ANNABEL VÁZQUEZ

Me levanto enérgica. Pese a que he dormido poco estoy impaciente por empezar el día. Me visto rápidamente y salgo disparada hacia el trabajo.

—Buenos días, María.

Me acerco al perchero, pero antes de ponerme mi bata, ella ha llegado frente a mí.

—Creí que hoy no vendrías.

—¿Por qué no iba a venir?

—Se acaba de ir Marcello. Nos ha dicho que de aquí veinte minutos vendrán unos profesionales a pintar el local.

—¿Cómo? —Pregunto frunciendo el ceño.

—Así es. No únicamente eso, nos ha dado más del dinero del que facturamos en un día de trabajo.

—¿Por qué?

María sonríe, pero parece triste.

—Tú sabes por qué. Yo no soy quién, pero ten cuidado, Ingrid… No es oro todo lo que reluce y tú eres demasiado joven e ingenua.

—¿Intenta prevenirme de algo?

María se encoge de hombros.

—Estás pisando un terreno peligroso, creo que no eres realmente consciente del alcance de la familia Lucci.

—No… Marcello solo me ha explicado pequeñas pinceladas —reconozco.

—El pequeño es un buen chico, no te desea ningún mal, pero a quien a fuego se arrima, es cuestión de tiempo que acabe quemándose.

Trago saliva. María, la mujer más discreta que conozco ha estado a punto de sincerarse conmigo, tal vez contarme aquello que todo el mundo sabe y yo ignoro. No obstante, cuando un batallón de pintores irrumpe en el local cargado con sus herramientas, ella se despide de mí, diciéndome que me vaya a casa y aproveche a descansar.

Como no quiero molestar, decido hacerle caso. Aunque lo que acaba de decirme queda grabado en mi memoria, estoy segura de que saldrá a relucir en cualquier momento.

 

Me he peinado intentando moldearme un poco el pelo con la plancha, pero para qué negarlo, esto no se me da demasiado bien, al igual que elegir el atuendo apropiado.

A ver, vamos a repasar: voy a ir a un restaurante, un restaurante con Marcello. Así que debe de ser uno de esos sitios lujosos donde solo entra gente de etiqueta. Bueno, al menos tengo algo elegante entre la ropa que me compró la señora Lucci… estoy segura de que esa mujer es una bruja, no entiendo cómo pudo prever que al final, acabaría poniéndome todos los vestidos que me ha comprado.

Elijo un vestido elegante de satén, color rosa pálido. Contengo la respiración mientras lo meto con cuidado por la cabeza y lo dejo caer delicadamente hasta los pies.

«Madre mía… esto no tiene nombre, me da vergüenza solo mirarme en el espejo».

Me doy media vuelta. La espalda está descubierta. Se marca la línea perfecta de la columna vertebral.

Me subo a esos impresionantes zapatos de tacón fino y cojo el pequeño bolsito de cóctel a juego.

No puedo dejar de mirarme, no me reconozco; en mí no queda nada de la chica que he sido.

Mi teléfono empieza a sonar. Lo descuelgo y empiezo a reír. Marcello se ha registrado en mi móvil como: “Marcello amore mio”.

Desciendo rápidamente las escaleras, intentando no caerme.

Lo que no tiene precio es la mirada de Marcello en cuanto me ve. Está completamente serio, esperándome con la puerta trasera del coche abierta. Lleva un traje negro y una camisa blanca, muy formal.

Tengo la oportunidad de ver como sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo antes de que pueda meterme en el coche y cerrar la puerta.

Él entra poco después y se sienta a mi lado. No me dedica una sola palabra, se limita a cogerme de la mano sin vacilar, volver a crear este extraño vínculo que ya hemos implantado como propio.

—Hay pocas personas que tienen la habilidad de dejarme sin palabras… —sonríe y me mira con esos extraños ojos suyos, tan atractivos— Tú acabas de hacerlo esta noche.

Me río con ganas.

—Si lo dices por el vestido… también lo ha escogido tu madre.

Marcello vuelve a reír.

—Pues qué buen gusto tiene mi madre. De todas formas no lo digo por el vestido, sino por lo que hay dentro de él.

Mis mejillas enrojecen, evidenciando mi timidez.

Entonces mi mano se eleva, Marcello la sostiene y la acerca súbitamente a sus labios para obsequiarme con un tierno beso en el dorso. Me revuelvo inquieta intentando recuperar esa extremidad de la que se ha adueñado, pero él me lo impide, la retiene con más fuerza y la aprisiona contra el sillín para inmovilizarla.

