TANATOS12

Capítulo 38

Me desperté unos minutos antes de que sonara el despertador. Mi cabeza era un no parar de dudas y conjeturas. No tenía ni idea de por donde podría salir María cuando yo le preguntara sobre nuestro sexo, o más bien sobre el futuro del mismo. Pensaba en Edu, el cual, en tres semanas se cumpliría un año desde que le conocía, casi un año desde que había empezado aquella locura. Pensé en eso y en aquello de que Víctor me había dicho que ella le había tanteado para repetir, en aquellos mensajes extraños, sobre todo aquel en el que implicaba al informático, y desde aquel mensaje nada, nada en su móvil ni nada que me hubiera contado. Pensaba si de verdad podía ser un simple hecho aislado. Hasta pensaba en quizás escribirle a Víctor, hablar con él haciendo uso de alguna excusa… Y pensaba también en Álvaro, en que por un lado no era de fiar y era un chico demasiado raro, pero a la vez era una lástima que desapareciera de nuestras fantasías.

El arnés, el chico de la casa rural, el hombre del viaje, sus momentos de exhibicionismo. Todo me parecían parches. Remiendos de un verdadero problema: a mí me obsesionaba verla con otros, pero ella no estaba dispuesta a eso. A mí me excitaba ella, sin más, pero ella ya no se excitaba conmigo si no añadíamos elementos de nuestro juego. Y, sobre todo, que ella quería en mí un sexo que yo no le podía dar.

Aquella mañana de viernes nos arreglábamos para ir al trabajo y fue una de esas mañanas que vamos bastante compenetrados desayunando, duchándonos y vistiéndonos, por lo que saldríamos de casa a la vez. Ella, sentada en el sofá del salón, vestida con traje de falda y chaqueta, miraba su móvil mientras yo salía de allí para ir al dormitorio a por mis zapatos. Cuando volví la pillé.

No era mi intención pero, al calzarme siempre en el salón, caminaba en calcetines por el pasillo, por lo que ella no debió de oírme llegar. Cuando pasé el marco de la puerta vi a María, en la misma postura, sentada, piernas cruzadas, elegante, esperándome, con el móvil en la mano, lo que no esperaba ni quise ver, pero no me quedó otro remedio que ver, era como María escudriñaba en la pantalla la foto en la que aparecía el pollón de Álvaro, la foto del culo de ella de fondo.

Pasé sin decir nada, por delante de ella, dirigiéndome al otro sofá, y ella debió de sospechar que yo lo había visto, pues, algo sofocada, dijo:

—Madre mía… tengo que borrar estas fotos… cómo alguien me coja el móvil…

Desde luego no daba la impresión de que hubiera entrado en la conversación y en las fotos para borrarlas.

Ya en el trabajo no paraba de darle vueltas a qué soluciones podría plantear yo si de verdad María estaba dispuesta a dejar de auto engañarse y decidirse a dar el paso de cambiar nuestra vida sexual. Volver a lo del arnés era un remiendo, pero lo de conocer a gente por internet me parecía demasiado fuerte, por lo que no acababa de llegar a ninguna conclusión. También pensaba en lo que necesariamente vendría antes de eso y consistía en cómo enfocar la pregunta acerca de cómo veía ella salida a nuestra vida sexual. Quería planteárselo con confianza, con madurez, sin dramatismos; quería, además, y sobre todo, que hablara ella.

Yo saldría del trabajo antes que María, pero uno de mis jefes me preguntó si le podía llevar a la estación de tren después, así que no podríamos salir juntos de casa hacia el restaurante. Lo que hice fue ir a casa, cambiarme, ponerme algo más cómodo para cenar: un pantalón de vestir y una camiseta y jersey de cuello redondo, ir a buscar a mi jefe, dejarlo en la estación e ir con el coche directo al centro, al restaurante, donde ya debería de estar María.

