ESRUZA

Caminando por el centro de la pequeña ciudad, viendo aparadores distraídamente y sumida en sus pensamientos, Erika se detuvo frente a una joyería, mirando sin ver, las joyas exhibidas; cuando, de pronto,, sintió posarse sobre su hombro una mano. Sorprendida, volteó rápidamente y vio a un hombre conocido que hacía muchos años no veía, – él le dijo –

— “¡Erika! ¿te acuerdas de mí?” ¡Qué sorpresa!

— “¡Claro que sí, eres Samuel! ¿qué haces por aquí?”

— “Distrayéndome un poco, trabajo en la zona industrial ya hace un buen tiempo, supongo que haces lo mismo”

Samuel, como ella, ya era un hombre en su plena y bien llevada madurez. Lucía delgado, se notaba que hacía ejercicio y sus sienes dejaban ver algunos hilos plateados; lucía guapo todavía y tenía esa franca sonrisa que tanto le gustaba a ella; únicamente sus ojos azules parecían haberse empequeñecido un poco. Ella conservaba su esbelta figura y los años no habían menguado su atractivo y personalidad..

Una vez pasado el asombro, Samuel dijo:

— “Te invito un café, sería bueno que nos platiquemos lo que hemos hecho todos estos años, tengo tan buenos recuerdos de ti, nunca te olvidé”

Erika se ruborizó un poco al decirle:

— “Yo también guardo buenos recuerdos de ti, pero en estos momentos tengo algo de prisa, ¿podría ser otro día? -él contestó- – ¡claro, me encantaría, dame tu número y te llamo, conozco un lugar que te encantará, será una sorpresa”

Erika regresó a su casa un tanto turbada; encontrarlo había removido el pasado, sabía que le había hecho mucho daño al rechazarlo poco antes de la boda y, sin embargo, no se notaba malestar alguno al encontrarla, sino todo lo contrario. Samuel era una persona muy noble.

El encuentro se había sucedió el miércoles, y para el viernes por la tarde, recibió su llamada.

— “Hola Erika, te invito a cenar esta noche, ¿te parece bien?, el lugar te encantará, podemos pasar un buen rato y platicar tantas cosas -ella aceptó- “Está bien, puedes pasar por mi a las 8:30” y procedió a darle su dirección.

Erika no se explicaba por qué estaba tan nerviosa, verlo había sido como volver al pasado. Llegadas las 8:30 Samuel estuvo puntual a recogerla. El centro de la ciudad se encontraba a 45 minutos, más o menos, y por el camino Samuel sólo hacía comentarios banales de cualquier cosa, y ella sólo contestaba con monosílabos o reía de los chistes de Samuel; siempre había sido así y no había cambiado.

Ella se sorprendió cuando llegaron al restaurante; era un lugar pequeño, elegante y muy íntimo. Las mesas tenían un quinqué con una vela, y había una chimenea con unos sillones junto a ella; era invierno. Se sentaron junto a la chimenea y él ordenó dos copas de vino tinto; no había olvidado que el vino tinto le gustaba. El mesero regresó con las copas de vino y con él venía la recepcionista con un ramo de rosas frescas, muy hermoso y que llevaba en el centro unas azaleas, su flor preferida.  Ese era Samuel.

La cena transcurrió haciéndose un recuento de los años en que dejaron de verse, no hubo preguntas incómodas ni reproche alguno. Samuel se había casado, no tuvieron hijos y hacía 5 años que su esposa había fallecido, y ella solamente preguntó:

— “¿Por qué no te volviste a casar?” En los oídos de ella retumbó la respuesta:

— “Llámale como quieras, pero nunca te olvidé y pensé que algún día te volvería a encontrar, como ha sido, no me equivoqué”

Erika guardó silencio unos momentos antes de contestar, realmente estaba conmocionada.

— “Yo no me casé, por motivos que no quiero recordar” -él dijo- —“Ni yo quiero preguntar ¿Por qué no recomenzamos?, aún es tiempo, sé que es muy prematuro decir ésto, pero ¿por qué dejar pasar la oportunidad de ser felices el tiempo que nos queda olvidando el pasado, yo nunca dejé de amarte?”

— “Dame tiempo -dijo ella- todo ha sido tan sorpresivo e inesperado”

—“Tómate tu tiempo, si eso deseas, -dijo Samuel- no quiero forzarte a nada, quiero que sea porque lo quieres, porque lo sientes realmente”

De común acuerdo quedaron de verse algunas veces, durante el tiempo que ella tardara en decidirse, y poco a poco fue acostumbrándose a sus detalles, a su dedicación, a su amor. En una de esas ocasiones, él la invitó a su casa; le había preparado una cena romántica y lo que tenía que pasar, pasó. El la tomó con delicadeza pero con una fuerza pasional reprimida que hizo que ella sintiera lo mismo; de repente, afloraron otros momentos de su pasado que se apresuró a sacar de su mente. Samuel era real, estaba ahí, y decidió aceptar.

— “Samuel, -dijo ella- estoy de acuerdo en vivir contigo, pero yo tengo mi departamento, creo que, por el momento, seguiré ahí mientras decido si venderlo o rentarlo ¿te parece bien que, mientras eso sucede, sólo me quede contigo los fines de semana”? –“Totalmente de acuerdo” -dijo Samuel- mientras la abrazaba apasionadamente.

Pasaron dos meses, Erika rento su departamento amueblado y se fue a vivir con él, poco después se casaron.

Algunas veces, la vida o el destino nos presentan oportunidades que no vemos, en todos aspectos, Erika estaba tomando lo que la vida le ofrecía y pensó que era la decisión correcta.

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