—Ahora que he conseguido que me dejes coger tu mano no pienso dejar de sostenerla durante toda la noche. ¿Preparada para cenar así? —Me dice alzando nuestra manos entrelazadas, no puedo evitar soltar una sonora carcajada.

—Eres lo que no hay…

—Uyyy y todavía no has visto nada.

—¿Adónde vamos? –le interrumpo para cambiar de tema.

—A Rosiello, un restaurante encantador en vía Strato. Para mí es uno de los mejores, me siento muy a gusto ahí.

—Aha…

 

Rosiello: Un restaurante de ambiente cálido y familiar. No es tan lujoso como esperaba viniendo de él, por eso quizás estoy más sorprendida, cuando creo conocer cuáles son sus preferencias, me doy cuenta de que me equivoco por completo.

En cuanto entramos, una mujer con pantalón negro y camisa blanca se acerca rápidamente hacia nosotros. Nos dedica una cálida sonrisa mientras nos acompaña hacia el rincón más bonito del local.

Las pocas personas que hay dentro nos miran. Dejan de comer y levantan sus cabezas para seguir nuestro rastro hacia la mesa.

—Te está mirando todo el mundo —constato escondiendo una sonrisa.

—No, Ingrid. No me miran precisamente a mí —ríe—. Les has dejado tan deslumbrados que incluso se atreven a hacerlo en mi presencia. En otra ocasión no les hubiese permitido el gesto, saben perfectamente que no deben mirar de ese modo a nuestras mujeres, pero hoy simplemente les doy la razón: esta noche es prácticamente imposible apartar los ojos de ti.

Le observo con atención, siento como la piel de las mejillas empieza a arder. Jamás podré acostumbrarme a ser el centro de las miradas, siempre me he sentido la sombras en la que nadie se fija.

—No me gusta que me miren… —mi voz tímida y apagada apenas es audible, aunque Marcello sí lo ha entendido a la perfección.

—Pues acostúmbrate. A las mujeres guapas se las mira —sonríe de medio lado mientras retira mi silla esperando a que tome asiento.— Aunque no te preocupes, yo me encargo de que nadie se sobrepase.

Resoplo algo incómoda y decido focalizar mi atención en cualquier otra cosa.

La impresionante cristalera nos ofrece una vista en dos niveles. El restaurante está rodeado por una impresionante terraza romántica. La vegetación y las flores en tonos rosas y blancos se alternan envolviendo unas cuantas mesas llenas de gente.

En el segundo nivel hay un mar adormecido, la iluminación de pequeñas embarcaciones nos dan pistas acerca de su inmensidad. De día esta debe ser una vista todavía más increíble.

—¿Qué te apetece? —Me pregunta mirando la carta de arriba abajo.

Me encojo de hombros.

—Son especialistas en pasta, carne y pescado. Podríamos pedir unos raviolis de setas y unas dorada a la sal o un carpaccio.

—Me parece estupendo. Lo que elijas me parece bien.

Él hace un gesto con la mano y la camarera llega rápidamente a nuestra mesa. Nos estaba mirando. Obviamente, después de hacer el pedido, Marcello se encarga en acompañar la comida con uno de esos vinos de nombre tan largo que solo él conoce.

—Tengo que hacerte una pregunta.

—¿A sí? —Sonríe— ¿Cuál?

—¿Por qué estamos en un lugar público?

Suspira y mira hacia atrás. Ya me he dado cuenta de que sus escoltas no le quitan ojo. Están dos mesas más atrás, se hacen pasar por clientes, pero en realidad están ahí con el único objetivo de proteger su vida de cualquier amenaza.

—Ya no tenía mucho sentido seguir viéndonos a escondidas, medio Nápoles ya está al tanto de la mayor parte de nuestros encuentros.

—Vaya…

—Sí —reconoce con pesar—. Lo que más me duele es que a partir de ahora no podrás pasar desapercibida. Te señalarán con el dedo, soltarán rumores… al final no he podido evitarlo.

Doblo la esquinita de mi servilleta con los dedos, incómoda.

Acerca su mano por encima de la mesa y apacigua el ritmo nervioso de mis dedos con los suyos.

«¡Dios! ¿Por qué no me acostumbro de una vez a ese tipo de gestos? Hasta que no constato que es realmente él quién me toca, mi cuerpo se queda paralizado».

