ANEIZAR LESTRANGE

Mario

No recuerdo en que momento me preste a todo esto. No voy a negar que me
gusta.
Con el chico muerto, debo de buscar un sitio para deshacerme de él. Y con ella
a mitad de ello, desde arriba me han dicho que me deshaga de ella también.
Recorro, día tras día los mismos pasillos, a la misma habitación. Sigo sin
acostumbrarme al chirrido particular de la puerta al abrirse. Saco una bolsa de
basura y recojo todo lo que se encontraba dentro. Creo que sigue con vida.
Quise ayudarla, pero fue inevitable. Su cabeza se golpeo con un saliente del
suelo.
Abro la puerta, coloco la bolsa en una esquina y me acerco a la camilla.
Acaricio su pelo y voy bajando por su rostro, no se ve ni una gota de vida en
ella.
—Continua teniendo pulso, pero es débil. – Es fría ante la situación que nos
encontramos, y la que jamás habría esperado. Erica vino después, tendría que
haber muerto ella.
—Hay que mantenerla viva, el juego debe continuar. —Sigue hablando, pero yo
prefiero no escucharla. No se da cuenta que somos marionetas. El juego era de
ella, pero va más halla de un juego.
—Tiene que morir. — Es lo único que mis labios son capaces de vocalizar.
Habían forjado un gran vinculo, solo eramos tres desconocidos. Juntos eramos
un gran equipo
—Harás lo que se te diga, las ordenes son claras. Se le mantiene a ella con
vida. – Mi cuerpo crece y mi cabeza estalla en rabia.
— ¡NO!. HE DICHO QUE DEBE MORIR. —Estiro mi mano y aprieto su cuello,
sus ojos parecen salirse de las órbitas y el miedo se lee en su rostro. Hasta su
piel coge otra coloración. Siento como la sangre caliente recorre mi cuerpo. Su
expresión hace que la exaltación sea fuerte y que apriete más fuerte.
Vuelvo a ser yo, al suelto de golpe y miro mi mano, sujeto mi muñeca con
miedo.
Erica coge las llaves del coche, yo cargo a Nereida en brazos y vamos al coc
he. La dejo tumbada en la parte de atrás y Erica se monta en el lado del
copiloto.
—Un momento. — Coloco una lona de plástico en la camilla y voy a por el
cuerpo de Ernesto. Lo envuelvo y cargo su cuerpo en el maletero. Erica me
mira, ha salido del coche.
—Ya está hecho.— Le tiendo un papel sin mirarle a la cara. —La dejamos en
una zona visible y conduces a la dirección que te he dado.—
— ¿Qué hiciste? — Su voz es seca y cortante, se le nota enfadada. Me es
indiferente.
—Eso ya no es asunto tuyo, haz lo que te digo. — Coge el papel lo guarda en
el bolsillo trasero de su pantalón.
— ¿A esta también le dirás que la quieres, o lo reservaras para otra? —Mi
mano vuelve a cobrar vida propia y se alza, pero mi mente pone barreras y la
frena.
— Por suerte Alicia no me recuerda. — Se ríe.
Dejamos el cuerpo casi sin vida de nuestra compañera frente a un Hospital.
Sabemos que hay cámaras, pero tampoco pensábamos quedarnos con este
coche. El conjunto sabe cubrirnos.

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