follado a mi novia…

Pero, en ese momento, Álvaro se salió de Sofía. De nuevo a la vista aquel pollón enfundado en aquella goma transparente. Aquella morena, a la que se la veía exhausta, no protestó, y se dejó caer hacia adelante, sobre la cama. Álvaro entonces se quitó aquel condón, lo dejó caer al suelo, se bajó de la cama y se dirigió hacia mí… pasó por delante de mí… y se acercó a María. Sus intenciones eran obvias… Quizás hubiera preferido mayor resistencia, o alguna resistencia… aunque realmente a aquellas alturas era absurdo… pero el ansia… el ansia de María… el ansia con la que recibió la polla de Álvaro… en su boca… era demasiado… Y yo me preguntaba si era necesario aquel alarde, aquel castigo… Guille la follaba desde atrás, mientras Álvaro se la metía en la boca… ¿De verdad era necesaria aquella expiación…? ¿De verdad iban a aprovecharse tanto aquellos cabrones de la cachondez de María, de mi fantasía, de la falta de sexo duro de ella…?

Sofía se dio la vuelta, y, boca arriba, desvergonzada, quizás acostumbrada, quizás no, a aquellos contextos, comenzó a acariciarse, a masturbarse… mientras, a su lado, Guille seguía, rítmico, follándose a María, y sujetándola del liguero, impulsando aquella pedazo de hembra, que no se podía ni creer que se estuviera follando, contra su amigo. Amigo que, con su perenne mueca de satisfacción, dirigía su miembro para que no se le saliera de la boca a María… Ella, con los ojos cerrados, ahogaba sus gemidos de placer por la polla que le daba Guille, en la polla de Álvaro.

—… Qué puta es… dios… —jadeó Álvaro y miró a Guille. Los dos se miraban, y se sonreían. Mientras, María, seguía con sus “¡Mmmm! ¡Mmmm!” ahogados en la polla de Álvaro, y Sofía se masturbaba, ajena a todo.

Álvaro se retiró un poco, unos centímetros, lo justo para que un reguero de preseminal creara un puente entre la punta de su polla y los labios de María, la cual abrió los ojos. Y no me miró, si no que miró hacia arriba, hacia aquel niñato, que con su movimiento parecía pretender que María buscara su polla con la boca. Desvié la mirada, no estaba totalmente seguro, pero sería demasiado doloroso ver a María humillarse, buscando la polla de Álvaro con su boca, desesperada… Miré al suelo, vi varios condones usados… los zapatos de tacón de María… sus bragas negras… Cuando me sobresaltó el aumento de decibelios ocasionado por el rechinar de los muelles de aquella cama. Y miré como Guille aceleraba el ritmo, con una de sus manos en su cadera, gustándose, como si se estuviera viendo en un espejo imaginario, y la otra yendo a su pelo, como en un tic, extraño, desagradable; se follaba a María a gran velocidad mientras se retocaba el pelo y abría y cerraba los ojos en otra especie de tic repulsivo… Y si los muelles chirriaban, María gemía más fuerte… y cerraba los ojos… mientras, Álvaro, parecía acariciarle la cara, la melena, con extraña delicadeza. Todo era una imagen extrañísima, como una obra de teatro creada para hundirme y para matar del gusto a María. Guille comenzó a gemir, de forma casi femenina, aguda, y María, ajena a sus tics y a sus extraños jadeos poco varoniles, seguía con sus “¡ahh!”, “¡ahhh!”, con los ojos cerrados y la polla de Álvaro a escasos centímetros de su boca.

Era todo tan doloroso, tan chocante… tan vejatorio a la vez que morboso…

Álvaro no se contuvo más… y le metió de nuevo la polla en la boca… tornando aquellos “¡ahhh!” por unos “¡mmm!” ahogados en su polla… Demasiado para lo que yo podía soportar.

Humillado. Sobre pasado. Caminé como un autómata, dejando a María invadida por dos pollas en aquella cama.

Salí del dormitorio. Me iba a casa. No había vuelta atrás.

Pasé antes por el cuarto de baño. Intenté vomitar, pero no fui capaz. Estaba vacío. Tremendamente débil. Esa debilidad me asaltó cuando llegué de nuevo al salón, a aquella oscuridad. Todo parecía un sueño, creí que me desmayaba, de hecho me dejé caer sobre el sofá y no sabía si había sido mi decisión o me había desmayado durante una fracción de segundo.

Se creó un limbo. Un estado que no parecía real ni que estuviera soñando. No sabía si dormía o no y mi mente se preguntaba eso a sí misma. Escuchaba gemidos y quería pararlos. Como aquel sueño que había tenido meses atrás, en el que quería que María se entregase, pero a la vez no quería, y quería pararlo pero no podía, y no podía porque dormía, porque dormía de nuevo en aquel sofá.