—No te preocupes, Ingrid —dice y sus ojos se dulcifican de repente—. Por eso te he traído aquí, es un lugar discreto y de total confianza. Además, jugamos con la ventaja de que la gente aún no sabe quién eres. Solo me ven acompañado de una mujer guapa. Nada más.

Emito un suspiro y desvío la mirada. No creo poder aguantar un solo cumplido más, a mí no me van esas chorradas, más teniendo en cuenta que lo que dice no es cierto. Él me aprieta la mano para que le devuelva la mirada y prosigue:

—Aún no es demasiado tarde.

—No es demasiado tarde para qué —pregunto retirando mi mano de las suyas.

—Para tener una vida normal y corriente. Hacer lo que quieras, donde quieras y como quieras. Sin que nada ni nadie te lo impida.

Le miro extrañada.

—No haces más que repetirme eso como un loro, ¿es que luego ya no podré?

—Si seguimos viéndonos, no. De ningún modo.

Reflexiono sobre eso un par de minutos.

—¿Entonces tengo que elegir entre mi vida tranquila o tú?

Su cuerpo se deja ir hacia atrás recostando su espalda contra el respaldo de la silla. Se encoge de hombros, sin mirarme. Parece muy concentrado en el movimiento que hay en el exterior.

—Sí. Llegará un momento que tendrás que hacerlo, pero no esta noche —me tranquiliza y su rostro cambia. Vuelve a sonreír, aunque esa sonrisa serena no llega a sus ojos tristes.

—No lo entiendo. ¿Por qué tienen que cambiar tanto las cosas? ¿Qué hay de malo en seguir así?

—No puedo permanecer mucho tiempo en un lugar que no me corresponde. Verás, creo que no te haces una ligera idea de lo que implica todo esto. Como ya te he dicho, hay gente acechándonos constantemente. No únicamente a nosotros, sino también a la gente que nos importa. Ahí es donde entras tú. Si alguien intuye que tenemos una relación más afectuosa de lo normal querrá hacerme daño a través de ti. ¿Entiendes?

—¿Y qué podemos hacer al respecto?

—Solo tenemos dos opciones: O definitivamente hacemos lo correcto y nos alejamos ahora que aún podemos…

—¡Yo no quiero eso! —Me apresuro a contestar.

—Yo tampoco. La segunda es hacerlo público de una vez, como todo el mundo me empuja a que lo haga, y bueno… que empieces a vivir como yo, con personas que calibran cada uno de tus movimientos siguiéndote a todas partes.

Me quedo petrificada.

La camarera nos trae los platos de pasta y los deja sobre la mesa.

—Si no te importa… no quiero seguir hablando de eso durante la cena. ¿Nos limitamos a comer y tocar otros temas, por favor?

Asiento y le sonrío en respuesta. Intuyo que para él también es difícil planteármelo.

Cojo el tenedor al tiempo que exhalo un largo suspiro. Pincho un ravioli y me lo llevo a la boca, ¡está buenísimo!

—¿Qué tal?

—Mmmm…

Esboza una reconfortante sonrisa y empieza a comer él también.

Copas de vino y una dorada más tarde, estamos riendo de tonterías. Él comparte conmigo pequeñas anécdotas, me sorprende verle tan cercano. Lo tiene todo y más, sin embargo cuando le escucho hablar le veo humilde, natural. No me parece para nada ese chico estirado y egocéntrico de los primeros días.

Consigo olvidarme de todo: de donde estoy, de mis problemas, de esos dos hombres que nos siguen a todas partes… teniéndole cerca, no hay nada más.

Después de cenar, me coge de la mano y salimos fuera. Sus hombres van dos metros por detrás en completo silencio. Las calles oscuras y húmedas parecen moverse deprisa debajo de nosotros. Puede que los dos llevemos unas copas de más.

Marcello se detiene en una heladería, según él, es un sacrilegio no probar el helado italiano, así que me lleva a la mejor heladería artesana de toda Nápoles.

—¿De qué lo quieres?

Miro las relucientes vitrinas intentando leer esos carteles tan pequeños, de nombres raros y rebuscados. Todos tienen una pinta excelente, sobresalen de sus recipientes plateados exhibiendo adornadas frutas coloridas. Habrá como veinte sabores distintos. No sé qué escoger. Así que me centro en el único que me parece más normal.

—¿Puede ser de nutella?

—¿Nutella? —Me pregunta sorprendido.

—Sí…

Él asiente sin dejar de reír, luego, le hace el pedido a la dependienta.

