ANNABEL VÁZQUEZ

La luz del ventanal se proyecta creando extrañas sobras en la habitación. No sé qué hora es, pero a juzgar por el sol que se infiltra entre las rendijas de la persiana a medio cerrar, debe ser muy tarde. Me giro en esa cama tan cómoda y confortable, primero me froto los ojos y luego intento mirar a mi alrededor. Marcello está sentado en la butaca que hay frente a mí. Tiene una tablet en las manos y parece estar escribiendo algo. Lo que más me llama la atención es su aspecto. No solo se ha duchado, su indumentaria también es peculiar, lleva un traje oscuro y una camisa blanca con los dos primeros botones del cuello desabrochados.

Ladea el rostro no bien intuye que le estoy mirando, me sonríe y devuelve la vista a la pantalla que no deja de tocar con la mano.

—Buenos días dormilona, estás sumamente preciosa cuando duermes. ¿Lo sabías?

Vuelvo a tumbarme y me cubro los ojos con el pliegue del codo; no estoy para piropos ahora.

—No me tomes el pelo de buena mañana, anda. No puedes estar hablando en serio…

—Pes sí, claro que hablo en serio.

Hago un gesto con la mano, indicándole que pare. Le escucho sonreír.

—Dame solo un par de minutos. Me visto y me voy.

—¡Qué dices, no quiero que te vayas! —Parece ofendido.

Suspiro y me incorporo en la cama, consciente de que ahora mismo me parezco a uno de esos personajes mitológicos que él tanto adora, concretamente a Medusa. Y es que mi pelo por las mañanas es algo así como un desastre universal.

Retiro la sábana que me cubre y mi incomodidad aumenta en cuanto me percato de que estoy totalmente desnuda. Además, desde aquí no hay rastro de mi ropa…

Marcello no deja de mirarme, con lo cual, levantarme va a ser todo un reto. ¿Por qué no me he traído mi pijama de nubecitas y arcoíris?

Suspiro, me centro en él que ahora pasa de la tablet y digo:

—A la vista está que tienes cosas que hacer, y yo también.

—¿Qué cosas tienes que hacer tú? El bar está cerrado.

—Debería poner una colada, limpiar un poco… ya sabes, ese tipo de cosas.

Me mira perplejo un par de segundos antes de negar con la cabeza y devolver la vista a su tablet.

—No son cosas importantes. Hoy te quedas aquí —sentencia.

Arqueo las cejas.

—Para mí sí son importantes —discrepo.

Vuelve a mirarme con ojos inescrutables.

—Quédate, por favor…

—No lo entiendo… ¿Por qué insistes tanto?

—Me haría ilusión regresar y encontrarte en casa. Sería algo totalmente nuevo para mí y ya que  nuestra relación se basa en las novedades…

No salgo de mi asombro. ¿No bromea?

—¿Y qué pretendes que haga aquí sola durante todo el día?

—Simplemente disfrutar: Mira la tele, revuelve un poco, come, escucha música, date un baño de espuma o métete en la piscina, es climatizada —aclara sonriente.

—No tengo ropa qué ponerme.

—Coge lo que quieras de mi armario.

Me echo a reír y vuelvo a tumbarme en la cama con brusquedad.

—Estás loco…

Deja la tablet en un escritorio antiguo que utiliza como mesita supletoria y se levanta. En cuanto lo tengo cerca intento esconderme todo lo que puedo. Me da vergüenza que me vea así. Pero mis intentos resultan frustrados cuando, lejos de captar la indirecta que le lanzo, se sienta en la cama y retira la sábana que me cubre.

—Por favor Ingrid, quédate.

Repite y sus palabras, o tal vez el tono camelador que emplea, me conmueven. Lo cierto es que no tengo nada importante qué hacer y ya que me lo pide de ese modo…

—¡Está bien, pesado!

—¿Te quedas?

Su ilusión me atonta momentáneamente.

—Sí.

Su cuerpo se acerca, me abraza con fuerza y yo no puedo evitar permanecer rígida como una barra de acero mientras desata esa inusual muestra de cariño.

—No tardaré demasiado, te lo prometo.

Me da rápido beso en los labios. Es increíble ver lo mucho que se ha soltado desde anoche, pero más increíble es ser testigo de lo bien que recibe mi cuerpo su contacto. Me asusta un poco, pero no duele ni me molesta como antes.

Se levanta y se dirige hacia la puerta de la habitación.

—Hasta ahora, preciosa.

—Hasta ahora.

