ANNABEL VÁZQUEZ

Como era de esperar, pasan los días y no sé nada de Marcello.

He pensado en ir a verle, pero luego reconozco que es una mala idea y la descarto. Por otro lado, no sé de qué otra forma comunicarme con él. Nunca me dio su número de teléfono.

El sonido de la campanilla desata el ritmo frenético de mi corazón cada vez que entra alguien en el establecimiento. Me vuelvo ilusionada, y al instante, mis ojos se contraen al percatarme que no es él.

Intento no desesperarme, al fin y al cabo, tarde o temprano lo veré. Nápoles no es tan grande y él se suele mover siempre por los mismos sitios.

Iván me sonríe de vez en cuando. Sabe que algo me distrae, pero no tiene el valor suficiente como para preguntarme al respecto.

—Aquí Iván desde el planeta tierra llamando a Ingrid en la luna… peeej peeej, ¿Me recibes?

Le tiro el trapo de cocina con cariño y sonrío.

—Eres tonto.

Su sonrisa se hace inmensa, deja dos tazas de café sobre la barra y apoya los codos mientras me mira con mucha atención.

—Yo sé bien lo que te hace falta —dice con convicción.

—¿Ah sí? ¿Según tú qué es?

Se encoge de hombros.

—A parte de lo obvio, te hace falta salir y distraerte.

—¿Y qué es lo obvio? —Pregunto intrigada.

—Ya sabes… un buen polvo.

Me quedo contemplándole con los ojos abiertos como platos, no me puedo creer lo que acabo de escuchar

—¡No me mires así! A todos nos hace falta uno de tanto en tanto…

—Lo tuyo es de psiquiatra.

—Puede —reconoce rascándose la cabeza—. En cualquier caso… ¿qué me dices a lo de salir y distraerte?

«Si consigo una buena excusa para salir igual me encuentre con…»

—¿En qué habías pensado?

Se queda atónito.

—¿Es que vas a hacerme caso?

—Ya veremos… —Le digo en tono reprobatorio— ¿En qué has pensado?

—Bueno… hoy es sábado, noche a tope en el pub, mucha gente, buena música, bebida y mi compañía.

—Suena genial —reprimo una mueca de disgusto y acepto.

—Vaaaya.. esto sí es una novedad…

Le saco la lengua y empiezo a llenar los servilleteros.

—Solo una pregunta más… –procede buscando mi mirada– respecto a lo del polvo no hay nada qué hacer, ¿no? Solo por saberlo.

Me echo a reír a carcajada limpia; siempre lo consigue, es tan… infantil.

—¡Ni pensarlo!

—¡Ya lo sabía! Solo quería constatarlo, no estamos como para rechazar oportunidades, y ya que hoy estás receptiva…

—No tanto…

Él me sonríe y me dedica una mirada pícara.

—Bueno preciosa, entonces va siendo hora de que vayas a casa y te cambies de ropa, que de aquí una hora paso a recogerte.

—¿Pero y…?

—No te preocupes por nada. Cierro yo —me guiña un ojo y se dirige hacia el almacén—. Por cierto, nada de pantalones esta vez, ponte algo que confirme que sigues estando buena aún después del trabajo —Grita desde el pasillo. Vuelvo a reír y pongo los ojos en blanco; Iván no tiene remedio.

 

En mi armario hay poco donde elegir. Pero sí tengo esos elegantes vestidos que me compró la señora Lucci, de los cuales solo he estrenado uno. ¡Y qué uno! Sigue siendo precioso aunque esté colgado de la percha de mi rústico armario.

Reviso uno a uno todos los vestidos. La verdad es que son demasiado elegantes… el que no tiene escote es demasiado corto, o ceñido, o poco apropiado… Resoplo desesperada. Podría optar por mis viejos vaqueros de siempre, aunque no sé por qué, y sin que sirva de precedente, esta noche me gustaría arreglarme un poco.

Al final me decido por un vestido burdeos con escote cerrado. Lo que más me gusta es un cinturón que se anuda justo debajo del pecho para realzar la cintura. Luego cae suelto hasta las rodillas.

