ANNABEL VÁZQUEZ

Tengo el corazón en un puño durante todo el trayecto. En cuanto el coche se detiene y diviso la casa de los Lucci iluminada, esa casa donde pasé uno de los momentos más felices de mi vida, me apeo del vehículo enérgicamente y corro por el largo pasillo hasta llegar a la puerta de entrada, que no dudo en golpear, esperando, impaciente, a que alguien la abra.

Una mujer del servicio la abre y me hago camino haciéndola a un lado. Me dirijo hacia la habitación donde está la mayor parte de la familia reunida: Stephano, Claudio y Antonello junto a un montón de personas más que no conozco.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto de sopetón, con las lágrimas invadiendo gran parte de mi rostro descompuesto.

—Ingrid… —Stephano coloca su mano en la frente y la frota enérgicamente. Miro una vez más a mi alrededor, a primera vista hay cosas que se me han pasado por alto, como que todo está lleno de ordenadores, personas con cascos caminando de aquí para allá y otros hablando por sus teléfonos móviles que apenas han reparado en mi presencia— Marcello no… no…

Los desgarradores alaridos de Monic provienen del piso de arriba. Se me hiela el corazón siendo partícipe de su dolor.

—¡Noooo! Mi niño no… ¿por qué? ¡¿Por qué se han llevado a mi pequeño?! ¡Dejadme en paz, no os atreváis a tocarme o os juro que…! ¡NO! ¡FUERA!

Stephano orienta la cabeza hacia las escaleras, donde procede la voz de su mujer, espera un rato a que los chillidos cesen, solo entonces, se sienta derrotado en la butaca y cierra los ojos. Está conteniéndose, luchando con fuerza para no caer derrotado. Conozco esa expresión porque me he sentido así un montón de veces.

De la escalera bajan dos hombres y una mujer, uno de ellos lleva un maletín.

—La hemos sedado, señor. Ahora no se entera de nada.

—Mejor. ¿Cuánto tiempo estará dormida?

—De seis a ochos horas antes de la siguiente toma.

—Bien.

—Nos quedaremos aquí por si nos necesita.

—Sí, por favor. Tomen asiento y pidan al servicio cualquier cosa que precisen.

Miro la escena anonadada y me obligo a intervenir.

—Stephano… ¿Por qué nadie me dice nada?

Me retiro las lágrimas con el dorso de la mano y sorbo por la nariz, todo cuanto veo me desespera, no alcanzo a imaginar la magnitud del problema.

Antonello se acerca a mí. Sus ojos tristes me conmueven.

—Será mejor que se siente, Ingrid.

Le obedezco automáticamente. Ahora la cabeza me da vueltas, el nudo en el estómago me oprime aún más, estoy al límite de mis fuerzas y no sé cuánto tiempo podré mantener la entereza antes de desmoronarme.

—Hace cinco horas que hemos recibido una llamada. Estamos intentando rastrearla pero me temo que quienes la han realizado han tenido mucho cuidado para que no podamos hacerlo y…

—¿Qué ha pasado? —Reclamo con impaciencia.

—Nos han puesto un ultimátum –mira a su padre, pidiéndole permiso con la mirada para proceder, este asiente frotándose las cejas con la mano–. Nos piden un millón de euros a cambio de ofrecer a Marcello una muerte digna.

—¿Cómo? —No me creo lo que acabo de escuchar, mi mente lo bloquea para no producirme un daño irreversible.

—No van a respetar su vida. Tanto si pagamos como si no, Marcello va a morir dentro de cinco días. Lo único que conseguiremos si cedemos a su chantaje es que lo maten limpiamente, de lo contrario, lo someterá a una cruel tortura. Nos ofrecen como garantía la filmación de su ejecución.

Empalidezco.

—No…

Me mareo. Unas nauseas me agitan con fuerza el estómago, me levanto y me tambaleo mientras camino torpemente por la habitación sin rumbo fijo.

—Marcello no debió salir sin escolta… nunca nos hace caso, siempre cree que no le va a pasar nada y…

—Ha sido por mi culpa —admito con la voz engolada—. Le llamaron y me dejó a mí con Leonardo.

—¿Le llamaron?

Asiento con el rostro desencajado.

—¡Tenéis que conseguirme la lista de llamadas desde su número! ¡Ya!

Todos se ponen en marcha. Realizan más llamadas y teclean apresuradamente en sus ordenadores.

—La señal del teléfono móvil de Marcello está desconectada, ya hemos intentando seguirla a ver si nos daba alguna pista respecto a su paradero. Pero hasta ahora no hemos comprobado cuáles fueron sus últimas llamadas.

—¡Aquí están, señor! —Un hombre con traje le entrega un papel a Stephano.

—Su última llamada fue para Carlo —Stephano mira a Claudio.

—Yo me encargo, papá.

—¿Quién es Carlo? —Pregunto desconsolada presintiendo que me estoy perdiendo cosas importantes.