Y escuché tacones otra vez, pero esta vez sí sabía que estaban en aquel salón, y que se iban. Y supe que era Sofía, pues abrí mínimamente un ojo y sus zapatos y la parte baja de sus pantalones aparecieron en mi borroso campo de visión. Sofía abría la puerta y se iba. Estaba casi seguro de que no era un sueño, pero no estaba seguro. Y cerré ese ojo. Y me parecía escuchar gemidos pero no estaba seguro. Y no supe si dormí. Pero sabía que había pasado un rato, un rato largo desde que Sofía se había marchado, si es que no lo había soñado, cuando una voz de hombre me sobresaltó, seguramente me despertó. Me decía algo. No le entendía. Abrí el mismo ojo, otra vez. Y aquel hombre se marchaba, también. Y no le había entendido, pero su voz quedó en el aire, rebotando en el salón, y yo la retuve, y supe que había sido Guille, y llegó por fin a mi, y con retraso, lo que me había dicho, y yo me habría muerto, si no estuviera muerto ya; sus palabras exactas eran la culminación de aquella locura que yo había creado, de aquel fuego que yo había incendiado, sus palabras exactas fueron: “Álvaro le está dando por el culo, por si quieres verlo”.

Empapado en sudor. Con toda la ropa arrugada. Tiritando. Miré el reloj. Eran casi las ocho de la mañana, pero seguía en la casi total penumbra.

Quise verlo, pero ya no era yo. Y sabía que no vería a María allí, si no a otra persona.

Me puse el abrigo y caminé por penúltima vez por aquel pasillo.

No escuché jadeos, ni gemidos.

Eran gritos.

Decidido, porque ya no era yo. Caminaba. Me acercaba. La puerta estaba abierta.

No quise ni pensar. Ni imaginar. Para qué. Mi cuerpo, mi respiración, mi corazón, todo estaba ya en un estado de angustia que ya ni lo sentía mío.

No me asomé. Entré por completo en aquel dormitorio. Me planté allí sabiendo que, de insoportable, no podría ni sentir más. Y así fue. La imagen eran grotesca. Dura. Humillante. Para mí. Para María. Aunque ella lo disfrutase. Aunque fuera justo eso lo que ella quería. Lo que llevaba cuatro meses, desde la boda, deseando.

Álvaro, sobre la cama, casi de pie, pero más bien en cuclillas, y María a cuatro patas, con la cara enterrada entre sus brazos, con las piernas casi pegadas… yo veía su coño, deshecho, con sus labios enrojecidos, casi fuera de su cuerpo… y no era esa cavidad la ocupada por Álvaro. Aquel crío tenía su pollón ensartado en el ano de María, hasta la mitad, o más, y ella gritaba entre las sábanas y entre sus brazos unos gritos de dolor y placer tremendamente impactantes.

Álvaro retiraba un poco su polla, para después buscar llegar más al fondo, y el grito de María se hacía desgarrador. Los músculos de ambos completamente en tensión. La estaba matando. Álvaro conseguía por fin lo que llevaba meses anunciándonos, que le iba a dar por el culo a María. Un culo virgen hasta aquel entonces, que no podía acoger semejante polla, por mucha experiencia que tuviera él en follar así.

No podía ver la cara de María, ni siquiera sabía que yo estaba allí, seguramente Álvaro tampoco, pero era innegable que el morbo y el deseo superaban el posible dolor y la obvia humillación que suponían que aquel niñato, al que decía odiar, le estuviera dando por el culo, le estuviera desvirgando aquella cavidad prohibida para todos hasta el momento, menos para él.

Demasiado duro. Demasiado guarro. Demasiado humillante ver a mi prometida en aquel tugurio, en aquel catre, dejándose follar por el culo por aquel niño pijo.

—Shhh… tranquila… cuando la tengas entera dentro ya se va abriendo… —le dijo él, fingiendo cuidado, pero se podía reconocer, sin duda, su mueca, su sonrisa por dentro… su triunfo… su menoscabo… su bajeza.

Con aquella frase me fui. Con aquella frase y con el consiguiente grito de María, un último “¡Aaaahhhh!”, desgarrador, que me anunciaba que Álvaro estaba llegando aun más lejos.

Aquel pasillo, por última vez. Aquel salón, por última vez.

Cerré la puerta tras de mí. Me fui. Dejando también mucho de mi, o de mi antiguo yo, en aquel antro.

La situación era durísima. Tremenda. Y eso que de aquella aun no sabía que María tardaría aun cuatro o cinco horas en volver a nuestra casa.

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