Lo combino con unos zapatos negros con un tacón medio. También regalo de Monic.     Me aliso el pelo recolocándolo un poco hacia un lado para que me moleste menos. El claxon de Iván me interrumpe justo en el momento en que iba a buscar unos pendientes. Decido que no son imprescindibles y salgo de inmediato.

 

—Buenas noches —digo no bien me subo en su práctico Golf rojo.

—Madre mía Ingrid, me he quedado sin palabras…

Sonrío mientras alcanzo el cinturón de seguridad para ponérmelo.

—Es solo un vestido, Iván. ¿Nos vamos?

—¡Claro! —Sonríe y pone primera– ¿Tienes que contarme algo que yo no sepa?

—¿Algo como qué? —Frunzo el ceño.

—No sé… en lo referente a tu cambio. Debes admitir que no eres la misma chica que llegó aquí hace unos meses.

Asiento sin mucho interés.

—Bueno, las personas cambian…

—Pues… ¡Aleluya! —Sonríe vacilón mientras acelera.

Por fin dejo de ser el tema de conversación y empieza a hablarme de una chica que le gusta pero no quiere quedar con él. Al parecer eso le sorprende mucho, a mí no tanto, pero no tengo el valor de decírselo. Cualquier mujer con dos dedos de frente vería que Iván es el clásico hombre inmaduro y disperso, incapaz de comprometerse.

En cuanto aparca el coche, salimos.

—¡Eh! ¡Tienes que esperar a que te abra la puerta! Cuestión de protocolo.

—Déjate de tonterías, no hace falta que finjas conmigo.

—¡No finjo! Aquí, en Italia, se le abre la puerta del coche a las chicas guapas, es casi una ley. Por cierto, acabamos de infringirla…

Su sonrisa es contagiosa mientras entramos juntos en su pub.

—Permíteme que te diga, Ingrid, que ese vestido te hace un culo la mar de sugerente.

—¡Qué dices! ¿En serio? —Pregunto con horror. Me detengo en seco, sopesando la posibilidad de volver a casa y cambiarme de ropa.

—Tranquila. Te queda muy bien. Perdóname, ya sabes que carezco de modales y estoy tan desesperado que incluso me fijaría en ese florero de ahí —señala un florero en forma de pera con un tulipán blanco saliendo de él—. Pásatelo bien, disfruta y de tanto en tanto, búscame, ¿vale? No quiero perderte de vista esta noche.

—Tranquilo… aquí estaré.

Me recoloco el vestido por la parte de atrás para que no se ajuste tanto a mi trasero y camino con parsimonia estudiando cada rincón.

Esta vez es diferente. Siento como los hombre me miran y estoy empezando a sudar por algunas zonas.

En el pub hay mucha gente, algunos incluso me golpean inocentemente al pasar. Me estoy poniendo de los nervios, la ansiedad es cada vez más fuerte y estoy a punto de perder el control de mis emociones.

Salgo a la terraza exterior esquivando a las parejas que bailan, con el objetivo de despejarme un poco. Estoy en un primer piso y la altura no es demasiado alta.

Me doy la vuelta dando la espalda a la barandilla para apoyarme en ella. Respiro hondo: “No pasa nada, absolutamente nada…” —Intento convencerme— Pero lo cierto es que sí. Todo esto es demasiado, no estoy acostumbrada a las multitudes y aunque ha habido un cambio en mí, no es lo suficientemente grande. Puedo vestirme de satén y seda, pero bajo esa fina tela reluce una piel muerta, maltratada, herida e incapaz de sanar.

Envuelta en inmensas nubes de humo procedentes de los cigarrillos de las personas que me rodean, alzo el rostro, dirigiéndolo por instinto a la única ventana que hay en el balcón, justo delante de mí.

Casi no doy crédito cuando mis ojos al fin le encuentran. En su pequeña fiesta privada Marcello se desenvuelve de maravilla. Ríe, fuma, bebe, se codea con mujeres a las que alguien como yo jamás podría igualar. Este es él. Este es su modo de vida.

Se pasa la mano que sostiene el cigarrillo por la cabeza y luego le da una última calada, antes de aplastarlo contra el cenicero; seguidamente, se gira para tirar del brazo de la explosiva morena que le acompaña, la acorrala contra la mesa y le besa el cuello. Ella echa la cabeza hacia atrás, facilitándole el acceso. Todo se desenvuelve en un gesto natural, cotidiano, un gesto de profunda confianza que yo jamás alcanzaré con nadie.

