XAVI ALTA

Vanesa. 12

Decidió comenzar marzo asistiendo a Macroeconomía de segundo semestre por más que el profesor Ayala también fuera el docente encargado de impartirla. Desde que estaba con Damián, sí es mi novio, estoy con él, se había cruzado al atractivo maestro un par de veces por los pasillos de la universidad y ya no había sentido el temblor de piernas ni el nudo en el estómago que sintió a primeros de año.

Había leído en algún sitio que querer a alguien da fuerza pero ser querido aporta seguridad. Así se sintió en clase, relajada, al lado de Vero que la felicitó por el paso adelante dado, y de Paula que en el aula se concentraba tanto que parecía desaparecer.

El profesor Ayala le pareció tan guapo y atractivo como siempre, tal vez más incluso, pues vestía especialmente elegante aquel martes, con unos chinos grises y una camisa azul cielo de puños vueltos oscuros, pero sus rayos laser, su energía magnética o sus poderes telequinéticos no eran armas ante el escudo protector que la cubría. Ya no.

Su relación con Damián estaba virando hacia algo muy bonito e importante. Tenía razón el hombre, la experiencia sin duda, en que haber ido despacio había sido definitivo para apuntalar el vínculo entre ellos. Pero desde la semana pasada, habían tomado velocidad de crucero. Qué bello había sido.

De entrada la sorprendió la timidez de la criatura. Inseguro, no se atrevió a desnudarla. Cuando ella fue descubriéndose, mostrándose, Damián temblaba. ¿Quién era el joven inexperto ahora? Lo besó mucho, muchísimo. Nunca había besado tanto a ningún amante, sin prisa por desnudarse, sin prisa por desnudarlo. Cuando los medianos pechos de la chica quedaron al descubierto, el hombre se lanzó a por ellos, hambriento, pero no fue brusco ni ansioso. Los degustó, suavemente, amándolos.

Vane también besó, recorrió, cató, degustó y colmó el cuerpo de su pareja. Distinto al de la mayoría de jóvenes con que se había acostado, blando en algunas zonas, duro en otras. A pesar de dirigir ella el coito, montándolo despacio, subiendo y bajando las caderas mientras acogía las manos del maduro amante entre sus senos, no llegó al orgasmo la primera vez. Él sí lo hizo, demasiado pronto, pero la joven desoyó los ruegos del hombre para que se detuviera, para posponer el desenlace. Córrete mi amor, córrete.

Fue el fin de semana, cuando tuvieron tiempo para amarse, cuando Vane gritó de júbilo agarrando fuertemente las peludas nalgas del hombre para que aumentara el ritmo, para que la colmara, para que la llevara al clímax. La chica quería más, el hombre se esforzó tanto como pudo.

Sorprendida, Vane aprendió que no todo es potencia en el sexo, que llegar a puerto no es el único objetivo, pues amarse requiere paciencia, intimidad, sinceridad, compromiso. Complicidad.

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