MARCELA VARGAS

Soy una aficionada a las letras, pero hay tardes en que no tengo qué decir (lo menciono porque, usualmente, escribo en horarios vespertinos). Siempre creí que esto me sucedía por falta de ideas, y que contra eso no podía hacer nada más que esperar el momento oportuno en que “arribe la inspiración”. Todavía pienso que algo de esto hay. No obstante, comencé a comprender o a tomar noción de otra verdad que transmiten hasta el cansancio los profesores y demás expertos en la materia: la expresión verbal tiene que ejercitarse constantemente. Yo no lo hago, y quizás por eso no me siento capaz de contar cosas a diario o más a menudo. No estoy segura. Lo único que sé es que debo revivir la práctica para que la escritura mejore y se vea como el electrocardiograma de un corazón normal. Ello se hace evidente en este escrito y en otros textos previos.

Ahora bien, en la vida hay problemas, los cuales me cuesta enfrentar. O no quiero hacerlo y prefiero huir de ellos. A veces, deseo una pausa o salir de la realidad un día… o para siempre. Mas, si quiero sobrevivir, no puedo dejar de satisfacer las funciones vitales. Puedo decir que algo similar me pasa con la redacción: no siempre es agradable hacerla, no siempre hay ganas. Pero siempre hay necesidad.

De esto se desprende que, entonces, estoy obligada a escribir todos los días. De tan solo pensarlo, siento un enorme peso, pues el inconveniente reside en terminar por redactar apuntes sin importancia; en recurrir a herramientas odiosas con tal de no perder lectores (como creo que ocurre con estas líneas), de no morir. Sin embargo, en concordancia con este planteo que realizo, es importante ejercitar mucho la escritura, de modo que cada tanto pueda surgir alguna “joya” u obra que valga la pena, comparándose esto con las líneas del electrocardiograma de un corazón en pleno funcionamiento.

Lo importante, de acuerdo con estas afirmaciones, es no dejar de hacerlo si se quiere progresar en este arte, que nunca será un producto acabado, más bien un ejercicio de por vida. Una vida en la que (parafraseando a autores cuyos nombres he olvidado) no siempre habrá cosas espectaculares que experimentar o relatar -como si la vida real fuera un melodrama-. Pero no por eso dejamos de vivirla. No por eso dejamos de alimentarnos en cuerpo y espíritu (en la medida de lo posible).

A estas alturas, creo que hay que seguir viviendo, continuar escribiendo hasta lo  último. No siempre habrá algo interesante para contar, pero así es la vida. Es lo que se intenta emular en las ficciones para hacerlas más creíbles. Pues, entonces, no está mal hablar sobre situaciones en las que no siempre hay una historia heroica que narrar.

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