La respiración se me corta cuando veo como él acaricia sus muslos a través del vestido.

No sabría decir por qué he sentido una presión extraña en pecho cuando le he visto. Tal vez porque me sorprende estar presenciando una cosa así, no se parece en nada al chico que creía conocer. Puede que a mí me mostrara otra parte. Fuera lo que fuera no era más que la mediocre representación de un personaje.

Marcello regresa a los labios de la joven con toda su fuerza. La envuelve en un beso duro y dominante, nada que ver con la dulzura que creía que tenía. Sus manos firmemente soldadas a los muslos de la chica suben poco a poco arrastrándole el vestido hacia arriba. Ella separa las piernas, abriéndose para él. De repente siento mucho calor, me da vergüenza estar viendo esto pero no puedo parar. Me torturo desengañándome, bajando a Marcello del pedestal en el que le había puesto. Sus manos anhelantes no se detienen, se infiltran entre sus piernas y ella se arquea, apoyando su trasero sobre la mesa. Entonces, mientras besa a la chica insistentemente, sus ojos se entornan mirando distraídos hacia la ventana.

Su mirada ardiente y discordante se encuentra con la mía en el cristal. La vergüenza y sobre todo, el miedo, me embargan. Regreso a la sala y la atravieso serpenteando a la gente hasta salir al exterior.

Avanzo por calles adoquinadas mirando hacia atrás de vez en cuando, asegurándome que nadie me sigue mientras busco el teléfono móvil en el bolso. Sin darme cuenta, colisiono contra algo y me detengo.

—¡Mira Antony! Es nuestra noche de suerte.

Retrocedo intimidada por la presencia de dos hombres fuertes frente a mí.

—No… —digo mientras retrocedo lentamente.

Mi miedo aumenta cuando uno camina decisivo en mi dirección y el otro se coloca a mi espalda, bloqueándome el paso. Justo en ese instante el miedo me paraliza.

—¡Ni se os ocurra ponerle una mano encima!

Me giro aliviada; conozco esa voz a la perfección.

Él se acerca hacia nosotros y los dos hombres se disculpan y se van.

—¿Te han hecho algo?

Parece preocupado. Niego rápidamente con la cabeza, mientras intento recobrar el aliento.

—¿Estás bien? —Me pregunta acercándose un paso más en mi dirección, yo le hago un gesto con la mano para que se detenga.

—Dame un minuto —respiro hondo un par de veces, mi corazón se ralentiza gradualmente y, solo entonces, me atrevo a mirarle.

Su aspecto es insondable.

—¿Por qué te has ido?

—No quería verte.

—Pues no era eso lo que parecía…

Me giro incómoda. Lo cierto es que preferiría no haber visto nada. Ahora mismo no sé cómo sentirme, si agradecerle su ayuda o odiarle por engañarme.

—Mira, da igual —me yergo dando un paso hacia delante—. Hoy ya he cubierto el cupo de riesgos, será mejor que vaya a casa.

—¿Caminando?

—Llamaré a un taxi —le aclaro enseñándole el teléfono.

—Ah —hace una pausa y se interpone en mi camino—. Puedo llevarte.

—No. Regresa al pub, puedo apañármelas sola, gracias.

Ríe sardónicamente.

—No, Ingrid, no puedes. ¿A quién pretendes engañar? Si yo no hubiera aparecido hace un momento…

Mi rostro arde en llamas. Resoplo por la nariz con brusquedad, estoy al límite de mi paciencia, ¿es que no lo ve?

—Vaya, es realmente conmovedor ver lo mucho que te preocupas por mí… ¿Lo haces con todos los huéspedes?

—¡¿De qué cojones estás hablando?! ¡De sobras sabes que no!

Suspiro. Por más rabia que me dé no estoy en condiciones de reprocharle nada.

—En serio, preferiría llamar a un taxi.

Me mira perplejo.

—Pues yo preferiría acompañarte.

