SIX

Se agarró con fuerza a mi brazo, y volvimos a cruzar la calle, parecíamos dos novios andando. Ana me miraba de vez en cuando y se mordía los labios, creo que no acababa de creerse todo aquello, notaba su respiración acelerada, moviendo mucho su pecho, que ahora me clavaba en el brazo al andar.

-Nunca había hecho locuras así.- Me soltó de repente.
-No me lo creo.

Se me quedó unos segundos mirando, sin dejar de andar, solo se oían sus tacones. Luego continuó mirando hacia adelante.

-Se que piensas que soy una puta o algo parecido…-Soltó como si lo dijera al aire.

La miré extrañado, no tenía nada de ganas de tener una conversación así, y menos ahora. Me quedé callado.

-Lo mío con Marc…- Comenzó a decir.
-En serió quieres hablar de eso ahora?- La interrumpí.

Volvió a mirarme, sin decir nada mientras andábamos.

-Solo… es que… No sabía que eras así.- Me soltó.
-Así como?- Dije.
-Déjalo… da igual.- Soltó.

Siempre me ha fastidiado mucho la gente que quiere decir algo, pero no lo dice, lo deja caer pero luego no se moja.

-No, di lo que querías decir.- Le dije.
-Da igual, no quiero estropearlo.

Me detuve y ella dio un par de pasos más que yo, para darse la vuelta.

-Di lo que tengas de que decir.- Le exigí.

Se me quedó mirando, y al final reunió el valor.

-Creía que eras un gilipollas.- Dijo como si le costara soltar las palabras.
-Jajaja! Y ahora no lo soy?- Me reí.
-Eres… Eres diferente a como me había imaginado…- Dijo sin lograr mantener su mirada en mis ojos.

Aquello me sonó extraño, había sonado a una Ana humilde, como si se estuviera sincerando. Pero no me fiaba de ella, podía ser un truco para volver a girar la tortilla y tomar la sartén por el mango. Había visto a Ana hacerse la inocente, incluso mimosa para conseguir lo que buscaba. Se lo había visto hacer en el stand, lograr que un tío se embobara, camelárselo con sonrisas y palabras dulces, y al minuto siguiente al girarse soltar por lo bajo algo como “Pesado!” o “Cerdo!”. Me lo había hecho incluso a mi, la noche anterior.

No me fiaba un pelo.

Me acerqué a ella y la cogí del cuello, acercándome a su cara. Ana me miró sorprendida, con cara de no entender nada.

-Mira, zorrita, voy a follarte en cuanto llegue al hotel. Que coño! Voy a hacer lo que me de la gana contigo durante estos dos días, todo lo demás me da igual… Entiendes? Tenemos un acuerdo! No me hagas la pelota porque no va a funcionar. Ambos sabemos que no nos soportamos, pero tienes razón en una cosa, estas… Estas tan buena que haces que algo dentro de mi este deseando tocarte, olerte, chuparte… y follarte! Yo que se! Porque ando ya medio borracho y me la pones durísima. Pero no intentes camelarme, no intentes jugar a ser amigos, porque tu y yo no podemos tener eso!- Solté de un tirón.

Ana me miró con los ojos como platos, con rabia, vi como su cara fue transformándose a una mirada con odio, luego suspiró.

-Es verdad… eres un gilipollas!! Suéltame!!- Me gritó cogiendo el brazo con la que la agarraba del cuello.

La solté y seguimos andando, pero no nos dijimos nada más. Incluso Ana empezó a caminar algo más deprisa, cabreada.

No se porque dije aquello, lo único que sé es que no soporté oír a Ana venirme a buenas, en plan buen rollo, como intuí que iba a hacer. Porque eso no me lo creía, sabía que era muy capaz de intentar camelarme, y no lo iba a permitir. Solo quería follármela y tenerla para mi esos dos días, no quería hacerme su amigo. Y si empezaba a darme explicaciones, dejaría de verla como la veía en ese momento, como un juguete.

Además, que me viera como a un cabrón era parte de aquel extraño juego, porque quería ver hasta donde estaba dispuesta a llegar con un tío que la usaba, hasta donde iba a llevar con el juego del chantaje. Estaba decidido a buscar su limite.

Mentía. Me mentía a mi mismo, se me hacía raro hacerme el cabronazo, yo no era ni he sido nunca así. Era como interpretar un papel que se me hacía extraño, y por algún motivo, con Ana, me salía de manera natural, pero es que con Ella me mantenía todo el tiempo a la defensiva, no me fiaba, sabía lo peligrosa que era, y me daba pánico bajar la guardia.

O la mantenía a raya y bajo control, o estaba seguro que me arrepentiría tarde o temprano de algo.