Desaparece tras la puerta, espero un poco y cuando me aseguro de que ya se ha ido, me pongo en pie de un salto y corro hacia el baño.

Me doy una ducha rápida, no quiero abusar. En cuanto salgo fuera, completamente desnuda, entro en su asombroso vestidor, casi tan grande como la habitación anterior. No es que tenga demasiada ropa, pero sí dispone de una camiseta ancha, así que me la pongo junto a un bañador con goma ajustable que he encontrado por ahí. Me miro frente al largo espejo y me veo bastante masculina. Regreso al dormitorio y me siento sobre la cama rememorando todo lo que ocurrió anoche entre esas mismas sábanas. Todavía no me creo que hayamos roto las cuerdas que me oprimían e inconscientemente, empiezo a sonreír como una tonta.

Me pongo en pie y como aún dispongo de unas cuantas horas hasta que regrese, investigo un poco.

Tanto orden me aturde. Cada cosa tiene su lugar y está perfectamente recogido. Me pongo roja cuando veo que en la cocina no hay ni un plato sucio. Recuerdo que la noche anterior lo dejamos todo revuelto en el fregadero, así que me pregunto si ha sido Marcello quien ha recogido todo esta mañana o ya ha pasado por aquí el servicio. Me muerdo el labio inferior, la segunda opción parece mucho más probable, no me imagino a Marcello fregando un plato, la verdad.

Entro en la sala de cine y empiezo a revolverlo todo. En las estanterías hay millones de DVD’s ordenados alfabéticamente. Paso mi dedo por encima del lomo, hay de todos los géneros pero despierta mi interés la enorme cantidad de películas antiguas que posee, incluso hay clásicos en blanco y negro. Me detengo en una edición especial de Lo que el viento se llevó; no puedo creerme que le guste este tipo de películas.

Rodeo la sala, pasando por detrás de la barra de bar. Unos enormes bidones de vino barnizados hacen de taburetes. Abro los muebles de diseño y descubro una cantidad considerables de licores, algunos tan extraños que no había visto en la vida, ni siquiera en el bar.

Sigo curioseando cada armario que me encuentro por la casa. Hasta ahora en ellos hay pocas cosas, nada que me llame especialmente la atención. Se nota que es una casa de fin de semana y en realidad nadie vive ahí.

Recorro el pasillo con tranquilidad y abro la última puerta a la derecha.

La biblioteca/despacho tal vez sea mi parte favorita. La recorro a fondo y descubro unas estrechas escaleras de caracol que llevan hacia una planta superior. Asciendo emocionada. En realidad es un pequeño altillo de madera con el techo muy bajo, me transmite mucha calidez. Me tumbo en un diván de cuero blanco, desde donde se ve a la perfección un techo enlaminado de color pino.

Es un lugar perfecto para leer.

Cojo el libro que descansa sobre un cojín en el suelo, repaso la cubierta con los dedos, parece un ejemplar de coleccionista de La Eneida, de Virgilio.

No podía ser cualquier otro título, es increíble la pasión que tiene Marcello hacia la historia de su pueblo, el amor hacia la mitología junto al romanticismo; puede que haya estudiado algo relacionado con estos temas…

                Paso varias páginas y descubro notas entre ellas. Es un análisis de determinados fragmentos. No entiendo bien su letra, pero lo que sí es seguro es que ha empleado mucho tiempo en esto.

Animada por intentar descubrir algo oculto entre esas líneas, empiezo a leer, empleando muchísimo esfuerzo en entender ese italiano tan enrevesado y poco utilizado.

 

—Veo que has encontrado mi rincón secreto.

Su voz tan cerca me sobresalta, sin querer, el libro que tengo entre las manos se resbala. Marcello da un rápido paso hacia delante intentando cogerlo al vuelo pero no llega a tiempo, cae al suelo haciendo un ruido estrepitoso.

Él se mueve con rapidez en mi dirección y reaparece otra vez ese miedo irracional. En un acto reflejo me cubro la cabeza con las manos mientras me encojo en el diván todo lo que puedo.

—¡Ingrid! —Chilla alterado mientras sus manos se afanan en retirar los brazos de mi cabeza— ¿Qué haces? ¿Crees que voy a pegarte?

Le contemplo extrañada unos segundos.

—Lo, lo siento —tartamudeo.

