ANNABEL VÁZQUEZ

Me muevo hacia un lado, parpadeo porque la luz me ciega. Parece que la lluvia ha escampado dejando un día raso en su lugar.

Vuelvo a girarme, me pongo tensa en cuanto percibo su cercanía. Me está contemplando con los labios apretados, reteniendo una sonrisa que lucha a toda costa por salir.

—Buenos días.

—Buenos días —respondo algo aturdida.

—¿Qué significa esto? —Pone mi mano en alto, el brillo de la pulsera me contrae el rostro. Había olvidado que al final me la puse.

—Sí, es justo lo que parece —digo restándole importancia.

—¿Que eres mía y de nadie más?

Me muerdo la lengua. No quiero exaltarme pero él parece disfrutar llevándome al límite.

—Yo solo quiero estar contigo, sea de la forma que sea —claudico convencida.

Su sonrisa me ciega. Parece contento y tan animado que casi consigue contagiarme un poco con su entusiasmo.

—Pero no pienses que por llevar esta pulsera te da derecho a tratarme como a una esclava. Yo no soy la esclava de nadie y tú no vas a mandar sobre mí.

—Claro que no.

Su sonrisa sigue aturdiéndome.

Se pone sobre mí y me besa tiernamente la base de la mandíbula. Me sube la temperatura progresivamente, pero me niego a dejarme llevar.

—Tampoco pienso obedecerte en todo lo que se te antoje.

—No espero menos de ti.

—Lo digo en serio.

Se retira un poco y asiente.

—Yo también.

Vuelve a sonreír, me estremezco en cuanto sus labios se juntan a los míos; los echaba de menos. Mi corazón late desaforadamente y mi respiración se altera. Un fuerte escalofrío me recorre entera, desatando un deseo descontrolado que llevaba oculto demasiados años, ahora que ha encontrado una válvula de escape, se expande invadiendo cada célula de mi cuerpo. Alzo mis brazos y correspondo a su apremiante necesidad mientras le rodeo la nuca con mis manos, pasando los dedos entre su pelo rebelde. No soy tan dura, no puedo permanecer impasible mientras él me hace eso y el muy canalla lo sabe. Sabe que estoy loca por él y cederé a todo cuanto me pida porque es el único con el que me siento segura.

—Me has hecho muy feliz Ingrid, ni te imaginas cuánto…

Sigue besándome, pero mi mente está lejos de él ahora. Como no, la desconfianza llama a mi puerta.

—¿Cuántas pulseras de estas has puesto hasta ahora?

Sus besos se detienen al final del cuello, justo antes de alcanzar la clavícula.

—Ninguna —Susurra.

—¿Y por qué me la has puesto precisamente a mí?

—Porque tú eres lo único que he querido siempre. Tengo dinero, propiedades, coches, negocios, lujos… pero solo estar contigo hace que valore todo lo que tengo, me siento vivo y capaz de cualquier cosa cuando estamos juntos. En definitiva, tú haces que quiera ser quien soy.

Sus palabras me dejan paralizada. Intento hallar en sus ojos un atisbo de duda o algo que indique que me está tomando el pelo. Pero parece sincero en cuanto sentencia su discurso besándome en los labios. Estoy a punto de perder el conocimiento y dejarme llevar, me cuesta mucho pensar con claridad teniéndole tan cerca, pero debo hacerlo por mi propio bien. Ahora no estoy para romanticismos, quiero que me aclare todos estos puntos para estar prevenida.

—¿Cuántas pulseras puedes colocar?

Alza el rostro confuso.

—¿Qué quieres decir?

—¿A cuántas mujeres le puedes poner una de estas? —Levanto la mano y la muevo, la pulsera resbala por mi muñeca liberando el hueso.

—A todas las que quiera —sonríe mientras se acerca a mi rostro, colocándose a escasos centímetros de él—. Pero con una me basta y me sobra. No temas, no tengo intención de poner ninguna más.

—¿Cómo puedes estar seguro? ¿Cómo sabes que dentro de un tiempo no encontrarás a una chica que te guste y quieras estar también con ella?

—Porque sé que estar con cualquier otra significaría perderte a ti. Tú no estarías dispuesta a aguantar algo así, no eres como las demás y yo no pienso arriesgarme, tendría mucho que perder si lo hiciera.

