TANATOS12

Capítulo 46

Nada la impedía irse, pero quizás me estaba pidiendo que yo tomara por ella una decisión que ella no era capaz de tomar.

De golpe escuchamos como los gemidos de Sofía se hicieron más cercanos, en un volumen mucho más alto, y no era porque estuviera gimiendo con más fuerza, si no porque claramente alguien había abierto la puerta de aquel dormitorio. María y yo nos apartamos, quedando ella más cerca de la puerta de salida y yo vi como Álvaro salía de aquel dormitorio, dejando a Sofía con aquellos gemidos, que no habían cesado ni descendido un ápice sus decibelios a pesar de haber invadido él su intimidad, y entraba de nuevo en aquel dormitorio en el que nos encontrábamos María y yo.

Mi novia, de espaldas a él, y girada hacia mí, no lo vio llegar, con algo en la mano.

María y yo, de pie, inmóviles, mirándonos. Yo diciéndole con la mirada que nos íbamos si ella quería. Ella diciéndome con la suya que fuera yo quien tomase la decisión. Y ella sin saber que Álvaro, completamente desnudo, entraba en aquel espacio y dejaba caer algo sobre la cama. María tenía que presentirle, que notar como él se colocaba tras ella, pero no vio como dejaba caer, sobre la cama, al lado de su sujetador partido en dos piezas, un preservativo.

Álvaro pegó su pecho a la espalda de María y ella no dejó de mirarme mientras le sintió. Yo, a medio metro de ella me quedaba petrificado mientras él le apartaba el pelo con una mano para poder besar un cuello que quedaba libre. Después llevó sus manos a sus pechos, húmedos, pringosos, pero ya no tan calados por haber recogido yo en mis manos cantidad de su semen. Cada mano de aquel afortunado niñato en una de aquellas tetas, mientras casi le mordía el cuello, y María posó sus manos sobre las suyas. Siempre mirándome, siempre diciéndome con aquellos ojos grandes “páralo tú… que yo no soy capaz”. Y yo sabía que una parte de María sí le quería parar, porque seguía pensando que aquel crío, que no podía soportar, no se merecía disfrutar de su cuerpo, no se merecía acabar follándosela.

Álvaro bajó entonces sus manos, hasta la falda de cuero de María, y la comenzó a subir, con un poco de esfuerzo pues era algo ceñida, sobre todo a la altura de su culo, donde tuvo que pegar un par de tirones fuertes hacia arriba, hasta descubrir aquel liguero casi por completo y hasta descubrir aquellas bragas negras, totalmente. María en tacones, medias, liguero, la falda en la cintura y la camisa abierta, me seguía mirando; su imagen… inenarrable… cualquiera que la viera… sin conocerla… pensaría que era una auténtica… puta, con aquella ropa, era increíble, imposible en ella… Y yo no era capaz de pensar, de decidir… solo sentía… y miraba… miraba como Álvaro se agachaba, se arrodillaba tras ella y comenzaba a besar sus nalgas. El tan ansiado por él, culo de María. Al arrodillarse, pude ver por entre las piernas de ella como el pollón de aquel chico revivía y ya mostraba un tamaño más que considerable.

No era capaz de asumir el morbo que me daban tantas cosas; el morbo que me daba ver aquella polla renacer, el morbo de aquella imagen de guarra de mi novia, su mirada, el morbo de Álvaro arrodillado tras ella besando sus nalgas, el morbo por los gemidos de Sofía tremendamente nítidos por estar ahora aquella puerta abierta, y el morbo de lo que vino después, que me mató, y es que, harto de apartar las bragas de María para besar aquellas nalgas, comenzó a bajarlas, las bajó hasta casi las rodillas, y salió a la luz el coño de María, recortado, arreglado, con aquel vello cuidado, y yo miré aquellas bragas atadas a sus piernas y pude ver una mancha oscurísima en la mitad de aquella seda negra. Mareado, bloqueado, atónito, veía como Álvaro, arrodillado tras ella, metía su lengua en alguna parte de entre sus nalgas, mientras llevaba una de sus manos, por delante, a acariciar aquel coño, haciendo que María cerrara los ojos… Tras palparlo, retiró su cara de su culo y dijo en voz baja:

—Creí que lo tendrías completamente depilado. No sé por qué.