Agarramos las generosas tarrinas y volvemos a la calle, ahora desierta debido a que es particularmente tarde para ser un día entre semana.

—¿De qué es el tuyo?

—Nueces de macadamia.

—Ah.

La nutella se deshace en la boca. Me encanta la combinación del chocolate con la avellana, es increíble.

Marcello se detiene y yo hago lo mismo.

—Toma —dice mostrándome la cucharilla repleta de helado—, pruébalo.

Sonrío mientras me acerco a él. Intento alcanzar la cuchara pero la retira rápidamente de mi alcance.  En cuanto bajo la mano, vuelve a acercarla.

Sé qué es lo que pretende.

Abro lentamente la boca y entonces coloca la cuchara dentro. La cierro y muevo la cabeza hacia atrás limpiando con los labios toda la superficie de plástico. Sonríe y espera a obtener una evaluación por mi parte.

—El mío está mejor… —Le digo guiñándole un ojo que le deja momentáneamente sorprendido. La verdad es que no soy muy dada a este tipo de gestos, pero con él es fácil soltarse.

Lleno mi cuchara con una buena porción de helado e imito sus movimientos.

—Muy bueno —se lleva la mano a la boca para limpiarse—, me recuerda a mi niñez.

—Pues yo no creo haber probado nunca la nutella antes de hoy, de hecho, hasta la adolescencia no saboreé el chocolate.

Le miro y mi rostro se ensombrece cuando se topa con su actitud confusa.

—¿Qué pasa?

Él niega rápidamente.

—Nada ¡Mira! —señala desviando mi atención— Ya ha venido Rafael con el coche.

Doy media vuelta. Efectivamente el coche en marcha nos espera. Nos apresuramos a subir en el asiento trasero mientras seguimos devorando nuestros helados.

—Te has vuelto serio de repente —Insisto intentando descubrir el motivo de su aflicción.

—Nunca hablas de cuando eras niña.

—Eso es porque hay poco qué contar.

—Poco o no, nunca has dicho nada.

Suspiro. Dejo caer los brazos sobre las rodillas y meto la cucharilla en la tarrina, dando por concluido el postre. Se me ha cerrado el apetito.

—No me acuerdo de mucho y lo poco que recuerdo… —hago una pausa— siempre aparece el monstruo.

Marcello me retira la cubeta de helado de las manos, la pone debajo de la suya y luego las coloca en un enorme cenicero que hay justo delante de nosotros. Sin más, vuelve a sostener  mi mano.

—¿Quieres hablar de ello? —Me pregunta elevando una ceja.

—No —suspiro con pesar y miro a través de la ventanilla.

—Entonces no hablemos más de esto.

El coche se detiene. Marcello se apresura a salir, da la vuelta rápidamente y llega a tiempo de abrirme la puerta antes de que lo haga yo.

Me tiende la mano y yo la sostengo con confianza. Esto ya no me supone un esfuerzo, de hecho por primera vez estoy empezando a coger cierto gustillo a eso de ir agarrados a todas partes.

—¿Dónde estamos?

—Museo de Capodimonte.

Una impresionante fachada roja y gris, repleta de enormes ventanas me dejan momentáneamente absorta.

—No lo entiendo…

—Ven —dice mientras tira de mí.

—Buenas noches, señor Lucci.

—Buenas noches, Roberto.

Roberto es un guarda de seguridad. Va con un uniforme negro y en el cinturón lleva un arma y un walky.

—Puede pasar cuando quiera, señor.

—Gracias.

Le miro extrañada.

—¿Vamos a entrar en un museo a la hora que es?

—Efectivamente. Así estaremos completamente solos.

—Vayaaaa… que emocionante.

Entramos en el edificio un tanto sobrio, de anchos pasillos e incalculables salas.

—Este es un palacio de la casa de Borbón. Aunque lo convirtieron en museo. Era de mi familia, hasta que lo donó hará unos cinco años. Lo que más me gusta son las pinturas.

Nos detenemos frente a una pared repleta de cuadros, todos antiguos y con motivos religiosos.

—Bellini, Botticelli, Caravaggio, Tiziano, Massacio, Goya… entre otros, decoran las paredes.

—Me sobrecoge la historia que tiene todo esto…

—Y no es para menos. Mires donde mires, Italia tiene una parte importante de la historia mundial.

Caminamos por un pasillo enorme. Me detengo tanto en la elaborada arquitectura del lugar como en esos cuadros antiguos, pertenecientes a otra época, de los que nunca he oído hablar.