Llegamos a la puerta del hotel, y entramos en el vestíbulo a la espera del ascensor. Ana picó el botón y se giró para mirarme.

-Y si te dijera que ahora no quiero que me toques?- Preguntó en un tono directo y enfadado.

Sonreí y miré la pantallita de encima de la puerta del ascensor que indicaba que estaba a punto de llegar.

-No te tocaría… pero los dos sabemos que eso es mentira, aún tengo tu sabor en la boca.-Me acerqué despacio hasta ella. -Huelo el olor de tu coño mojado desde aquí.

Ana se puso colorada, agachó la mirada, como si buscara algo en el suelo.
El ascensor pitó y se abrieron las puertas. Ambos entramos.

Piqué en la última planta, que era donde estábamos nosotros, y se cerraron las puertas.

Ana se giró y me dio la espalda, y yo la abracé desde atrás, apretándola contra mi, pasándole un brazo por el pecho y con el otro le cogí las caderas, procurando pegar mi polla en su culo.

-Suéltame! Eres un cerdo!- Se quejó.

Forcejeaba, pero no como alguien que se quería soltar, si no como alguien que quiere hacerse la interesante. No le hice ni caso, continué acariciándole el muslo. Haciendo la fuerza necesaria para mantenerla atrapada entre mis brazos.

De repente, tiró su culo hacía atrás con fuerza, dándome un golpe en toda la polla que me dolió horrores. Me pilló desprevenido, con la guardia baja, y yo estaba tan empalmado que sentí aquel golpe como un puñetazo. Cerré los ojos intentando controlar el dolor, no le di el gusto de que me oyera quejarme, tragándome un grito sordo en mi interior.

-Está bien…- Susurré cuando pude controlarme.

La solté, y me aparté de ella. Quizás me lo tenía merecido por forzar la máquina.

Habría encontrado por fin el límite de Ana?

No dijo nada más, ni se giró. Se hizo un silencio intenso en el pequeño espacio del ascensor, hasta que se escuchó el sonido de la planta y las puertas se abrieron.

Ana salió primero, y ambos nos dirigimos a la habitación. Entramos y ella empezó a quitarse los tacones.

-Que pena… te hacían un culo espectacular.- Le dije.

Ana me miró.

-Si me lo ordenas, me los dejo puestos, está claro que aquí mandas tu.- Dijo sonriendo y burlándose.
-Jajaja!- Exageré riéndome.

Ana se acercó a mi, pegando sus tetas en mi pecho.

-Vas a follarme? Que quieres que haga?- Preguntó mirándome a los ojos.

La agarré del culo y la apreté contra mi.

-Te gustaría?- Le pregunté.
-Haré lo que tu quieras… De eso va esto, no?- Me desafió.

Sonreí con desdén. La agarré de las caderas, y la aparté.

-Entonces, ponte el pijama y vámonos a dormir, mañana será un día duro.
-Que??- Me miro extrañada.
-Por hoy se ha acabado el juego, voy al baño, me estoy meando.- Dije alejándome de ella.

Ana me miraba como si no se creyera lo que le estaba diciendo.

-No vas a follarme?- Me dijo incrédula.
-Hoy no, ya te dije que cabreado no follo, y por lo que veo, no me apetece.
-Lo tuyo no es normal…- Me dijo antes de que yo cerrara la puerta del baño.

Hacía rato que me estaba meando, y después del golpe que me había dado Ana, y entre tantas empalmadas, mi polla era como una colección de sensaciones, al final, cuando conseguí mear, sentí un alivio tremendo, como quien se quita un peso de encima.

Cuando me abrochaba los pantalones, noté algo en el bolsillo, metí la mano y saqué el tanguita azul de Ana. Era muy bonito, con las tiras finas y la parte del triangulo de delante con un pequeño encaje y una parte semi-transparente. No pude evitar llevármelo a la nariz de nuevo, cerrando los ojos al aspirar y disfrutar de su olor, sonreí. Ese olor me recordó el sabor de su coño de nuevo. Y me empalmé. Mi polla quería una sesión de Ana esta noche, pero yo ya había jugado mis cartas. Ahora faltaba saber si había ganado la mano o no.

Salí del baño, y no vi a Ana en el salón, miré a su habitación, pero su puerta estaba cerrada. Me hice un poco el remolón bebiendo agua, pero no salió. Al final me rendí y me fui a la mía comprendiendo que quizás si me había pasado, y posiblemente había perdido una gran oportunidad. Imbécil, me dije a mi mismo.

Abrí la puerta de mi habitación, y me extraño ver algo de luz, Ana estaba totalmente desnuda, tumbada en mi cama.

-Soy tu juguete, no me puedes mandar a la cama.- Me dijo siseando como la noche anterior.

Continuará…

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