IVÁN A. SAAVEDRA

Hay, un pequeño pueblo costero, donde la vida allí, se pareciera a estar viviendo en el paraíso. Cada rincón de ese lugar, irradia un armonioso estado de felicidad.

Tiene un sitio, donde cada día, se reúnen familias, para disfrutar en completa tranquilidad, de entrañables momentos familiares. Con sólo contemplarlo, te engulle por completo, de una paz y felicidad, que te hacen de nuevo, revivir cada día.

Hasta allí, se acercaba diariamente un perro callejero, sucio y feo. Permaneciendo e intentando, pasar lo más desapercibido posible, en un extremo de aquel lugar. Quedando en silencio, mientras iba contemplando, las risas y juegos, de cada uno de las familias que allí había.

Aunque, intentaba apenas ser visto, por entender, que su presencia resultaba ser, bastante incómoda, ese pequeño rato que allí permanecía, resultaba ser para él, lo único que le mantenía aún con vida.

La gente, no habían pasado por alto, su presencia. A medida que pasaban los días, muchos preguntaban como hacer, para impedir que aquel perro, que cada día permanecía en silencio y sin molestar, en una esquina del lugar, dejara de ir.

El perro, de alguna manera se percató, de la incómoda presencia, que parecía empezar a causar, a los habitantes del lugar. Por lo que, desde ese momento, dejó de ir.

La gente, al no ver desde ese momento al perro, les extrañó mucho al principio, pero a los pocos días, ya apenas se acordaban. Excepto, una pequeña que al igual que el perro, cada día acudía a aquel lugar. Aunque, ella lo pasaba observando ensimismada como el perro, parecía disfrutar de forma melancólica, tan sólo observando la felicidad, que allí se respiraba.

Preocupada, un día decidió ir en busca del perro. Se había fijado cada día, el recorrido que parecía hacia para volver, al que pensaba sería donde vivía.

Sin pensárselo demasiado y sin tener en cuenta, que los padres la castigarían, por irse sin su permiso, comenzó a buscarlo. No hizo falta andar mucho, para encontrarlo cobijado, bajo lo que parecía ser, las ruinas de un antiguo edificio.

Se fue acercando lentamente, para no asustarlo y también, por miedo de que la fuera a atacar. Cuando ya se encontraba bastante cerca, el perro se giró y se la quedó mirando. Con un gesto nostálgico y apenado, volvió a girar la cabeza y dio varios lametazos, a una perra que se encontraba, echa un ovillo en un rincón.

Sin duda alguna, se encontraba bastante enferma. Apenas parecía quedarle, unas pocos horas de vida. El perro, permanecía junto a ella, dándole de vez en cuando, pequeños lametones, cada vez que la perra, se quejaba de dolor.

La pequeña, se sentó junto al perro en silencio y sin querer molestar demasiado. A las tres horas aproximadamente, la perra exhaló su último aliento. En ese momento, el perro se tumbó junto a ella, emitiendo pequeños gemidos que parecía, estuviese llorando.

Tras un rato, se incorporó y mordiendo delicadamente, el cuello de la perra, como hacen las madres a sus cachorros, la arrastró poco a poco, hasta desaparecer tras una de las esquinas de aquellas ruinas.

Tras un rato, apareció de nuevo y fue acercándose muy despacio, hasta donde aún permanecía la pequeña. Cuando apenas restaban unos cinco metros para llegar a ella, se paró y tumbo mirándola. Poco a poco, fue adquiriendo la misma postura, que había mantenido antes la perra, que estaba junto a él.

De repente, la pequeña sintió el deseo de acercarse a él y acariciarlo. Así, que se levantó y se sentó a su vera. En ese momento, el perro cerró los ojos y acomodó su cabeza, en las piernas de la pequeña. Esta, comenzó a acariciarlo suavemente y con delicadeza. Hasta que poco a poco, fue sintiendo, como la vida se le escapaba.

El perro, al igual que su compañera, se encontraba enfermo, pero se esforzó por permanecer con vida, para cuidar hasta los últimos instantes de su compañera. Para ello, acudía cada día, a aquel lugar, donde conseguía contagiarse de esa paz y alegría, que conseguía ver, en cada una de las familias, que allí acudían.

Él, tan sólo buscaba un pequeño momento de paz, donde recobrar fuerzas, para seguir cuidando de su compañera. Al final, también él obtuvo su recompensa y pudo morir en paz y feliz, junto a una pequeña, que en sus últimos instantes, lo colmó de amor.

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2 comentarios sobre “La fuerza del amor verdadero

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