GINÉS CARRASCOSO

Un café.

La Plaza de San Marcos aparecía en todo su esplendor. Enrico se movía entre los atolondrados turistas, maldiciendo por lo bajo. No era fácil acordonar la zona para aislarla de miradas indiscretas. Odiaba los grupos de curiosos merodeando, revoloteando alrededor. Aún así, el trabajo de los agentes había sido extraordinario, y la escena del crimen había quedado en una zona interior, bajo los arcos que rodeaban la plaza. El cadáver se presentaba prácticamente en el mismo estado que el caso del canal. Apenas ningún rastro de sangre alrededor. El cuerpo aparecía con ese ataque de vejez anticipada, con una pérdida importante de sangre y en un estado general extrañamente demacrado. Las similitudes con el crimen de Alberto eran más que evidentes. Pensó en Elisa. Aunque intuía la respuesta, quiso recabar los datos de los agentes que habían acudido a la llamada.

– Bueno, podéis darme algún detalle. Algo relevante. ¿Habéis podido hablar con algún testigo?.

        Me temo que no Inspector Pozzi. Aparentemente, lo mismo que encontramos en el cadáver del canal. Una extraordinaria degeneración incomprensiblemente rápida de los tejidos como si hubiese envejecido 20 años en el mismo momento.

        La pérdida de sangre es… imposible, inspector. Se ha quedado seco. Al igual que en el otro caso se aprecia un gran desgarro en el cuello por el qué se habría producido el desangramiento.

        ¿Testigos?

        De momento nada. Aunque tenemos a varios hombres preguntando en los alrededores.

        Está bien, echaré un vistazo.

En ese momento el teléfono lo sobresaltó. ¿Pero que pasa hoy?, pensó.

– Inspector Pozzi al habla, ¿Quién es?

– Soy Elisa Aranda la… – se produjo un silencio, al otro lado de la línea- amiga de Alberto Sciaffino… Disculpe, no sé si es buen momento

– Ah sí sí, no se preocupe. Dígame.

– Me gustaría hablar con Ud pero si puede ser no por teléfono..

– Eh.. bueno sí. Déjeme pensar. Si quiere podemos encontrarnos en la cafetería del hotel Sant Angelo. ¿Lo conoce?

– Si. Perfecto, ¿cuando podemos vernos?

– ¿Le parece en una hora?

– Ok, nos vemos allí entonces hasta luego inspector.

– Hasta luego.

El Hotel Sant Angelo, estaba situado a orillas del Gran Canal. De vez en cuando le gustaba sentarse en las mesas de la calle junto a la pasarela del embarcadero para tomar un expreso. En esas horas del atardecer cuando el ambiente se vestía de esa bruma azulada con el fondo del cielo lanzando reflejos en cobre, solía ir para apartarse, para retirarse del ruido mundano, apagar el móvil por unos minutos y… Simplemente observar el trasiego del Gran Canal, y escuchar el chapoteo del agua.

No había pasado demasiado tiempo, cuando observó acercarse a la elegante y enigmática, señorita Aranda.

– Disculpe la demora

– No se preocupe… puedo llamarla Elisa.

– Sí por favor no me importa, podemos pasar al tuteo. Me sien to más cómoda

– Que vas a tomar…

– Un café estará bien

– Y bien ¿Qué era eso tan importante que querías contarme?

Hubiese añadido que en realidad le importaba bien poco si había algún asunto del que hablar, por el que hubieran decidido quedar para tomar aquél café. Prudente hasta la saciedad, no le pareció el momento de insinuar ningún interés.

– Puede que sólo sea una locura – comenzó – y puede que sólo sea fruto de las emociones a las que estoy expuesta estos días. La verdad es que la realidad es tozuda y todos los detalles y aspectos que han rodeado la muerte de Alberto no deberían importarme mas allá del lógico sentimiento de saber que pasó. Pero, creo que simplemente debería empezar a olvidar. Es más, no sé porque me preocupo de los detalles del cómo o del porqué, si lo único que obtengo son negros recuerdos y sufrimiento.

– Comprendo. Bueno suele ser habitual que las personas del entorno, los allegados, los seres queridos, quieran saber, quieran conocer… bueno, no se si expresamente lo desean, pero existen unos interrogantes que deben despejar. Necesitan una razón para que en su cerebro alguien… algo, cierre esa puerta. Fue un infarto, fue un accidente de coche, … En fin creo que es normal que necesites cerrar el capítulo de como fue y pasar esas páginas lo antes posible, para poder recordar los momentos agradables.

