TANATOS12

Capítulo 43

Mientras subíamos en aquel habitáculo miré el reloj, eran casi las tres de la madrugada. Llevábamos bebiendo ni se sabía cuántas horas y María parecía mantener la compostura mejor que yo. Al menos irradiaba una dignidad que tapaba en cierta forma su embriaguez, aunque esta fuera latente. Una dignidad que era triple, pues fingía que lo de Sofía llevándose a Guille no la había jodido, fingía que aquellos besos con Álvaro no la habían afectado y daba por hecho que la pérdida de su móvil no obedecía a un hipotético despiste suyo si no que había sido Álvaro quien se lo había perdido o quién sabe si robado.

María salió primero del ascensor; vi su caminar elegante, sus tacones, su falda de cuero tapando aquel liguero que ella aun no sabía que yo sí sabía de su existencia. Timbró antes siquiera de que yo hubiera salido del ascensor, con una decisión imponente. Yo estaba hecho un manojo de nervios por volver casi inmediatamente al lugar del delito, y ella esperaba tras la puerta como si tal cosa, o al menos eso parecía, o al menos eso quería proyectar.

Un segundo timbrazo coincidió con Álvaro abriendo la puerta, con sus pies descalzos, su pantalón de pijama azul y su camisa a rayas abotonada ahora solo un bar de botones, a la altura de la mitad de su torso, como si se la acabara de poner otra vez. María lanzó un “¿dónde está mi móvil?” antes de que el chico pudiera no solo decir algo, si no siquiera llegar a poner cara de sorpresa.

Y antes de que pudiera darme cuenta estábamos los tres de nuevo en aquel salón, que estaba hecho un desastre, de botellas, vasos, ceniceros y manchas pegajosas en el suelo, y María le decía retadora:

—O me lo has robado o te habrá caído en tu habitación.

—En mi habitación no hay nada —respondió él, sin amilanarse.

—¿Cómo que no? Vete a ver —le ordenaba María como si no se acabaran de besar de igual a igual, como si fuesen profesora y alumno, o ama y súbdito, como si hubiera una diferencia de jerarquía sideral entre ambos.

—Que te digo que no hay nada —respondía él lúcido, despierto, activo. Desde luego no parecía el estado en el que una persona decide irse a dormir.

El chico ni parecía tener la intención de ir a su dormitorio a buscar su móvil ni le ofrecía a María que lo fuera a buscar ella misma, y fue ella la que desfiló delante de él, en un resoplido de hastío, embocando aquel oscuro pasillo por enésima vez, como si la casa fuera suya. Tras ella fue él, que daba la impresión de soportarla tan poco como ella a él, y yo, que seguía cargando con los dos abrigos, y me sentía un vasallo apartado, siguiendo los pasos de mi novia y del chico que la acababa de besar.

Álvaro emitió un “a la izquierda” indicándole a María donde estaba su dormitorio y mi novia se perdió por ese flanco, donde ya no había más pasillo, y dejamos los tres, a la derecha, un par de puertas cerradas. Una vez en su dormitorio aluciné con aquella ciénaga, de muebles viejos y ropa por todas partes, olor a cerrado y oscuridad. Ademas las paredes eran de un color rosado extraño, nada que ver con el resto de la casa, como un remiendo que no pegaba nada.

Fue Álvaro el que encendió una luz de una lámpara de una mesilla, que custodiaba una cama desecha y cutre, con barrotes en el cabezal y a los pies de la cama. No es que el resto de la casa fuera moderna precisamente, pero aquel dormitorio te cambiaba, y mucho, de siglo. María rebuscaba sobre una mesa, sin importarle desordenar lo desordenado y Álvaro, tras encender aquella mugrienta lámpara, fue a su encuentro, o a detenerla, diciéndole que ahí era imposible que estuviese.

—Esto es una cuadra…. Es imposible encontrar nada… —dijo María retrocediendo un poco, apartándose de aquella mesa, y enredando sus tacones entre ropa y algunos papeles tirados, e hizo un gesto con las manos, como de no querer tocar nada más, como si todo lo que hubiera allí le repugnara y fuera susceptible de mancharla.

Álvaro seguía sin amilanarse, y le respondía en contraataques:

—Bueno, tranquila. Te he dicho que aquí no está.

—¿Pues dónde coño está? —preguntó ella, a medio metro de él, y a mi se me encendió mi propia bombilla, y empecé a rebuscar en los bolsillos del abrigo de María. Al segundo intento mi mano topó con un objeto duro y fino… indudablemente su móvil…

—Yo llegué a esta puta casa con él —dijo ella haciendo uso de un vocabulario que ni siquiera le pegaba, cuando tuve que manifestar mi existencia, diciéndoles que lo había encontrado, que estaba en su abrigo.

