ANNABEL VÁZQUEZ

No sé qué hora es cuando Marcello acaricia mi cuerpo desde atrás. Miro a mi alrededor pero todo está oscuro. Me giro lentamente para toparme con él.

Ciao… —Dice entre susurros.

Ciao… —Le correspondo con una sonrisa. Me encanta como se pronuncia “hola” en italiano, me parece de lo más sensual.

Marcello palpa mi rostro con sus labios, me da pequeños besitos dulces por todas partes hasta encontrar mi boca, donde se detiene.

—Te deseo…

Sus palabras me hacen gracia, al mismo tiempo un estremecimiento sacude todo mi cuerpo en respuesta.

Empiezo a besarle como una loba, estoy sedienta de él y ya que en la habitación no hay ni una pizca de luz, me siento desinhibida.

Marcello gime y con un rápido movimiento me coloca sobre él mientras sus manos aferradas a las caderas me restriegan por su protuberante erección. Empiezo a jadear, estoy enloquecida, ansiosa porque me penetre y me haga suya una vez más. Ya no ejerce presión sobre mí, se ha desprendido de mis caderas para abarcar mis pechos mientras yo sigo el ritmo que él ha iniciado. Me inclino y él succiona mis pezones, endureciéndolos. Emito un gemido, estoy tan excitada que tengo la sensación de que voy a alcanzar el clímax sin necesidad de que me penetre.

Me quedo sin aliento cuando sus brazos me rodean la cintura e inesperadamente me hacen rodar por la cama hasta que él se coloca encima de mí.

—Estás buenísima.

Su voz es entrecortada. Su aliento me acaricia la cara, yo me muevo hasta encontrar sus labios y hacerlos míos una vez más. Su ávida lengua invade mi boca con ferocidad mientras mueve lentamente su erección por mi vagina, pero sin llegar a entrar. Yo me  ladeo, le busco orientándome en su dirección, pero cuando estoy a punto de alcanzarlo, él se aparta dejándome con las ganas. Percibo su sonrisa en mi cuello. Me hace cosquillas y vuelvo a jadear.

Ahora sus fuertes manos se centran en mis pechos, yo las acompaño poniendo las mías encima para guiar su masaje.

Marcello se resbala por mi cuerpo hasta que alcanza mi monte de Venus con su boca. Doy un respingo y le esquivo.

—Por favor, Ingrid…

Su desesperación despierta una punzada en mi bajo vientre. Gimo, me relajo en la cama y me abro más para él, a sabiendas de lo que va a hacer. Mi ofrecimiento le agrada, sus manos abandonan mi pecho para estimular mi húmeda vagina.

Su lengua es increíble, se mueve con pericia, despertando mi ansiedad. Con los dedos separa los labios y mete la lengua por el orificio haciéndome estremecer de placer.

—Quiero que te corras…

Sus palabras me excitan todavía más. Me muevo buscando un alivio mientras él me lame sin descanso, entonces, percibo como uno de sus dedos entra dentro de mí, me agito involuntariamente mientras que con el pulgar realiza movimientos circulares sobre mi clítoris al mismo tiempo. No puedo aguantar mucho más si sigue tocándome así…

—Marcello… —Susurro su nombre mientras aferro mis manos a sus hombros, intentando tirar de él hacia arriba.

—No… —Sonríe junto a mí clítoris— Esta vez no, quiero que te corras para mí.

Jadeo. Me gusta lo que me hace, pero necesito más profundidad, quiero tenerle a él dentro de mí. Me muevo ansiosa. Él me sujeta, intentando inmovilizarme y en cuanto estira mi hinchado clítoris con los dientes, pierdo el control de mi cuerpo. Sujeto su cabeza y la aprieto ahí donde me produce más placer, el gime excitado por mi arrebato. Sin poder refrenarlo, me dejo ir mientras él recoge con su lengua todo lo que sale de mí.

Su cuerpo se alza sobre mí, sostiene  mí cintura con las manos y me arrastra hacia abajo para ponerme a la altura de su erección. De una fuerte embestida se introduce dentro, invadiéndome por completo. Su fuerza ha vuelto a activarme, el cosquilleo se desata y esa deliciosa presión en mi estómago…

—Siii… —Susurro dejándome llevar por las mágicas sensaciones.