María, que había cerrado los ojos mientras era besada allí abajo, los abrió tras escuchar aquello, y me miró. Y Álvaro la forzó a inclinar su torso hacia adelante. Tanto que ella acabó por apoyar una de sus manos en mi pecho. María, de pie en medio de aquella habitación, se dejaba comer el culo mientras se apoyaba en mi. Y yo, perplejo, inmóvil, miraba como sus ojos se entrecerraban y después miraba hacia abajo, y veía como Álvaro maniobraba en su coño con su mano y le comía el culo con la boca…

María no gemía. Quizás no le quería dar eso y durante unos instantes solo se escuchaba a Sofía gemir y, a veces, el coño de María agradecerle, húmedo, lo que él le hacía con la mano, desautorizando así a la propia María.

Yo no necesitaba aquel sonido, el sonido de sus gemidos, para saber que Álvaro estaba deshaciendo a María ahí abajo, pues tenía su mirada, su boca entre abierta… su mano temblorosa en mi pecho… Contenía sus gemidos, pero no pudo evitar llevar su otra mano a una de sus tetas que colgaban enormes… y cogérsela, acariciársela… y, tras ese movimiento, me dijo, susurrando, sin que Álvaro lo escuchara, queriendo involucrarme de nuevo, pero humillándome a la vez:

—Sácatela…

Yo la miraba, atónito, y ella insistió:

—Sácatela… que no te dé vergüenza.

A mi se me saltaban las lágrimas del dolor de verla allí, cachonda, ansiando realmente que aquel crío se la follara, y queriendo involucrarme, queriendo hacer nuestro aquel momento a pesar de que sin duda le estaba pareciendo humillante dejarse ultrajar así por aquel chico. Yo ya no podía ni respirar, mi corazón quería explotar… y no era capaz ni de reconocerme allí; como en la habitación de Edu me daba la impresión de que yo no estaba allí, si no que nos veía a los tres desde fuera.

Álvaro se retiró, abandonando aquel culo y aquel coño que quedaron huérfanos. Yo miré abajo y vi el sexo de María deshecho, abierto, con sus labios solapando aquel vello encharcado. María irguió su torso del todo otra vez, mientras él cogía el condón y se disponía a abrirlo. Mi novia cogió entonces mi mano y la quiso llevar a su entrepierna, a su sexo, implicándome, desbloqueándome; sentí entonces su vello púbico mojado en las yemas de mis dedos… y no sé si empujado por ella o mis dedos por decisión propia, quisieron comprobar aquel estropicio… aquella abertura, aquella humedad… comenzaron a deslizarse por su interior, dos dedos, sin ninguna resistencia. Le metí el dedo corazón y el anular, hasta el fondo, y ella ni se inmutó, saqué los dedos empapados, casi inmediatamente, sorprendido, asustado, mientras Álvaro sacaba aquel látex del plástico y decía:

—¿Te follo así? ¿de pie?

Yo. Muerto. Sentenciado. Infartado. Aun con aquellos dos dedos estirados y encharcados. María cachonda, casi ida, pero siempre dando una imagen de mantener una parte de auto control. Y miró hacia atrás, no a él, si no a aquella polla que apuntaba al techo de nuevo.

María miraba como se lo ponía, impactada, nerviosa, y él insistió:

—¿Aquí de pie entonces? Gírate, que te voy a dar bien.

María se giró de nuevo hacia mí, y llevó una de sus manos a aquellas rejas que coronaban la parte baja de aquel viejo catre. Se inclinó hacia adelante. Álvaro se la iba a follar, allí, los dos de pie, a medio metro de mi, se la iba a follar, hacia mí. María con las piernas ligeramente separadas, con aquellas bragas a medio bajar, atando sus muslos, volvió a girar la cabeza y susurró:

—Ten cuidado…

Álvaro esbozó una mueca… y ladeó la cabeza, como negando, hablando para sí. Y después, una vez consideró que lo tenía bien puesto y con María ya mirando de nuevo hacia adelante, se colocó tras ella, y dejó que su miembro se colocara entre las piernas de ella, asomando por delante. Y yo veía como aquel pollón enfundado acariciaba el coño de María, por fuera. Su boca fue al cuello de ella, le apartó un poco el cuello de la camisa, le besó allí y le dijo:

—De cuidado nada… que sé que te gusta fuerte…

María intentaba mantener los ojos abiertos, y aguantaba, sin moverse, aquellos mordiscos en su cuello y aquella polla rozar su coño y deslizarse por entre sus muslos.

—Te voy a follar bien follada…

Aquello estaba visto para sentencia y él parecía querer regodearse… retrasando lo inevitable. Sabiendo que tenía a María totalmente entregada.