—¿Te estás disculpando por esto? —Dice señalando el libro que aún permanece en el suelo. La cubierta se desprendido de las páginas— ¡Por Dios! Solo es un libro…

Respiro algo más aliviada. No sé por qué hago eso, sé de sobras que no va a pegarme, pero siempre que tengo la sensación de haber hecho algo mal, cualquier pequeña anomalía me exalta.

—Perdona. Sé que no debería estar aquí…

—¿Por qué?

—Bueno, este es un lugar de la casa que no me has enseñado, por lo que deduzco que no querías que lo descubriera y lo invadiera de este modo, tocando todas tus cosas…

Hace una mueca y reflexiona mirando al suelo. Es como si tratara de encajar mis palabras en un contexto lógico.

—Puedes estar por donde te dé la gana y tocar todo lo que quieras, ¿me oyes? pero por favor, nunca tengas miedo de que vaya a ponerte una mano encima, no lo soporto.

—Lo intentaré —le dedico una tímida sonrisa y desvío la mirada en otra dirección. Vuelvo a sentirme vulnerable, otra vez; no tengo remedio.

—Eso espero. Por cierto, ¿has comido?

Niego con la cabeza.

—¿Nada?

vuelvo a negar.

Gruñe.

—¿Qué ocurre, Ingrid? Creí que ya habíamos superado esta etapa, que habíamos conseguido establecer un alto grado de confianza entre nosotros, ¿es que has vuelto a retroceder? ¿Ahora tendremos que empezar de nuevo? ¿Es eso?

—No —espeto tajante—. Lo que ocurre es que aquí me siento extraña, estoy en una casa que no es la mía, no tengo mis cosas ni nada que me pertenezca.

—Bueno, siempre he querido ampliarla. Hacer una habitación adicional contigua al comedor, podrías ayudarme a diseñarla y decorarla a tu gusto. Tal vez entonces sintieras todo esto algo tuyo también.

—Marcello… te recuerdo que yo ya tengo una casa que es mía. No necesito más, pero gracias.

Sonríe con cierta aspereza.

—Claro.

Me levanto del diván, él me sigue.

—Vamos a comer algo, ¿de acuerdo?

—Está bien.

Me indica con un movimiento de mano que pase delante de él, le hago caso y desciendo con cuidado esas enroscadas escaleras de madera que crujen.

—¿Qué has hecho hoy? —Le pregunto para entablar algo de comunicación.

—Unos recados urgentes que no podían esperar.

Le miro unos segundos. No acabo de entenderle, por un lado quiere que me sienta como en casa, dice que nos tenemos confianza. Pero cuando contesta a mis preguntas lo hace de forma rápida y esquiva, sin profundizar, me desconcierta por completo.

—¿Qué te apetece? ¿Un sandwich?

—Vale. ¿Lo hago yo? ayer cocinaste tú, es justo que hoy lo haga yo.

—Me parece estupendo.

Se sienta en el taburete de la isla y coge el periódico para ojearlo.

—¿De qué lo quieres?

—De lo que haya por ahí, me da igual.

Rebusco entre los armarios hasta encontrar el pan. Luego abro la nevera, cojo un par de hamburguesas para hacer a la plancha, tomate, queso y lechuga.

Pongo la satén con un poco de aceite en la vitroceramica, cuando ya está a punto hago las hamburguesas. Corto los tomates, lavo la lechuga y empiezo a elaborar el sanwich.

—Te queda bien mi ropa.

—Yo creo que no… —me miro de arriba abajo— Necesito ir a casa. Estar sin mis cosas me estresa muchísimo.

Coge su bocadillo y le asesta un gran mordisco.

—Iremos mañana mismo, pues.

—¿Mañana?

—Sí.

—¿Por qué no hoy?

Me contempla extrañado.

—¿Hoy? ¿Con la que está cayendo?

Miro a través de la ventana y entonces veo la densa lluvia que cae como una cortina velada, impidiendo ver más allá. Los cristales de las ventanas son tan gruesos que no se oye absolutamente nada y pese a que era consciente de que el espléndido sol de esta mañana había desaparecido, no le había dado la más mínima importancia hasta ahora.

—Ingrid, puedo llamar a Rafael para que te acompañe a casa si quieres, pero no veo por qué no puedes quedarte aquí un día más.

Permanezco atónita.

—De verdad que no lo entiendo. ¿Qué interés tienes en que siga aquí? Me asusta un poco, la verdad.

—Pues mi intención no es la de asustarte precisamente. Como siempre he dicho, piensas demasiado. Quería que hoy te quedaras porque me gustaría entregarte algo.

—¿El qué? —Pregunto intrigada.

—Esto.

