ALICIA NORMANDA

Desde mi primer día, en el trabajo en la clínica que me había conseguido mi mamá, las cosas se veían fuera de lo normal. María Elena era la secretaria del doctor Giménez. Era enfermera de profesión. Y a pesar de ser peso completo, se movía sin hacer ruido sobre el piso de madera de los pasillos. Lo primero que ella me dijo al verme fue que le parecía esquelética para trabajar ahí. Se le quedó viendo a mis manos y añadió —como si hablara sola—, que seguramente era buena con las armas. Sonreí sin saber qué decir, pensé que sería una broma. Ahora creo que no lo era.

El doctor Ovidio Giménez era un cirujano especializado en reparar tendones y ligamentos. Y a pesar de su renombre, de su Porsche y el piso completo en aquella lujosa torre médica, no atendía futbolistas ni celebridades. Mi madre, burlona, me había advertido de no enamorarme del primer futbolista que se apareciera por ahí; pero la clientela del doctor era todo lo contrario: señoras ricas, del tipo de mi mamá, pero no de clase media, ni de clase media alta. Eran ricas de verdad.

Yo me di cuenta porque estuve sin hacer nada dos días, en lo que compraban una computadora para mí. María Elena me veía con cierto recelo porque no entendía porqué no podía trabajar con cualquier ordenador; y entre más le explicaba que necesitaba algo que soportara softwares de diseño y para edición de video, más extrañeza le causaba. Lo mismo pensaba mi madre, quien siempre creyó que comprarme una Mac para la escuela era un capricho de muchachita babosa.

El tercer día llegó mi equipo, y finalmente me vio hacer más que ver señoras elegantes llegando a la consulta y residentes bonitas deambulando. Descargué completa la suite de Adobe, creé y configuré las cuentas de redes sociales del doctor Giménez. Pero aún así, María Elena me miraba con cierta desconfianza.

Un día, mientras actualizaba las fechas de un keynote que el doctor utilizaría para una conferencia, me llamó la atención una de las residentes, que llevaba unas bragas de algodón estampadas debajo de sus pantalones blancos, escandalosamente ceñidos. María Elena, quien me había visto mirando a la chica, sonriendo se dijo a sí misma, como esperando que la oyera: «Mmmh. La cosa con esta muchachita es que es tortilla». Le aclaré que no, que solamente me había sorprendido que la mayoría de las residentes se pusieran calzones de colores con esos pantalones tan pegados y transparentes.

María Elena, jactanciosa, me explicó gesticulando de manera grotesca con dedos y lengua, que de todas las vaginas que cruzaban la puerta de la clínica, las únicas que no se comía el honorable doctor, eran la suya y las que ella misma se comía.

Me quedé estupefacta. Sólo alcancé a poner en mi escritorio la taza de café para no tirarla, pero tardé una eternidad en reaccionar. Ni siquiera he de haber entendido a la primera lo que quería decirme, así que respondí ofendida y en defensa propia, diciéndole que la mía no se la iba a comer ni el médico, ni nadie más.

—Pues ya veremos quien termina gozando esos dedos mágicos que tienes —Me dijo, yéndose de mi escritorio al suyo, que quedaban enfrente uno del otro; mientras yo escondía mis manos en mi suéter.

Cada día, antes de irse a su trabajo, mi madre se detenía en la puerta y me preguntaba cómo era la vida en la clínica. Y cada día me alejaba más de la realidad al decirle que “lo normal”. Ella asentía y me dejaba desayunando sola, como había desayunado casi desde que tenía memoria. Lo cierto era que había empezado a fijarme que ninguna paciente salía igual que como había entrado. El peinado lo traían distinto, la ropa arrugada y la sonrisa plena; ninguna se iba como había llegado. Las señoras pagaban dinerales por la consulta, por tratamientos futuros; y le dejaban regalitos al doctor y a María Elena, quien los recibía farfullando para sí obscenidades que me dejaban con los ojos de plato nomás de escucharla.

Yo no era virgen del todo, ni mojigata, pero ver el efecto que el doctor causaba en esas mujeres era algo que no dejaba de impresionarme. No era un tipo especial, ni siquiera era joven. No era mal parecido; pero no era alto, ni atlético. Aunque sí tenía algo en la mirada que atraía. Realmente era cirujano, pero quién sabe si operaría de veras a todas aquellas mujeres o fuera sólo una pantalla. Los comentarios que sobresalían del murmullo de señoras en la sala de espera era que sus dedos eran especiales.

Los dedos del doctor eran largos, muy blancos, cuadrados en la punta y se movían con mucha rapidez cuando usaba el celular o la laptop. Quizá por tantas referencias a mi derredor fui pasando de la indiferencia —más bien el asco— que me producía inicialmente, hasta tener formada en mi mente una sólida fantasía de su cabeza entrecana metida entre mis piernas.

Y María Elena, quien disfrutaba provocarme, me pasaba por un lado sonriendo y preguntándose en voz alta si estar cerca del jefe ya me estaría aflojando la moral. Yo no le respondía, la miraba unos segundos y regresaba a las cuentas de Facebook e Instagram del doctor, que ganaban seguidoras como si trabajáramos para Mick Jagger. Luego María Elena volvía a la carga y aseguraba que me iba a terminar pasando como a una secretaria que había estado con el doctor desde el principio, a quien le atribuían haber potenciado las dotes sexuales del jefe.