Alzo las cejas. Parece que tiene argumentos para todo. Pero sigo sin fiarme de él.

—¿Estarías dispuesto a estar únicamente conmigo?

—Sí. Eso es.

—¿Pero y si te sintieras tentado por alguna? ¿Me lo dirías?

—Ingrid… —mueve la cabeza asqueado. Pero bajo mi insistente mirada no tiene más remedio que proseguir hasta convencerme, o de lo contrario no me daré por vencida—. No creo que nunca me sienta tentado por ninguna otra, ya te lo he dicho, eres lo único que siempre he querido y ahora que por fin lo tengo, no pienso arriesgarlo por una mundana tentación. Mi deber ahora es protegerte, cuidarte y mimarte para no perderte jamás. El que debe tener cuidado de que no te sientas tentada por algún otro soy yo, porque por si no lo sabes, esta pulsera no te condena, la aceptas de propia voluntad pero puedes deshacerte de ella en cualquier momento.

—¿Entonces qué implica llevarla?

—Bueno, tú lo has dicho antes, mientras la lleves puesta pasas a ser algo así como de mi propiedad. Eres intocable. Pero también conlleva que a partir de ahora no puedes estar sola.

Le miro horrorizada.

—Uno de nuestros hombres te seguirá para protegerte en caso de que sea necesario. No podrás pasar desapercibida y… tendrás que cambiar ciertos aspectos de tu vida.

—¿Cómo cuáles?

—No podrás seguir trabajando en el bar, por ejemplo.

—¡¿Por qué?! —Grito alterada; eso ya no me gusta.

—Ingrid, a partir de ahora otros tendrán que servirte a ti y no al revés.

—¡Pero yo no quiero dejar de trabajar!

—Pues… buscaremos otra cosa —no parece muy convencido.

—¿Y María? ¿Qué pasa con ella?

—No te preocupes por eso ahora. Le he buscado una camarera excepcional, una madre divorciada con dos hijos, necesita el trabajo mucho más que tú. Empezará después de las obras.

Mis ojos se entristecen.

—Pero yo… no quiero dejar de verles, para mí son como mi familia.

—Podrás ir siempre que quieras —Marcello da media vuelta y rueda hacia un lado sin dejar de mirarme— Por cierto, ¿Qué hiciste el miércoles?

—¿El miércoles? —Pregunto confusa.

—¿Estuviste en casa hasta que llegó Rafael?

Reflexiono un instante.

—Sí. Hice todo lo que tenía pendiente y luego comí con Iván. ¿Por qué?

Él sonríe. Pero no parece una sonrisa de alegría precisamente.

—¿Iván es el motivo de que quieras ir al bar?

Abro desmesuradamente los ojos. Ha perdido la cabeza, sé por dónde va ¿cómo puede insinuar eso?

—No exactamente. Iván es un buen amigo, pero María es… es lo más parecido a una madre que he tenido nunca.

—Bien.

—¿Por qué me preguntas todo esto?

Se encoje de hombros y suspira.

—Ya sabía que él había ido a verte. Me alegra que no me lo hayas ocultado. Si te soy sincero, tenía miedo que se me hubiese adelantado…

—¿Adelantado?

—Llámame loco, no me importa, pero no puedo soportar que alguien que no sea yo te toque, solo de imaginarlo me hierve la sangre —le miro atónita. Es celoso, eso ya lo sabía, ¿pero tanto…?—Haz lo que quieras, pero solo prométeme una cosa, nunca te quedes a solas con ningún hombre, por favor…

—Eres demasiado controlador. Y machista.

—Sí, lo soy —acepta como si fuese lo más normal del mundo—. Pero también confío en ti y si me lo prometes, me quedaré tranquilo.

—Te lo prometo —respondo arrastrando las palabras—. Pero no por ti, es que yo no acepto que nadie más me roce lo más mínimo. Ni siquiera sé por qué hago una excepción contigo, no estoy plenamente segura de que te lo merezcas…

Marcello sonríe y vuelve a mirarme de esa forma… hace que mi mundo entero se tambalee.

—Uuufff ya lo creo que me lo merezco señorita Montero, he tenido mucha, pero que mucha, mucha paciencia con usted para ser el ganador. El único ganador —matiza y vuelve a colocarse encima de mí para besarme como solo él sabe. Lo hace con cuidado, esperando a que le corresponda— Oh, Ingrid… tu cuerpo me vuelve loco, tu piel es tan suave y tan sensual… de verdad que no podrías ser más perfecta.

