SUSANA R. GARRIDO

I

—¡Dispara! —Murmuré en un tono glaciar tan leve que sólo yo podía oírme—. ¡Dispara, imbécil!

Los restos de fotografías hechas añicos se pegaban a las plantas de mis pies: pronto estarían cubiertas de sangre, al igual que la tela blanca y ese estúpido diván que coloqué en la esquina siguiendo las malditas pulsiones de mi inconsciente.

— ¿A qué esperas, idiota? ¡Dispara!; ¡se un hombre por una vez en tu vida!

No era tan fácil, el frío metal del arma tintineaba contra mi anillo de boda en una plegaria tan absurda como irónica: ella se moriría de risa. Así es, cambiaría los llantos y los reproches por una sonora carcajada, y la otra; la otra parecía incluso más poderosa al borde de mi muerte. Sus ojos de un verde imposible se clavaban en los míos con la quietud de una bestia salvaje. Desde la lejanía, su perfume era capaz de embriagarme hasta la locura, ese que recuerda a la selva profunda, a las hojas de los árboles inyectadas de clorofila.

—¿Por qué no la matas a ella, idiota? ¡Ella es la culpable! ¡Ella te ha metido en esta espiral de lujuria! ¡Mira, ahí está! ¡Mátala! … ¿A quién ibas a matar tú? ¡Eres un cobarde!, ¡un mierda! Tú eres el único culpable, ¿quién si no se ha dejado engañar como un niño?… ¡Dispara de una vez! ¡Dispara!

 

II

            Aquella mañana me levanté con los primeros rallos del día; nunca podría olvidarlo. Tomé un café solo y salí cámara en mano preparado para fotografiar el desfile de Batukada que había organizado el ayuntamiento por la Semana Cultural. No era el primero al que asistía, pero sería diferente de todos los demás. Hacía seis meses que había dejado mi trabajo como administrativo en la oficina de correos, pese a las quejas de mi mujer, que no concebía cómo a mis cuarenta años me comportaba como un adolescente atolondrado pretendiendo dedicarme a la fotografía artística. A pesar de sus múltiples puyas y rostros pálidos, decidí no hacerle ni caso y lanzarme a cumplir mi sueño, a desarrollar mi pasión… ¿Acaso se le puede negar a una persona a ser ella misma?

Lo cierto es que aquel día sería una prueba de fuego: captar el movimiento, algo que había estudiado en muchos cursos y todavía no me había atrevido a poner en práctica. Allí estaban aquellos jóvenes enérgicos golpeando los roncos tambores, crepitando por las calles, que inundaban de ecos festivos las fachadas de las casas, a la par que los silbatos, timbales y agogos; el colorido de sus ropas hacían las delicias de mi cámara; sus  danzas al ritmo de la percusión parecían golpear el objetivo con la fuerza de la tierra, con el olor de una selva virgen del centro de Brasil; todo era una debacle de formas que se mezclaban sin sentido, sin lógica. Lo observaba todo a través del visor, extasiado, deseaba que la cámara lo captase todo, una imagen para la posteridad, una fijación del caos de la vida, un recuerdo hecho arte… Por eso, para mis adentros, repetía una y otra vez: «¡dispara!».

De repente, justo en el punto de mira, se situó ella; un espasmo me sacudió: la cámara temblaba entre mis manos. Levanté la vista, creí que estaba alucinando, pero me equivocaba; era real: de carne y hueso. Tenía la piel dorada como el sol, los ojos verdes, tan brillantes que luchaban por saturar los filtros de mi reflex; su cabello era una cascada de rizos negros arrojados vertiginosamente sobre su frente en una loca danza ritual, y su semblante, sereno a la vez que fuerte, parecía representar la fuerza de la naturaleza, pintado de símbolos tribales en ocre, sus brazos golpeaban el repinique con las mazas al estilo de un terremoto febril. Todo su cuerpo se contoneaba al compás del sonido de la tierra; parecía una diosa, una criatura sobrehumana, un ser de majestuosidad implacable.

Me quedé petrificado, dejando los labios entreabiertos, mis ojos amenazaban con salirse de sus órbitas. Entonces, su mirada me asaltó; era incisiva y noble, ardiente a la vez que gélida. Mi corazón se había vuelto loco, no sabía si era por acompañar a los tambores o por la presencia de aquella mujer imponente. Entonces apartó la vista, dejándome en el más absoluto de los vacíos, sólo podía escuchar una voz en mi cabeza, una voz que me gritaba: ¡dispara! Me agache ante ella, y fijando el objetivo hacia su cuerpo, pulsé el disparador una vez, y otra, y otra… Suspiré. Ya era mía.

