JOHN ARANDA

Luego del suceso de la inesperada mudez de Barbara la jornada fue un poco más silenciosa en la sala de experimentación; El doctor Homero estuvo pensativo durante los experimentos, y tanto Laura como Barbara pensaban que el silencio de Homero no cuadraba con una reacción normal, que un comentario acerca de un error en el sistema de Barbara hubiera sido lo esperado, mas sin embargo ambas llegaron a la conclusión de intensificar la cena sexual en la noche para remediarlo. El laboratorio del doctor Homero se dividía en varios pisos que a su vez estaban subdivididos en salas y cuartos, en estas salas y cuartos había medicinas, maquinaria, herramientas, calabozos con criminales execrables y bestias de toda especie, además de dormitorios y otros lugares destinados para la experimentación. En relación con la fortaleza en general, era un recinto macabro cuya atmosfera tenía una mezcla del delicado aire purificado por los sistemas de ventilación con el aroma a sangre y podredumbre que hedía de los cadáveres, sin dejar de mencionar los metafísicos aromas a muerte, a moral menguante, a morbo luctuoso, a glacial intelecto, a lascivia incolora y a tediosa rutina, y quizá, la ausencia del clúster sonoro de las urbes, de la superpoblación cada vez mas voraz de los estados, del cromatismo de caracteres o del devenir social en general, succionaba la vida de quienes en esa fortaleza residían, como si el vacío del mundo en el que habitaban los mortificara.

Con otra pila de muertos y nuevas observaciones se terminaba otra jornada en la sala de experimentación del doctor Homero; este le ordena a Laura que levante el cuerpo convulso de un hombre, Laura se acerca caminando abriéndose paso de entre las sombras de la sala de experimentación, se acerca al sujeto y lo carga como se carga a los bebes, el hombre estaba convulsionando y su sangre y sus babas caían en el piso sin ceremonia, su aspecto correspondía al de un troglodita y era en suma, una mole, su cuerpo era el hogar de las cicatrices y era tan velludo que parecía un jardín de espinas; Laura se dispone a marcharse con el hombre para llevarlo a un cuarto destinado a los cadáveres, y en ese preciso momento el doctor Homero se queda mirando la sombra de Laura mientras esta se retira, la razón por la cual el doctor Homero hace esto es porque la sombra de Laura y del sujeto se habían quedado donde estaban, y con una sensación de gélido vacío en sus nervios el doctor Homero observa como Laura se retira de la sala sin sombra; con la mente muda e intuyendo la explicación a semejante suceso el doctor Homero intenta tranquilizarse, no sin imaginar que podrían decir los demás cuando se percaten de ello, como tampoco dejando de suponer que todo fuese una alucinación. Luego de organizar la sala de experimentación con ayuda de otros médicos y androides, el doctor Homero se marcha de la sala.