Y ahí estamos. Mirándonos fijamente esperando a que uno de los dos dé su brazo a torcer. Nos retamos durante unos minutos más, no hace falta que digamos nada, nuestras miradas hablan por nosotros.

—No quiero aguarte la fiesta —espeto de repente. Él me dedica una sonrisa de medio lado.

—Querida señorita Montero, ya lo ha hecho.

Le carbonizo con la mirada.

—Venga, vamos, tengo el coche aquí cerca —señala hacia el final del callejón.

Me abre la puerta y me recoloco en el asiento.

Me abrocho el cinturón. Él ocupa su lugar, pone las llaves en el contacto y empieza a circular. Todo lo hace en riguroso silencio, pero por desgracia para mí, esa situación no dura mucho. Me mira unos segundos antes de devolver la vista al frente y añade:

—Tengo curiosidad… ¿Qué hacías en el pub sola?

—No estaba sola.

Enseguida se gira para prestarme toda su atención.

—¿Con quién?

—Con Iván, el dueño del pub y sobrino de María —me apresuro a responder, sintiéndome satisfecha de demostrarle que yo no estoy sola, que todavía hay chicos dispuestos a hacer planes conmigo.

Devuelve la vista a la carretera e incluso me parece que acelera un poco. Por dentro sonrío con malicia.

—Ese Iván… —niega con la cabeza mostrando un total desprecio hacia él— tan fastidioso como siempre… —le miro sorprendida— ¿Te ha tocado?

—¿¿¿Qué??? ¡No! —Exclamo ofendida.

«¿Quién coño se cree que es para preguntarme eso?»

—Bien —parece satisfecho.

—¿Bien por qué? ¿A ti qué te importa?

—Me importa, ya lo creo que me importa. Me jodería bastante que él sí pudiera hacerlo, la vedad.

Ladeo el rostro para mirar por la ventanilla. Habría tantas cosas que me gustaría decirle a este estúpido engreído… pero hoy paso.

—Gracias por traerme —respondo secamente.

—No se merecen.

Abro la puerta.

—¡Espera un momento! –me detengo cansada– ¿Tienes un poco de agua?

Suspiro sonoramente.

—Bunas noches, Marcello.

Cierro la puerta del coche pero él apaga el motor y corre hasta alcanzarme.

—¡Vete! –le grito.

—Me parece que no.

—Te crees con derecho a hacer lo que te venga en gana sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, ¿verdad?

—¡Por Dios, solo te he pedido un vaso de agua!

—¡No me trates como si fuera tonta! No es solo eso y lo sabes.

—Ingrid, por favor… dejémonos de tonterías. Necesito aclarar un par de asuntos y apuesto a que tú también. Así que por qué no me dejas pasar un momento y lo comentamos con calma.

—Creo que después de esta noche, yo no tengo nada qué aclarar. Todas  mis dudas se han disipado.

—¿Lo dices por Auri? —Ríe secamente— Me gustaría explicártelo.

—¡No! No hace falta, de verdad. No quiero saberlo.

—Está bien —se encoje de hombros— ¿Me dejas pasar?

—¡He dicho que no!

—Pues ya me dirás qué hacemos. Yo de aquí no pienso moverme —cruza los brazos sobre el pecho con indiferencia y sigue plantado delante de mí.

Tras retarle un poco más con la mirada, me doy por vencida, abro la puerta dejándole entrar. Pero antes me juro a mí misma que nada de lo que me diga me hará cambiar de opinión respecto a él.

Él campa a sus anchas por la casa, va hacia la cocina, se sirve un vaso de agua y sale con él en la mano para sentarse en el sofá. Sus confianzas me ponen de mala leche.

—¿Te gusta la comida que te han traído?

—No está mal —reconozco. Lo cierto es que todavía no me creo que al día siguiente de nuestro último encuentro, un repartidor apareciera en mi casa, cargado de enormes cajas con todo tipo de comestibles.

Me siento en el sofá; estoy agotada. Aun así saco mi teléfono móvil del bolso y empiezo a redactar un mensaje.

—¿Qué haces?

—Escribo un mensaje a Iván —admito con toda la tranquilidad del mundo.

—Ahora no.

—¿Qué? —Le ignoro y sigo escribiendo.