 

III

No era raro que pasase la mayor parte del día en mi estudio, en casa las horas se me hacían eternas: una esposa adicta a los programas de cocina y una hija obsesionada con whatsapp no eran una compañía muy acogedora; así que cada uno se había buscado su propia droga: la mía era la fotografía artística. Sin embargo, aquella semana empecé a excederme en la dosis. Sentado ante la mesa de escritorio pasaba las manos una y otra vez por mis ojos cansados de la pantalla, seleccionando efectos, aplicando contrastes, sombreando bordes y todo lo que se me ocurría para que las imágenes tuviesen una presentación impecable.

Había recogido muchas parcelas de realidad en aquel desfile de Batukada, pero sólo había una serie que me interesaba: la de aquella mujer de ojos verdes. Había hecho varias copias: en color, blanco y negro, sepia; otras aplicando contraste: de 10%, 15%, 20%… En todas se alzaba como una diosa salvaje, una reina; y en otras palabras, que darían patadas en el culo a lo políticamente correcto: una hembra de las alfa. Había conseguido captarla mientras golpeaba su repinique, traspasándole su propia fuerza, aquella que venía reflejada en sus brazos fibrosos, en su cuello tenso… Las miraba una y otra vez, todos los días; era como una secuencia de movimientos que pasaba ante mis ojos sin cesar. Aunque, al cabo del tiempo terminé por acostumbrarme a la repetición y el vacío crecía en mí sin que nada fuese capaz de contenerlo. «No se puede captar la realidad en su todo», me decía para calmar mis desbocados pensamientos; ella lo comprendía, sólo que hay más impulsos rondando la cabeza de un hombre, y estos no suelen ser muy racionales que digamos. Suspiré hondo, dejando caer la cabeza contra el respaldo de la silla y mirando una vez más aquellos ojos verdes, murmuré:

— Bueno, hay que aceptar cómo son las cosas…

Y al mismo tiempo, una vocecita entre mis sienes me susurró: «o no…».

Me incorporé de la silla, cerré photoshop; abrí internet: Facebook siempre es la clave. Busqué el nombre del bloco, sus amigos, sus integrantes, fotos de grupo… y allí estaban de nuevo sus ojos, su cuerpo captado por la cámara en otra posición, sus cabellos rizados habían danzado en otra coreografía; mi corazón rebosaba de alivio: ahora la imagen había cobrado vida de nuevo. Acaricié su rostro con el cursor y me dio un nombre:

—Silvana Sousa— murmuré sin dejar de clavar los ojos en la pantalla y el corazón obcecado en suicidarse de mi pecho.

IV

¿Cómo quieres que me ponga?— murmuró la voz de Silvana: grave, cargada de sensualidad, y capaz de hacer temblar la cámara entre mis manos.

— Así está bien —referí sin atreverme a mirarla más allá del visor de la cámara.

Me resultaba un mundo ver sin el escudo de cristal aquel cuerpo esculpido en las medidas exuberantes de la selva brasileña, vestido con la sencillez de una camisa blanca y un vaquero roto por las rodillas. No; ¡era demasiado! Sus ojos miraban a través de la intensidad de la hierba, desprovistos de cualquier clase de maquillaje eran aún más amenazadores, pues todo era natural en ella; todo era excesivo, a la vez que tocado por una luz tan agreste como la noche; tan brillante como el día. Y temiendo sufrir un ataque del Síndorme de Stendhal, me aferraba a mi cámara muerto de miedo, ya que ante tanta belleza sólo se puede luchar de una forma: «¡dispara!», me decía una y otra vez; «¡dispara!», … «¡dispara!» …

Hace varios días que subí mi álbum del desfile a Facebook y en un impulso tan valiente como descerebrado, etiqueté a Silvana en aquellas fotografías que tanta tranquilidad y sueño me habían robado. Ella me dio las gracias, mostrándose muy amable; también me dijo que le encantaban mis fotografías. Tuvimos una charla cordial, de esas que consisten en frases cortas y preguntas obvias. Aunque finalmente, le comenté que quería participar en un concurso de imágenes al natural y le ofrecí ser mi modelo; no contestó. Durante tres días, el minúsculo indicativo de «visto» en la franja inferior derecha del chat se me hacía un mundo sobre los hombros; ni un sí, tampoco un no; mi mente sólo podía desvariar: «¿Se habrá molestado?», «Quizás he sido muy directo… Sí; eso es… tendría que haberlo planteado de otra forma», «¿y si ha pensado que tengo malas intenciones? … ¡hay tanto capullo suelto por el mundo que una mujer así debe estar harta de buitres…», «No. No debí escribirle, no debí proponerle algo as…».

