GENISTA77

Sobre mi cabeza sobre vuela un avión dejando una de esas estelas que durante años han estado pintado el cielo que conocía.

Cierro los ojos por un segundo, para intentar recordar ese azul intenso del cielo que me acompañó tantas tardes en los calurosos veranos. Pretendo traer a la memoria algún recuerdo que traiga algo de paz a mi atormentado corazón, porque desde hace ya…he perdido la cuenta, no sé cuántos días o meses llevamos así…que todo es asfixiante.

Fue una tarde, creo que debía ser otoño porque los niños acababan de empezar el colegio. Esa mañana le di un beso a Gloria en la mejilla y le deseé que tuviera un buen día. ¡Iba tan guapa con su uniforme nuevo!…Quiero retener el abrazo que me dio, el calor de sus manos rodeando mi cuello. Quiero retener la humedad de sus labios en mi cara. Quiero retener su voz en  mi corazón…

  • Adiós mamá. Te quiero. — y me dio  un tierno beso con sabor a leche chocolateada y bizcocho de naranja. Olía a lavanda fresca y como para todas las madres, para mí era la niña más preciosa del mundo.
  • Y yo a ti princesa. — Siempre ha sido tan especial. Es parte de mí. Es mi vida misma y desde que supe que estaba embarazada que la quise hasta lo más profundo de mi ser. Nunca pensé que se pudiera querer tan apasionadamente, hasta que me dijeron que en mi interior estaba fecundando la vida misma y esa vida, era parte mía y de mi amor con él.

Él. Un año de noviazgo y fue más que suficiente para saber que quería compartir con él el resto de mi vida. Desde que me lo presentó mi compañera de trabajo en aquella cena de empresa supe que era el hombre al que mi ser siempre acompañaría. No era especialmente guapo, pero tenía ese carisma que hacía que a su lado me sintiera la mujer más importante del mundo. Junto a él he pasado los momentos más entrañables y divertidos de mi vida. Aún mis labios se sonríen recordando nuestro primer beso, nuestra primera vez cuando nuestros cuerpos se fundieron en uno.

  • Carla tenemos que irnos.

Diosss no hemos parado quietos desde esa tarde, buscando a nuestros niños día y noche, y ya no tengo fuerzas. La sonrisa que se había dibujado en mis labios recordando, desaparece, y en mi rostro la máscara de la amargura vuelve a recubrirme implacable e inclementemente.

  • Ya no puedo más Sergio. No sé si tengo ganas de seguir luchando. — y lo digo de verdad, el cansancio hace meses que ha dejado su huella no solo en mi cuerpo demasiado viejo, aunque solo tenga treinta y seis años, sino también en mi ánimo.
  • Carla no tires la toalla ahora. Sé que es duro pero vamos a lograrlo. ¿Has visto el avión? — Sergio se ha convertido en mi mejor amigo. Sé que gracias a él sigo viviendo y es el único que me aporta algo de esperanza a este desolado corazón.
  • Claro que lo he visto. ¿Cómo no verlo y escucharlo? Desde esa tarde que nos sobrevuelan a todas horas.
  • Pues ya sabes lo que significa. Tenemos que meternos en ese edificio y bajar a los garajes. Ya hemos estados expuestos al aire libre más tiempo del aconsejable. Por la noche volveremos a salir.
  • ¡Sergio! ¡No puedo más! En serio que preferiría dejarme morir. — mi corazón empieza a bombear con fuerza y siento sus pulsaciones en mis sienes. Me concentro en ellas y desearía dejar de sentirlas…eso significaría que ya había terminado todo.
  • Has visto morir a mucha gente que no ha tomado las precauciones mínimas. ¿En serio quieres sufrir las consecuencias de quedarte aquí?

Las lágrimas llenan mis ojos porque ha traído a mi memoria recuerdos e imágenes que intento, sin ningún éxito, borrar de mi memoria todos los días. Coge mi mano y tira de mí y yo simplemente me dejo llevar porque estoy recordando mientras por mi rostro las lágrimas resbalan bañando mis mejillas y mi corazón se acelera por segundos como si quisiera salir de mi pecho.

