MANEL FERNÁNDEZ BARREIRO

Nadie comprende lo que es y para lo que sirve nunca. Incluso aquellos que dicen tener muy claro todo lo que han de hacer, qué pasos conviene dar y los motivos de sus decisiones no hacen más que engañarse a sí mismos y a los demás permanentemente. Lo sabré yo, que he visto pasar ante mis ojos a individuos cuyas aspiraciones vitales eran tan diferentes y tan iguales, al mismo tiempo. Y ellos, sin embargo, no eran conscientes de que, tras su velo de falsa certidumbre, se escondían anhelos que en nada o, en algunos casos, muy poco se distinguían de los deseos de los demás. Aunque tal vez sí pueda anotar en mi historial de seres vivos que tuvieron la condescendencia de tejer su destino ante mi inerte presencia un caso un tanto diferente.

Era una viejita, de no menos de siete décadas de edad. Ella sólo quería vivir. Sí, simplemente vivir. Esa era su única aspiración. Otros han pasado y ninguno de ellos ha pronunciado esa mágica palabra, evocadora como pocas: vida. Cuanto más uno la repite, más vivo se siente. Eso era lo que la sostenía. Solía posarse sobre mí y, con los ojos entrecerrados, alargaba su mirada a través de la ventana y sonreía. Sonreía viendo cómo jugaban los niños, cómo soñaban las almas de los inocentes, cómo el tiempo se posaba en aquel trozo de ciudad que ya era suyo por insistencia. Era una sonrisa tierna, cálida y melancólica. Ni un resto de maldad tenía cabida en aquel rostro triste y maltratado por una vida a la que amaba. Esa vida se truncó cuando el malnacido de su hijo la arrancó de su hogar y la lanzó de cabeza a una muerte en vida. Ingresó en el Asilo de Milflores el 15 de agosto de 1998, en una tarde tórrida como pocas. Ingresó como quien ingresa en un hospital con las horas contadas, con una herida incurable en el corazón.

Murió al poco tiempo, de tristeza y de amargura, según dicen. La peor enfermedad para una viejita que perdió su fe en la vida a manos de un energúmeno, cuya máxima pretensión era el poder disfrutar de un piso en el centro de la ciudad a bajo coste, esto es, lo que le valió un mes del asilo de su madre. Así es la vida, crees en ella y te da una puñalada trapera. Su hijo, más por desidia que por pena, decidió vender el piso y marcharse de vacaciones al Caribe.

Adolfo era diferente. Lo delataba su prominente barriga, similar a un tonel de bodega. No en vano, se cuidaba mucho de mantener bien lleno el estómago de vino o de cualquier otra bebida espirituosa que se terciara. No hacía ascos a ningún licor y gustaba de aquellos más exóticos, porque pensaba que de aquella manera uno se empapaba de mundos ajenos al propio y rellenaba su maltrecho cerebro con elementos de otras culturas. Desconocía Adolfo que lo único que hacía era rellenar su hígado con pólvora de la buena hasta el previsible e inminente estallido final. Fue Adolfo, Adolfito para los amigos, el primero que cambió mi ubicación tras la muerte de la viejita y la venta del piso. Me desterró a un rincón oscuro, alejado de la ventana. El aroma a lavanda fue sustituido por un fétido hedor compuesto por licores de todo tipo, color y aroma, tabaco y tierra húmeda. En ocasiones derramaba sobre mí vasos enteros de vino y así fue como aparecieron las primeras manchas en mi piel. La viejita solía recubrirme con una colcha aterciopelada que maravillaba por su extrema suavidad, una suavidad que casi dolía de lo fantástica que era. Podía sentir sobre mi piel todos los hilos y lanas de aquella colcha como si fueran míos, como si me pertenecieran. Adolfo había retirado la colcha y me mostraba desnudo, sin más. Me sentía frío. El calor y la ternura de la viejita eran ya tiempo pasado.

A Adolfo se lo llevó un camión, en plena avenida principal de la ciudad a mediodía. Con una melopea de las que hacen historia, Adolfito se lanzó al mar de humos y metales que era la avenida a esas horas. La serpiente de metal y tizne lo arrasó. Un camión lo atropelló y nadie vino a reclamarlo. No se le conocía familia ni nada que se le pareciera. Así, entre vapores de alcohol y humo, Adolfo se fue.