No es que yo esperase una disculpa, y no creía que Álvaro tampoco la esperase, pero al menos sí que bajara el tono, sin embargo ella dijo:

—Pues yo no lo guardé ahí.

Álvaro protestó, harto de ella, le preguntó a cuento de qué venía tanta sospecha, y ella prosiguió:

—Me lo has sacado del bolso y después te has liado y lo has metido en mi abrigo.

Álvaro le respondió, pero no a la cara, si no girándose, en un tono más bajo, como dándola por imposible, pero se escuchó claramente:

—Eres una puta tarada…

—¿Qué dices? —preguntó ella.

—Lo que oyes —se giró él, cabreado, frente a frente, los dos juntos, de pie, entre la cama y aquella mesa. Yo, a los pies de aquel catre, los veía en diagonal.

Se hizo un silencio, el primer silencio desde que habíamos entrado en aquel dormitorio, y ese silencio fue alterado por Sofía, que, indudablemente en el dormitorio de al lado, daba muestras de estar disfrutando bastante más que nosotros tres.

Era obvio que los tres estábamos escuchando aquellos gemidos, aquellos “ohh…” “mmm”, tímidos, al menos por ahora, pero María fingió no escuchar nada e insistió, marcando las palabras:

—Te he preguntado que qué has dicho de mí.

Y un Álvaro, que quería herir, pero sin levantar el tono, que no rehuía la pelea, pero que la planteaba en otras formas, dijo calmado:

—Mira… si te arrepentiste de marcharte y tienes ganas de más no hace falta este paripé.

—¿Pero tú qué coño dices?

—Digo que si quieres follar me lo dices y ya está.

Veía a María hasta capaz de darle una bofetada, o, como mínimo, parecía que se marcharía sin más, pero se limitaba a mirarle con repulsión, como si no se pudiera creer semejante chulería.

Volví a meter el móvil en el bolsillo del abrigo y posé ambos abrigos sobre una silla, sin perderles de vista. Lo que hizo Álvaro después me descolocó, y echó más leña al fuego, pues se agarró la polla, sobre el pijama, sin más, sin dejar de mirarla. María no miró hacia abajo, si no a él, y dijo queriendo ser hiriente:

—¿Qué mierda haces…? Estás enamorado de tu polla o qué…

—¿Y tú? —preguntó él, sorprendiéndome de nuevo, sorprendiéndonos de nuevo, llevando la mano que no agarraba su polla a sujetarle una de sus manos para llevarla a su miembro. María se resistió, pero al hacerlo, no pudo impedir que sus rostros quedasen frente a frente.

Yo no podía ni respirar, no sabía si María le daría una bofetada o Álvaro le atacaría; pensaba que en cualquier momento la boca de él podría buscar la de ella, aun con aquella tensión, aun con aquel odio permanente que se palpaba.

Otro silencio, y otra vez Sofía hizo acto de presencia. Otros gemidos… otros “ahhmmm” “ahh” y las caras de Álvaro y María frente a frente, y una mano de él sujetando una muñeca de ella, pero no conseguía más. Y ella se soltó… y la mano de María quedó libre.

—¿Qué te crees, que me voy a volver loca por cogértela? ¿Que tan pronto te toque me volveré loca?—se repitió María, algo borracha.

—Loca ya estás… —dijo él, produciéndose después un incómodo silencio, hasta que prosiguió:

—Y bien que te gustaban las fotos.

—Si… me encantaban las fotos, no había visto una cosa igual en mi vida… —dijo María, queriendo ser irónica —Estás enamorado de tu polla… de verdad… no puedes ser más ridículo…

Álvaro quitó de allí su mano, por lo que su miembro quedó más libre, y su bulto lucía enorme, aquel pollón no aguantaba más dentro de aquel pijama.

Cuatro, cinco, seis segundos… Sofía ya casi gritando… y la mano de María cobró vida. Clavándole la mirada… frente a frente, pues la diferencia de estatura era paliada por los tacones de ella y por tener él las piernas algo separadas… llevó aquella mano sobre aquel bulto azul.

Los dos frente a frente y mi novia le agarraba aquel pollón a través del pijama.