Barbara y Laura esperaron al doctor Homero en su habitación como de costumbre; la habitación del doctor homero es amplia y su techo alto y tiene un ciclópeo ventanal adornado con cortinas de agua, en cuanto el agua, es una floritura que adorna el ventanal y que delinea algunas secciones de la habitación además de ser pintada con pícaras luces rojas; en la habitación también se pueden apreciar otros muebles tradicionales como un escritorio, un armario y otras secciones como el baño y por supuesto, la cama donde duerme el doctor Homero junto con Laura y Barbara. Engalanadas solo por las sangrientas luces ornamentales y trajeadas de sombras y penumbras, Barbara y Laura se hacen cargo de malacostumbrar al doctor Homero a solo dejarse besar, chupar, lamer, mamar y sobajear mientras él se limita a seguir con sus virtuosas conjeturas; el doctor Homero que se encuentra de pie y ya desnudo, monta uno de sus pies en el borde de la cama, pisando el deífico tendido de su enardecido lecho, Barbara se arrodilla, le abre de par en par el nalgatorio y, sepultando su rostro entre las nalgas le penetra con una lengua que le consiente la mas profunda tripería, en cuanto a Laura, se guarda la tranca del doctor Homero entre las piernas, y dando la impresión de que busca la lengua viperina de Barbara, besa burdamente al doctor Homero enhebrándole la lengua hasta el fondo del esófago, luego de unos quince minutos poco mas o menos, el doctor Homero se echa en la cama y ambos androides lo siguen sin desconectarse, el doctor Homero se monta encima de Laura poniéndose a cuatro patas, Laura lo sigue besando ininterrumpidamente y Barbara queda con el culo abierto del doctor Homero, la cual lo comienza a penetrar con la lengua como los hombres penetran a las mujeres con el pene. Al poco tiempo y al ver que Laura había abierto sus patas como un pavo real abre su cola, el doctor Homero comienza a penetrar a Laura por la vagina, agarrando sus pantagruélicas ubres como pilares, de modo que Barbara retira su lengua del ano del doctor Homero, y no ubicándose de momento, opta por abrazarlo rosadamente por la espalda mientras que los tres retruenan, maldicen y blasfeman. Pasado otro intervalo de tiempo similar, el doctor Homero se recuesta bocarriba y Laura se embute de un totazo la tranca del doctor Homero por el nalgatorio, se revuelve la melena y comienza a cabalgarlo con una sonrisa demacrada y femenina y, acto seguido, Barbara se sienta encima del rostro del doctor Homero para azotarle y restregarle el rostro con el tafanario al mismo tiempo que el doctor Homero le estruja las ubres a Barbara. El doctor Homero se levanta de la cama haciendo caer un sinnúmero de cojines y agarrando del cabello a Barbara y a Laura quienes maquinalmente se arrodillan y se disponen para la felación; los fulgores estelares revelan escrupulosamente las facciones ardorosas de los dos androides y el doctor Homero se queda pasmado con la nueva e impactante expresión de sus rostros mientras estas comienzan a succionar su brotado instrumento; Laura y Barbara rasguñan los muslos del doctor Homero, se atragantan con sus testículos, enredan su vello púbico en sus lenguas y comienzan a susurrar incoherencias, y conforme pasa el tiempo los rasguños y golpes de los androides se hacen cada vez más y más insoportables, y su lujuria se transmuta en cólera hasta que atacan al doctor Homero mortalmente; el doctor Homero, que ya daba por hecho que algo andaba muy mal y que tenía agarradas a Laura y a Barbara del cabello, las arroja los más lejos que puede y acto seguido, le asesta una brutal patada en el estomago a Barbara que la hace quebrar el ciclópeo ventanal  y caer al vacío; una salvaje y virulenta corriente de aire penetra en la habitación del doctor Homero, y de pronto, un nervioso intento de homicidio por parte de Laura con una mala embestida la hace caer en las manos de un furibundo e implacable Homero, este la comienza a estrangular brutalmente a sabiendas de la fuerza inhumana que poseen los androides, por esta razón se queda pensativo mientras Laura se asfixia entre lágrimas y comprueba que esta ya no es un androide sino un ser humano, y unos segundos después Laura expira y el doctor Homero la deja caer al suelo. Sin una idea clara de lo que debía hacer, el doctor Homero cogió un arma de su escritorio y se dispuso a inspeccionar la fortaleza.