Deposita una pequeña cajita de nácar sobre la mesa. Alzo una mano trémula y cojo la caja hasta ponerla justo delante de mí. Me da miedo descubrirla porque sé que es un regalo; nadie me ha hecho uno hasta la fecha.

La destapo con mucho cuidado.

Mis pupilas se dilatan por la sorpresa. Una reluciente pulsera plateada con unas piedras rojas incrustadas me dejan sin palabras.

—Una pulsera —confirmo mientras la saco de la caja y la ladeo observándola bien bajo la luz de la lámpara. Brilla mucho.

—Sí, eso es.

—¿Por qué me la regalas? No es mi cumpleaños ni nada.

—Ya lo sé —sonríe—. Pero me apetecía tener un detalle contigo. ¿Te gusta?

—¿Has salido expresamente esta mañana para comprarme esto?

—Básicamente, sí.

Mis ojos se encuentran con los suyos.

Deduzco que hay algo que no me está contando… esta pulsera, con estas piedras rojas… me recuerdan a… a…

Mi mandíbula se descuelga cuando mi mente empieza a atar cabos.

—¿Qué significa?

—¿A qué te refieres?

—¡Marcello! A estas alturas ya he comprendido que tú no das puntada sin hilo. Esta pulsera se parece al anillo que llevas y es sospechosamente parecida a la que lleva tu madre. ¿Qué es? ¿Una especie de reliquia familiar?

Me contempla con mucha atención, serio, tranquilo y por encima de todo, muy seguro de sí mismo.

—Madre mía Ingrid, no se te escapa nada. Eres muy observadora.

—¿Y bien? —Insisto. Mi corazón late con fuerza, incluso resuena en el interior de mi cabeza al intuir que me estoy adentrando en un terreno que no debería traspasar.

—Tienes razón, no es una simple pulsera. Significa más, mucho más en realidad —resopla mientras cierra los ojos un par de segundos, luego los vuelve a abrir, son tan claros y extraños que me hipnotizan enseguida—. Verás, solo las llevan las mujeres de nuestra familia. Cuando una mujer lleva puesta esta pulsera, significa que es intocable porque está con alguno de nosotros.

Mi boca no puede abrirse más, simplemente me resisto a dar crédito a todo cuanto estoy escuchando.

—Es decir, viene a ser como unas esposas que me atan a ti. A ojos de la gente soy de tu propiedad. ¿Es eso?

—Yo no lo expresaría exactamente así, solo pretendo que a partir de ahora te traten como te mereces y… bueno, que los demás vean que no estás sola, que tienes nuestro respaldo.

—Estoy alucinando. ¿En serio crees que me pondría algo así?  ¡Yo no soy de nadie! Esto que hacéis… todo es… denigrante. ¿Sabes? los granjeros marcan al ganado para que la gente de los alrededores sepan a quién pertenece en caso de que alguno se extravíe. ¿Eso somos las mujeres para los Lucci? ¿Simple ganado?

—¡Cálmate, por favor! no se trata de eso.

—¿Ah, no? —Le miro con repulsión— Como puedes ser tan machista, tan mezquino…

—¡Ni se te ocurra continuar por ahí! Simplemente me limito a seguir las tradiciones de mi familia. Si no quieres, no tienes por qué aceptarla.

—¡Por supuesto que no la acepto! Yo no pertenezco a nadie.

—¡Está bien! —Espeta con el ceño fruncido. Mete la pulsera en la caja con brusquedad y cierra la tapa de un golpe, luego la empuja dejándola hacia un lado— ¿Ya no comes?

Estoy muy enfadada.

—Se me ha quitado el apetito. Quiero volver a casa.

Marcello me mira una vez más, su enfado aumenta, lo sé por la vena que se hincha en su cuello. Sin decir nada, saca un bolígrafo y en un trozo de papel de periódico empieza a escribir una serie de números. Cuando termina, lo arranca y lo deja sobre la mesa delante de mí.

—Llama a Rafael y dile que te recoja. El teléfono está en el comedor.

Sale de la cocina a paso ligero. Me quedo unos segundos sopesando la situación mientras retuerzo el papel con los dedos.