—Deja de decirme eso o al final me lo voy a creer.

—Eso es lo que quiero, que me creas. Que te desprendas ya de esa vergüenza que nos separa. Madre mía… —Su rostro se hunde en mi escote e inspira. Mi respiración se agita— ni te imaginas todo lo que serías capaz de hacer conmigo si te lo propusieras, no creo que haya nada en el mundo que pudiera negarte si me tientas, me tienes completamente hechizado.

Me estremezco debajo de él, escucharle me excita. De mi garganta brota un jadeo en cuanto él me toca los pechos, los acaricia suavemente a través de la camiseta y vuelve a hundir su rostro entre ellos.

—Hueles tan bien…

Suspiro.

Su delicadeza se agota. Tira de mi camiseta con fuerza liberándome. Hace lo mismo con el sujetador, dejándome únicamente las braguitas puestas. Sus ojos me observan. Se pasa la lengua por los labios humedeciéndolos un poco, luego me besa. Siento el sello fresco a la par que húmedo de sus labios, estampando cada rincón de mi piel. En cuanto llega a la cicatriz del cuello me revuelvo inquieta.

—Ahí no, por favor…

—Está bien. Eso es lo que quiero, que me digas las cosas que no te gustan.

Me relajo de nuevo, él estira mis brazos cuidadosamente, los pone a lado y lado de mi cara mientras me masajea las muñecas con los pulgares. Se divierte haciendo girar con los dedos la pulsera.

—Mi niña… —Su nueva forma de dirigirse a mí me hace abrir los ojos de golpe, es la primera vez que me llama así— mi niña rebelde, por fin mía, mía y de nadie más.

Sus susurros me estremecen, él se inclina un poco y me paraliza de cintura para abajo con la presión de su cuerpo. Percibo su excitación, el deseo que emana de él diciéndole que me bese, que deje de contenerse demostrándome todo lo que en ese momento siente por mí.

Se separa unos centímetros, dejándome jadeante y traspuesta sobre la cama. Libera mis muñecas para dirigirse a mi cintura y me hace rodar colocándome encima de él con rapidez. El pelo cae hacia delante, me llevo una mano a la cabeza para retirarlo con los dedos.

—Para no perder el hábito, hoy vamos a intentar otra novedad —le miro sin entender, aún tengo la respiración acelerada—. Quiero demostrarte que para mí eres única, además, es mi forma de darte las gracias por aceptarme —me sonríe con picardía—. Quiero que tú me hagas el amor.

—¡¿Qué?!

Sonríe.

—Solo tienes que desnudarme y ponerte encima de mí.

Le contemplo atónita.

—He probado muchas cosas en mi vida Ingrid, —Sonríe quedamente— ni te imaginas las cosas que he hecho, pero jamás he dejado que una mujer se coloque así encima de mí.

—¿Por qué?

—Siempre me ha parecido poco varonil —estalla en carcajadas bajo mi atenta mirada—. Sé que es una tontería, en realidad lo que no me gusta es el hecho de dejarme dominar. En el sexo como en la vida me gusta llevar la voz cantante. Pero contigo puedo hacer una excepción.

Mi cara debe ser ahora mismo un poema cómico porque él no puede dejar de reír.

—Para mí también es algo nuevo.

Sus carcajadas agitan su cuerpo  produciéndome un excitante cosquilleo.

—Quítame la ropa —ordena recobrando la necesidad interrumpida, yo trago saliva mientras le miro de arriba abajo pensando por dónde empezar.

Empiezo a quitarle la camiseta del pijama, él me ayuda alzando los brazos. En cuanto descubro su torso desnudo un calor abrasador asciende por todo mi cuerpo. «Pero ¡qué guapo es!» Me muerdo el labio inferior. No sé qué hacer ahora, parezco perdida y él lo nota.

Tiro levemente de la goma de su pantalón para descubrir su erección, de repente me pongo nerviosa. Las manos me tiemblan, pero consigo quitárselos de una vez sin titubear.

—Ahora te toca a ti.

Inspiro.

