XAVI ALTA

Vanesa. 11

Al conocerla, pensó que Estela era la mujer de Damián, además de encargarse de la recepción y asistirlo en la consulta, pero a medida que la relación con él se estrechaba, la alegró confirmar que la gran confianza que aquellos dos seres maduros se profesaban se debía a casi dos décadas compartiendo espacio de trabajo.

Estela era una mujer decidida, enérgica a menudo, dulce atendiendo a los pacientes. Tenía cierto atractivo, pero era obvio que la madurez había estropeado un cuerpo que debió ser bello. Sus marinos ojos azules, siempre despiertos, siempre atentos, brillaban intensamente en una faz redonda de tez pálida.

Nerviosa, abría cajones sin parar, cerrándolos de nuevo con cierta violencia, por lo que no oyó llegar a la joven. Notó su presencia, por lo que se giró presta a atender a la paciente que llegaba con más de media hora de antelación. Además, no había llamado al interfono del portal ni al timbre de la puerta. ¿Se la habría dejado mal cerrada?

Pero al mirar a la chica la reconoció, ¿cómo te encuentras? ¿te has recuperado bien del golpe? Vane sonrió, agradeciendo lo bien que me trataste, para intercambiar cuatro frases de cortesía con la atenta mujer sorprendiéndola al anunciarle que entraba un momento a ver a Damián. Estela no tuvo tiempo de responder, más sorprendida aún con las confianzas que la chica se tomaba, sin tiempo de detenerla ni de preguntarle cómo había entrado. El timbre del teléfono la devolvió a sus quehaceres. ¿Dónde habría dejado la maldita receta?

Cerró la puerta tras de sí, con suavidad, cómo solía, alegre de ver la amplia sonrisa de su nuevo compañero, no sabía cómo llamarlo aún, que se levantó de su escritorio para recibirla. Un suave beso en los labios era el nuevo hábito al que ambos se habían acostumbrado, la única intimidad física a la que se habían atrevido de momento.

Vanesa ordenó al doctor no cocinar nada para cenar hoy, pues he decidido darte una sorpresa. Vendré pasadas las 8, cuando la consulta esté vacía y te prepararé una receta sabrosísima. No puedes preparar nada hasta que yo llegue, fue la cariñosa orden final. Tomándolo del cuello, besándolo de nuevo pulcramente le preguntó ¿me lo prometes? A lo que el hombre asintió devolviendo la caricia labial.

Dedicó la tarde a comprar los ingredientes necesarios, con los pesos exactos que la receta demandaba, expectante ante una noche que esperaba especial. Se excusó ante Yoli, que la llamó para verse, ¡tía, hace una eternidad que no sé nada de ti!, pues la vuelta de ambas a la universidad no les había permitido charlar demasiado pues en este segundo trimestre compartían menos asignaturas.

Si un mes atrás, o un año, alguien le hubiera dicho cuánto disfrutaría comprando productos frescos en un mercado, esperando pacientemente que llegara el pescado de playa pasadas las 6 de la tarde, metiéndose en una cocina que ya no le era ajena para guisar, para cocinar una receta elaborada, le hubiera respondido qué poco me conoces. Pero la desconocida para sí misma era ella.

Había abierto y servido una fría copa de vino blanco, Albariño, para tendérsela a Damián que, sentado en la cocina, la contemplaba divertido pues tenía terminantemente prohibido abrir la boca para comentar el inseguro desempeño de la chica. Aunque preparar un lenguado al horno con verduras no tenga demasiada dificultad, para Vane era su primera prueba de fuego, una especie de examen que pretendía pasar con nota. Se sintió segura con su mentor animándola, mentalmente. No quiero que digas nada.

Contenta, confirmó en la mesa que las felicitaciones del hombre no eran meros cumplidos, le había salido muy bueno. Había clavado el punto de cocción del pescado, que le había costado un dineral, y las verduras estaban al dente.

Cuando Damián se levantó de la mesa para recoger los platos preguntándole que quieres tomar de postre, Vane lo asió de la muñeca, acercándolo a su rostro, para anunciarle seductora que el postre soy yo. Los maduros labios conectaron con los más jóvenes, abriéndose pues los segundos actuaban agresivos, hasta que la chica realizó la única pausa de la noche para expresar tímida pero imperativamente, ahora quiero que hagamos el amor.

 

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