Difícil decisión: si me voy ahora lo estropearé para siempre. He visto la decepción en sus ojos, conozco esa escalofriante expresión, no es la primera vez que la veo. Pero no puedo aceptar ser una… esclava. Vaya, me fastidia enormemente que me haya propuesto llevar algo así, ser marcada… esto es demasiado. Aunque… pensándolo fríamente ¿Es tan malo lo que me propone y que el mundo sepa que estamos juntos? Puede ser un acto bonito, según cómo se mire. Si me apuras hasta diré que todavía muchas personas siguen ritos para demostrar públicamente que se pertenecen mutuamente, al casarse ambos se entregan unos anillos… pero esto… bueno, no me ha propuesto matrimonio, o eso creo… Solo de pensarlo me entra un escalofrío. ¿Entonces qué es lo que pretende, que lleve esa estúpida pulsera por qué? ¿Qué intenta decirme en realidad, que somos algo más? ¿Esta es una enrevesada forma de declarar que siente algo por mí?

Suspiro sonoramente y alcanzo la caja de nácar. La destapo. La pulsera es de un metal un tanto pesado, probablemente oro blanco. Es rígida además de gruesa. Demasiado llamativa para mi gusto. La sostengo en alto mientras la oriento hacia la luz, las piedras rojas brillan, parecen cristales tallados a modo de diamantes.

La meto en su caja y deambulo por la casa con esa pieza de museo en las manos. Llego hasta el comedor, veo el teléfono y la duda me asalta de nuevo.

Este es uno de esos momentos decisivos de mí vida. Estoy en una encrucijada y debo tomar un camino, sea el que sea tendrá sus consecuencias. ¿Cómo saber cuál es el que menos riesgo supone?

Miro de nuevo la caja; esto significa algo, es un paso hacia delante, tal vez me quiere…

Me pongo roja ante esa conjetura. Es absurdo que alguien pueda quererme, no soy lo bastante buena para nadie. Pero este regalo… su ausencia durante la mañana… ha estado haciendo cosas, cosas por mí seguramente, aunque yo apenas me he percatado de nada.

Camino hacia el sofá y me tumbo sin dejar de dar vueltas a la cabeza. Únicamente estoy segura de que él me gusta de verdad, me he enamorado perdidamente y eso no es algo nuevo, he tenido ese sentimiento desde hace mucho, mucho tiempo: La forma en la que me mira, cómo me trata, todo lo que ha conseguido, su esfuerzo en intentar que supere mis dificultades… es más de lo que nadie ha hecho por mí jamás.

No quiero perderle y si aceptar esta estúpida pulsera significa que lo puedo retener más tiempo a mi lado, tal vez debería ponérmela.

¿Pero qué hay de él? ¿Esto también significa que él es “mío”? Se me escapa una macabra sonrisa. No, sé que él no pertenece a nadie porque es un Lucci, puede tenerme a mí y a todas las mujeres que quiera porque nadie se va a atrever a juzgarle jamás. Realmente debo cambiar mi visión del mundo si pretendo estar con él. Nada de lo que creía tiene sentido aquí.

Pasan varias horas en las que analizo cada pequeño detalle. Repaso mentalmente todos nuestro encuentros, su insistencia, mis progresos… he cambiado mucho, eso significa que Marcello me aporta más cosas buenas que malas. Además, no tengo nada qué perder, no podría estar con ninguna otra persona en mi vida. Solo él ha conseguido trepar por ese muro que se alzaba a mi alrededor.

Me muerdo el labio inferior. No soporto estar enfadada con él, ni esta distancia entre nosotros. Abro la caja con decisión, alzo la dichosa pulsera y me la coloco sin más. Hace un clic en cuanto los cierres imantados se unen. La observo con detenimiento, mi muñeca es demasiado estrecha, el grueso metal la rodea en su totalidad, invadiéndola.

Ya está, estoy metafóricamente atada a este hombre. Esta es mi decisión.

Me levanto del sofá y miro la hora en el reloj del reproductor digital que hay bajo el televisor: 01:37 de la madrugada.

Camino por el largo pasillo blanco que me resulta más frío que nunca. En cuanto llego a la habitación, entro con cuidado y cierro la puerta. Marcello está en la cama, tapado con la colcha. No sé si duerme o no, por lo que me acerco muy despacio.

—Creí que te habías ido… —dice con la voz ronca— entra… —retira las sábanas sin ningún tipo de rencor para hacerme sitio, me deslizo entre ellas hasta acomodarme en ese colchón tan cómodo.

Apenas me he colocado que sus brazos ya me han rodeado, ciñéndome y apretándome contra él. Puedo relajarme mientras me coge de ese modo, me resulta increíble la facilidad con la que puedo dejarme llevar. Cierro los ojos para intentar dormir; puede que esta vez finalmente lo consiga.

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