GRACE SUÁREZ

 

El oscuro ya había consumido los ecos del día, la frágil niebla de recuerdos ya reposaba sobre el regazo justo dentro de mi cuerpo que absorbió todas aquellas imágenes que pudieron ser tan variadas y sobre todo dadoras de múltiples emociones. Cada noche las capas de pecados abrumaban con presión infinita el descanso mío. El telón traslucía sobre mi cama y elevaba su manto, entonces se formaba lo siniestro y lo perverso, vaga aquella figura encorvada y con largo cabello cuyos tiempos de infortunio sometieron su cuerpo al azote de la extrema delgadez. Y helaba el sitio de reposo junto con su inesperada presencia.

Y le pregunté yo a aquella sombra:

—¿Sabes tú con qué alcance cae tu desdicha sobre mí?

Y ella respondió:

—Sobre ti llueven los pasados que han sido arrastrados junto con la época a la que pertenecían, aquellos que entre la marcha han ido bebiendo las sales de tus angustias y han crecido, forjándose ellos como pilares en ese danzar tuyo que llamas destino. Yo, solo soy el resultado de todo aquello.

La angustia recababa hondo en la pena mía y rozaba con aspereza el cumulo de espejismos que proponían otorgarme consuelo, aquella falsa emoción que volvía incierto mi destino. Mi agitación inflaba y desinflaba mi pecho con brusquedad, los sentidos míos viciados por las palabras de aquella figura estallaban en gritos silenciosos que bramaban en mi cabeza, solo en mi cabeza.

—Sobre ti se desliza el recuerdo amable de tus adorados muertos, pero ellos ya no recuerdan su existencia, ni lo que se les fue concedido en vida. Mientras tanto esos vestigios pulverizados, todos ellos creen poder sostener la vida que ya se ha arrancado de tu camino. No, recordar no es más que el desespero inútil por revivir algo que sin duda alguna no volverá, pero tú sigues viviendo allí. Fenecerás con noches eternas de vigilia, compuesta por alabanzas cargadas de apasionante melancolía y aun así no cesará del todo tu existencia.

—¿Qué será de mi espíritu cuando parta de aquí por mi propia mano? ¿habrá alguien del cual brote alguna lágrima a mi nombre?

—Tu espíritu se volverá tan denso como la niebla que ahora pasea por este lugar, levantarás tus brazos a las tinieblas y marcharás sin rumbo, tus ropas colgarán y sobre el piso descansarán, pues a falta de alimento tu figura sombría adoptará la delgadez de los muertos y a tu paso dejarás con lobreguez el rocío de frías pesadumbres.

Entonces la figura sentada al pie de mi cama suspiró de cansancio y desapareció, y con ella cesó la cruda frialdad que durante largo rato invadió mi habitación. Fueron instantes trémulos en los que la duda arremetió con desquicia mis impotencias internas, dilatando mi impaciencia y promoviendo con seguridad espacios de absoluta tensión. Cuando la reconfortante comodidad me hundió en el colchón mi cuerpo abatido suspiró de cansancio y se entregó flácido a una incesante sensación de debilidad.

Los pasos míos llevados por la locura y las imaginaciones certeras que tomaban forma al oscuro del ambiente dudaban entre avanzar y quedarse inmóvil, esperando que con eso la respiración calmara sus angustias y los desmotivados ecos permitieran con su silencio que mis acciones tomaran forma de algo interesante. Dejaba yo entonces que fueran aquellas las sensaciones que se forjaran, obstruida por tantos enjambres que se formaron durante mis horas de sueño, un sueño perpetuo que arrancaba de mí sucesos y hechos que no volvían, y allí quedaba atrapado todo, lejos de mi conciencia, lejos de mi control, sumido en lo tenebroso que solo abría sus verdades a las horas nocturnas de mi tiempo.

Al llegar nuevamente la noche sobre el pie de mi cama se formaba nuevamente aquella figura, resonaba su voz y con ello una actitud de inquietante espera.

—¿Cuántas serán las noches en las que tenga que recibir tu presencia? ¿Cuándo dejará de corroerme la culpa?

—Yo he de escuchar tus lamentos, ellos llegan hasta mí gobernados por la inmutable pena que se ha formado a razón del constante encierro al que fue sometida y han sido precisamente las palabras no dichas las que han propiciado la constante agitación. Yo ya te he visto antes, pero ya de este lado mucho no puedo sentir. La pregunta correcta es, ¿cuándo vendrás tú a mí?

Me senté al pie de la cama y pensé por unos instantes la respuesta a esa pregunta. Su presencia intensificaba mis emociones, provocaba gran conmoción y diversas sensaciones. La información incrustada en mi cuerpo se elevaba con gran ímpetu, con gran necesidad, permitiendo que todo aquello saliese de mí, aunque esto no implicara precisamente las palabras. Mantuve mi vista puesta sobre la figura siniestra y me adentré en ella rogando que su impávida quietud dejara que yo pudiera detallarla lo mejor posible. Con absoluta decisión tomé sus frías y humeantes manos, pero se perdían entre mis dedos bruscos y torpes que no lograban sostenerla del todo, entonces la neblina se formó en mi frente mostrándome con claridad el pasado febril que se mantuvo oculto de mi conciencia y que desde dentro turbaba mis emociones hasta hacerlas estallar sin motivación alguna. Del oscuro nació una pequeña luz que desprendió toda la lluvia sobre mí, mostrándome con desespero las lágrimas ardientes, las infinitas laceraciones, los pensamientos catastróficos y desoladores, la inercia de un cuerpo desganado, y el absoluto silencio que rondaba mientras todo eso ocurría en el mismo cuerpo, en la misma habitación y durante tantos años, pronto el haz de luz se introdujo en mi cabeza y todo volvió a hundirse en la penumbra.

—La oscuridad nace de mí porque a mí se adhirió, el tiempo entre evento y evento fue extremadamente corto para recuperar mi coraje. Mi llanto podrá hacerte regresar, pero mi espíritu se arranca las capas de dolor y se renueva cada día, y entonces llegará el momento en que alcance la última. Si yo desaparezco, en la noche de alguien mas no te podrás reflejar porque recuerda que eres tú la que me pertenece a mí.

—Entonces, ¿Qué soy yo?

—Parte de mí y, ¿Cuál es tu nombre?

—Depresión.

Entonces comprendí que aquella figura era el resultado de mis angustias, de mis malestares y mi absoluta sensación de soledad, por eso acudía a mí en mis momentos de lamento, y no yo no hablaba con ella, ni ella hablaba conmigo, solo era yo hablándome con absoluta fuerza, descifrando mis sentimientos con lo poco que alcanzaba a recordar, y yo la forjé como esa figura para poder comprender desde afuera aquello que la conformaba.

Y entonces nunca dejé de repetirme: “Aquello siempre hará parte de ti”.

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