El doctor Homero sale de su habitación con la mente en blanco, se va caminado por un laberintico pasillo, y aunque deduce que la soledad del planeta lo está perturbando, no se atreve a conjeturar nada ni siquiera en la intimidad de su mente; luego de un largo rato comienza a temblar del miedo puesto que el pasillo parece no tener fin, luego de una hora poco más o menos  se extingue la luz del pasillo y comienza a escuchar difusamente las voces de los androides y de los otros médicos e intenta ubicarse pese a la absurdidad en la que estaba inmerso, sale corriendo aterrorizado y de pronto, las voces de los médicos y de los androides pasan de ser de extrañeza por el apagón a ser diálogos truculentos y sarcásticos, luego pasan de ser balbuceos como garabatos a ser carcajadas demoníacas y el doctor Homero comienza a maldecir y a soliloquiar vulgaridades por su suerte. Ya en otro pasillo iluminado por la lobreguez nocturna, el doctor Homero se comienza a convencer de sus íntimas suposiciones: que la realidad estaba cambiando como un efecto secundario de sus experimentos o que sencillamente estaba perdiendo la cabeza; siguiendo con su eterno recorrido, el doctor estaba atónito observando como las sombras, incluso la suya, se movían como si tuvieran vida propia, y temiendo por su vida siguió corriendo en aquellos pasillos infinitos, observando boquiabierto como la arquitectura de la fortaleza se metamorfoseaba… los pasillos se retorcían, se hundían, se elevaban y se enroscaban, por lo que el doctor Homero concluyó que, si no salía de aquella fortaleza, moriría. De pronto, el doctor Homero se tropieza bruscamente con alguien y cae al suelo, acto seguido se incorpora y apunta con el arma a la persona con quien se había tropezado, esa persona era Barbara, «Homero», pronuncia el androide con frialdad, y el doctor Homero, atribulado, le hace tragar un tiro en la frente y sale cojeando lo más rápido que puede. Víctima de una terrible agitación que le punzaba vorazmente el corazón por su avanzada edad, el doctor Homero se detiene y se reclina en una columna para tomar aire y para descansar, pues, al borde de la locura, y luego de un corto lapso de tiempo sigue la huida; objeto de alguna psicosis, el doctor Homero comienza a buscar las escaleras en vez del ascensor para bajar hasta el primer piso y salir de ese manicomio sin siquiera figurarse a donde iría en un mundo vacío. Con un agudo atrueno en su mente que se mezclaba con las maldiciones, blasfemias e incoherencias de los huéspedes de la fortaleza que parecían acecharlo, deambulo en la más viscosa oscuridad hasta llegar a un pasillo iluminado por el resplandor estelar que se filtraba por los macizos ventanales y a cuyo lado se presentaban los cuartos que se subdividían en calabozos, calabozos en los cuales permanecían bien o mal los cautivos que se utilizarían para los experimentos; sin pensar siquiera en detenerse a soliloquiar mentalmente acerca de la relativa inmoralidad de aquellos experimentos, el doctor Homero siguió su huida observando el reflejo que le devolvían los ventanales de los cuartos donde estaban los calabozos, con la mirada retorcida que se negaba a creer que no era él la persona que se veía reflejada en los ventanales. Casi moribundo a causa de la agitación, del dolor de bazo y del cansancio, además del ruido que le azotaba la cabeza y la violación de su sentido común, el doctor Homero llega a un punto donde se encuentra con “personas”, y bien seguro de que todo andaba muy mal, dispara morbosamente contra los entes infernales que se le presentaban sumergidos en las tinieblas; el arma del doctor Homero dispara a larga distancia un enorme campo de electricidad deliciosamente conducido, y luego de un solo disparo aquellas entidades demoníacas fueron suprimidas del pasillo, no quedando más que una leve escarcha de carne y sangre flotando por segundos en el aire. Las voces se hacen más intensas por la cercanía y entre ese cúmulo de rugidos alcanza a distinguir la voz de Laura que lo llamaba con locura, y el doctor Homero, no teniendo en mente otra cosa que correr y correr, hace caso omiso del oscuro llamado y luego de dar con la escaleras que buscaba, comienza a descender para llegar al primer piso y así salir de la fortaleza; en pleno descenso las metamorfosis asimétricas de la fortaleza se intensifican y no paulatinamente sino ipso facto, las entidades que lo observaban descender en los momentos en los que el doctor Homero pasaba por un piso y la escalera siguiente, comenzaban a seguirlo velozmente, por lo que el doctor Homero no escatimaba en disparar hacia arriba y hacia atrás cuantas veces fuera necesario, lo que provocó un nauseabundo baño de vísceras y de sangre, y de carnes y de huesos artificiales. Al cabo de un rato, el doctor Homero, bañado en sangre y en vísceras y al borde de la muerte por la persecución, llega a un pasillo que conduce al comedor, se apresura y renquea hasta el comedor como si tuviera un plan objetivo, baja una pequeña sección de escaleras que conectan al comedor con una sala de estar mientras escucha los lamentos guturales de Laura que reverberan en la ya casi vacía fortaleza. La puerta de la entrada de la fortaleza no identifica al doctor Homero, por lo que este saca una tarjeta de su pantalón y la introduce en un aparato para que la puerta se abra, la puerta se abre y el doctor sale de la fortaleza casi inconsciente y siendo una persona visualmente distinta; ya fuera de la fortaleza las vacunas preparan el cuerpo del doctor Homero para las particularidades ambientales del planeta, el doctor recorre un cristalino jardín y pasa por la primera puerta que conduce a la fortaleza y en la cual tuvo que repetir el mismo procedimiento que en la otra puerta. Habiéndose retirado lo suficiente, el doctor Homero observa la férrea fortaleza retorcida, y sin ninguna esperanza de vida y habiendo visto lo que nunca se imaginó ver, se dispara en la sien, satisfecho y sin ninguna reflexión.

 

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