De repente, una viñeta roja brilló sobre el símbolo de los mensajes. Me apresuré a abrirlo:

«¡Oh! Pues la verdad es que me encantaría… Pero tengo que decirte la verdad, nunca he trabajado como modelo y no creo que se me de bien; no soy capaz de quedarme quieta por mucho tiempo. Si eso no te importa…»

«¡Dios!, ¿¡cómo me iba a importar!?», me dije tras suspirar tan hondo que una ferviente presión contra mis sienes estuvo a punto de  desembocar en mareo… Así; sin pensar, lejos de preocuparme por el lío en el que estaba a punto de meterme, le contesté:

«Perfecto. Pásate por mi estudio mañana por la tarde…»

Silvana llegó pronto, me saludó con dos besos que incendiaron mis mejillas al contacto de aquellos labios en forma de corazón.

—Voy a hacerte unas fotos de prueba… Si salen bien, el próximo día iremos a una playa cercana.

— Vale— aceptó haciendo gala de su acento portugués, tan redondo; típico del otro lado del Atlántico.

Lo cierto es que era una modelo pésima; tenía razón: no podía mantener las poses ni por dos segundos consecutivos; las fotos salían movidas, era como si su energía se resistiese a ser atrapada en un simple papel de dos dimensiones, pero nada de eso me importaba. Una sensación de plenitud me hacía flotar en el aire, sólo que en seguida me inundaba el vértigo: «¡dispara!».

—Ya está —dije apartando mis ojos del visor para arrojarlos contra el suelo, sometidos a su presencia— creo que serán suficientes. —Mentí, pues no habría vida lo suficientemente larga para captar todo lo que yo hubiese deseado.

A los pocos días, fuimos a la playa. Después le hice otra sesión en un bosque cercano; llevaba un vestido blanco que resaltaba el tono dorado de su piel. Otra vez nos citamos en el metro; nunca conseguía atrapar lo que yo deseaba en las fotos.

—Lo siento, soy demasiado perfeccionista. —Volví a mentir. Dejar de captar su figura era como renunciar a la vida; una vida a su costa.

Sin embargo…

Una tarde, en la que estaba muy entretenido, retocando sus últimas imágenes, llamaron a la puerta; pensé que sería mi mujer. En contadas ocasiones, se dignaba a aparecer por allí para recordarme alguna tarea que debía de hacer antes de que acabase el día; pero muy de vez en cuando, pues detestaba aquel lugar, aquel bajón en la cuenta destinada a nuestro futuro común; y aunque todo el dinero empleado en mis aficiones había salido exclusivamente de mi bolsillo lo sentía como un atropello hacia ella misma, hacia sus deseos y sus planes: a veces el nosotros es el mayor  justificante para los tiranos. Abrí desganado, sabiendo que esa tarde no terminaría de aplicar los filtros. Solo que, entonces…

— Hola. ¿Molesto?

— Eh… no— llegué a balbucir a la vez que bajaba la mirada ante el hechizo de sus ojos verdes—Pasa…

Silvana entró con pasos enérgicos, pero a la vez dotados de una tranquilidad abrumadora, como de costumbre; ya me había aprendido hasta el color de sus movimientos. La miré de reojo,  observando el movimiento de aquel vestido rojo, que insinuaba sus formas sinuosas, parcialmente ocultas bajo sus bucles de ébano, cayendo precipitados desde la cabeza al vacío de su espalda.

—Pasaba por aquí y pensé que quizás tenías listas las fotos… ya sabes, las del otro día. Me gustaría verlas.

—Eh… bueno, las estaba retocando ahora mismo.

Caminé hacia la pantalla del ordenador, Silvana me siguió. Podía sentir el calor de su piel aproximarse a la mía, su respiración era un veneno que me agitaba hasta los tuétanos. La mano me temblaba sobre el ratón.