Al final opté por dejar el coche en un parking subterráneo, cerca del restaurante, por lo que no perdí tiempo intentando aparcar, así que no llegaba tarde si no que lo hacía unos quince segundos antes que ella, lo justo para verla acercándose. Parecía una broma. Llegué a suspirar un “joder…” incontenido. Aquel paso firme, en tacones, por la acera… aquella elegancia, oscura elegancia, con zapatos de tacón, medias, falda de cuero, camisa de seda, abrigo, pequeño bolso colgado de un hombro, todo negro… era un espectáculo. Se notaba que se había vuelto a duchar, el pelo le brillaba, con especial volumen, largo, larguísimo… El abrigo abierto permitía ver claramente sus pechos contenidos bajo la seda de la camisa. Sus tacones la hacían aun más poderosa, alejándola del uno setenta, acercándola al uno ochenta. Llegó a mí: sus labios gruesos, sus ojos expresivos… alegre, risueña. Toda la gente que había en la terraza forzaba su cuello. Se dio cuenta, tímida, lo primero que me dijo, acompañado de una amplia y vergonzosa sonrisa, fue:

—Qué me miras…

—Pues… lo que todos…

Juntamos nuestras caras, en una especie de beso-abrazo extraño. Sin llegar a besarnos del todo, sin llegar a abrazarnos del todo. Como un amor que choca, pero que no sabe como expresarse.

Nos sentamos a cenar. Hablamos de trabajo. Del viaje. De la boda. Quizás fuera paranoia mía, pero me daba la sensación de que tan pronto había un pequeño silencio, ella sacaba un tema de conversación, como temiendo que yo le sacara el tema del sexo. “No puede ser, por lista que sea no puede ser adivina”, acababa pensando para mí. Pero, por otro lado, nuestros dos últimos polvos horribles le habrían dado que pensar a ella y sabría que yo también le habría estado dando vueltas.

El vino bajaba y yo me había marcado los postres como deadline… Lo fui retrasando y retrasando y mi tensión iba en aumento. Estaba convencido de que iba a acabar sacando el tema de forma nefasta, que todo lo cavilado y ensayado no iba a acabar sirviéndome de nada.

Ya teníamos la carta con los flanes, tiramisús, cheese cakes y panna cottas delante… Empecé a ponerme más y más nervioso. Pero, por puro azar, hablando de trabajo, salió la palabra “Edu” y yo le pregunté si le había vuelto a pedir que se vistiera de tal o cual manera, de palabra o por mensaje, y me dijo que no, que últimamente no lo veía tanto, que estaba en un caso con Amparo y que ella estaba llevando otras cosas con otro jefe. Le iba a preguntar que comprendiera que me sorprendía que aquel mensaje tan extraño no entrañara nada más, que fuera un caso aislado, pero lo dejé estar. Pegué un volantazo y le pregunté por Álvaro, por si le había escrito algo más, me dijo que no y sacó su móvil del bolso para acabar de confirmarlo, y lo puso sobre la mesa.

Con los postres delante ya no tenía más excusa. Había llegado el momento, mis manos temblaban, cuando escuché a María decir:

—Te voy a dar mi regalo. Bueno, que son dos.

—Qué regalo —pregunté sorprendido. Además, no había por allí ninguna bolsa y me extrañaba que pudiera regalarme nada que cupiera en su pequeño bolso.

—Ya me parecía que ni te ibas a acordar de que te iba a hacer uno o dos regalos.

—Pues no, no me acuerdo.

—Hará un par de semanas… la noche que…

—¿La noche que qué? —yo, afectado por los nervios que me atenazaban como consecuencia del tema que estaba a punto de sacar, la interrumpí torpemente; aquella frase no había sido configurada para ser dicha en voz alta.

—Nada, es igual, si eso es lo de menos. Por cierto, has tenido suerte reservando esta mesa.

Seguía sin saber a dónde quería llegar. No había reservado ninguna mesa en concreto, y se lo hice saber. Era cierto que estábamos apartados, en una esquina, yo veía todo el salón por estar mi espalda contra la pared.

—¿Entonces? —pregunté ansioso.

María, ruborizada, volteó su cabeza ligeramente, oteando toda la sala.