Me pongo de pie sobre la cama. Deslizo las braguitas hasta los tobillos y salgo rápidamente de ellas para luego dejarme caer de rodillas junto a él. El colchón se mueve debajo de mí.

—Intentaré tener las manos quietas, pero no tardes mucho, no te haces una idea de lo mucho que me cuesta contenerme viéndote así frente a mí.

No me hace falta tocarle, está tan excitado que me quedo sin habla mientras le observo. Ayer apenas me atreví a mirarle, hoy es diferente. No me creo que todo eso pudiera estar dentro de mí.

Marcello se ladea y alcanza un preservativo. En cuanto acaba de enfundárselo me mira.

—Ya está —dice mientras tiende una mano en mi dirección. La cojo y dejo que tire de mí. Me coloca cuidadosamente encima de su erección, con las manos a ambos lados de mi cintura.

—Me tienes aquí para ti, haz lo que quieras.

Sonrío. Resultaría tentador si no tuviera tanta vergüenza. Sé lo que tengo que hacer, pero aún no me he desprendido de toda mi inseguridad.

—Piensas demasiado Ingrid, solo déjate llevar —sus manos siguen aferradas a mí, noto la presión que ejercen sobre mi cuerpo y como este arde, si sigue así se desatará una combustión instantánea.

Me agacho un poco para besarle. Sus labios son dulces y apremiantes, me reciben con agrado mientras sus manos me masajean la espalda de arriba abajo. Vuelvo a alzarme, colocándome más certeramente sobre su erección. Desciendo poco a poco. Lo noto. En cuanto me siento preparada dejo que su miembro duro y exultante se deslice dentro de mí, ahogo un gemido cuando me empala completamente.

Sentada encima de él, me siento llena, como nunca antes. Él se arquea y experimento un gran placer, como si llevara esperando esto toda la vida.

—Ahora muévete —sus ojos brillantes me dan una pista de sus sentimientos. De cómo desea darme la vuelta y embestirme haciéndome suya como la noche anterior. Pero se contiene. Permanece quieto esperando a que mis movimientos sofoquen su necesidad de mí.

Hago caso a la voz de la experiencia y muevo las caderas de delante hacia atrás sin sacar un milímetro de su miembro.

—¡Dios Ingrid! Eres increíble.

Me descuadran sus palabras. Pero no le hago demasiado caso y sigo moviéndome. Jadea y cierra los ojos con fuerza, me gusta ver como disfruta, ser yo la única causante de su placer.

Esta vez varío el ritmo, subo y bajo varias veces, me retuerzo hacia atrás encajándome todavía más, él aprovecha para deslizar su mano de mi cuello al vientre y sigue descendiendo hasta que con el pulgar presiona el clítoris. Se desata la adrenalina que corre rápidamente por mis venas como un río embravecido, me muevo más deprisa, cada vez soy menos cuidadosa, pero él no se queja. Me empuja más y más mientras estimula con su pulgar esa parte tan sensible de mi cuerpo. Estoy a punto de alcanzar el clímax, no aguanto más y me libero. Desato varios gemidos mientras me muevo sintiéndome invadida por él, es tan gratificante esta sensación…

—Voy a correrme… —Anuncia mientras coloca sus manos a ambos lado de mis caderas y me aprieta con fuerza, restregándome a su merced.

Me gusta como lo hace, como su miembro se adapta a mi cuerpo y se mueve cada vez más rápido, hasta que libera un profundo jadeo que brota de lo más profundo de él mientras se deja ir. De pronto percibo la relajación de sus extremidades, segundos después, extiende los brazos mientras lucha por recobrar el aliento.

—Uuuufff… no creo que me canse nunca de hacer el amor contigo, sea de la forma que sea, estás hecha a mi medida. ¿Ves? Parece que después de todo tú y yo encajamos a la perfección en algo.

Sonrío al tiempo que me retiro de él con mucho cuidado. Todavía estoy alucinando por este orgasmo, no creo que haya nada mejor en el mundo.

—¿Te ha gustado? —Me pregunta cogiéndome de la mano que lleva la pulsera.

—Sí. Ha sido increíble. ¿Y qué tal tú con la nueva experiencia?

—No pensé que me gustaría tanto. Eres tan erótica… de verdad, me pone un montón ver cómo te mueves encima de mí. Lo repetiremos.