—Su familia vino hace un par de meses a pedirnos ayuda, nos consta que atraviesan dificultades económicas. No vimos rentable asociarnos con ellos dado que el padre tiene importantes deudas de juego, sería como meter dinero en un saco roto.

Trago saliva.

—Pero no creo que ellos tengan nada que ver en todo esto. El hijo mayor y Marcello siempre han sido amigos, no tiene ningún sentido que…

Se acerca Claudio, aún lleva el teléfono en la mano, ambos nos giramos prestándole toda nuestra atención.

—Vienen ahora mismo para aquí. No han sido ellos, papá. Carlo ha dicho que quedaron para verse esta misma tarde, pero Marcello nunca apareció. Además, según esto —exhibe la hoja delante de nosotros—, Carlo le ha estado llamando viendo que él no acudía a la cita, pero no obtuvo respuesta.

—¡Maldita sea! —Stephano se revuelve el cabello con nerviosismo— ¿Quién puede retener a mi hijo?

Me aparto y me siento en un rincón de la habitación, donde me hago cada vez más pequeña. No puedo dejar de llorar mientras veo el ajetreo de la habitación, el vaivén de personas altamente cualificadas intentando encontrar una pista sin éxito.

Antonello muestra una lista donde figuran los nombres y los últimos datos de las familias vecinas a las que tienen vigiladas por considerarlas una amenaza. Revisan detalladamente cada información o movimiento, no pasan nada por alto porque todo es importante.

He perdido la cuenta de los supuestos “enemigos” que han nombrado, llevan horas hablando de nombres extraños y contrastando datos.

El servicio nos anuncia la llegada de la familia Capellini. Entran tres miembros junto a sus respectivos guardaespaldas. Carlo debe ser el chico joven, tendrá la misma edad que Marcello.

—Stephano… —La mujer se acerca y estrecha su mano— cuenta con nosotros para lo que necesites.

—Gracias Clara.  Esto es una tragedia, jamás imaginé que nos veríamos envueltos en algo así, toda ayuda que podamos recibir es poca. Venid —dice Stephano acompañando a la familia a uno de los sofás, yo les sigo sin quitarles ojos, pese a que mantengo las distancias para que mi presencia no se note demasiado—, hemos estado revisando las llamadas de Marcello de estos últimos meses. Una media de dos veces por semana ha estado hablando con Carlo.

—Sí —confirma el chico retorciendo sus manos bajo la atenta mirada de sus padres—. Contacté con Marcello para pedirle ayuda, pensé que dado nuestra amistad, él sí nos echaría un cable y… —mira a sus padres, que se han quedado petrificados, luego dirige la mirada hacia Stephano y continúa— Me estaba ayudando a montar un negocio de alquiler y venta de coches de lujo. No os había dicho nada porque quería esperar a ponerlo en marcha.

—¿Mi hijo te estaba ayudando a montar un negocio?

—En realidad estaba a su nombre, pero él firmó un acuerdo para que una vez el negocio funcionara y él recuperara la inversión del capital invertido, todos los beneficios fuesen para nuestra familia.

—No lo entiendo… Marcello nunca nos comentó nada de esto.

—Él dijo que ustedes no lo entenderían —se encoge de hombros—. Es uno de mis mejores amigos, señor.

—¿Siempre acudía a los encuentros sin escolta?

—Sí, y yo también. Lo manteníamos en secreto.

—Insensatos —reprende el padre del chico.

—Hasta ahora jamás habíamos tenido ningún problema.

—Esto es… —Stephano vuelve a tocarse la cabeza— ¡Válgame el cielo que contrariedad! Si me disculpan… —se pone en pie, la familia Capellini le acompaña— pensaba que vuestros encuentros me proporcionarían alguna información útil, pero nada, no tengo absolutamente nada.

—Padre… Ya tenemos el dinero reunido, falta su firma.

—Bien, Claudio. Ten la autorización preparada, pero eso no nos sirve de mucho si no podemos recuperar a Marcello con vida.

Stephano se tambalea mientras regresa a su butaca individual, está al borde de la desesperación, exactamente igual que yo.

Corro hacia él y me arrodillo a su lado. No dudo en sostener su mano y apretarla con fuerza.

—Por favor, ¿qué podemos hacer? —Las lágrimas vuelven a salir disparadas. Me niego a creer que únicamente podemos resignarnos y ofrecerle a Marcello una muerte sin dolor. La muerte, sea como sea, nunca es una opción.

—Ingrid, vete a casa. Te llamaremos en cuanto tomemos una decisión, te lo prometo.

—¡No pienso moverme de aquí! —Espeto alterada— Y tampoco pienso quedarme de brazos cruzados, así que si es preciso saldré ahí fuera e iré preguntando casa por casa hasta que alguien me diga algo.

Antonello me contempla con los ojos desorbitados, ha leído en mi rostro que no pienso resignarme a acatar sus órdenes. Menos en un momento así, porque si algo le pasa a Marcello, yo siempre me sentiré como la única responsable y no podré seguir viviendo con ese enorme pesar. Marcello ha devuelto el sentido a mi vida, es la razón por la que el destino decidió ofrecerme una nueva oportunidad y traerme aquí, sin él, nada tiene sentido. Por fin lo veo. Por fin sé cuál es mi lugar. Ahora lo entiendo todo, cada uno de los pasos que he dado en mi vida me han conducido hasta este momento en concreto, y ahora, no pienso echarme atrás.