El siguiente en llegar al piso fue otro hombre, un tal Pedro Costas. Costas era un empresario de pacotilla, más mafioso que empresario, poseedor de un ridículo imperio económico, como él solía llamarle a su más que dudoso negocio. Costas era un mediocre, cuya mente era incapaz de hilvanar más de dos frases con sentido, pero tenía el dinero suficiente como para que otros pensaran por él. Así fue como se convirtió en empresario o, más bien, en especulador profesional. La naturaleza lo había privado de la inteligencia necesaria como para aprender a valerse por sí mismo, pero su familia se empeñó en llevarle la contraria y una jugosa herencia le hizo poseedor de un más que interesante botín. Cuando uno tiene dinero, sólo necesita sentarse a esperar y las moscas empiezan a caer por sí mismas delante de tus narices. Eso fue, exactamente, lo que hizo Pedro Costas. Enseguida aparecieron los chupópteros de turno ofreciéndole cambiar su preciada montaña de oro por sierras y cordilleras repletas de diamantes. Y, claro, Costas no se negó y emprendió un fabuloso viaje por la Ruta del Oro, embarcado en un galeón en el que los capitanes eran otros y los esclavos, también. Él se limitaba a mirar, a observar cómo subían y subían las cifras de su libreta bancaria. Y sonreía. Sonreía como lo hacen los niños cuando les ponen un dulce ante sus ojos, con una mezcla de inocencia y avaricia en los ojos. Costas compró el piso para hacer negocio, puesto que uno de los varios asesores que formaban su patético séquito le había recomendado adquirir unos cuantos pisos para alquilarlos luego a ingenuos inquilinos a los que explotar. Y Costas aceptó. En el fondo, le encantaba saberse superior a los demás y sentir la agradable sensación de poder jugar con la vida y con los destinos de la gente. En ocasiones llegó a sentirse Dios. Y así fue como desfilaron por el piso un incontable número de inquilinos entre los que cabe contar estudiantes que no merecerían tal nombre, otros que sí lo merecían, obreros de todo tipo, pasantes y un largo etcétera. Todo esto en el plazo de un par de años en el que me fui sintiendo cada vez más viejo. Mi vida dio un acelerón para el que no estaba preparado y, de repente, sentí que necesitaba un reposo. Y llegó. Costas decidió dejar pasar un tiempo hasta volver a alquilar aquel piso, en parte porque el negocio no le salió tan redondo, en parte porque el resto de sus artimañas económicas parecían no resultar.

Un día, Costas entró por la puerta, sudoroso y afligido, maletas en mano. Su sonrisa grasienta había desaparecido y en su lugar aparecía en aquella cara gruesa una boca como de payaso triste. La soberbia y la arrogancia se la dejó en la alfombrilla de la entrada, porque nunca más volvió a ser parte de él. Estaba hundido. Su corte se había rebelado y habían decidido darle jaque al rey. Unas simples maniobras estratégicas bastaron a sus otrora asesores para quedarse con todo su dinero y sus propiedades. De repente, Costas no era nadie, o tal vez, nunca había sido nadie. Costas empezó a trabajar en un supermercado, pero aquella vida le resultaba insoportable. Estaba viviendo en un piso que hasta hace poco era nido de Don Nadies y se negaba a admitir que se había convertido en todo lo que él odiaba. Su popularidad y su altanería se disolvieron y, de repente, aquella gota que era Costas se disolvió en un vaso de agua y pasó a ser parte del todo, del vulgo. Poco tiempo después abandonó el trabajo en el supermercado y decidió jugarlo todo a una carta. Desempolvó su agenda e hizo algunas llamadas. De su andadura por los mundos del capital le habían quedado unos cuantos contactos de mafiosos y estafadores poco recomendables. Justo lo que necesitaba en aquel momento, o eso creía. A aquel piso comenzaron a llegar zafios individuos con aspecto de hampones, caras llenas de cicatrices y brazos maltratados por las agujas. Aquella casa se llenó de humo y de cobardía, de espanto y de miseria, de odio y de desprecio. Era la noche eterna, las persianas siempre estaban bajas y la luz natural era casi un privilegio. Los flexos sustituyeron a mis amados rayos de sol. Era maltratado a diario. Sentía el roce de las pistolas en mi piel, las cenizas de los cigarros me quemaban mis brazos y pronto empecé a darme cuenta de que mis horas estaban contadas si continuaba inmerso en aquella vida inhumana, mezquina y cruel. Costas fue envejeciendo, cada vez más rápido. Las arrugas se dibujaban a una velocidad pasmosa en su cara. Aquella vida le estaba matando y yo me sentía morir con él. Afortunadamente, no duró mucho tiempo y un par de años más tarde su apuesta por el lado salvaje de la vida le llevó al cementerio, previo paso por la cárcel. Costas se suicidó entre rejas. Sólo los cobardes son capaces de hacer algo así. No pagó por sus actos y su egoísmo fue incapaz de aceptar que otros le azuzaran y le condenaran. Quiso ser su propio juez y verdugo.