Entre carcajadas me cubro la cara con las sábanas. No me acostumbro a que nadie me hable de ese modo. Debe ser cosa de los italianos, pero sigue resultándome incómoda tanta dedicación.

—Ingrid… —Tira de la mano que tiene sujeta, la besa y luego la deja sobre su torso desnudo. Percibo los latidos constantes de su corazón. Es sencillamente increíble— No pretendo asustarte, pero no quiero que te vayas. Me gustaría que vivieras conmigo, me quedaré mucho más tranquilo si lo haces.

—Este no es mi hogar –le recuerdo.

—¿Por qué dices eso? ¡Quiero que te sientas a gusto aquí! ¿Qué te hace falta? Yo te lo daré.

—No me hace falta nada —le tranquilizo—. Simplemente me gusta mi casa.

Suspira y se lleva las manos a la cabeza. Desliza los dedos entre su cabello tirando fuertemente de él. Sus ojos se rasgan.

—Está bien… —vuelve a suspirar y se ladea para mirarme— Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.

—¿Qué quieres decir con eso exactamente?

—Que me traslado a tu casa. Supongo que me harás sitio, ¿no?

Sonrío con ganas. Solo me apetece abrazarle fuerte, me emociona que quiera vivir conmigo de la forma que sea. Hasta ahora no me he dado cuenta de lo afortunada que soy.

—¿De verdad vendrías a vivir conmigo? ¿Dejarías este palacio sin más?

—Ya te lo he dicho, tú eres lo único que quiero, lo demás, no importa.

Vuelvo a sonreír y me inclino para abrazarle. Se queda tenso en un primer momento porque no lo espera, luego, relaja los brazos y me acoge. En cuanto me rodea ladeo el rostro para besarle el pecho antes de recostar cómodamente mi cabeza sobre él.

—No sabía que eso te hacía tanta ilusión. Si lo llego a saber te lo hubiese propuesto el primer día.

Sonrío.

—El primer día te hubiese enviado a la mierda.

Su rostro se contrae risueño.

—Mira por donde, ese mismo deseo tuve yo la primera vez que me llamaste ravioli.

Empiezo a reír a carcajada limpia.

—Si te paras a pensar, ravioli es un apodo bonito.

Me separa de él para estudiar mi rostro. Sus cejas están curvadas hacia arriba.

—¿Qué te parecería a ti si yo te llamo gazpacho o salmorejo?

Vuelvo a reír por el acento extraño que esas dos palabras tan de mi tierra adoptan en sus labios. La verdad es que algo humillante sí que es, pero yo lo encuentro divertido, y dándole un beso en el pecho, susurro:

Ravioli.

Frunce el ceño, sigue sin hacerle gracia.

—Ni se te ocurra volver a llamarme eso y menos en público.

Su repentina seriedad me tensa. Él lo percibe y me da un beso en la cabeza para apaciguar ese pequeño destello de ansiedad. Naturalmente no dudo en contestarle, como buena española que soy, yo debo tener siempre la última palabra.

—Solo cuando me hagas enfadar.

Termino y él empieza a reír mientras me abraza aún más fuerte.

—Madre mía… no sé qué voy a hacer contigo. Preveo que me vas a ocasionar más de un problema con los míos.

Alzo el rostro para mirarle.

—No quiero que tengas problemas por mí culpa.

—No te preocupes por eso, tiene solución. Yo lo que no quiero es que el estar conmigo te limite.

Frunzo el ceño. No para de repetirme eso, pero la verdad, no veo en qué puede limitarme si mi vida ya es lo suficientemente limitada de por sí.

Vuelvo a relajarme junto a él. Estoy tan a gusto que no quiero salir de aquí nunca. Sus manos me rodean, yo le dejo hacer, no me toca para hacerme daño, sino para protegerme. Por fin veo la diferencia, el sentimiento de alivio me inunda.

—Muchas gracias Marcello, gracias por aceptarme tal cual soy.

—No se merecen… por cierto, será mejor que nos pongamos en marcha. Creo que ya es bastante tarde.

Me levanto enérgicamente. Él sonríe y niega con la cabeza mientras se dirige hacia el vestidor. Por el rabillo del ojo veo como coge una mochila de deporte para empezar a meter algo de ropa. No me ha engañado, se vendrá a vivir conmigo, no quepo en mí de gozo.

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