XAVI ALTA

Paula. 11

Los rápidos envites la mueven adelante y atrás. Debería haberse puesto falda, piensa, pero nunca le han gustado sus piernas, demasiado finos los muslos, demasiado marcadas las rodillas. No se da de bruces con la pared porque se sujeta en la cisterna del baño, con los brazos estirados, apoyados sobre la blanca cerámica, pero los movimientos de su príncipe son inusualmente violentos hoy. Preferiría estar haciéndoselo con la boca que así, pues se siente como una muñeca hinchable, un agujero que taladrar, pero no se lo dirá. Además, hacerlo feliz la hace feliz, así que junta más las piernas como Martín le ha pedido para que la cavidad sea más estrecha y el miembro sienta más roce. Ella también lo siente más intensamente, pero nunca ha llegado al orgasmo con penetración. Necesita que le estimulen el clítoris, pero ella no lo hará. Nunca se ha masturbado ni tiene intención de hacerlo. A no ser que se lo pida Martín.

Ya llega. Lo nota claramente pues ha aumentado la velocidad, resopla más sonoramente y las manos que la aferran de las caderas la aprietan con más fuerza. Está atenta para darse la vuelta cuando él la avise, pues como es habitual no se ha puesto preservativo y querrá correrse entre sus labios. Ha aprendido a ser muy ágil, pues cuando es ella la que lo monta, ambos sentados sobre este mismo aseo, necesita menos de un segundo para separarse, agacharse y alojarla para saciarlo, para no dejar escapar ni una gota de su agradable esencia.

Pero no se lo permite. Quieta, es toda la orden que recibe cuando la desaloja. Gira la cabeza para mirarlo, sorprendida, para ver como su chico acompaña el orgasmo con la mano, dirigiendo su bello músculo hacia sus nalgas, manchándolas, impregnándolas de su ADN.

Martín ha quedado apoyado contra la puerta, resoplando, con el pantalón por los tobillos y la camiseta levantada por encima de la nuca. ¡Qué pecho más hermoso, varonil, qué delicia de abdominales marcadas! contempla embelesada. “Eres la mejor, Sonrisa” la felicita, llenándola de amoroso orgullo, pero de nuevo le impide girarse cuando ella inicia el movimiento pues quiere abrazarlo, besarlo, apresarlo para que no escape de su lado, “déjame verte así, me encantan tus nalgas, son preciosas”.

Paula se exhibe, complacida. A falta de pecho, escaso en su anatomía, celebra que su chico valore un buen culo, así que no se mueve, exhibicionista. Hasta que Martín da un paso adelante, alarga la mano para tomar la nalga izquierda, la no manchada, la sopesa, cariñoso, guiñándole un ojo, recibiendo de la chica su bonita sonrisa como mejor respuesta, para añadir “me encanta tu culo, deberíamos aprovecharlo más”. Ella amplía la sonrisa, pero se le congela cuando nota un dedo de su amado apoyado en su ano, pulsando más que presionando, acerca sus labios a sus oídos, su cuerpo al de ella, tomándola de la cintura con la mano izquierda, para susurrarle “quiero hacerte el amor por el culo”.

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