—¿Te gusta?

Sonrío, rodeo sus caderas con mis piernas, ciñéndome todo lo que puedo a él. Jadea, está a punto y yo vuelvo a estarlo otra vez.

—Dímelo, dime qué es lo que te gusta.

—Me gusta sentirte dentro de mí. Me gusta que me toques, que te muevas, escuchar tu respiración, percibir tu calor y tu olor sobre mi cuerpo…

—Joder… escucharte me excita todavía más—responde jadeante.

Interrumpe su discurso con un gemido mientras libera el orgasmo en mi interior.

Cuando se recompone, da media vuelta para encender la luz de la mesita, se retira el preservativo con cuidado, le hace un nudo y lo tira al suelo.

—¿Te ha gustado? —Pregunto sin quitar ojo a cada una de sus expresiones.

—Ni te imaginas cuánto.

—¿Hay mucha diferencia de hacerlo conmigo a…?

Arquea las cejas mientras reprime la risa.

—¡Por supuesto que la hay! Contigo es mucho mejor, cada cosa la disfruto el doble porque me unen a ti muchos más sentimientos.

Me relajo. Escucharle es un bálsamo para mis oídos.

—Para mí es increíble. Estas cosquillas por todo el cuerpo… no me había pasado nunca, tengo ganas de hacer el amor a todas horas. No creo que sea algo normal.

Una carcajada le asalta de imprevisto.

—Me alegro. Me hace muy feliz que te sientas así y sobre todo que quieras repetir.

Percibo otra vez toda esa felicidad desbordante, me abalanzo efusivamente sobre su cuerpo y le abrazo. Que gustazo poder relajarme estando con él, dejar que me acaricie lentamente mientras me dejo envolver en un sueño profundo. Tranquilo. Reparador. Ahora que sé lo que es estar en el cielo, ya es oficial, no puedo vivir sin él.

 

A la mañana siguiente yo sigo en mi particular burbuja de felicidad, me ladeo y le beso tiernamente el torso. Está despierto, pero esta vez no se ha movido de la cama ni se ha vestido como en situaciones anteriores. Nada más verme, sonríe, se gira y me abraza con una fuerza desmedida que a punto está de romperme todos los huesos.

—Voy a vestirme —anuncia y me da un pequeño beso en la mejilla.

—¿Qué toca hoy? —Pregunto con curiosidad. Él se levanta, coge su móvil y empieza a mirar los mensajes.

—Hoy nos vamos tú y yo a dar una vuelta. Aún tengo que enseñarte algunas zonas de Nápoles.

—¡Bien! —Respondo con alegría. ¡Por fin un día tranquilo!

Me incorporo de un salto y llego incluso antes que él al baño. Me mira divertido pero no dice nada. Se vuelve a sentar sobre la cama sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono y me concede mi espacio de intimidad.

Sin darme cuenta estoy tarareando una melodía. Ahora no sé qué canción es, pero me da igual. Continuo a mi rollo mientras me ducho, me seco el pelo dejándolo completamente liso y luego me dirijo hacia el vestidor.

Marcello está atendiendo otra llamada. Me observa con picardía mientras muerde su labio inferior al verme pasar. Antes de que pueda llegar al vestidor, me coge del brazo y tira de mí.

—Sí, desvíe la mitad a ese número de cuenta.

Retira el teléfono de su cara, acerca sus labios a mi oreja y susurra:

—Estás tremenda.

Empiezo a reír. Él retoma la conversación telefónica mientras me envuelve la cintura con la mano.

—No, ya le avisaré de aquí unos días. Puede que una semana a lo sumo, para que realice el siguiente ingreso.

Me besa el cuello desde atrás y acaricia mi bajo vientre hasta que deposita su palma en mi vagina. Intento apartarle, no puedo creer que ya quiera buscarme otra vez.

—Está bien, entonces esperaremos un poco más. Gracias por la información.

Cuelga  y sus fuertes brazos me apresan levantándome como si fuera una muñeca.

—¡Marcello! —Exclamo sin parar de reír mientras me muevo insistentemente para que me suelte.

—Te comería entera —por la ferocidad de su mirada sé que lo dice en serio, como no, el deseo vuelve a aflorar en mi organismo—, lástima que tengamos que irnos. Pero que sepas que esta noche tampoco te libras.

