GINÉS CARRASCOSO

Hálito eterno.

Desde su nuevo estado terrenal, todavía no comprende cómo es posible que a veces experimente la vida. Siente evidencias de lo que su memoria milenaria le pone ante los ojos. Brochazos, fogonazos de una existencia anterior que se ha transformado en un vagar, en una especie de limbo que lo transfiere por momentos a la vida. Tiene conciencia de que es la vida, porque reconoce sensaciones, estímulos, sentimientos que ya vivió, que ya le dolieron en algún lugar de su existencia. Tal vez en algún recóndito lugar de su… ¿alma?. No entiende, no comprende, pero sabe que siente. A veces el tacto de la fría piedra en su refugio terrenal. A veces el calor de la sangre de otros, que resbala por su garganta y le insufla un hálito ardiente, reconfortante. Un hálito que le sume en un sopor, en una paz, que anhela en cuanto su conciencia despierta.

Pero ésa paz tiene un precio. Ya conoce como ha de pagar para mitigar los efectos de su maldita eternidad. Sabe que ha de beber, aplacar su sed de vida, de otra vida. ¿Pero qué vida?.

Cuando vaga por la ciudad se dirige a ningún lugar, simplemente se mueve, se esconde, siente el ansia. ¿A dónde? ¿Qué vida es la que hoy ha de apagarse?. Cuando es consciente de la sed, comienza el resurgir de la vigilia eterna, que lo trae hasta los sentidos animales, que lo devuelve a la vida terrena. Busca un alma. Desconoce si ésta o aquélla. Es un camino que recorre sin brújula. Es instinto. Es el rastro de la presa que lo atrae, que lo guía hasta las almas inquietas, inconformes, puras… en pena.

***

Elisa, se removía inquieta en su habitación. Aunque por las noches refrescaba bastante, solía dejar al menos una rendija que le permitiera no concentrar demasiado calor. Evitaba así, despertarse de pronto en mitad de la noche con la sensación de frío en el cuerpo y las sábanas colgando a sus pies.

Dormía, pero tenía la sensación de no hacerlo. Le ocurría a menudo. Aunque esta noche había algo más. Algo poco reconocible, y que se abría camino hasta lo más profundo de sus pensamientos. Respiraba agitada y podía escucharse hacerlo. La sábana estaba húmeda, y se daba perfecta cuenta del esfuerzo que estaba haciendo para abrir los ojos.

En su duermevela, percibía, sentía que no estaba sola. Una parte de su subconsciente estaba alerta, vigilante de una presencia junto a su cama, en su propia casa. Era como cuando se vive esa situación, que resulta tan… vívida, tan presente, que parece realmente estar pasando.

Su pelo se agitó al paso de una pequeña corriente de aire. No venía de la ventana, puesto que quedaba más bien hacia los pies de la cama. Tampoco había sido una corriente especialmente molesta o constante, pero había sido tan concreta que no le quedaron dudas de haberla vivido. No. No era la pequeña brisa que a veces se colaba desde la calle. Más bien era como una respiración a centímetros de su cara que empezaba a extender un hediondo tufo alrededor. De pronto, su mano izquierda se crispó, en el momento en que su cerebro se saturaba de sensaciones contradictorias entre el sueño y la realidad. Poco a poco abrió los ojos. La profundidad de la mirada que la observaba, de aquellos ojos de color fuego, irreverentes, aterradores, de aquella mueca que parecía sonreír, la trajeron de vuelta a aquél terrorífico momento. Un fugaz pensamiento se insinuó a toda velocidad atravesando cada rincón de su cerebro, atestado de miedo. ¿Era su hora? ¿Tal vez aquél era el último momento de su existencia?

Instintivamente se protegió con los brazos y saltó junto a la ventana mirando a su alrededor, arañando el aire, apartando de sí la penumbra del cuarto. A los pocos segundos, ahogándose en su propio grito, encendió la luz. Contempló cada rincón de su habitación. Prácticamente la inspeccionó como si le fuera desconocida, como si nunca hubiera estado en ella. Estaba sola.

Intentaba en vano serenarse y recuperar la respiración. Tenía la espalda fría y estaba completamente empapada en sudor. La experiencia que había vivido hacía unos instantes resultaba totalmente inverosímil y terriblemente difícil de explicar. Aún así cogió el teléfono.

– Te ruego que te calmes, Elisa. Intenta explicarme con frases cortas y haz pausas para respirar.

– ¡Enrico! ¿Crees que no lo intento?… Desde luego no estoy segura de lo que estaba junto a mí, en mi cama, soltándome su puñetera halitosis en la cara. Era… era … ¡joder! Esto es increíble… discúlpame…

– Tranquila, respira con calma. Mira voy a acercarme hasta tu casa, si quieres.

– Te lo agradezco, pero estoy bien… no quisiera …. Pero… sí por favor – vaciló -, ven. Me tranquilizaría…

– No te preocupes no tardo nada, en seguida estoy ahí y me cuentas… ¿Está todo en orden ahora? ¿Estás segura de que fuera lo que fuera lo que viste ya no está ahí?

– Si, ahora todo… parece normal. Te espero… gracias

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