—¿Todos estos cuadros… también fueron de tu familia?

—Se podría decir que sí. Originariamente, en el s.XVI esta era una colección de arte de los Farnesio. Nuestra familia tenía vínculos de sangre con ella.

—Farnesio me suena… ¿No fue una reina de España?

—Así es —responde complacido—, Isabel de Farnesio. Durante años la colección ha ido pasando de manos en manos, ampliándose, dividiéndose… todo fue cambiando, las guerras, saqueadores… dependía de quién tuviera el poder en ese momento. Hasta que mi familia se plantó, se propuso recopilar las obras y donarlas, también remodeló esta casa y la abrió al público en mil novecientos cincuenta y siete.

—Vaya… así que a esto es a lo que se dedica tu familia.

—Ya te dije que no nos dedicamos a nada en particular y abarcamos un poco de todo. El museo fue y sigue siendo una rentable inversión.

Me quedo parada frente a un cuadro que despierta mi curiosidad. Ladeo la cabeza para ver la cara a esa persona extraña que parece estar sufriendo de un modo incalculable colgado de un árbol boca abajo. Marcello me sonríe, percibo ese extraño brillo en sus ojos…

—José de Ribera. Apolo y Marsías mil seiscientos treinta y siete. Es una obra interesante —Me dice frunciendo el ceño al cuadro—. ¿Conoces el mito? —Niego con la cabeza— Forma parte de la mitología griega, lo curioso es que todo se desencadenó por una flauta.

—¿Una flauta?

—Sí. Atenea, la virtuosa de la música tocó su flauta frente a un río. Al verse a sí misma soplar con las mejillas tan hinchadas y rojas se asustó y lanzó la flauta al río. Marsías era un sátiro, criatura mitad hombre mitad carnero, se encontró la flauta y consiguió tocarla a la perfección. Se convirtió en un flautista excepcional e incluso se atrevió a decir que su flauta sonaba mejor que la lira de Apolo. Así que ya te puedes imaginar… Apolo se enfadó tanto que le retó. Ambos tocaron sus instrumentos y obviamente, ganó Apolo. Bueno, algunos dicen que fue Apolo quien tocó mejor, otros que fue Marsías… no se sabe. La cuestión es que Apolo hizo uso de su premio al proclamarse ganador e impuso al sátiro el castigo de ser degollado vivo. —Le miro horrorizada— Clavó su piel en un árbol y a medida que la sangre fluía, iba naciendo el río que lleva el nombre de Marsias.

—¡Qué sádico! —Exclamo sin dejar de mirar esa cara que escenifica a la perfección el dolor más auténtico— Me da algo de miedo ver a Apolo tan relajado e impasible mientras le hace eso a un hombre que sufre frente a su atenta mirada…

—En realidad no es un hombre sino un sátiro. Y sí, los griegos eran bastante sádicos. Bueno, los romanos tampoco se quedaban atrás.

Seguimos avanzando, de vez en cuando nos detenemos en otro cuadro, Marcello se explaya hablando de aspectos interesantes de la obra o bien del autor. Parece saberlo todo. ¿Cómo diablos hace para retener toda esa información en la mente? Siempre tiene algo qué decir, yo, en cambio… bueno, me avergüenza admitir que en arte clásico estoy algo verde.

Nos detenemos al final del recorrido, mirando las últimas obras algo más modernas que las anteriores, pero siguen sin resultarme familiares. Me recuesto contra una columna de piedra y le sonrío no bien se acerca a mí para imitar mi último movimiento. Es como si no pudiera estar lejos durante mucho tiempo. Sus manos buscan constantemente las mías y las retiene acariciándolas, masajeándolas, simplemente amándolas como nadie había hecho antes.

Le miro y no me creo que ayer estuviera con otra persona en una postura tan salvaje, no parece para nada un hombre de esos, sin embargo, sé que lo es. ¿Entonces por qué conmigo se comporta de este modo tan distinto? ¿Es que está representando continuamente un papel escondiéndome su verdadera cara? ¿Y qué sentido tiene hacer eso? ¿De qué sirve ocultarse y más cuándo ya conozco toda la verdad?

Sus ojos me contemplan con cautela, parece incluso que intenta descifrar lo que pasa por mí mente, menos mal que de momento, no puede hacerlo.

—¿Sabes? Eres hermosa, Ingrid —sus palabras me descuadran por completo. ¿A qué viene eso ahora? De repente me pongo tensa— Fiel admirador del arte como soy y… me culpo a mí mismo por no haberme dado cuenta antes. Bueno, tal vez sí llegué a percatarme de algo, pero simplemente, no quise admitirlo.

