XAVI ALTA

Verónica. 11

No sabría decir a quién quiere más. Siente amor por su padre, eso no puede negarlo, además de admiración y cierta necesidad, material sobre todo; mientras el amor que profesa por su madre no es admirativo ni material, pues pena es el segundo sentimiento que le viene a la mente cuando piensa en ella. Sólo le faltaba el episodio del baño para acabar de confirmarlo.

Tampoco es capaz de decidirse por una de sus tres amigas, pues el amor que les profesa, superior al que la une a sus progenitores, nunca se lo reconocerá para no herirlos pero es un hecho innegable, es distinto en cada caso.

Sabe que Vanesa la admira, utilizándola de espejo, de ejemplo al que imitar, pero el amor que siente por ella va acompañado de compasión, pues es tan buena persona como aparenta. Transparente como una gota de agua, sería incapaz de hacerle el mal a nadie, por más que lo mereciera.

Yoli también es un trozo de pan, pero no es tan inocente como Vane. Puedes darle un golpe, pero no dejará la mejilla para recibir el segundo. Más bien, se armará para devolvértelo, si no al momento, en cuanto pueda. Además, es divertidísima. Será su vena artística, será su cinismo social, será su gandulería congénita, pero el amor que siente por ella se apellida entrañable, sí, esta es la palabra que lo acompaña.

Paula es otro cantar. Es, sin duda, la más inteligente de las cuatro, que no la más lista pues ese adjetivo lo reserva para sí misma. Es dulce, entregada, abnegada, altruista. Calificativos que a Vero no le dicen nada, aptitudes sobrevaloradas a su modo de ver, pues ella considera el egoísmo como un concepto positivo, pero que permiten a sus amigas saber que siempre, en cualquier circunstancia, podrán contar con ella. Por ello, y porque llevan juntas desde parvulario, no tiene un adjetivo que complemente el amor que siente por ella. Porque la considera su hermana.

Así que tiene que recuperarla. Pero qué difícil se lo está poniendo esta vez. No es la primera vez que discuten o se pelean, recuerda con una sonrisa aquella riña en el patio del colegio, en tercer curso de primaria, cuando acabaron en el suelo tirándose de las trenzas y tratando de arañarse mientras los profesores corrían a separarlas, pero el influjo de su amorío con Martín la tiene desconocida. No solamente está ciegamente enamorada, es que no toca de pies en el suelo.

Siguen juntas, compartiendo cafés y tés, clases y apuntes, pero el tema es tabú y no puede disimular mirarla con recelo a través de las gafas de pasta negra que cubren sus bonitos ojos azules. Si no logra hacer las paces con ella, se dice, al menos estaré allí para recoger los despojos.

Este es el tema más urgente que tiene sobre la mesa, pues aprobar Macroeconomía queda pendiente hasta junio, en los exámenes de repesca, y el baboso que tiene últimamente en casa ya ha entrado en vereda.

Fue fácil. Con los hombres, a menudo, lo más sencillo es lo más efectivo. Anatómicamente no será cierto, pero la experiencia le ha demostrado que no parecen poseer más de dos neuronas, o no saben utilizar más de dos. Así que tomó el camino de en medio, que suele ser el más corto, para pillar a JuanCar con las manos en la masa, mejor dicho, la mano en el mango y el ojo en la ranura, y hacérselo pagar.

Sabiendo que su madre la complacería en cualquier capricho, se le antojó helado de café como postre, el que venden en la heladería italiana de la plaza. El novio de mamá estaba cocinando penne, que nombre más apropiado, a la arrabiata así que, estando ocupado, la chica pidió “ves tú mientras me ducho, porfi” a lo que la abnegada mujer acabó accediendo. Como si hubiera escrito el guión ella misma, no llevaba en el baño ni dos minutos cuando notó la puerta moverse sutilmente. Para no levantar la liebre, había vuelto a adherir el pequeño plástico al marco, así que ésta respondió como la suave mano del hombre esperaba, dejando un resquicio de milímetros.

