XAVI ALTA

Paula. 12

Aquel viernes, última semana de febrero, primer día de marzo, Paula estaba muy enfadada. Martín seguía extraño, bipolar si el término pudiera aplicarse a la ligera, pues un día se mostraba eufórico, feliz, contagiando la felicidad a su novia, para comportarse con la mayor distancia al siguiente.

Paula se sentía confusa. Sus propios complejos la habían atemorizado al principio de la relación, pues no contaba con la seguridad suficiente para acompañar a Martín, para estar a su altura, pero con el paso de las semanas, había ido sintiéndose más completa, más capaz, más cómoda en su rol de novia del chico más deseado de la carrera. Que él la protegiera de miradas envidiosas y de las brujas-buitres que aleteaban a su alrededor, manteniendo la relación en secreto, la había ayudado sin duda, fortaleciéndola.

Martín, además, tampoco pedía tanto. Un poco de sexo, algo que ella también adoraba, pues cualquier breve encuentro con él era mucho mejor que los protagonizados durante los casi tres años de compañía con José, y un poco de ayuda en los estudios, hábitat en el que Paula se sentía cómoda y orgullosamente eficiente.

Por último, su poca experiencia de pareja, pues la intermitencia de su relación cántabra limitaba la cantidad y calidad de ésta, tampoco le permitía desenvolverse con la soltura que la chica deseaba.

Así que, en el baño de la facultad, el de la planta baja, uno de los más concurridos del edificio aunque vacío en aquel momento ya que no estábamos en un cambio de clases, se limpiaba la cara para no llorar pues era obvio que algo no iba bien.

Había dejado el trabajo para tener más tiempo con su novio las tardes de sábado, pero éste aún no había podido quedar con ella. Mañana teníamos que quedar pero acaba de anularlo pues sus padres le obligan a irse con ellos a la casa de invierno que poseen en el Pirineo. Como una tonta, así se sentía, le había respondido que no importaba, que lo comprendía, pues todos tenemos obligaciones familiares.

Lo amó rápida pero diligentemente como él le pidió, entre los labios, sentada en el lavabo de la segunda planta. Decepcionada, había esperado a que Martín tuviera tiempo de llegar a la planta baja, para salir de su deprimente catre, lamentando perder la tarde en la que estaba dispuesta a entregarse a su novio plenamente.

Nunca había visitado páginas pornográficas, pero el historial de navegación de su sencillo portátil echaba humo. La escueta pero directa pregunta “cómo practicar sexo anal” en Google la había llevado a interesantes páginas de sexualidad, enfocadas al mundo homosexual la mayoría, pero también a webs para adultos donde el sexo era tratado con una sensibilidad nula, por no decir asquerosa, pues las mujeres eran meros trozos de carne, agredidas sin misericordia por supuestos héroes modernos. Obscenidad pura y dura.

Pero la indignación había llegado dos horas después de haberse separado de su príncipe. Había acabado la clase de las 12, la última del día, cuando había decidido comer un bocadillo en el bar de la facultad para quedarse hasta las 3 corrigiendo y mejorando el informe de Fiscalidad Autonómica que debían entregar en quince días, tanto el suyo como el de Martín.

Antes de entrar en la biblioteca, había pasado por el baño, donde había ocurrido. Las voces de Clara e Irene habían irrumpido en el amplio espacio, divertidas, mientras ella aún estaba en el aseo, comentando la fiesta a la que irían este finde. Tía, coge ropa de esquí, recordó la primera a la segunda, a lo que ésta respondió que sí, que ya lo tenía previsto, además de ropa interior insinuante pues la noche del sábado en la casa de Baqueira de Martín iba a ser espectacular. Oye tía, respondió Clara, déjamelo a mí que tú ya te lo tiraste en Navidades. Y tú en verano, no te jode.

Paula abandonó el baño altiva, distante incluso cuando se cruzó con Vane, extrañada que su amiga no se detuviera a charlar con ella ni cinco minutos. Tengo prisa, debo estar en casa para preparar la comida de mi hermana, mintió.

Tenía que tratarse de un error, no podía ser cierto. Llegó a la biblioteca pero se detuvo antes de cruzar la puerta. Estaba demasiado enfadada para concentrarse, así que se dio la vuelta y se dirigió al metro que la llevaría a casa. Desde allí lo llamaré, se dijo, pues seguro que hay alguna razón que desenmarañe el malentendido. Pero al sentarse en la cama de la habitación que compartía con su hermana pequeña no se atrevió a hacerlo.

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