—¿Qué significa eso?

—No quería que me gustaras —se encoje de hombros—. No encajamos para nada, somos muy diferentes.

Mis mejillas se tornan rosas, una vez más.

—No somos tan diferentes —confieso con la mirada perdida en uno de los cuados de la pared de enfrente—. Yo pensé exactamente lo mismo de ti.

—¿En serio?

—Sí.

—Y sin embargo estamos aquí.

—Y sin embargo estamos aquí —repito reproduciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Entonces eso querrá decir algo, ¿No?

Me encojo de hombros y trago saliva. Noto su proximidad, la suavidad de su voz y ese cálido masaje que ejerce con su dedo sobre el dorso de mi mano. La suma de todo eso hace vibrar mi corazón, elevándolo a punto de alcanzar el cielo.

Noto mi respiración irregular cuando se queda mirándome fijamente, a escasos centímetros de mi rostro perplejo. En otra ocasión hubiese encontrado una excusa para alejarme, hoy no.

Se aproxima un poco más y no necesita tocarme para que estremezca.

Estoy tan nerviosa y anhelante, que mis labios le esperan, dejando la boca entreabierta, hasta que al fin, se sienten aliviados tras percibir el superficial contacto de los suyos.

Casi no puedo creer que esté tan tranquila teniéndole prácticamente pegado a mí, sintiendo como sus labios me rozan levemente, con cautela, de forma casi imperceptible. Permanezco quieta con el corazón a mil mientras realiza una serie de movimientos deslizantes intentando provocar mi deseo.

Entonces se detiene un segundo, pero no se aparta, se aprieta un poco más para seguir besándome con la suavidad de un suspiro.

Su tranquilidad me relaja, no es violento ni brusco, sino todo lo contrario. Me encanta como se mueven sus labios expertos, como se funden sobre los míos con exquisita perseverancia. Sin darme cuenta, el deseo agazapado me delata y emito un leve gemido, brota de mí sin más, sin previo aviso. Entonces, sus labios se despegan poco a poco mientras sostiene con los dientes mi labio inferior y tira un poco. La sensación me envuelve, mandando pequeñas descargas eléctrica a partes de mi cuerpo que antes de hoy, ignoraba que existieran.

Cuando nos separamos, la timidez vuelve a adueñarse de mi persona. Él, por el contrario, parece muy tranquilo. Sus labios están tensos, apretando una sonrisa mientras evalúa, muy pegado de sí mismo, mi reacción atónita.

—Bueno Ingrid, ya te han besado. No le quites importancia a un primer beso. ¿Qué tal ha ido?

Su sonrisilla burlona se expande por su rostro y es precisamente esa expresión de autosuficiencia infinita la que me exaspera.

Sabe que es bueno en esto, tanto que incluso a mí me ha dejado con ganas de más, ¿Ahora qué quiere, mi reconocimiento?  No pienso hacerle una ola ni nada por el estilo.

—Ha estado bien —menciono restándole importancia, pero entonces se me ocurre una forma de bajarle esos humos y no desaprovecho la oportunidad—. Aunque no estoy segura, la verdad es que no tengo con qué compararlo. Debería pedirle a Iván que me besara para poder tener una visión más objetiva.

Sus ojos se estrechan divertidos mientras se muerde el labio inferior con fuerza. Entonces tira de mis manos con más fuerza de la que estoy acostumbrada y nuestros rostros casi colisionan al encontrarse. Vuelve a besarme, aunque esta vez es diferente. Sigue siendo  suave y delicado pero detecto un punto más de urgencia que antes. Tal vez sea yo la culpable, porque ahora que vuelvo a sentirle, mi cuerpo entero pide a gritos que no quiere quedarse solo ahí. Intento imitar sus movimientos, pequeños besos que se extienden por los labios, pincelándolos hasta que al final, detecto algo diferente. Su lengua se introduce lentamente dentro de mi boca, intento disimular mi asombro aunque creo que no lo he conseguido. Noto como se desliza sobre la mía, me acaricia desde dentro y estoy a punto de perder el sentido. Su invasión prácticamente no me deja espacio para respirar, poco después, muy despacio, su lengua me abandona. Me obsequia con otro casto beso sobre los labios y en lugar de retirarse continua besándome, esta vez siguiendo un camino imaginario que va desde la comisura de los labios hasta el lóbulo de la oreja. Es increíble como mi piel hormiguea bajo su contacto, las piernas me flaquean mientras mi corazón late muy, muy deprisa. Siento su cálido aliento en mi oreja, le escucho respirar y aunque parezca mentira, eso me excita.

