LAURA BARALT

 

Veo su silueta desnuda a contraluz, contemplándome desde el marco de la puerta de la habitación, mientras enciende un cigarrillo con la mano derecha al tiempo que dobla una rodilla, acomoda la pierna y empuja la pared con el talón. Inhala el tabaco con media sonrisa en el rostro, exhala el humo con un ligero movimiento de cabeza hacia arriba y vuelve a mirarme a los ojos. Yo lo observo desde la cama, enredada en sus sábanas, a oscuras y con la respiración aún agitada.

Intentaba recordar cómo llegué otra vez a ese estado de complacencia emocional, dominada nuevamente por mis sentidos, por esa estúpida impulsividad que no he sabido manejar aún a esta edad, olvidando calcular el peligro que significa acercarse a este tipo de especímenes hermosos, pero despiadados porque no hay manera de salir ilesa de ese embrujo, ni con los poderes de Candelo o las velas a Tatica.

Me perdí en el mismo lugar que juré no regresar encaminada por un par de tragos y el deseo irremediable de volver a tocar su piel, de sentirme pequeña entre sus brazos bien formados, rodearme de ese perfume tan conocido, tan volátil (¿será veneno?), con la certeza de que mañana seremos mucho más que extraños, pero menos que amantes.

Al parecer estamos condenados a aliarnos a la luna para dar rienda suelta al deseo desenfrenado que nos consume, por siempre amarrados a las faldas de la noche para no levantar sospechas sobre quién sabe qué seres, porque en mi caso, hace mucho dejé de ocultarme. El disimulo no va con mi nuevo estilo de vida de chica soltera que no tiene idea de dónde debe parar, pero tampoco quiere hacerlo.

Un flashback en mi cabeza me hizo retroceder al día que nos conocimos: Su pelo, negro y largo ondeaba con el viento nocturno, su actitud altanera y la escasa iluminación del boulevard lo hacían ver como un perfecto Adonis. Se acercó a saludar a uno de mis amigos y la pura casualidad hizo chocar nuestros nombres, las sonrisas y los números de teléfono.

Desde ese día nos volvimos personajes desechables en la vida de cada quien, solicitados solo en los momentos oportunos donde la soledad aprieta como el calor del verano, inexistentes hasta el mismo momento en que el cerebro recuerda el dulce néctar derramado y lo añora con tanto ahínco, que cuando sucede parece una explosión volcánica.

Despierto de mi ensimismamiento, porque siento sus ojos clavados en mí. Acomodo mi cabeza en la almohada, girándome completamente al lado izquierdo, disponiéndome a descansar, en ese instante, siento como la cama cede a mi lado. Su respiración se posa en mi nuca levemente y su mano se posa en mi cintura, recorriéndola lentamente hasta colocarse sobre mi clítoris aún resentido. Siento su sensibilidad al tacto y el rubor me sube de inmediato a las mejillas, jadeo un poco a modo de protesta, pero él hace caso omiso y no me suelta hasta sentirme nuevamente húmeda y así, volvemos a empezar…

*Candelo (Papá Candelo): De acuerdo al sincretismo dominicano, uno de los luases de las 21 divisiones en el vudú dominicano.

* Tatica: Se refiere a la Virgen de la Altagracia, patrona del pueblo dominicano.

* Flashback (anglisismo): Analepsis o escena retrospectiva

https://palabrasdetodoynada.wordpress.com/

3 comentarios sobre “Círculo vicioso

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