—¿Te crees que no sé que lleváis meses puteándome…? ¿Os creéis que no sé que me escribíais los dos para poneros cachondos a mi costa…?

María me miró fijamente. Yo, infartado, no era yo, estaba ya fuera de mí, en un limbo irreal… mi corazón no daba más, me quería morir para no sufrir más… me daban ganas de llorar por aquel morbo, por aquel dolor. Mi vía de escape era saltar y salir por encima de la cama, pues me cortaban el paso, pero no me veía ni con fuerzas para eso. De nuevo, como meses atrás, solo tenia dos opciones: irme… o masturbarme viendo como aquel cabrón, que nos había pillado, se follaba a mi novia.

Me abrí el cinturón y desabrochaba el botón de mis pantalones, mientras él, que seguía babeando aquel cuello y movía su cadera, adelante y atrás, frotándose con los muslos y los labios hinchados de María, decía:

—Sois unos tarados… lleváis meses puteándome… ¿Con cuánta gente os escribís…? ¿Cuantos te han follado delante de él, eh? —le susurraba al oído a María que no podía soportar un segundo más sin que se la metiera.

Me abrí los pantalones, sabiendo que si me tocaba me correría. Sabiendo que si Álvaro me la viera me humillaría. Mi calzoncillo era todo una mancha espesa y caliente… y María soltó su mano de aquellos barrotes y la llevó atrás, a la nuca de Álvaro, y su boca le buscó, en un escorzo… y yo liberaba mi polla mientras se besaban… mientras sus lenguas volaban y él sostenía sus tetas de nuevo. La otra mano de María fue abajo, a la polla de Álvaro, flexionó un poco las piernas, y así, de pie, buscaba ser penetrada. Yo llevé dos de mis dedos a mi miembro, llevé mi piel hacia atrás, siempre mirándoles, a punto de morir, a punto de explotar, mi glande era todo un charco espeso, mis calzoncillos apartados empapados… mientras mi novia, con sus tacones anclados al suelo, flexionaba sus piernas, buscando que aquella polla la invadiera… sin dejar de besarle… sin dejar de besar a aquel niño pijo que decía odiar… y así… flexionando sus rodillas un poco, acabó por empezar a desaparecer aquel pollón dentro de su cuerpo… entrando toda aquella carne en su interior… y ella sentía por fin, cuatro meses después, una polla grande y caliente invadiéndola… y yo quería ver su rostro desencajado por el placer… pero aquel beso no acababa… Me sacudí la polla solo una vez y sentía que me corría… solo por hacerlo una vez… y aquel beso acabó y su cara fue hacia adelante, hacia mi, y aquella mano de nuevo a aquellos barrotes, para aguantarse… con la polla de Álvaro clavada hasta el fondo…

Él llevó una de sus manos a la cadera de María y la otra a su melena, tiró un poco de ella y, tras un movimiento pélvico, seco, certero, que la hizo casi ponerse de puntillas, le susurró en el oído:

—Qué ganas te tenía… joder…

Aquel crío, desgarbado, pálido, con sus ojos saltones, con sus granos de casi adolescente, se la clavaba certeramente, dándole un placer que yo no podía darle. No era la belleza, el cuerpazo, la supremacía de Edu, no estaba a la altura de él, ni de María, pero sí le daba algo que yo no podía darle.

Mi novia se echó un poco hacia adelante y alargó su otra mano, hasta llegar a mí, a mi pecho, mientras Álvaro comenzaba a follarla, lentamente. María comenzaba a jadear… nada que ver con los gemidos fuertes y constantes de Sofía… y yo dejé de masturbarme, pues solo con tocarme me correría… y agradecí que el cuerpo de María tapase mi pequeño miembro y Álvaro no pudiera verlo.

María tuvo que cerrar los ojos, emitiendo unos “ufff” que no eran por mí, y aquel tremendo morbo de sentir a tu novia así, gimiendo por otro hombre, me mataba y a la vez me hacía sentir más vivo que nunca, de nuevo como si lo real fuera aquello y todo lo demás que pasara en mi vida anécdotas absurdas, insulsas, vacío. Tener a tu novia allí, de pie, apoyada en ti, siendo follada por otro… ver su cara de placer cada vez que era invadida… sin hacer caso a mi pequeña polla porque quería otra, quería la que ahora por fin tenía dentro… sin fríos consoladores, sin absurdas fantasías, por fin, real, follada, penetrada, invadida, taladrada por aquel crío que no se merecía aquella polla, que no se merecía aquella suerte de haberla encontrado, de habernos encontrado…

