XAVI ALTA

Verónica. 12

Estaba feliz por Vane pero preocupada por Paula y sorprendida con Yoli. La primera había salido del agujero gracias a un novio que tenía, unos diez años mayor que nosotras les había contado, que la estaba tratando muy bien. De un modo distinto al que estaba acostumbrada saliendo con chicos en edad universitaria. Su incredulidad habitual hacia el género masculino la llevó a tomar cierta distancia, recelosa ante tanto amor verdadero, pero su amiga mostraba una alegría desbordante, así que no le quedó otra que alegrarse por ella.

Había decidido tomar cartas en el asunto Paula y Martín, pues era obvio que el tío la estaba utilizando, pero no podía permitir que su amiga se diera cuenta de que intervenía. Lo fácil hubiera sido liarse con él para abrirle los ojos a la chica más inteligente y estúpida de la universidad pero ésta no se lo perdonaría nunca, así que su mente maquinaba alternativas más rebuscadas pero igualmente efectivas.

Yoli las había abandonado. Apenas aparecía por la facultad uno o dos días por semana, unas pocas horas, importándole un bledo las asignaturas, el temario o su formación futura. Se fotocopiaba apuntes, asistía a alguna clase y se largaba. Vero había intentado quedar con las cuatro un par de veces, pero no había logrado pasar de un trío. Este comportamiento no era extraño en Yoli, pues la música era su mundo y no descuidaba ninguna hora en que pudiera rasgar una guitarra o un bajo o como se llamara eso que tocaba, pero les había contado que el grupo se había deshecho, así que ¿qué coño estaba haciendo con su vida?

Salía del edificio universitario para cruzar el aparcamiento hasta llegar al Mini Cooper blanco perla de techo retráctil negro antracita, cuando vio algo que la sorprendió. El profesor Ayala se despedía de la Profesora Vílchez en un tono vehemente, autoritario, como si hubieran discutido o le pegara la bronca, para dar la espalda a la compungida catedrática y encaminarse a su BMW serie 3 azul y montar en él. Pero no arrancó, prefirió quedarse revisando el móvil o algún documento, sentado al volante. Ella, en cambio, tomó la dirección contraria para dirigirse a la Avenida Diagonal hacia la estación de metro.

Vero optó por esperar unos segundos, pues no quería que el arrogante docente la viera cruzar el descampado, pero éste parecía imbuido por lo que tuviera entre manos, así que la chica acabó por pasar olímpicamente del hombre y recorrer los 50 metros escasos que la separaban del coche que papá le regaló en verano. Notó claramente la mirada del presumido qué guapo y listo soy, pero se abstuvo de darle el placer de sentirse correspondido. Ahí te pudras.

Vero no solía coger el coche para ir a la universidad pues, además de más caro que el transporte público, no le hacía falta ya que la combinación desde su casa era muy cómoda, ocho paradas de metro, pero esta tarde necesitaba ir a un centro comercial a recoger unas compras hechas a nombre de un tal Juan Carlos Barroso, aunque por error en el pedido había escrito Baboso.

Salió del aparcamiento, giró a la izquierda, de nuevo a la izquierda para recorrer 200 metros hasta el semáforo que la detenía antes de cruzar la Diagonal. Allí estaba, la profesora Vílchez caminando rápida en dirección contraria a la entrada del metro. No le hubiera parecido extraño, si en ese momento un BMW azul no hubiera aparecido de la calle paralela, no se hubiera detenido al lado de la mujer, no hubiera abierto la puerta y la mujer no hubiera montado en él.

Las prioridades de la chica cambiaron súbitamente. Giró a la derecha cuando el semáforo cambió a verde y, a cierta distancia, siguió al vehículo sospechoso. Podía no ser nada, compañeros de trabajo que se echan un cable, pero el instinto clamaba en su interior, chillando, que había gato encerrado. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en la cara de la joven cuando el deportivo de marca bávara abandonó la avenida que se había convertido en autopista al salir de la ciudad condal y tomaba la segunda salida hacia Sant Just, donde sabía que residía Ayala.

Cuatro manzanas después, entraban en el parking privado de una elegante comunidad. Vero había dejado distancia suficiente para no ser detectada, pero lo que descubrió la sorprendió inicialmente para dibujar a continuación una cínica sonrisa de satisfacción en su bello rostro.

Al girar el BMW para cruzar la acera y entrar en el vado, éste había quedado perpendicular a la dirección del Mini Cooper, por lo que la joven estudiante vio perfectamente qué acontecía en aquel vehículo. El profesor Ayala parecía ir solo, pues no se apreciaba rastro de la acompañante que había subido diez minutos atrás, hasta que algo rubio, una rizada melena, sin duda, superó escasamente el límite que marcaba el cristal de la puerta del acompañante para volver a desaparecer, volver a aparecer y desaparecer de nuevo mientras el coche se perdía en el estómago del edificio.

Cuando Vero recogió el pedido en la tienda de cosmética del centro comercial, encargado y pagado online, aún no había podido quitarse la sonrisa del rostro. Parecía que finalmente no sería tan complicado aprobar los dos semestres de Macroeconomía de tercer curso, seguramente ni tan siquiera necesitaría hacer el examen.

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