Por aquel entonces, yo comencé a notar que mi espalda cada vez crujía más, que mi cuerpo no era ya aquel cuerpo mullido y esponjoso que acogía a la viejita. Me sentía cada vez más débil y sin fuerza. Mi piel perdía elasticidad y rigidez, me llenaba de arrugas y de manchas. Me percaté de que ya habían sido muchos los seres a los que había servido y, no sin horror, me di cuenta de que todos ellos (al menos los que más tiempo habían convivido conmigo), habían desaparecido de la faz de la tierra. Me dispuse a disfrutar lo máximo posible del tiempo que me quedaba. Comprendí el sueño imposible de todos los que acariciaron o destrozaron mi piel: el ser eterno. Pero me acordé de la viejita y, por primera vez en mi vida, sentí pena. Pena por lo que ya no está, por lo que es intocable, por lo que se olvida. Me había olvidado de su cara, de sus rasgos y de su blanca sonrisa. De su inocencia, en fin. Es triste ver pasar ante tus ojos las vida de otros, ver cómo se van poco a poco, como se consumen en sus esperanzas y en sus decepciones, sentir sus frustraciones y sus pesares. Quise morir, arrojar la toalla y proclamar a la vida que no vale la pena, insultarla con rabia y pedirle de rodillas que me hiciera desaparecer. Pero todo eso sería inútil. En la soledad de aquella estancia consumida por la oscuridad me sentía desfallecer, me desvanecía poco a poco.

Un día alguien abrió la puerta. Era un hombre relativamente joven, un tanto canoso y risueño. Le seguían un par de niños y una mujer con una niña en los brazos. Aquella mujer destilaba ternura y bondad. Mis ánimos reavivaron y aquellos síntomas de despedida desaparecieron. Hablaban y hablaban, y se reían mucho. Se instalaron un mes después en el piso. Me cambiaron de ubicación y me pusieron de nuevo junto a la ventana. Por fin volví a notar la suave y cálida caricia de los rayos del sol y los tibios labios de la luna en la noche. La brisa me hacía revivir y de repente volví a sentirme como en los viejos tiempos. Aunque aquellos críos a veces me lastimaban, clavando sus pies juguetones en mis huesos, yo me volvía a sentir vivo de nuevo. Todo cambió a partir de una tarde de verano. Habían pasado ya tres años desde que la familia vivía en el piso. Los niños habían crecido y comenzaba a aflorar en ellos la locura instintiva del adolescente. Aquella tarde, los niños jugaban a la pelota en la sala. Su madre estaba tendiendo la ropa en el balcón, a salvo del griterío de aquellos pequeños salvajes. De repente, una pelota por el aire, un salto y el gran crujido. Me recorrió un gran dolor, un dolor seco y punzante. El niño había agarrado la pelota cayendo sobre mí y, sin percatarse de la mortal herida que me había causado, siguió jugando ajeno a mi fatal problema. Me desangré por dentro. El dolor era tan fuerte que casi dejé de sentirlo y me sumí en un letargo blanco y puro. Era como si hubieran extendido sobre mí una gran manta. Dejé de sentir, ni dolor ni placer.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta. El padre abrió y habló con un joven que estaba parapetado en la puerta con una gran caja de color oscura. No entendí lo que dijeron, pues por aquel entonces yo ya había perdido casi toda mi capacidad auditiva. Mis sentidos se habían congelado por completo durante aquella gélida y triste noche. Era casi un ser inerte, pura inconsciencia viva. El hombre de la caja entró y se arrodilló a mi lado. Hurgó en mi piel, me manoseó y me pinchó con un instrumento que no llegué a identificar. En ese momento, perdí la poca visión que aún conservaba. Más blanco, más amargura. Creo que el hombre de la caja dijo algo como “ya no vale”. No recuerdo si esas fueron las palabras exactas, ni siquiera sé si realmente las escuché. Lo único que sé es que me arrancaron de aquel suelo que había sido mío, como se arranca un árbol de la tierra en la que ha echado raíces y que le pertenece. No me dolió, ya no podía sentir. Me acordé, otra vez, de la viejita. Era un 15 de agosto y me trasladaron a un lugar frío, que apestaba a humedad. Un mes después, en la soledad de mi ceguera, de un mundo que había dejado de ser mío, noté un calor súbito, un latigazo de placer y una calma inmensa. Aquel día supe que estaba muerto. Como pensaba, a mí también me llegó el final. Igual que la viejita, igual que Adolfo, igual que Costas. Igual que les llegaría a los que, aquel día, me arrancaron del piso. Al fin y al cabo, los sillones también mueren.

https://manelfernandezb.com/

Un comentario sobre “Los sillones también mueren

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