– Tal vez… bueno seguramente sea así. En fin, pues digámoslo de ése modo. Pero, en mi empeño por conocer qué o quién me arrebató a Alberto, a veces me detengo a buscar … eso, un porqué. No se si ya te comenté que Alberto y yo nos conocimos por motivos de trabajo. Yo lo hago en el Archivo Comunale, y Alberto recopilaba unas informaciones para lo que había acudido a consultar el archivo. El caso es que la otra tarde encontré unas notas que Alberto había dejado olvidadas. Habían quedado traspapeladas en un ejemplar de la biblioteca. Y, bueno son notas de su trabajo, acerca de historias y leyendas de la época medieval de la ciudad. Había varias citas referentes a numerosas muertes digamos extrañas, además de todos aquellos muertos a causa de la peste en el siglo XVI. Leí detalles de como se encontraban los cuerpos que al parecer y según se desprende de éstas historias… podrían haber sido atacados por algún… en fin, ser sobrenatural.

– Continúe, perdón, continua Elisa…

– He hecho algunas consultas en los materiales de los que disponemos en el archivo histórico y he encontrado varios textos en los que se recogen muertes parecidas. Y cuando digo muertes parecidas me refiero a que a lo largo de la historia no es la primera vez que ocurren este tipo de cosas. Al menos, y por lo que he podido leer existen historias o testimonios como quieras llamarlos, que datan como mínimo de la época medieval. Y durante mucho tiempo se creyó en la posibilidad de que… de que, el vampirismo estuviera detrás de aquella plaga que supuso la peste.

Hubo una pausa, y entre ambos se produjo un silencio incómodo. Con síntomas de excesiva cautela, como quien va a dar un paso inseguro, Enrico se dispuso a hablar mientras golpeaba nerviosamente la taza del café con el dedo.

– Realmente ¿crees Elisa, que todo esto que me cuentas pueda remotamente tener algo que ver con los asesinatos que han ocurrido últimamente?

– Perdón Enrico. ¿Has dicho asesinatos? ¿Estás hablando de que Alberto no es la única víctima?

En ese momento se sintió como un necio. Se había dejado llevar. Había empezado ha sentirse realmente atraído por Elisa y bajó la guardia.

– Eh, bueno sí es confidencial,- dijo intentado disimular – confío plenamente en que podrás guardar la discreción que merece la gravedad del asunto. No es que te hable de cualquier cosa. Es una investigación policial y quizás he hablado demasiado. Pero bueno en cualquier momento los medios van a hacerse eco.

– Sí, sí por supuesto… No te preocupes. Comprendo la seriedad de todo esto.

– Pues bien cuando me llamaste, me encontraba en el escenario de un nuevo crimen. El fallecido es un vagabundo habitual de la zona que dormía en los soportales de la plaza. El estado en el que lo hemos encontrado, es exactamente el mismo que presentaba el cadáver de Alberto.

– Dios mío…

– La verdad es que todo es muy extraño, pero aún así me resisto a pensar en mitos y leyendas…

– No pensaba que mis elucubraciones tuvieran en realidad algún fundamento. Pero, por Dios, Enrico un nuevo asesinato, otro crimen no muy lejos de donde el pobre Alberto murió… y me dices que el cuerpo ha aparecido en las mismas o muy parecidas condiciones… En fin yo ya sería capaz de imaginar cualquier cosa.

– Mira Elisa, no saquemos conclusiones precipitadas. Tenemos que ser muy prudentes y sobre todo que nada de lo que estamos hablando transcienda en ninguna dirección. Vamos a estar en contacto pero debes tener muy en cuenta de que todo está girando alrededor de mi trabajo policial. No debes dar ni un paso por tu cuenta. Entiendo que quieras saber como murió tu amigo. Pero insisto, si tomas una decisión equivocada, podemos tener problemas. Los dos.

– Sí lo entiendo por supuesto. Cualquier cosa te lo haré saber. En fin, has sido muy amable al escucharme. Espero que todo sea una fantástica coincidencia, pero la verdad es que yo empiezo a tener miedo.

Sin saber muy bien como despedirse, ante lo que ya parecía surgir, al menos como amistad, Elisa, acercó la mejilla a la cara de Enrico en un improvisado beso informal, mientras se despedía.

– Adiós, Enrico. Te llamaré

Todavía envuelto en la atmósfera de aquel perfume, Enrico estuvo varios minutos contemplando el fondo de la taza, mientras el sonido del agua le ponía música al momento. Simplemente no pensaba en nada.

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