Recuerdo esa tarde. Yo en casa terminando de disfrutar de los días que me quedaban de vacaciones. Estaba preparando la cena para Gloria y para Marcos…mi querido Marcos, que había empezado a trabajar en uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de la ciudad. Inspiro profundamente e intento recordar el olor de esa cena, pero solo inspiro el olor ácido y agrio de la muerte…y entonces lo vuelvo a recordar, escucho los golpes en la puerta y el timbre tocando insistentemente.

 

  • Dios mío Carla ¿no lo has escuchado? _ mi vecina está hecha un manojo de nervios y a punto de tener un ataque de histeria. Habla a trompicones entre gritos y lamentos y sus ojos son un mar de lágrimas. No puedo entender lo que quiere contarme y la hago pasar.
  • Tranquilízate… ¿quieres unan infusión? ¿Qué ha pasado?
  • ¿No has escuchado los aviones?
  • Como todos los días. Nos sobrevuelan desde hace mucho tiempo.
  • Sí. Yo siempre he sabido que nos estaban fumigando y que estaban echando algo en el aire pero ahora se confirma. Lo que están echando…Dios mío…lo que están echando deshace todo lo que toca.
  • ¿Qué estás diciendo? — mi vecina siempre fue un poco conspiranoica y siempre me hablaba de planes secretos, de entidades que bajo las sombras querían apoderarse del mundo…que si los Iluminati, los Masones, el club Bilderberg…llegó a contarme historias sobre aviones que dejaban una estela química en el cielo que denominaban Chemtrails.
  • El día ha llegado. Tienes que esconderte bajo tierra, en sótanos o garajes porque por desgracia no tenemos refugios antinucleares. Oh Diosss, ha llegado el día y estamos totalmente expuestos y sin ningún tipo de protección. — está tan alaterada que noto como su cara se va poniendo roja por segundos y sus ojos se encuentran inyectados en sangre.
  • Estás muy nerviosa. No pasa nada Miriam, seguramente algún avión habrá tenido algún problema y la estela es más espesa o algo…
  • Carla mira… — y tirándose del cabello se arrancó un mechón que quedó en su mano como si de una extensión se tratara. —  Aunque estoy llorando no estoy roja solo por el sofoco, no me atrevo ni a tocarme Carla, la piel de todo lo que no estaba tapado con ropa me arde.

Me quedé mirándola estupefacta. Efectivamente estaba más roja de lo normal. No era producto de un simple disgusto o berrinche…sus manos tenían ampollas como si le hubiera salpicado aceite hirviendo y las partes de la cara que no habían sido cubiertas lucían en carne viva.

Una ola de desasosiego empezó a inundarme. Las señales de alarma empezaron a despertar mi instinto de protección y supervivencia porque instintivamente puse la tele a ver si decían algo…sin señal. Cogí el móvil y empecé llamando a Marcos…daba señal de llamada pero no me lo cogió…llamé a mi madre y como siempre su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

  • Dios mío Miriam…pero ¿cómo? — miré a mi vecina que seguía en el sofá hecha un mar de lágrimas casi sin poder moverse.
  • La garganta me quema Carla…— tosió y empezó a escupir sangre — Estaba comprando cuando uno de esos dichosos aviones soltó algo…era una estela diferente, más amarillenta, y a los pocos minutos empezamos a notar sus efectos. La piel nos quemaba y un sabor ácido llenó nuestra boca y nuestros pulmones. Salí a buscar a Lucía al colegio…¡Dios míooo…los niños! — y empezó a convulsionar mientras vomitaba sangre en la alfombra de mi salón.
  • ¡Señor…Gloria! Miriam…los niños, dime ¿cómo están los niños?… — miré a mi vecina que más que amiga era como una hermana y las lágrimas no tardaron en aparecer…se estaba muriendo, sentía como la vida se le iba por segundos con cada bocanada de vómito sangriento.
  • Cierra las ventanas. Ciérralo todo y no salgas hasta que no estés segura de que no hay aviones…
  • Miriam, los niños… ¿cómo están Gloria y Lucía? — Nuestras hijas iban juntas al colegio. Desde que me casé y nos fuimos a vivir a esa parte de la ciudad que habíamos hecho muy buenas migas y hasta nos quedamos embarazadas a la vez, con un mes de diferencia. La quería como a mi propia hermana y verla en esas condiciones me estaba desgarrando el alma.
  • No lo sé Carla. Debe haber una guerra o algo que no nos han contado. No todos los aviones tiran estelas tóxicas…cuida de Lucía, Carla…por favor.— y con cada palabra se le escapaba un poco la vida, le costaba respirar y su aspecto ya poco tenía que ver con la mujer lozana y alegre que conocía
  • Miriam, no te vas a morir, iremos al hospital…
  • Nooo…no salgas aún. Busca a las niñas en cuanto sea seguro y cuida de ellas. Por favor. — su mano me agarraba con la poca fuerza que le quedaba y durante un tiempo del que perdí la noción, me mantuve acariciándola y acompañándola en su agonía.
  • Sabes que lo haré.