—Hay algo que podríamos hacer…

Me giro enérgicamente para encontrarme con Antonello.

—Los Gazzaniga celebran una fiesta mañana por la noche. Si alguien pudiera acudir y hablar con Francesco…  —padre e hijo se miran con complicidad– Todo el mundo sabe el gran desprecio que siente hacia nuestra familia y además, conocemos su gran debilidad, que es el alcohol. Si bebe lo suficiente y alguien le tira de la lengua tal vez nos ofrezca información. Es el único que se me ocurre que pueda saber algo, aunque no tenga nada que ver con su secuestro, seguro que apoya cualquier propuesta que vaya contra nosotros.

—¿Qué propones exactamente Antonello? ¿Cómo diablos vamos a conseguir que Francesco nos invite a su fiesta y nos cuente todo lo que queremos saber? —Stephano se pasa las manos por la cara, cansado.

—A nosotros no. Pero a Ingrid no la conoce, además, es una mujer guapa. Pasará con facilidad.

—¡¿Te has vuelto loco?! ¿Cómo vas a llevarla ahí? ¡A la mismísima boca del lobo! Además, Marcello jamás aprobaría algo así y lo sabes —añade Claudio visiblemente alterado tras la propuesta de su hermano.

—Tienes razón Claudio, lo último que necesitamos es meter a más gente en esto –le secunda Stephano.

—¡No! —Chillo y me pongo en pie— ¿Qué tengo que hacer?

—Solo tendrías que ponerte un vestido bonito, nosotros falsificaremos una invitación y te ofreceremos una nueva identidad. Cuando entres debes encontrar a Francesco Gazzaniga, no te será difícil, conociéndose se hará notar. Haz que beba unas cuantas copas, sedúcele y sonsácale toda la información que puedas.

—¿Seducirle? —No puedo controlar mi cara de espanto.

—Esto es demasiado. No puedo seguir escuchando esta locura —Stephano se levanta, yo le sigo al igual que sus dos hijos.

—¡Lo haré! —Digo convencida; haré cualquier cosa que me pidan sin pensármelo.

Antonello me dedica una triste sonrisa. Tiene todas sus expectativas puestas en un plan surgido de la nada, y aunque solo sea por aferrarme a ese brote de esperanza, olvido todos los prejuicios que ahora no harían más que obstaculizar mi decisión.

—¡Antonello! ¿Has pensado bien las cosas? Sabes tan bien como yo que ella deberá acudir desprotegida, estará sola en un ambiente que no conoce.

—Mejor. Pasará desapercibida.

—Pero Francesco no… ya sabemos cómo se las gasta —insiste Claudio.

—No se me ocurre nada mejor. Con tan poco tiempo es lo único que podemos intentar.

—Pues no se hable más —zanjo con seguridad—. Ponedme al corriente de qué es lo que debo hacer y lo haré.

Stephano tiene reservas. No le agrada la idea, pero a medida que Antonello va exponiendo sus teorías no le queda otra que callar y otorgarme el poder de decisión. Ahora que sé que existe una remota posibilidad de encontrarle, lo haré, con o sin su ayuda.

—No te preocupes por nada, Ingrid. Nosotros ultimaremos todos los detalles. Ahora debes ir a dormir, por la mañana te lo explicaremos todo dándote instrucciones precisas para que nada se nos vaya de las manos.

—Yo me quedo —digo sin dudarlo.

—No. Hazme caso, acuéstate. Necesitamos que estés fresca para mañana y sin signos de cansancio o agotamiento. Los médicos pueden darte unas pastillas que te ayuden a dormir.

Camino desorientada por la habitación. Decido no pensar en nada que me haga retorcer lo más mínimo en mi propósito, una vez que ya he tomado la decisión de poner  mi destino en manos de una familia a la que apenas conozco, debo seguir adelante por el bien de Marcello. Él es lo único que importa ahora, y por él haré lo que sea necesario.

 

Tras tomarme un fuerte somnífero, me tumbo en la cama. Escenas, imágenes, diálogos vividos acuden a mi mente una y otra vez, y en todos esos recuerdos aparece Marcello. Es como si anterior a él no hubiera nada, como si acabara de despertar de un profundo letargo y entonces descubro lo equivocada que he estado toda mi vida. Desde que nací mi único instinto ha sido el de protegerme, aprendí a hacerlo desde muy joven alzando un muro infranqueable a mi alrededor que me mantenía a salvo, tal vez ha llegado el momento de ampliarlo y hacerlo más consistente para que guarezca a alguien más, Marcello y los suyos son ahora mi familia y por lo tanto, son intocables.

Me envuelvo en la colcha de plumas y libero nuevas lágrimas que me acompañan hasta quedarme profundamente dormida.

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