Vero había comenzado a desnudarse quitándose el pantalón, dando la espalda al mirón, así que se fue girando paulatinamente, admirándose en el espejo, quedando de costado a la puerta. Se recogió el pelo con las dos manos, girando el cuello, haciéndole morritos a su imagen reflejada, levantando el busto, girando la cintura, meciendo las caderas. Cuando se soltó el cabello, tiró de la prenda de algodón que cubría su busto para sacársela por la cabeza. En ropa interior, prosiguió su exhibición, dándole la espalda al espectador primero, para que pudiera admirar sus perfectas nalgas divididas por una ligera tira de algodón, agachándose a continuación para exponer con mayor rotundidad sus poderosas posaderas, para volver a incorporarse despacio antes de desabrocharse el sujetador. Tardó en darse la vuelta, lentamente, hasta que su cuerpo recorrió 180 grados, para que ambos globos, perfectos, miraran directamente hacia la ranura, plenamente conscientes del extraordinario espectáculo que estaba ofreciendo al patético pajillero.

Éste no daba crédito de la suerte que había tenido con los caprichitos de la niñata. Tú catarás helado de café, pero yo estoy aquí saboreándote. Además se acerca a la puerta, bailando, contoneándose. Desde que había descubierto el tesoro, le iba como anillo al dedo recordar la anatomía de la hija cuando se tiraba a la madre, pero esto de hoy es simplemente espectacular. Su excelente memoria estaba telegrafiando cada milímetro de la piel de aquella musa que para más inri se estaba comportando como un auténtico zorrón. Aunque lo había pensado alguna vez, nunca se había atrevido, pero de hoy no pasa, no puedo desaprovechar esta oportunidad. Se abrió la bragueta y liberó el pajarito que había tomado el tamaño de un halcón, agarrándolo con fuerza, acariciándolo, humedeciéndose las manos tanto o más que sus babosos labios. Mírala cómo se mueve, como bailan ese par de tetas, pellizcándose los pezones, pedazo de puta, bufó. Más profundamente cuando éstas se acercaron casi hasta el quicio de la puerta.

¡Menudas tetas! Las tengo a menos de medio metro, si pudiera alargar la mano…

Pero la mano que se estiró para abrir la puerta fue la de Vero. ¿Se puede saber qué miras cerdo asqueroso? JuanCar balbuceó algún sonido tratando de formar aquellas palabras que unidas componen frases tan manidas como no es lo que parece, o no es lo que piensas, o algo así, pero ¿qué parece un tío asomado a una ranura, salivando, con la polla atravesando la bragueta del pantalón y la mano derecha sujetándola?

¿Dónde te crees que vas? preguntó la chica autoritaria cuando el hombre se disponía a huir avergonzado hacia la cocina. No tuvo arrestos para iniciar la carrera. Quedó quieto, aterrado, con los ojos fijos en aquel par de perfectos monumentos, la mano agarrada a la única zona de su cuerpo donde había vida inteligente y la expresión del niño pillado en falta, esperando asustado los azotes que sin duda llegarían.

Pero no fue por allí por dónde murió el pez. “Toma, esto es tuyo”, le tendió el pequeño plástico arrancándolo del marco. Pero aquella chica era algo mucho peor que una puta o un zorrón. Aunque fue incapaz de encontrar el adjetivo que la definiera exactamente, ya en casa, tumbado en su cama, donde otras noches se había masturbado. Esta vez fue incapaz, pues la sentencia de Verónica ardía a fuego en su cabeza.

No le diré nada a mamá, pues es tan patética como tú y te necesita, le haces bien, pero esta semana, el viernes a más tardar, me entregarás una tarjeta de crédito a tu nombre, sin firma, de las de PIN, para poder comprarme la ropa y maquillaje que me apetezca por internet, con un límite de crédito de 500€ mensuales. Tranquilo, puede que algún mes no me lo gaste todo.

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