No sé el tiempo que pasó y de repente el móvil que había permanecido totalmente en silencio empezó a sonar, haciendo que me sobresaltara y que mi corazón diera un vuelco.

  • Carla, menos mal que te pillo en casa. No salgas a la calle. Cierra todas las ventanas herméticamente y no salgas a la calle. — Era Marcos y sonaba totalmente alterado.
  • Marcos, ¿qué está pasando? ¿y las niñas? — Por fin podía hablar con mi marido y lejos de tranquilizarme escuchar su voz, escucharlo produzco en mí todavía más inquietud y desesperación.
  • No sabemos muy bien qué está pasando pero lo que sí sabemos es que han soltado una estela química que deshace todo lo que toca. Parte de la ciudad está infectada y sus efectos son devastadores y muy dolorosos porque te va deshaciendo poco a poco.

Miré a mi vecina y efectivamente podía comprobarlo. Las ampollas le habían explotado y la carne se le abría en donde se encontraban anteriormente, como si hubieran metido una cuchara en ese lugar haciendo un boquete purulento y sangriento. Miriam ya respiraba con dificultad y temía que en cualquier momento dejara de hacerlo.

  • Marcos ¿y Gloria? — Nuestra hija estaba ahí fuera y no sabía si había estado sometida a los efectos de esos malditos gasea y la duda me estaba matando.
  • Yo me encargo de Gloria, tú no salgas de casa por lo que más quieras. Te quiero vida mía. — Ese te quiero consiguió surtir efecto y me quedé esperanzada, pensando que él se encargaría de nuestra niña.
  • Y yo a ti Marcos. Ven con nuestra niña por favor…_empecé a llorar y la congoja llenó mi alma mientras al otro lado del teléfono escuchaba gritos y ruidos de gente corriendo — Marcos te quiero…

El teléfono se apagó y durante minutos estuve intentando volver a conectar con él. Miriam seguía en el sofá luchando por su vida y la salita de estar de mi casa parecía el escenario de una carnicería. La sangre de Miriam lo salpicaba todo y yo me quedé sentada en una esquina del salón con el móvil entre la manos no recuerdo cuánto tiempo, esperando una llamada…esperando una llamada que nunca volvió a producirse. Esa fue la última vez que escuché a Marcos.

***************************

 