—Ves… tal vez mañana estarán listas…

—Muy bien —refirió en un tono tranquilo—. Pues mañana me pasaré a verlas…

De repente, sentí su lejanía; el vacío me abrumaba, sus pies la llevaban hasta la puerta y, en un impulso alocado, balbucí:

—¿Ya te vas?

Giró sobre sí misma presa de una lentitud acechante, mostrándome aquel rostro ovalado,   que discurría como una llanura dorada alrededor de sus labios carnosos y rojos, en el que reinaban esos ojos verdes, hipnóticos, que ahora sí había osado mirar directamente.

—¿Qué iba a hacer aquí? Yo sólo soy un trozo de carne al que tú fotografías…

Aquellas palabras eran un jarro de agua fría sobre mi cabeza. Un temblor me asoló el cuerpo entero… Sentí vergüenza. Agaché la vista y sintiéndome como un idiota murmuré:

— Eh… no… Silvana, yo…

— Tú nada… si no eres capaz ni de mirarme a los ojos…

Caminó hacia mí, en intimidante lentitud, parecía como si creciera por momentos y yo me hiciese infinitamente más pequeño. Sus dedos rozaron mi mentón, levantándolo hasta que mis ojos se encontraron con los suyos: una furia visceral brotaba de ellos a borbotones, pero entonces, su rostro se relajó en una mueca cargada de dulzura.

— Tienes los ojos grises; me gustan. Son lo primero que me llamó la atención de tu foto de perfil. Mostraban la sensibilidad atormentada del artista. ¿Sabes? Siempre he adorado esa expresión de vida y muerte en la mirada de los pintores, los poetas…

No sabía bien qué decir, temblaba; mis piernas parecían estar a punto de romperse y hacerme caer de bruces ante ella. Ya no podía defenderme tras la cámara al grito de «¡dispara!»; ahora estaba a su merced.

—¿Sabes lo que más me gustó aquella primera imagen en la que me etiquetaste?

— ¿Qué?— murmuré, dejando salir  un tímido hilo de voz.

— No eran ni esos filtros, ni las capas de retoque que habías puesto, ni siquiera la saturación del color… Era la forma en que la hiciste. Recuerdo haberte visto, recuerdo tu cara observándome con admiración entre los espectadores del desfile… Por eso me escribiste; por eso accedí a venir…

Suspiré. Me dolía la cabeza; por un momento no supe ni siquiera donde estaba. Entonces, observé su rostro acercándose, sus labios entreabiertos rozaron los míos rezumando oleadas de saliva caliente, inundándome sin que pudiera negarme; la estreché contra mi cuerpo, intentando hundirla más allá de mi piel. Me perdí en sus cabellos negros, que se precipitaban sobre mi pecho en esa alocada danza. Ella me arrancó la ropa como si fuese la única forma de salvarse de la muerte, yo hice lo mismo, contemplando sus formas excesivas, sus suaves pechos derramándose al tacto de mis manos empapadas en sudor. Sin separarnos por un instante, corrimos hacia el diván. De un manotazo lancé por los aires todas las carpetas de fotos y papel blanco. Ella me empujó, sentándose sobre mí en seguida, sus ojos ardían, su piel dorada resplandecía erizada ante mis ojos. De repente…

—¡Oh, Diosss!— murmuré al sentir cómo me hundía en ella.

Sus caderas torneadas iban y venían sobre mis muslos y al unísono golpeaba mis labios con aquellos pechos redondos, coronados por pezones de color palosanto; los besaba, inquieto, desconsolado, fuera de sí…

— ¡Ahhh!— gimió su voz cavernosa, rezumando humedad, como toda ella en aquel momento.

Entonces, levanté la vista, observando su mentón oval sobre mi frente y aquel rostro contraído en un placer indómito, como una diosa amazónica que ejerce su poder sobre los mortales; sentía que me moría en ella, cuyo interior me abrazaba, me absorbía, me arrastraba hacia lo más profundo de su alma; era un todo inestable y fluido. Hundí mis dedos en su espalda resbaladiza, ya no pensaba, no razonaba: estaba perdido. ¿Qué podía hacer? «¡Dispara!»

— ¡Ahhhh!— gemimos al unísono, dejándonos caer exhaustos.

¡Y disparé!

V

Las llaves tintinearon al otro lado de la puerta: «ya está aquí». Al abrir dejó entrar su perfume a madera, a hierba, a mujer; como había hecho cada día durante estos cinco meses.