—Ahora no —repite molesto. Me arrebata el móvil de improvisto y me sobresalto por el brusco movimiento con el que lo ha hecho— Estás conmigo.

—¡Devuélveme mi teléfono!

—¡De eso nada! Quiero ver qué tienes aquí.

Me acerco e intento cogerlo pero él lo pone en alto, lejos de mi alcance. No pienso tocarle, caer encima de él puede ser tan peligroso como doloroso. Así que me resigno una vez más, le maldigo en voz alta y luego suspiro. Vuelvo al sofá esperando a que termine de cotillear mis cosas.

Ese gesto posesivo y dominante debería alarmarme. No tiene derecho a coger mi teléfono e invadir mi vida privada de esa manera.

—¡Toma! —Me lanza el teléfono exhibiendo una apretada sonrisa— Te he memorizado mi número. Por si lo necesitas…

—No hacía falta, al menos los sábados sé dónde encontrarte.

Empieza a reír de mi ironía. Coge el vaso de agua que está sobre la mesita y da un pequeño sorbo.

—Se te ve muy enfadada… —dice observándome por encima del cristal del vaso.

Muy no, lo justo —replico.

—¿Se puede saber el motivo?

—No.

—Imagino cuál es.

—Sí, a veces eres más inteligente de lo que pareces.

Se incorpora levemente en el sofá y me mira intensamente, intimidándome con sus ojos tan despiertos.

—Bueno, dejémonos de jueguecitos —su tono se vuelve más duro. Deja el vaso sobre la mesa— ¿Hay algo que quieras decirme?

Me encojo de hombros. Puede que lo hubiera, pero ahora no pienso decírselo, antes me corto la lengua y se la doy a comer a los perros.

—¿Entonces no sabías que yo estaba en el pub?

Niego con la cabeza.

—Pero sí te ha sorprendido verme con Auri. Bueno… ¡a la vista está! —Sonríe quedamente.

—No demasiado —digo con disimulo—. Lo entiendo.

Él niega con la cabeza y vuelve a mirarme con intensidad.

—¿Qué esperas de mí, Ingrid?

—No sé a qué te refieres…

—Yo creo que sí. Además, me debes algo de sinceridad. Las cosas serían mucho más sencillas si me hablaras. Puede que al principio tener que sacarte las palabras con sacacorchos fuera divertido, pero ahora, a estas alturas está fuera de lugar completamente. Lo sabes.

Él no deja de mirarme. Es curioso como hasta sus gestos ejercen su presión sobre mí. Soy consciente de que debería hablar, esta situación no debe prolongarse eternamente, cuanto antes sepa lo que hay, antes empezaré a desengañarme y por lo tanto, sufriré menos.

Cojo aire y trago saliva poniendo en orden mis agitados pensamientos.

—No sabía que estabas ahí, pero sí tenía la esperanza de verte.

—¿Por qué? —Le miro confusa tras su tono exigente— No pienso dejar pasar ni una, Ingrid, así que contéstame. ¿Por qué?

—Estuve reflexionando acerca de lo que pasó el último día, lo cierto es que exageré mucho las cosas. Me sentía culpable por cómo te traté y actué contigo.

—¿Querías disculparte?

Niego con la cabeza. Suspiro y me separo el pelo de la cara para colocarlo tras la oreja.

—Solo quería arreglar las cosas.

—¿Y eso?

—No soporto… nuestra distancia.

Él suspira, parece analizar todo lo que acabo de decirle.

«¡Dios como me cuesta estar hablando de esto!»

—Te lo vuelvo a preguntar: ¿Qué esperas de mí?

Le miro atentamente. Ahora quiero estudiar a fondo su expresión.

—No quiero alterar tu vida, ni interponerme en tus asuntos. Haz lo que creas que tienes que hacer, pero me gustaría que mantuviéramos el contacto.

Él me mira extrañado.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Ya lo sabes, me reconforta estar contigo. Aunque no quiero que te veas en la obligación de…

—Ya, ya, ya… —hace un gesto con la mano para indicar que me calle— ¿Tú quieres estar conmigo?

Me vuelvo roja como un tomate.