Creí morirme. Me mataba…

No sabía si Álvaro veía en aquello una tregua o una rendición, pero, en lugar de detenerse a vanagloriarse por el tacto de su mano, llevó inmediatamente su boca a los labios de María, labios que se apartaron, y yo creí morir, otra vez, sus caras pegadas pero no se dejaba besar… y María comenzó a sobar, a palpar aquella prominencia, retirando un poco más su cara, mirándole, para decirle con aquella retirada de su cara, pero no de su mano, que se alegrase de su mano allí, pero que no intentase volver a besarla.

Fueron unos instantes en los que yo no existía y en los que todo iba en aumento: los gemidos de Sofía, el sobeteo vulgar de María sobre aquella polla oculta bajo el pijama, y las miradas encendidas de Álvaro y María. Veía con más facilidad la cara de él que la de ella, que me daba un poco la espalda, aunque mi ubicación era prácticamente perfecta.

—Tócame por debajo —dijo entonces él, serio.

—Claro… y te hago una paja, ¿no? —dijo ella, más seria aun.

—No estaría mal.

—Lo que quiero es que me dejes tranquilita. —respondió ella mientras ya hacía movimientos a lo largo del tronco que estaba en horizontal… hasta casi parecer que le pajeaba a través del pijama. Parecía que le quería tocar con desidia, como sin importarle, sin sentirse impresionada, pero era difícil de creer.

El chico no respondió y ella insistió:

—Te hago una paja y me dejas en paz, borras mi número y dejas de llamarme y de perseguirme…

—¿Perseguirte?

—Sí.

—Si lo dices por lo de ir a tu trabajo fue un día de casualidad que pasaba por allí… no te lo tengas tan creído…

María seguía recorriendo aquel bulto alargado con desdén y no sabía si creerle aquello; llevaba semanas dando por hecho que aquel chico estaba obsesionado con ella.

—Te hago una paja y me dejas en paz… —insistió ella, parecía que queriendo acabar cuanto antes, tanto aquel tenso diálogo como todo lo demás.

—Claro… claro… —respondió socarrón.

—¿Sí o no? Si prefieres te dejo aquí… empalmado. —quiso zanjar ella de una vez por todas, pronunciando de nuevo palabras que me sonaban raras en ella.

—Vale… —dijo él, sonriendo forzadamente, buscando siempre un punto de tensión en sus réplicas, y yo temí que aquella sonrisa burlona diera al traste con todo, pero María no quiso entrar al trapo esta vez. Detuvo aquel sobeteo, se separó un poco, como preparándose para una nueva operación, y aquella polla dibujaba una silueta paralela al suelo, apuntándola, acusándola… Y llevó sus manos entonces a la goma de la cintura de su pijama… y lo separó de su cuerpo, tirando hacia sí… y tuvo que alejar aquella prenda muchísimo de su cuerpo para poder liberar aquello sin tocarlo… y lo destapó, lo justo, lo justo para que aquel pollón y sus huevos quedaran libres… rebotando un poco su polla hacia arriba al soltarse, y se pudo ver aquel miembro no ya apuntando al frente si no hacia arriba.

La imagen era impactante. El chico con el pantalón de pijama bajado y con la camisa a medio cerrar, dejaba ver aquella polla ancha, pero sobre todo larga, casi depilada por completo… y María aun no la tocaba. Ni siquiera liberaba aquel oscuro glande, que aun estaba parcialmente tapado por su piel. Todo ello permanentemente invadido por los gemidos de Sofía… Yo estaba sin aire y más sin aire me dejó mi novia, buscándome con la mirada por primera vez, pero alegrándome, diciéndome con sus ojos que en aquello estaba yo también…

Álvaro se abrió aquellos dos botones de su camisa, dejando a la luz un abdomen liso, sin abdominales marcados, pero sin un gramo de grasa, y un pecho imberbe y pálido, dando una imagen de mayor delgadez… se bajó él mismo los pantalones un poco más y acabaron cayendo hasta los tobillos, mostrando unas piernas finas… dando entonces no solo una imagen de delgadez… si no de que aquel cuerpo era prácticamente todo polla… Y reparó en cómo María me seguía mirando antes de que, según su acuerdo, empezase aquella paja que acabaría con Álvaro y acabaría con todo.

Aquel niño pijo, viendo como María me miraba, incluyéndome a mi en lo que iba a hacer, me miró y la miró de nuevo a ella, su mueca era inequívoca, consideraba claramente que no solo ella estaba loca, si no que lo estábamos los dos.

Y yo, permanentemente infartado, tiritando de la excitación, mareado por la borrachera, solo mantenía la lucidez justa como para pensar que aquel pacto era difícil de creer, que la intención de María no era pajearle como canje para que la dejara en paz, si no que quería hacerlo como demostración de poder, para demostrarle quién mandaba y quién había mandado siempre.

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