— Mi amor, no sabes el calor que hace, ¡uff!— refirió mientras agitaba el escote de aquel vestido de seda blanca.

Pero aquel día, era diferente; todo había cambiado.

—¿Qué haces ahí, cariño?— dijo al verme sentado en el suelo, descalzo, sobre el montón de fotografías suyas que acababa de rasgar en mil pedazos. No sé cuál fue su reacción, ni si sus ojos mostraban aquella furia implacable o estaban inundados de sorpresa y miedo; no me atreví a mirarla, otra vez no; ya no.

— Mi mujer me ha dejado— mascullé— ayer te vio salir de aquí e hizo preguntas… Me ha echado de casa…

El silencio se esparció por el estudio, diseminando un halo de incomodidad y confusión.

—Bueno —murmuró—, es una reacción normal cuando le pones los cuernos …

No respondí, el coro griego que daba su do de pecho en mi cabeza no me dejaba. Los pasos de Silvana retumbaron bajo mis piernas.

— ¡No te acerques! —vociferé presa de la cólera, o tal vez era pavor; no tenía ni idea. Pero en mi mano derecha sentía el frío contacto del metal, que se dirigió de forma automática hacia mi sien, al igual que mis ojos se clavaron violentos en la silueta asustada de Silvana; ahora sí me atrevía a mirarla, tenía un seguro de pólvora en mi mano.

—¿Qué estás haciendo?— balbució.

—Poner fin a todo esto…

Silvana no movió un músculo, escrutándome a través de aquellos inmensos ojos verdes; yo hice lo mismo, salvo que mi mente parecía una jaula de monos.

—¡Dispara! —Murmuré en un tono glaciar tan leve que sólo yo podía oírme—. ¡Dispara, imbécil!

Los restos de fotografías hechas añicos se pegaban a las plantas de mis pies: pronto estarían cubiertas de sangre, al igual que la tela blanca y ese estúpido diván que coloqué en la esquina siguiendo las malditas pulsiones de mi inconsciente.

— ¿A qué esperas, idiota? ¡Dispara!; ¡se un hombre por una vez en tu vida!

No era tan fácil, el frío metal del arma tintineaba contra mi anillo de boda en una plegaria tan absurda como irónica: ella se moriría de risa. Así es, cambiaría los llantos y los reproches por una sonora carcajada, y la otra; la otra parecía incluso más poderosa al borde de mi muerte. Sus ojos de un verde imposible se clavaban en los míos con la quietud de una bestia salvaje. Desde la lejanía, su perfume era capaz de embriagarme hasta la locura, ese que recuerda a la selva profunda, a las hojas de los árboles inyectadas de clorofila.

—¿Por qué no la matas a ella, idiota? ¡Ella es la culpable! ¡Ella te ha metido en esta espiral de lujuria! ¡Mira, ahí está! ¡Mátala! … ¿A quién ibas a matar tú? ¡Eres un cobarde!, ¡un mierda! Tú eres el único culpable, ¿quién si no se ha dejado engañar como un niño?… ¡Dispara de una vez! ¡Dispara!

Quité el seguro, sin dejar de mirar su rostro en perfecta quietud por última vez; era como una fotografía de carne y hueso. Mi dedo acarició la suave pátina metálica del gatillo.

— Cariño, no hay que ser tan dramático…—bromeó, haciendo gala de su desdén.

Sus palabras me taladraron los oídos, se burlaba de mí; de tanto dolor del que yo había sido víctima por su culpa. Un mar de odio brotó de mis entrañas. Entonces, mi brazo se extendió como por instinto; ya no sentía el frío cañón apuntando mi sien, estaba dirigido hacia ella, hacia su hermoso pecho. Una expresión surgía en mi cabeza: «¡Dispara!».

—¡Dispara!— mascullaron sus labios rojos, dejándose invadir por un gesto rotundo— ¿Eso es lo que quieres? … ¿Crees que eres el primer idiota que me apunta con un arma?—Reía—. No. Mi especialidad son los hombres débiles.

— ¡Cállate!— murmuré— ¡Tú me has destrozado la vida!

Una carcajada profunda resonó en el estudio, parecía un terremoto. Dio un paso, después otro y otro; mientras, su rostro dejaba ver aquella expresión implacable, aquel halo poderoso que golpeaba una y otra vez la seguridad de mi mano alrededor del arma.