—Creo que ese es un juego al que no deberías jugar… —me susurra dulcemente, aunque con voz intimidante. Entonces me acuerdo de lo que le he dicho antes y sonrío por lo bajo.

—¿Por qué no? Hemos acordado que podemos continuar con nuestras vidas sin que nuestra amistad la altere. Tú puedes estar con otras mujeres y yo… bueno, yo puedo abrirme a otras posibilidades.

Su rostro se aleja de mí, ahora me mira frunciendo el ceño. Yo sigo sonriendo por dentro, pero él no capta mi broma.

—¿Ahora quieres estar con otros? —Me mira extrañado— ¿No te basto yo?

Me encojo de hombros.

—No me importaría probar —digo fingiendo una gran naturalidad, aunque en realidad la idea me repugna.

—Yo no estoy con mujeres que a su vez están con otros hombres. Así que tú verás…

Me suelta de la mano. Parece que se ha enfadado de verdad. Pero yo sigo en mis trece.

—Pero tú estás con otras mujeres —mi voz suena tan tranquila que incluso a mí me asombra.

—No es lo mismo —niega asqueado—. Con las otras chicas solo mantengo sexo, contigo, tengo todo lo demás.

Le miro extrañada; no puedo creer el nivel que alcanza su machismo.

—Bueno, tal vez con el tiempo, yo también podría aprender a separar el sexo de todo lo demás, quién sabe…

—La verdad es que no te entiendo, Ingrid. ¿Qué cojones pretendes? ¿Quieres que yo también viva una vida puritana y vacía como la tuya?

Mis ojos le contemplan con rabia; eso sobraba.

Doy un paso hacia atrás, sin dejar de mirar las brillantes baldosas del suelo. Ahora mismo no tengo la fuerza necesaria para mirarle a la cara.

—Perdóname, no quería decir eso…

Intenta sujetar mi mano pero la aparto rápidamente de su alcance.

—Tu vida no es vacía. Lo siento, de verdad —traga saliva, parece realmente arrepentido. Aunque tanto él como yo sabemos que lo que ha dicho es cierto—. Lo que ocurre es que tenemos una visión diferente respecto al sexo. Verás, para mí sí es imprescindible. Lo necesito igual que comer o respirar, no puedo estar largas temporadas sin… bueno, ya me entiendes. Para mí es una necesidad, pero no quiero renunciar a seguir quedando contigo… Para serte sincero, si ahora mismo me dieras a elegir, no sé muy bien qué es lo que haría. No quiero perderte, pero tampoco puedo renunciar a algo que es tan importante para mí. ¿Entiendes?

Suspiro. Pero no me atrevo a mirarle todavía, siento que esta ha sido una noche de oscuras revelaciones y tengo mucho qué analizar. Si es algo tan importante para él… debería aceptar que se acostara con otras personas. ¿Pero entonces por qué me produce esta sensación, esta especie de dolor profundo en el pecho? ¿Me da celos imaginármelo con otra mujer? Sí, debe ser eso… ¿Por qué? debería estar orgullosa, pese a mis rarezas ha dicho que no quiere dejarme y más aún, que conmigo quiere tener todo lo demás. No sé bien qué es lo que abarca ese “todo” pero me hace sentir especial. Es más de lo que me han dicho nunca y encima no me exige nada a cambio.

—Necesito que me digas qué estás pensando o me volveré loco.

Corta el hilo de mis pensamientos de inmediato. Está intranquilo, esperando a que añada algo a su argumento. Pero no sé qué decir.

—En cierto modo te entiendo. Aunque no deja de ser una actitud egoísta.

—Sí, lo es —admite sin dudar—. Soy egoísta. Pero también sincero, podría haberte dicho que no estaría con ninguna otra y luego hacer lo que me diera la gana. Tu nunca te enterarías y en tu ignorancia serías feliz. Aunque ese no es mi estilo, no quiero ocultarte las cosas. De igual forma te digo que no puedo compartirte con nadie, si prefieres estar con otro… tendrás que elegir.

Alzo el rostro para mirarle atentamente. Quizás quiero ver algún rastro de duda en sus ojos, pero no, no hay nada.