María, con una mano en mi pecho y la otra agarrada a aquellos barrotes, gimiendo, con aquellos “ufff” morbosos y a la vez desoladores, me decía con cada gemido que aquella polla la estaba matando. Yo, con mis pantalones un poco bajados, con mi pequeña polla a punto siempre de explotar vivía hipnotizado como se la follaba, en mi cara, después de todo. Le abrí un poco la camisa, para ver cómo sus tetas, aun viscosas por haber eyaculado él en ellas, se movían rítmicas por aquella follada. Tener a tu novia así, a tu prometida, siendo follada, empalada a centímetros de ti… con sus tetazas rebotando libres, con sus ojos entrecerrados, con sus gemidos, sus jadeos, sus “ahhhmmm”, sus “ahhmmm… dios…” era tan doloroso y tan morboso que yo no podía ni respirar.

Retiré mis manos de su camisa y Álvaro comenzó a acelerar el ritmo, su pelvis ya chocaba con el culo de María, creando aquel sonido hueco. Y yo me separé un poco, quise verlos mejor, di un par de pasos hacia atrás y me subí el calzoncillo para que él no pudiera reírse de mí. Y María se agarraba aquellos barrotes con una mano y la otra en uno de sus muslos…. inclinada hacia adelante… y recibía aquella follada con entereza… sus “ufff” ya hacía tiempo que habían tornado en aquellos casi gritos, aquellos “¡ahhmmm!” “¡ahhmmm!” infinitamente morbosos.

Aquel chico disfrutaba de tenerla así y a veces le tiraba del pelo y a veces le agarraba el culo con fuerza. Aceleró más y dijo:

—¡Qué polvazo joder…! ¡Te está gustando eh…!

María, con los ojos entrecerrados, me miraba y llevaba la mano que estaba en su muslo a sus pechos, a contenerlos, a evitar que le rebotasen uno con el otro, por haber aumentando Álvaro el ritmo de la follada. Él le tiraba del pelo y ella no protestaba.

—¡Te están follando bien…! ¡Te está gustando! —le dijo tras levantar su torso un poco, como consecuencia de tirarle del pelo, pudiendo hablarle casi en el oído.

Se la follaba así, los dos de pie, hablándole en el oído… repitiéndole las ganas que tenía de follarla…

—La de pajas que me he hecho imaginando esto… joder… —le jadeaba en el oído, completamente ido, mientras su cadera seguía, implacable, adelante y atrás, creando aquel sonido… haciendo gemir a María, que ya le hacía la competencia a Sofía.

María, entre grito y grito, cuando podía, intentaba mirarme, intentaba conectar conmigo, otra vez queriendo involucrarme, pero matándome a la vez. Durante unos instantes, así, los dos de pie; el torso de mi novia, imponente, con sus tetas colosales, su coño acogiendo con entereza aquellas embestidas… yo viendo como aquella polla se deslizaba enérgicamente… partiéndola en dos. Me daba la sensación de que María me miraba no para excitarse aun más, pues aquello era imposible, si no más bien para mantener nuestro pacto tácito, para incluirme, casi como favor. Cosa que yo pude comprobar poco después, poco después de que Álvaro acabara por salirse y le dijera que se subiera a la cama.

Me subí del todo los calzoncillos, para que él no me viera, y ella no dudó en obedecer, y ya no me miraba, y aun guardaba la esperanza de que no lo hiciera por vergüenza, porque se avergonzaba cuando ni rechistaba. Se bajó las bragas completamente, hasta quitárselas y dejarlas en el suelo, y llevó sus manos a la cremallera de su falda. Antes de que me pudiera dar cuenta, mi novia, en tacones, medias, liguero y camisa, se tumbaba en la cama, sin mirarme, boca arriba y aquel chico, con aquel pollón enorme y permanentemente duro, desproporcionado para su cuerpo delgado, para su complexión incompleta, se acercaba a ella. Se iba a tumbar sobre ella y follarla así, con calma, olvidándome los dos.

Y es que yo quería que ella me buscase con la mirada, pero no lo hacía.

Aquello era ya mucho más de lo que podía soportar. A duras penas conseguía caminar mientras les dejaba, besándose, él sobre ella, rozando su polla por entre sus piernas, aun sin penetrarla. Aquello era insoportable. Insufrible. Más doloroso aun cuando, ya desde el marco de la puerta, vi como era María la que alargaba su mano para coger aquella polla… para metérsela…

Y no me miraba. Yo ya no existía. No pude más.

Me fui.

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