—¿De verdad lo crees?: ¿por qué me fotografiaste?; ¿acaso yo te dije que lo hicieras? No. ¿por qué te pusiste en contacto conmigo?, ¿por qué día tras día esperas ansioso a que yo llegue a este apartamento?; ¿quieres que te lo diga?: ¡porque tu vida era una auténtica mierda…!

Sus palabras me confundían, mi respiración se agitaba; un vacío parecía querer tragarme sin que pudiera evitarlo. Su risa volvió a retumbar en mi pecho.

— ¡Te ha echado de casa una mujer de la que no estabas enamorado, que te trataba como a un perfecto inútil, que odiaba que empleases el tiempo en cualquier cosa que no fuese ella misma y sus planes..! ¿¡¡Y todavía me acusas de haber destrozado tu vida!!? ¡Si deberías darme las gracias! —Su sonrisa era tan fría como el cañón de la pistola, solo que sus balas en forma de palabras sabían acertar en el blanco, haciendo temblar la pistola entre mis dedos histéricos—.

— ¡Eso no es cierto! yo…

— ¿Me vas a decir que amabas a tu mujer? … Pues entonces tienes un verdadero problema: qué clase de persona ama a quien no le respeta…

Bajé la vista, no podía observar tanta verdad en sus ojos; mi brazo se negaba a creerla, a saber que era tan estúpido, tan débil como ella decía. Pero ella no se detuvo:

— Muy bien; tienes dos opciones: o te comportas por una vez en tu vida como un hombre y afrontas tus decisiones o sigues siendo un pusilánime y me vuelas la cabeza. Tu decides… ¿Que vas a hacer? —gritó— ¡Vamos!, ¡dispara!

Mi brazo se sintió firme por una vez en mi vida, tanto que lo bajé hasta el suelo; dejé la pistola. Me puse en pie y ajeno a todo miedo, miré a Silvana a los ojos, sin nada que me sirviera de escudo, sin ningún artilugio con el que disparar. Ella se mantenía erguida como una guerrera.

— Perdona, Silvana; he sido un…

La gravedad de su rostro se disolvió en una expresión serena que no perdía ni por solo instante la fortaleza.

— No hay nada que perdonar.

Y sin mediar palabra me dio la espalda, dirigiéndose a la puerta. No sentí el tradicional vacío cuando se marchaba, en su lugar me había invadido una extraña confusión.

—Eh… por favor, Silvana; no me dejes…

Silvana volvió sus ojos esmeralda hacia mí, tan serenos como fuertes, y una sonrisa cargada de indulgencia brotó de sus labios, enlazada con las palabras más bellas que jamás había escuchado:

— ¿Y qué iba a hacer yo aquí? Ya eres libre…

Una profunda fortaleza me invadió desde el interior; «tiene razón: soy libre; ¡soy libre! Y todo gracias a ella…». Entonces le sonreí, mirando a esos ojos verdes que ahora me resultaban un bálsamo para el alma, un espejo de la nobleza salvaje, aunque sabía que nunca más volvería a verlos. Abrió la puerta y me miró, por ultima vez, mientras mostraba aquella implacable expresión cargada de magia, que se me mezclaba con mi aturdida sensación de estar plenamente vivo, después de muchos años. Una idea se cruzó por mi mente: «¡Espera Silvana!, Déjame hacerte la última foto», aunque mis labios no pronunciaron palabra alguna; ¿para qué? ¿De qué serviría otro disparo? ¿Plasmar su figura sobre un papel? Pues ya, jamás podría olvidarla.

3 comentarios sobre “¡Dispara!

  1. Siempre he considerado que el relato, el cuento, debe tener en el lector el efecto de un martillazo; a través de muy pocas páginas ha de buscar el golpe literario, certero, esencial. Como lector, siempre me han interesado los cuentos cortos, urbanos, que, de un modo conceptual –de estructura casi poética– vayan a la esencia del hecho literario. Los dos relatos tuyos que he leído hasta ahora podrían ser el ejemplo de mi manera de entender este difícil género literario.
    Enhorabuena! Un abrazo del tamaño de Córdoba,

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    1. ¡¡Muchísimas gracias bitzoc!! Estoy de acuerdo contigo: un relato corto debe ser conciso e impactante, sin perder de vista la poética, ni tampoco la construcción de espacios y atmósferas –aunque sean mínimos–, que permitan al lector co-crear a partir de unos conceptos esenciales. ¡¡Un abrazo desde Córdoba!!

      Le gusta a 2 personas

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