—Si viene el camarero me avisas, eh. —dijo nerviosa, con parte del pelo por delante de la cara.

Le dije que sí, sin entender nada, cuando sus manos fueron a un botón de su camisa. Me quedé helado. Desabrochó el primer botón.

—Avísame, eh. —insistió, en un susurro, temblándole las manos.

—Que sí…

Y otro botón, y otro, y otro y otro… Todos los botones… Se quedó así un momento, la camisa negra de seda desabrochada, pero aun muy cerrada, sin mostrar nada.

Nadie del comedor podía ver más que su espalda.

—¿Viene alguien?

—No, claro que no. —Yo no entendía nada, pero estaba tremendamente ansioso, cuando de golpe, sutilmente, abrió un poco su camisa, y, ante mí, apareció un sujetador negro, de encaje, semi transparente, las areolas y los pezones se le transparentaban claramente… lo único opaco allí era el contorno de las copas negras y el encaje, pero éste, por sus dibujos, no ocultaba toda la teta, dejando claramente transparentar partes de las areolas y los pezones. Era tremendo. Me quedé sin habla. Sus tetas lucían colosales y sus areolas y pezones transparentando… era para morirse allí mismo.

—¿Viene alguien? —preguntó en otro susurro. Negué con la cabeza, con el uno por ciento de mis sentidos en el oído, pues el resto estaba en mi vista. Pero la sorpresa no acababa ahí: llevó entonces sus manos al centro de su sujetador, había en el medio un broche, o un cierre, por delante… María maniobró sutilmente, hasta abrirlo. Estaba roja, coloradísima, por el alcohol, por la vergüenza, por el riesgo… y abrió entonces aquel sujetador, por delante, despacio… hasta enseñar casi la totalidad de unas tetas enormes que cayeron libres… Sus pezones me apuntaban, me señalaban, las areolas excelsas… hasta parecía que tenía la piel de gallina especialmente allí, en las areolas… Su torso, así, era impactante, brutal… sus tetas caían hacia adelante y fluían un poco hacia los costados de su cuerpo… y repuntaban un poco hacia arriba, coronadas por unos pezones de mujer en plenitud… y se cerró de nuevo el sujetador, y tras eso resoplé, y ella hizo lo propio, haciendo mover su flequillo por su soplido… y comenzó a cerrarse la camisa, la cual yo no le conocía, pero parecía de todo menos barata.

Y recordé entonces la noche, sí, habría sido unos quince días atrás, cuando María, especialmente complaciente, me había masturbado con sus pechos, y se había recriminado no tener algún sujetador que se abriera por delante… para poder hacer ese tipo de cosas sin desnudarse por completo.

María, aun ruborizada, me decía:

—No sabes lo que me ha costado encontrar uno que se abra así con la talla de mi copa…

—¿Sí?

—Sí… me he vuelto loca buscándolo… y… para colmo… ¿no me encuentro con el vecino en la tienda de lencería?

—¿Qué vecino?

—El del cuarto… Arturo, creo que se llama.

—¿El del cuarto…? ¿el putero… ese? ¿no se llama Jorge? ¿Y qué hacía allí? ¿No está soltero o divorciado o lo que sea? —pregunté recordando un día que ella había tardado en volver de bajar la basura y los había visto hablando desde la ventana y me había hasta puesto celoso.

—Pues no lo sé, pero allí estaba… y yo haciéndome la loca… pero vamos… me habrá visto…

Nos quedamos un momento en silencio… y empecé a pensar en aquel regalo… en aquel sujetador, en aquella ropa interior… Aquel regalo era sin duda maravilloso, pero de golpe me sentí extraño, hasta mal. Pensaba que María seguía auto engañándose. Yo no necesitaba aquella ropa interior para excitarme, la deseaba como nunca. Ella parecía no comprender, o al menos parecía querer negarse a entender, que, aunque el juego lo hubiera iniciado yo, el problema real y actual no era que ella no me atrajese si no que era yo el que no le atraía a ella. Yo no necesitaba aquella ropa interior infartante para desearla. Y tampoco confiaba ya demasiado en aquella teoría consistente en que ella, al sentirse más poderosa, más deseada, consiguiera excitarse, ayudando eso a que me desease más. Aquella especie de cadena de superlativos, aquel: “como yo me siento más mujer, me excito más, todo me excita más y me excitas tú más”.

