MARTHA CUPA LEÓN

 

Andrés y Narciso solían reunirse por las tardes en la casa de este para leer, buscar palabras en el diccionario o platicar sobre temas diversos. Sentados en equipales colocados detrás del portón de madera abierto hacia la calle, ese dos de noviembre charlaban sobre la muerte, inspirados en los transeúntes que pasaban cargando flores de cempasúchil rumbo al cementerio. De repente, Narciso guardó silencio y después de permanecer pensativo por unos segundo, dijo:

–Te propongo un trato, Andrés: si me muero antes que tú regreso por ti, y si falleces primero, vienes por mí.

–¡Claro que acepto! –contestó Andrés en tono burlón–. Sabes que no creo en los aparecidos y además la gente dice que si ves fantasmas les digas una sarta de insultos, groserías y maldiciones: de ese modo se espantan y desaparecen.

–No te imagino diciendo improperios, Andrés: tú eres muy decente, educado y prudente; un gran ejemplo para tus hijos. No, no te concibo blasfemando. Además, yo soy escéptico –dijo Narciso fijando su mirada en los ojos de su amigo.

Como coincidencia, tres meses más tarde falleció Narciso inesperadamente, a consecuencia de un derrame cerebral. Andrés se entristeció más de lo que hubiera imaginado. Sabía que lo extrañaría mucho: ya no habría más tardes de interminables y amenas charlas variopintas enmarcadas con los transeúntes que cruzaban por la acera de la vivienda de su amigo.

Luego de casi medio año de que Andrés se negaba a salir de su casa después del trabajo, Jorge, Juan, Hugo y Gerardo –sus cuatro hijos de 18, 16, 14 y 12 años de edad, respectivamente–, lo convencieron de que fuera a algún sitio para distraerse. Optó por reunirse en el parque con algunos compañeros de trabajo, para conversar.

De regreso a su casa pasaba ineludiblemente por la vivienda, ahora cerrada, de Narciso. Frente a esa puerta lo invadía una melancolía imposible de obviar; experimentaba una molesta taquicardia y luego parecía que su corazón se detenía, sofocándolo. Se daba cuenta de que era muy grande la nostalgia provocada por la muerte de su amigo. Había olvidado el trato que Narciso le había hecho.

Una noche, mientras Andrés se ponía el pijama para acostarse, vio por la ventana de su recámara que daba al oscuro jardín una silueta que le pareció muy familiar.

–¡Hijo de puta! –vociferó y salió corriendo hacia el sitio donde creyó ver al fantasma.

Sus gritos despertaron a sus hijos, quienes se asustaron al escuchar improperios que nunca habían oído salir de la boca paterna. Se levantaron presurosos y fueron tras de Andrés. Al llegar al jardín se sintieron sobrecogidos al ver el pánico dibujado en el rostro de su padre, quien no dejaba de gritar.

–¡Hijo de la chingada, lárgate de aquí! ¡Es verdad que te extraño, pero no me vengas con pendejadas, ya no eres de este mundo, cabrón! ¡Vete, pinche fantasma, y nunca más regreses!

Jadeante, reparó en que sus hijos lo veían azorados. Respiró profundamente tratando de calmarse. Caminó hacia ellos con la cabeza gacha, avergonzado de su actitud. Al llegar a ellos no supo qué decirles.

–¿Qué pasó, papá? –preguntó Jorge.

–Perdón –dijo Andrés sin atreverse a mirarlos.

–¿Qué viste? No creo que haya sido un fantasma, papá, tú nos has dicho que no existen –indicó Juan.

–¡Y las palabrotas que gritaste!, tú nos prohíbes decirlas –señaló Hugo.

–Perdón, hijos, discúlpenme… No sé lo que hice… Creo que la muerte de Narciso me afectó demasiado, me hizo imaginar cosas… –contestó con voz y cuerpo trémulos.

–Cosas… ¿como fantasmas?, ¿como Narciso? ­¿Es a él a quien le gritabas? –quiso saber Gerardo.

Andrés no contestó. Apoyando los brazos en los hombros de dos de sus hijos se dispuso a regresar a su habitación. Volteó en dirección a donde creyó ver la silueta de Narciso y recordó las palabras que él le dijo aquel dos de noviembre:

“No te imagino diciendo improperios, Andrés: tú eres muy decente, educado y prudente; un gran ejemplo para tus hijos. No, no te concibo blasfemando. Además, yo soy escéptico”.

3 comentarios sobre “El trato especial de Narciso

  1. Enhorabuena, querida amiga. Muy hermoso, con un toque divertido por lo improperios y a la vez, con ese mensaje de fraternidad que necesitan los amigos. Recibe mi cariño

    Roberto Soria – Iñaki

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