JOHN ARANDA

 

El señor Abraham tiene 55 años de edad, es un hombre de las tinieblas que se ha retirado sano y salvo de sus siniestros negocios con una jugosísima fortuna ya hace algún tiempo, por otro lado, su hijo John tiene 14 años de edad y es hijo de la hija de uno de los secuaces de su padre, un rufián que se hace llamar Micifuz, si bien no era la intención de este hombre que el señor Abraham se fijara en su hija cuyo nombre es Hilda, Micifuz no hizo la más mínima repulsa a la hora de dejar a Hilda a merced del señor Abraham, ya sea por miedo o por interés, y el señor Abraham no solo impresionado por la virtuosa beldad de Hilda sino también por sus prematuros atributos y su elevado talento para el puterío, pues, la dejó preñada a los 13 años de edad, y no teniendo más la cándida ilusión acerca de la familia que en un pasado tuvo, fundó una familia con John e Hilda. El señor Abraham era de ese tipo de hombres que olía a mundo, a sangre y a glamour, incluso la natural parsimonia que adopta en ocasiones la gente con los años hacía imaginar a quien lo mirara por largo rato, el velo de llagas de su obscura vida, en relación con su aspecto, era un hombre alto, barbado, robusto a punto y sin ser grasiento, como un mercenario, su cabello era negro y eléctrico, y sus ojos eran venosos y maquillados con las más despreciables ojeras, el señor Abraham no era un hombre brillante pero estimaba de lejos al hombre intelectual, por lo que se puede deducir que su concubinato con Hilda se debía a un sentimiento similar, o sea, que era más un tributo a su belleza que un capricho erótico. Se advierte al lector que la siguiente historia se desarrolla en el siglo XXXI, en Venus.

Luego de una tarde de clase de filosofía, una voz femenina en el estudio del joven John anuncia que la clase ha terminado e invita al doctor Eustaquio y al joven John a pasar al comedor para cenar; acto seguido ambos se levantan de sus respectivos asientos, se desperezan y se van caminando en silencio por un neblinoso pasillo hasta que llegan al comedor donde se encuentran charlando el señor Abraham y la joven Hilda, y ambos se sientan; el comedor era vasto, más largo que ancho y en el ala izquierda del comedor estaban algunos de los secuaces del señor Abraham charlando y carcajeándose grotescamente. «John, ¿cómo te ha ido en la clase?», pregunta austeramente el señor Abraham, «bien», responde lacónicamente John, con un dejo precoz que denota hilaridad y disciplina. El doctor Eustaquio creía que el señor Abraham intentaba equilibrar su no tan pasada vida criminal simulando con desgano una vida clásica y que este contraste lo practicaba como un ínfimo fetiche que lo haría saborear el amargo éxtasis del pasado. «Aunque a un precio muy alto, hoy en día es posible concebir la idea de ser un inmortal», comenta el señor Abraham, «primero se desarrollaron los androides, se degeneró la humanidad y se pudo vivir en el espacio exterior», responde el doctor Eustaquio y continúa, «no creo que la gente quiera ser inmortal, creo que le tienen miedo a la muerte porque la muerte se asocia al dolor, creo que la gente quiere obtener lo que desea y que la idea de vivir para siempre es lo último que se figuran, no obstante, supongo que usted piensa que la gente no desea la inmortalidad porque es una idea irrealizable, en otras palabras, el fatalismo en este sentido sería un sentimiento hipócrita e inducido por el sentido común que advierte la imposibilidad de la inmortalidad», «no es ese mi dictamen, doctor Eustaquio», comenta el señor Abraham y prosigue, «pienso que sería muy curioso y muy morboso ver un adelanto tecnológico semejante, aunque ahora que lo menciona… pienso que se puede disertar de manera más estricta sobre el tema de la muerte en relación con la inmortalidad. Pues bien, pienso que el hecho de superar el “obstáculo” de la muerte no nos exime de los inconvenientes naturales de la vida como las deficiencias intelectuales, el arte de las finanzas, la violencia en la sociedad, etc. «me atrevo a aseverar que la inmortalidad sería recomendable en el caso de que la persona pueda darse una vida fastuosa, por lo que se deduce que la inmortalidad sería contraproducente en el caso de que la persona lleve una vida menesterosa», opina el doctor Eustaquio, «son ese tipo de detalles que impiden que los androides practiquen abiertamente la filosofía, me explico: su respuesta da por hecho que es la fastuosidad lo que enardece la vida de las personas y la miseria lo que las percude, y sin ánimo de contradecir a diestra y siniestra acepto que su respuesta se acerca mucho a lo que entiendo por cierto, pero pienso que estos dos factores hacen parte es del ecosistema en el que se desarrolla el individuo, ya que este ecosistema influya en mayor o menor medida en la vida de las personas es otro asunto», objeta el señor Abraham, «entiendo», replica el doctor Eustaquio y continua, «a lo que se refiere es a esas “huellas digitales” de la personalidad, unas veces hechas virtud y otras veces hechas vicio, esas huellas son las que llenan a quien nada posee, y que podrían inclinar a la muerte o a la inmortalidad sin razón aparente, es lo que lleva al idilio, a la inactividad, a la destrucción, al perfeccionismo, etc. Esto es lo que impide que los androides filosofen, puesto que no es algo que se emule con datos o con la razón, sino que es una tendencia aleatoria del carácter» «Sin embargo, veo muy factible que la inmortalidad se vuelva una realidad, y dado que ahora tengo tanto tiempo libre me he puesto a meditar al respecto, he pensado que quizá llegue ese día y que puede suceder un “apocalipsis” similar al que sucedió en la antigüedad cuando la tecnología androide estaba en gestación», concluye vagamente el señor Abraham. Dos sirvientas androides entran en el comedor y sirven la comida, ambas están desnudas y usan sandalias de tacón, sus bustos están a la altura del ombligo y su cabello es blanco y está a la altura de las nalgas; la comida es una esfera cristalina un poco mas grande que el puño de un hombre, esta comida produce los sabores que desee quien la come y llena y nutre de acuerdo a las necesidades de quien la come. «¿Apocalipsis?», pregunta irónicamente Hilda, hace una pausa y continúa, «hay estupideces históricas, estupideces cuya noticia llega hasta  nuestros días, no podemos darle valor a unos hechos ficticios suponiendo que el valor de estos sucesos equivalga a la sensación de peso que produce la suma del tiempo que ha transcurrido desde que sucedió hasta el día de hoy, ¡es una ilusión!», «es como pensar que soy menos porque he vivido menos», interrumpe John con su esfera en la mano y listo para clavarle el primer mordisco y prosigue, «aunque entiendo que hay cosas que evolucionan con el tiempo como el talento y otras cosas que con el tiempo se pudren como la comida…y en el caso de esta última deduzco que por eso ha sido reemplazada por estas substanciosas esferas», John concluye y muerde la esfera, luego los demás comienzan a comer. Luego de terminar de comer las esferas las sirvientas pasan a recoger platos, la familia se despide del doctor Eustaquio, el señor Abraham e Hilda suben a su dormitorio, mientras que John, acompañado de una sirvienta, acompaña el doctor Eustaquio hasta la salida.

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