Tras su dulce amenaza vuelve a depositarme con cuidado en el suelo y yo corro risueña hacia el vestidor. Me encierro en él y entonces una punzada de mis ovarios me advierte que está a punto de venirme la regla, dispuesta a joderlo todo. Hago un mohín de desilusión, pero contra eso no hay nada que pueda hacer. Así que inspiro profundamente y me centro en esa gran cantidad de ropa que es solo mía, esperando encontrar algo apropiado para dar un paseo por la ciudad.

Tras una larga deliberación opto por un vestido marinero de pequeñas rayas blancas sobre un fondo azul oscuro. Pongo las manos sobre el cinturón blanco que rodea mi cintura y me observo largo rato frente al espejo.

Me pongo unos zapatos azules  con cuña de esparto y regreso a la habitación.

Marcello me espera recién duchado y con la toalla aún anudada a las caderas.

—Estás preciosa. Como siempre.

Le dedico una mirada encendida, pero ahora no es un buen momento para dejarnos llevar, así que logro contenerme.

 

Una vez en el núcleo urbano, entramos en una de las avenidas más transitadas de Nápoles. Quiere mostrarme otro pedacito de historia de su ciudad, aunque no ha querido revelarme aquello que voy a ver. Leonardo, un  hombre de su confianza, nos acompaña unos metros por detrás. Todavía me sorprende llevar escolta a todas partes, aunque debo reconocer que Marcello tiene razón: Con el tiempo me voy acostumbrando y cada vez noto menos su presencia.

Las calles adoquinadas me traen unos recuerdos fabulosos. Entonces comprendo que mi estancia aquí no sería lo mismo si no le hubiese conocido a él. De hecho, si estoy empezando a amar este lugar tan rústico y contradictorio es gracias a los sentimientos que él me ha transmitido. Me ha hecho amar cada piedra, valorar cada edificio y tener cariño a una patria que no es la mía.

No hemos recorrido un gran tramo cuando su teléfono ha vuelto a sonar. Se detiene frente a un escaparate de muñecos de madera para atender la llamada. Miro con atención todos esos pinochos que cuelgan de sus cuerdas sobre el techo.

—¡¿Qué dices?!

Suspira y se ladea un poco, apartándose de mí. Pero sigo estando lo suficientemente cerca como para escucharle.

—Está bien. No te preocupes. Voy enseguida.

Junta sus cejas mostrándome un rostro afligido.

—No. Encontraremos la forma. Quedamos en veinte minutos.

Cuelga y me mira mientras expulsa el aire fuertemente por la nariz.

—Tengo que irme… —anuncia y sostiene mi mano mientras se la lleva a la boca para besarla.

—De acuerdo, regresemos.

—¡De eso nada! Acabamos de llegar. Ve a tomar un café, haz algunas compras… lo que quieras. Para cuando regreses yo ya habré acabado.

—No… prefiero ir a casa.

—Ingrid, no tienes por qué encerrarte, cómprate algo bonito, disfruta del sol y del paseo.

—Pero no es lo mismo sin ti—Arqueo las cejas desganada, él sonríe y me estrecha fuerte entre sus brazos.

—Casi se me olvida —abre su cartera y me entrega una tarjeta de crédito. Me quedo atónita tras ver su nombre y el mío juntos— Esta es tu nueva cuenta, puedes utilizarla para lo que quieras.

—¿Te has vuelto loco? —Grito alterada— ¡No puedo aceptar esto! Además yo no he firmado nada.

—Soy un Lucci, puedo saltarme algunos trámites.

Hago el intento de devolvérsela, pero él detiene mis manos antes de que logre alcanzarle.

—Ingrid… no seas tonta. Esto no es nada para mí, además, no puedo consentir que vayas por ahí sin dinero.

—Pero…

—¿Pero qué? —Espeta molesto— ¡Acéptalo! Es importante para mí.

—No me gusta que hagas esto.

—¿El qué? —Pregunta asqueado.

—Que me untes con dinero. Yo tengo algo ahorrado y sinceramente, no necesito más.

Vuelve a sonreír, pero yo soy incapaz de corresponderle, ahora mismo estoy muy enfadada.