  • Carla ponte la mascarilla antigás. — Sergio señala mi mascarilla y se coloca la suya mientras llegamos a los improvisados refugios que la gente de a pie hemos ido creando a lo largo de los días y semanas. Los sótanos de los garajes son ahora nuestros hogares y por suerte cada edificio tiene uno. Cuanto más profundo mejor y este edificio dispone de un tercer sótano; no está nada mal.
  • No sé si tengo ganas de continuar. Estoy cansada…siempre se me acelera el corazón cuando llegamos a un enclave nuevo pensando que vamos a encontrar a nuestros niños, para luego quedarme con el corazón destrozado porque no están.
  • Algún día daremos con ellos. No hay que perder nunca la esperanza. — El optimismo de Sergio no dejaba de sorprenderme, si no fuera por el ánimo y el entusiasmo que mostraba siempre, hace tiempo que yo habría tirado la toalla.
  • Demasiados días solos, sin alimentos y expuestos a esta mierda con la que nos pulverizan como si fuéramos cucarachas. Dios Santo nunca llegué a pensar que significáramos tan poco para nuestros gobernantes. — yo cada vez me encontraba más desanimada y ya no podía disimularlo.
  • Sobrábamos mucha gente Carla. Demasiadas bocas que alimentar, poco dinero y menos trabajo aún, era una guerra o matarnos como a animales. Prefirieron exterminarnos como a bichos; era más seguro para ellos.
  • Cada vez que pienso que toda la casta de los más pudientes se encuentran cómodamente instalados en refugios antinucleares con todas las comodidades que nosotros hemos perdido…me enciende la sangre Sergio. Si pudiera los expondría a una de esas estelas para ver cómo se retuercen de dolor ante mis ojos. — Sí, sabía que la venganza engendraba más venganza pero sinceramente…se lo merecerían.
  • Corre Carla, el ambiente se está cargando por segundos y tenemos que llegar antes de que empiecen a corroerse los trajes.

Sergio se había convertido en mi mejor amigo desde el fatídico día. No sé el tiempo que pasé abrazada a mí misma con el móvil entre mis manos esperando una llamada que nunca llegó y mirando el fétido cuerpo descompuesto de mi amiga. El caso es que en un momento escuché como la puerta se venía abajo y aparecía él con un grupo de tres compañeros más que estaban revisando todas las viviendas. Gracias a él aprendí a sobrevivir y juntos empezamos la que es nuestra única misión en lo que queda de esta vida, encontrar a nuestros hijos. Su hijo acudía al mismo colegio que Gloria, se llama Daniel y es un poco mayor. Al día siguiente de mi rescate decidí acudir yo misma al colegio de Gloria, Sergio ya me había contado que allí no había ningún niño, pero yo no me lo podía creer. Necesitaba comprobarlo yo con mis propios ojos y…nunca olvidaré ese día ¿por qué se me ocurriría ir? Cuando llegamos no encontramos rastro de los niños, efectivamente, pero lo que vi desgarró mi alma y acuchilló mi espíritu. Ya me había acostumbrado a ver cadáveres en descomposición de toda la gente que iba muriendo, pero cuando vi el cuerpo trajeado de un hombre en la entrada de la clase de Gloria, casi desfallezco de la impresión.

Ahí estaba Marcos. Había intentado salvar a nuestra hija. Se había tapado como había podido pero no consiguió sobrevivir y ahí estaba medio descompuesto y purulento por la agresividad de la nube radioactiva. Se notaba que había sufrido porque estaba retorcido en mitad del pasillo. Me agaché, cogí su billetera donde guardaba fotos mías y de Gloria y lo tapé con una de las cortinas de una de las aulas. Lo besé con los ojos y no quise imaginarme lo mucho que debía haber sufrido, ahí solo y con la desesperanza de no haber podido salvarnos. Un nudo aprisionó mi garganta y lloré hasta que no me quedaron más lágrimas y Sergio vino a buscarme.

Nada. En el refugio no se encuentra nadie conocido y tampoco hay rastro de ningún niño.

  • Carla tenemos una pista. Dicen que han escuchado que se los llevaron a la prisión del norte. La que estaba en construcción a las afueras. Allí tenían la protección de celdas y accesos protegidos.
  • ¿Pero quién se los llevó? ¿Quién se llevó a todos los niños? — No me lo podía creer, por fin una noticia que albergaba algo de esperanza.
  • Uff…te va a parecer una locura pero…dicen…
  • Joder Sergio habla…¿qué dicen?
  • Dicen que en realidad no estaban construyendo una prisión sino un refugio contra esta estela química, radioactiva…lo tenían todo preparado para llevarse a todos los niños de la ciudad allí.
  • Dios Santo…¿por qué? Tenemos que ir…Sergio vamos allí.
  • Ya lo han intentado y aquello está protegido y restringidas las entradas. No se puede entrar. De hecho de todos los que han ido solo ha regresado Jony. El tipet de la barba que lleva un chaleco negro.