—Supongo…

Él sonríe efímeramente pero continua serio, ausente, posiblemente analizando cada una de mis palabras.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? Creí que después de… de lo que pasó el último día no querrías volver a verme. Esperé a que dieras un paso y me demostraras que me equivocaba, pero no lo hiciste.

—No tenía cómo —me encojo de hombros.

—¿Entonces lo intentaste? —Una chispa de ternura se instala en su rostro.

Asiento con resignación cerrando los ojos al mismo tiempo.

—Ingrid… —Me llama y eso me hace reaccionar, abro los ojos para toparme con él de nuevo— ¿Qué sientes si hago esto?

Sin verlo venir, su mano envuelve la mía que descasa flácida sobre la pierna y le da la vuelta. Mi corazón se acelera, siento su dorso justo encima de mi rodilla desnuda mientras sus dedos rodean mi mano con insistencia, cogiéndola con decisión. Mi primer instinto es el de apartarla, retirarla al mismo tiempo que pongo metros de distancia entre los dos, después de todo, son muchos años actuando de la misma manera. Es la costumbre.

Sin embargo, en esta ocasión no siento dolor. Solo percibo una leve molestia del todo soportable. Ahora me pregunto si esta insólita circunstancia podría extrapolarse a otras personas. Miro atentamente mi mano derecha que permanece inmóvil mientras él empieza a realizar pequeños movimientos circulares con el pulgar, y entonces comprendo que eso únicamente es posible porque es él quien me toca.

—Me gusta… —es increíble como mis manos se relajan, sus masajes me recorren el cuerpo entero en forma de corriente eléctrica relajándolo. No puedo evitarlo, estoy emocionada al ver que por primera vez, puedo con esto. Mis ojos se llenan de embarazosas lágrimas, así que me apresuro a alzar ambas manos y enjugármelas antes de que mi vergüenza se haga evidente.

—¿Estás llorando?

Se me escapa una risilla nerviosa mientras niego con la cabeza.

—Hasta hoy jamás había estado tan tranquila mientras alguien me coge de la mano así…

Armándome de valor, recojo su mano que se ha quedado momentáneamente vacía sin la mía, solo quiero demostrarle con hechos que esto ya no es un obstáculo para mí. Y él ha sido el único artífice de este asombroso progreso.

Su sonrisa sincera me conmueve. Me aprieta las manos solo un poco y se acerca. Me siento aliviada de haber roto ese muro que se había vuelto a alzar entre nosotros, ahora es cuando me doy cuenta que sin su insistencia, esto no hubiera ocurrido jamás.

—Entonces puede que sí haya esperanza después de todo… —giro el rostro apenado, no sé si alguna vez podré romper todas las barreras— Así que tendremos paciencia.

Sus últimas palabras me dejan petrificada. No sé exactamente qué significa eso, pero mi corazón da un bote en el acto. De repente siento la necesidad de preguntarle por la chica del pub, pero percibo que este no es un buen momento y dado que no quiero estropear las cosas, omito ese hecho.

—Quiero invitarte a cenar mañana.

—¿Mañana?

—Sí. A uno de mis rincones favoritos. Te recojo a eso de las nueve. ¿De acuerdo?

—Marcello, mañana trabajo.

—No. Mañana es el día que empezamos de cero.

Miro hacia el suelo. No sé qué decir, pero lo cierto es que no puedo rechazar una invitación con semejante pretexto. Aunque no entiendo por qué va a mostrarme en público, dado que eso es algo que quería evitar a toda costa, según él, por nuestra seguridad.

—¿Y bien? —Insiste ansioso.

—De acuerdo.

Vuelve a sonreír y se levanta de un salto.

—Entonces, nos vemos mañana —confirma.

 

La habitación está oscura. Únicamente capto los sonidos extraños que hay en este tipo de casas tan viejas: Las palomas que viven entre los agujeros del tejado, el canto de los grillos, una especie de ave rapaz que pía sin cesar a lo lejos, las hojas meciéndose de los árboles, pequeñas ramitas al romperse… todos esos sonidos tan distintos a los que percibía en Barcelona, y que aquí me resultan tan hermosos.

Mi cuerpo vibra bajo las sábanas. La emoción sigue presente, al igual que una felicidad extraña que me hace reír y apretarme fuertemente a la almohada para intentar canalizar toda esa emoción.

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