—Ya lo sé… ¿pero te acuerdas de que te dije que a partir de ahora tu vida iba a cambiar? De hecho recuerdo haberte advertido de ello en infinidad de ocasiones, pero en su momento no me hiciste mucho caso. Pues bien, esta es una de las consecuencias de estar conmigo. Quieras o no, tendrás que aceptar mi tarjeta. Y usarla.

Achino los ojos retándole.

—La acepto pues. Pero no creo que nunca vaya a usarla.

Se acerca sonriente y me da un casto beso en la mejilla.

—Tan terca como siempre… —Vuelve a besarme, esta vez fugazmente sobre los labios— Tengo que irme, cielo. Retomaremos este tema luego, creo saber cómo hacerte cambiar rápidamente de opinión.

La dulce promesa que encierra la amenaza se refleja en su rostro. Me muerdo el labio inferior, no es momento de llevarle la contraria, pero por mucha presión que ejerza sobre mí, yo continuaré en mis trece.

—Leonardo se queda contigo.

—¡Pero señor…! —Interviene con los ojos repletos de angustia.

—Es una orden. Ella te necesita mucho más que yo.

Y sin más preámbulos se marcha. Se encamina rápidamente avenida abajo, a saber hacia dónde. Tanto misterio me mosquea, podría decirme al menos lo que va a hacer. ¿A caso no quiere que haya más transparencia entre nosotros? Resoplo resignada y sigo subiendo la empinada cuesta con Leonardo a mi espalda. De repente, Nápoles ya no me parece tan interesante, se ha desvanecido toda mi ilusión.

Después de un rato me detengo. La gente me mira, aunque todavía no saben quién soy, soy consciente de que mi presencia destaca entre los demás. Debe ser por este vestido, no es para nada un atuendo informal.

—¿Ocurre algo señorita? —Me pregunta Leonardo sin dejar de observar mi expresión ausente.

—No. En realidad me gustaría ir con usted. Así el paseo se me haría más ameno.

—No creo que eso sea una buena idea… el señor podría molestarse si…

—Bueno, el señor no está. Te ha dejado aquí conmigo, así que supongo que ahora mando yo.

Leonardo se coloca a mi lado, aunque a regañadientes.

—¿Cuánto hace que trabajas para la familia Lucci? —Le pregunto mientras nos adentramos en un parque de frondosa vegetación.

—Tres meses.

Es poco tiempo, menos del que yo llevo conociendo a Marcello. Me pregunto cada cuánto consideran que necesitan aumentar su seguridad…

—¿Para quién había trabajado antes?

—He estado al servicio de grandes personalidades italianas, siempre relacionadas con el mundo de la política.

—¿Por qué ha decidido trabajar para los Lucci?

Leonardo mira hacia el suelo.

—Los Lucci me ofrecieron mucho más dinero, señorita.

—Entiendo…

Cómo no, todo lo solucionan con dinero, no hay nada que no puedan comprar.

—¿Te sientes a gusto trabajando para ellos? A mí puedes contármelo, te aseguro que nada de lo que me digas saldrá de aquí.

Me mira extrañado.

—Sí, señorita. Estoy muy a gusto. Para mí trabajar para ellos supone un importante ascenso en mi carrera.

Arqueo las cejas por la sorpresa. ¿Hasta dónde llega su poder? ¿Cómo pueden estar por encima de las personalidades políticas del país? No tiene ningún sentido…

Seguimos conversando amigablemente. Aunque él no osa preguntarme nada, únicamente responde cortésmente a mis preguntas, ya sean de temas circunstanciales o privados.

La tarde se nos echa encima rápidamente. Me siento en un banco del parque porque me duelen los pies de recorrer durante casi tres horas las empinadas cuestas. Leonardo llama a un taxi que no tarda en aparecer, él se coloca delante y yo en los asientos traseros.

Me despido de él en cuanto llego a casa de Marcello.

Cierro la puerta tras de mí y profiero un largo suspiro.

—¿Hola?

Dejo la chaqueta en el colgador del recibidor, luego el bolso sobre la mesa y me dirijo al comedor.

Las persianas aún están bajadas, no parece que haya nadie. Me encamino hacia las habitaciones y abro todas las puertas. Suspiro tras cosntatar que estoy sola. Decido ir a cambiarme de ropa, luego, me siento en el sofá y enciendo la televisión esperando a que él regrese.