Casi, y creo que por primera vez en mi vida, llegué a sentir pena por ella: seguía auto engañándose para salvar nuestra vida sexual.

María luchaba por reponerse de su sonrojo y, espléndida, encantadora, dijo:

—Bueno, al final no me has dicho nada, pero por tu cara deduzco que te ha gustado, ¿quieres ver el segundo regalo?

Le iba a decir cuánto me había gustado ese primer regalo cuando su móvil se iluminó. Ella miró la pantalla y dijo rápidamente y contrariada:

—Mmm… es Álvaro.

—Joder… ¿Y qué dice? —pregunté sorprendido, pero a la vez llevaba veinticuatro horas con la sensación de que el chico no desaparecería tan fácilmente.

Tras leerlo María, me lo dio a leer a mí. Vi un párrafo enorme: El chico le decía que lo entendía todo perfectamente, pero que necesitaba verla, aunque solo fuera una vez más, para, palabras extrañas y textuales “cerrar capítulo”, le decía también que esa noche estaba tomando unas copas en su casa “de tranqui” con unos amigos, que después irían a una discoteca nueva. Le proponía que se pasara por su casa, que se tomara una copa, solo una. Acababa poniendo “para que veas que es solo por cerrar capítulo, que no quiero intentar nada raro, vente con tu novio si queréis, de verdad que es solo por no acabar así, que parece que ni existes, creo que en el fondo me lo debes”.

Nos quedamos en silencio.

—¿Esta noche? —pregunté.

—Sí, pero vamos, ni de broma —respondió.

—Yo creo que no se cree que estemos saliendo juntos.

—Pues me encantaría que me metieras la lengua hasta la garganta delante de él —dijo, sorprendiéndome, asqueada del chico y a su vez utilizando un lenguaje nada propio de ella. La ira, o el alcohol, o las dos cosas.

—Oye, pues no estaría mal. —le dije.

Ella me miró desconfiada y yo proseguí:

—Acabamos de cenar, nos tomamos si eso una copa aquí, vamos allí, nos tomamos otra a su salud, nos liamos delante de él… que vea que es verdad y que ya no tiene nada que rascar… y fin, te deja en paz.

Se hizo un silencio. Tras el cual dije:

— Aunque bueno, como el chico está un poco loco…

—Loco está… pero es inofensivo… vamos… que miedo a meterme en su casa ninguno. Y sus amigos-Taburete… menos miedo me dan.

—¿Entonces cómo lo ves? —pregunté, sin saber muy bien qué estábamos haciendo.

—Pues… besarme contigo delante de él… tendría su punto… —dijo ella en un susurro, en su búsqueda permanente de encontrar morbo en mí, de sentir excitación implicándome.

El chupito de después del postre nos ayudó a decidirnos… y María le preguntaba la dirección. Su casa estaba bastante cerca, hasta podríamos ir caminando. Pedíamos un gin tonic en el propio restaurante mientras yo le preguntaba por el segundo regalo. Ella respondió:

—Después lo ves, cuando volvamos a casa.

—¿No hay regalo hasta que lleguemos a casa?

María se quedó pensativa, estaba maquinando algo… Y yo también estaba maquinaba lo mío, y concluía que retrasaría “la conversación” con María para el día siguiente; sus regalos… aquello de Álvaro… demasiadas emociones para una misma noche. Tras unos quince o veinte segundos ella dijo:

—Mira… por ordenarlo un poco… vamos a casa del tonto ese… nos enrollamos… que él vea como me besas… y después vamos a la nuestra… y allí te enseño el segundo regalo.

—¿Y…? ¿Me gustará?

—Yo creo que sí… Yo te regalo eso… más… lo que ya has visto… y tú me regalas besarme y meterme mano delante de ese idiota. ¿Qué te parece?

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