Esa noche la pasé pensando en los niños. Tenía que ir allí. Tenía que ir a la prisión. Lo que nunca imaginé es que no me daría lugar a volver a planteármelo porque al día siguiente la peor de mis pesadillas se hizo realidad.

— ¡Los niños han aparecido en la ciudad!! — Por todas partes se escuchaba el mismo grito y todo el mundo estábamos por fin albergando un poco de ilusión en medio de tanto caos.

Los niños estaban por toda la ciudad. Nosotros los padres no nos lo pensamos dos veces, nos abrazamos con la esperanza de poder volver a besar y tener a nuestros hijos entre nuestros brazos y salimos a su encuentro. Supusimos que acudirían cada uno a sus hogares y nos fuimos hacia allí.

No tardamos mucho tiempo en empezar a escuchar gritos y alaridos por toda la ciudad. Teníamos que atravesarla hasta llegar a nuestros hogares y se suponía que había compañeros que ya habían dado con sus hijos pero, había algo que no cuadraba.

  • ¿Qué está pasando Sergio? ¿Por qué los gritos? — Empecé a desesperarme y presentía que el reencuentro no iba a ser tan feliz como en un principio había imaginado.
  • No te muevas Carla. Quédate aquí en este portal que voy a mirar.

Seguía escuchando gritos. La gente clamaba al cielo. Desgarraban su alma y despedazaban sus entrañas junto con dolorosos quejidos que agonizaban envueltos de terribles alaridos. La piel se me puso de gallina y de repente lo vi.

Un niño que no tendría más de siete años blandía un cuchillo lleno de sangre. Sus ojos desorbitados atravesaban los míos y como en un sueño hipnótico se dirigió hacia mí.

Lo miré…no podía dejar de mirarlo y de imaginar cómo sería si todo fuera normal, como reiría y correría de un lado para otro si esas estelas químicas nunca hubieran aparecido. Lo tenía delante de mí con el cuchillo levantado y  yo totalmente inmovilizada sin ánimo de hacer nada y pensando en Gloria.

  • Carla…muévete. Los niños están todos locos. No sé qué les han hecho. — Sergio tiró de mi brazo y me arrancó a correr por la calle.
  • No puedo creérmelo. Tengo que ir a mi casa y ver a Gloria. Mi Gloria no, Sergio. Mi Gloria nunca me haría daño.

Muy a regañadientes convencí a Sergio. Sabía que sino no me lo perdonaría nunca.

Ahí estaba de nuevo en mi salón, el cuerpo de Miriam en avanzado estado de descomposición y llamé a Gloria.

  • Gloria cariño, soy yo mamá. ¿Estás aquí?
  • ¿Mamá?
  • Sí mi amor, soy yo mi cielo…las lágrimas corrían por mis mejillas porque no me lo podía creer, iba a abrazar a mi pequeña.

Entré en la habitación y ahí estaba ella. Lucía el mismo uniforme del colegio con el que la vi el último día antes de toda esta locura y me dio todo igual. No quise pensar en nada que no fuera volver a sentir su calor y lo único que quise fue abrazarla.

  • Mamá. — su voz estaba impregnada de la misma dulzura que yo recordaba.

Y me acerqué para embeberme de la ternura de mi niña ignorando el cuchillo que tenía entre sus manitas. Ignorando sus ojos hipnóticos penetrantes y muertos. Ignorando que sus ropas rasgadas estaban empapadas en sangre…y me acerqué y la abracé ignorando el dolor al sentir en mis entrañas el frío del filo del metal que se hundía en mi vientre mientras yo la rodeaba con mis brazos para simplemente decirle…

  • Te quiero… Gloria. —  y fui dejando escapar mi vida poco a poco, con el tiempo justo de poder recordar…poder recordar la vida feliz que llevé en algún momento y la cruel atrocidad que le deparaba ahora el mundo a lo que quedara de la humanidad.

 

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