La situación es ridícula si la analizo con detenimiento. Los minutos son horas mientras mi único anhelo es verle aparecer por esa puerta. Como si el tiempo se detuviera cuando él no está conmigo. Miro a mi alrededor,  el sol se oculta y regresan las tinieblas, todo lo que durante un corto espacio de tiempo he conseguido mantener a raya, regresa ahora con toda su fuerza, recordándome quién soy en realidad.  Jamás pensé que pudiera ser una mujer tan dependiente. Siempre he alardeado de apañármelas muy bien yo sola. Esta sensación es tan desconcertante…

 

No estoy segura de las horas que pasan. Me despierto empapada en sudor. Miro a mi alrededor y me estremezco tras constatar que es la una de la madrugada y aquí aún no ha venido nadie.

No sé qué hacer. Estoy dentro de una jaula, de oro, sí, pero una jaula al fin y al cabo. Camino nerviosamente de punta a punta del comedor analizando la situación. Su teléfono está fuera de cobertura y no sé de qué modo contactar con él. Calculo el tiempo que tardaría en llegar a otra de las residencias de la familia y preguntar acerca del paradero de Marcello; puede que ellos sí sepan algo.

Estoy a punto de salir por la puerta cuando recuerdo el número que me entregó Marcello días antes para que llamara a Rafael. Es mi única opción ahora, corro de nuevo hacia el comedor y ahí está. Junto al teléfono, tal y como lo había dejado.

Lo marco con dedos temblorosos y espero. Se afanan a responder al otro lado.

—Rafael.

—Hola Rafael, soy Ingrid, verás, solo quería preguntarte por Marcello. Hace rato que debía haber vuelto a casa y no lo ha hecho, era por si tú sabías algo…

—¿No lo sabe?

Hago una pausa.

—No. ¿Saber el qué?

Un silencio perturbador se hace al otro lado.

—Voy a recogerla.

Cuelga y yo siento como la sangre se me congela bajo la piel. ¿A qué ha venido eso? ¿Qué es lo que no sé? Mi mente empieza a hacer cavilaciones peligrosas, trago saliva nerviosamente y me retuerzo las manos.

En cuanto escucho el timbre corro hacia la puerta y la abro de un brusco estirón.

—¡Rafael! —Exclamo enérgica— ¿Qué ha ocurrido?

—Lamento tener que informarle de que Marcello ha desaparecido esta tarde.

El mundo se deshace bajo mis pies.

—Desaparecido… —Miro a mi alrededor, intentando encontrar algo alentador que me haga mitigar los latidos frenéticos de mi corazón— no, eso no puede ser. Ha ido a resolver un problema, dijo que volvería, puede que se haya entretenido y…

—Señorita… verá, le han secuestrado.

Sus palabras tienen la misma fuerza que una losa de cemento armado cayendo a toda velocidad sobre mí. Ahora mismo me falta el aire. Rafael lo intuye y me sostiene mientras me acompaña hacia su coche, que aún tiene el contacto encendido y la puerta del copiloto abierta.

En cuanto me acomoda en el asiento, me abrocha el cinturón con todo el cuidado del mundo en no tocar mi piel, cierra la puerta y entra por el otro lado. Soy incapaz de moverme, siento que en cualquier momento voy a desfallecer…

—La llevaré a la residencia familiar. Puede que allí le aclaren algunas de sus dudas.

—Pero… eso que dice es imposible. Yo he estado con Marcello esta misma mañana, él… —Entonces recuerdo las últimas palabras dirigidas a Leonardo: “Te quedas con ella, te necesita más que yo”. Mis ojos se llenan de lágrimas, estoy a punto de soltarlo todo: de chillar, patalear, romper el cristal de la ventanilla y recorrer toda Nápoles hasta  encontrarlo— ¿cómo sabe que es un secuestro? Puede que únicamente se haya entretenido…

Necesito confirmar que esto es un error, es un simple malentendido y Marcello regresará a casa algo más tarde de lo habitual con alguna excusa.

Leonardo me mira y su rostro parece tan afligido como el mío.

—Han enviado un mensaje a la familia.

—¿Un mensaje?

—Siento no poder decirle más, soy solo un chófer.

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