—Sabes que yo jamás podría estar con ningún otro —confirmo sin apartar un centímetro mis ojos de los suyos.

—Bien.

—Pero tampoco estoy segura de querer ignorar tus escarceos con otras —ahora sí se produce un cambio en él, sus cejas se fruncen hasta casi tocarse—. Me gustaría al menos tener la oportunidad de intentarlo, si no funciona, pues… aceptaré que estés con otras mujeres.

—Intentar el qué —me presiona negándose a leer entre líneas lo que quiero darle a entender.

—Me gustaría intentar tener una de esas relaciones contigo.

Desvío la mirada, avergonzada.

—¿Lo dices de verdad?

Asiento con discreción.

—Eso suponiendo que puedas conformarte conmigo… —trago saliva para intentar pasar el nudo de emociones que hay en mi garganta.

«¿Quién en su sano juicio podría conformarse solo conmigo?».

—Ingrid, ¿estás segura de querer dar un paso así? Es algo importante para ti, no debes tomártelo a la ligera.

—De lo único que estoy segura es de que quiero intentarlo. Si todavía sigue tu oferta en pie… comprendería perfectamente que te hubieras retractado, hay que ser realistas, mi inexperiencia y mis traumas jugarán siempre en mi contra.

Marcello esboza una frágil sonrisa mientras yo me hago aún más pequeña.

—Sin duda esto supone un reto muy grande para ambos, pero si estás dispuesta a intentarlo, yo estoy dispuesto a tener paciencia y esperar a que tú me concedas libremente ese gran honor. También me comprometo a no estar con ninguna otra, de momento… –hace una pausa y aprovecha a sostener nuevamente mi mano– Ahora bien, deberías proponerte una fecha límite. Creo que en tu situación de nada sirve improvisar y que las cosa sigan su curso. Necesitas señalar un día en el calendario para ir haciéndote a la idea.

Le miro sorprendida. Esta situación me puede. Instintivamente busco una pequeña brecha por donde escabullirme, salir del embrollo en el que estoy metida, pero Marcello me sostiene la mano con tanta firmeza que no puedo zafarme de él sin más.

Trago saliva, suspiro y vuelvo a fijarme en esos cuadros extraños que no significan nada para mí.

Puede ser de aquí una semana, tal vez dos. Sí, creo que él podrá esperar un par de semanas… pero enseguida arrugo la nariz ante esa conjetura, si espero demasiado me echaré atrás. Me conozco… ¿Qué puedo hacer?

Entonces vuelvo a encontrarme con su atenta mirada. Está callado, pero su rostro impaciente habla por él. Me presiona para que le ofrezca una respuesta.

—Mañana —mis pupilas enormemente dilatadas se topan con las suyas, que parecen el vivo reflejo de las mías. Quizás me he precipitado, puede que mañana sea demasiado pronto, por otra parte ¿qué sentido tiene esperar cuando ya me he decidido a intentarlo? Cuanto más espere será peor, demasiado tiempo para pensar puede fastidiarlo todo.

—Mañana, pues —acepta sin poner objeción.

Su confirmación me ha hecho flaquear. Él lo intuye y tira levemente de mí para hacerme salir de mi ensoñación.

—Yo me encargo de todo. Tú no te preocupes por nada. A las nueve pasarán a recogerte.

El estómago se me contrae. Tengo miedo y estoy nerviosa, una mala combinación.

—¿Tengo que llevar algo o ponerme un tipo de ropa que…? —Mi voz queda interrumpida por la vergüenza, soy un completo desastre para estas cosas, no sé hacerlo de otra forma, quizás porque para mí el sexo siempre ha sido algo traumático por todo lo que me tocó vivir siendo muy joven.

—Ponte algo normal, como siempre, eso sí, nada que se parezca a este vestido —le miro sin entender—. Necesito poder concentrarme y dudo que con algo así logre conseguirlo.

Mis pómulos se encienden nuevamente. Me muerdo el labio inferior mientras mi cabeza no deja de dar vueltas.

—Ahora no hablemos más de esto. ¿Te apetece ir a tomar una copa?

Asiento con la cabeza rápidamente. Necesito distraerme y olvidarme de la locura que voy a cometer mañana. Bueno, también puedo echarme atrás en cualquier momento, ¿no? Dadas las circunstancias él es plenamente consciente de que eso puede pasar, no debería molestarle. Ahora simplemente cierro los ojos, inspiro profundamente, y cuando vuelvo a abrirlos me prometo a mí misma no volver a pensar en este asunto.

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