Yo la ignoraba, porque María Elena era como un viejo cochino que me acosaba y me decía vulgaridades todo el tiempo; pero me fue ganando la curiosidad por la muchacha, ésa que era una leyenda en la clínica. Y finalmente le pedí que me contara la historia sin tantas descripciones. Pero era pedirle demasiado. Lo primero que dijo fue que la chica, cuyo nombre se le iba, se volvía loca cuando estaba cerca del doctor.

Ella andaba en la clínica —que por entonces era un consultorio sencillo— con un trozo de zanahoria envuelta en un condón y metida en su cuerpo. Y el olor de su vulva excitada, impregnada en su ropa, traía al doctor de cabeza detrás de ella, olisqueando en el aire como si fuera un perro. Pero que era tan moscamuerta la secretaria, que pasaron meses de indirectas y cortejos oblicuos hasta que llegaron a algo.

El jefe y su secretaria tuvieron sexo en el consultorio, en la salita de juntas, en la espera, en la cocina, durante semanas, durante meses; sólo embarazándola se habían puesto en paz, y porque ella era casada. Para entonces, la persecución erótica y la pasión de ambos que los habían unido como a dos imanes, atrajo a muchas otras mujeres, una enorme legión de nuevas pacientes dispuestas a operarse de lo que fuera o a simular, incluso, consultas, estudios y cirugías en forma.

—María Elena, no te creo nada, pero nadita.

—Es que eres una mensa que no te enteras de lo que tienes frente a tus ojos. Estas viejas calientes y el doctor Giménez nos bombardean con sus feromonas, testosterona y semen; y nadie se da cuenta de que todos andamos drogados de sexo en el trabajo. Por eso nadie renuncia, por eso todos quieren estar aquí metidos el día completo. Así como tú, que has de traer los calzones escurriendo de fiebre, aunque hagas tus caritas de santurrona.

Me dieron ganas de aventarle el café de mi taza en la cara y exigirle que me dejara en paz, porque estaba harta de su acoso. Estaba hasta la madre de que en ese lugar no hubiera una charla casual que no llevara al sexo. Ya no podía más.

Cada vez me costaba más trabajo fingir la sequedad de mi entrepierna, porque era verdad que el doctor me hacía temblar cada vez que me pasaba por un lado; me excitaba cada vez que me hablaba y me pedía cuentas del tráfico de las redes. Lo intentaba con todas mis fuerzas, pero no podía resistirme aunque él no se acercara a mí con esas intenciones. Él no quería pasarme a su consultorio, tocarme y “hacerse ordeñar” como susurraba María Elena en mi oído para escandalizarme.

Iba a responderle, pero no alcancé a decir nada. María Elena gritó “Pipín”, me quitó la vista de golpe, se puso de pie y corrió hacia el ingreso a taparle el paso a un hombre atlético, peinado y vestido como modelo de revista, quien de inmediato intercambió insultos con ella como si fueran pandilleros.

Pipín era un famoso futbolista sudamericano que había ido a asesinar al jefe porque creía que éste estaba teniendo sexo con su esposa, como seguramente ocurría. Y lo mataría, decía, en cuanto María Elena se quitara de su camino. Ella adoptó una atemorizante posición de combate, mientras él se movía hacia adelante y hacia atrás como haciendo calentamientos. Yo tomé el teléfono para llamar al 911, pero los dos me ordenaron colgar porque nadie quería escándalos. Colgué. Pipín se distrajo y María Elena aprovechó para abalanzarse sobre él, quien resultó un goleador nato y se sacudió la marca con un repentino movimiento de cadera. Entonces corrió al consultorío del jefe, tumbó la puerta de una patada y lo halló dándole por detrás a nuestra agente de seguros.

Pipín sacó un revólver. María Elena lo atacó de nuevo y éste, otra vez se la quitó de encima. Nuestra agente de seguros saltó y se ocultó detrás de la camilla de auscultación, el jefé quiso correr pero se tropezó con su propio pantalón que traía bajado hasta los tobillos y fue a dar de cara contra un bote de basura. Y yo, que había estado paralizada porque todo ocurría en milésimas de segundo, sólo se me ocurrió echármele encima al futbolista con la engrapadora de María Elena. Alcancé a clavarle tres grapas en el antebrazo, violencia suficiente para que gritara, bajara el arma y que María Elena se repusiera y embistiera otra vez, ahora sí tumbándolo al piso. Ahí le di tres o cuatro grapazos más en la espalda, hasta que el jefe me hizo una seña y le entregué la engrapadora.

La erección del doctor se había disipado, pero aún así —tal como decía María Elena— era un verdadero toro. Sin quitar la vista de su intimidante pene, me agaché y recogí el revólver. El jefe se vistió y ayudó a Pipín a incorporarse, quien angustiado temía que yo le hubiera destruido algún ligamento de su brazo; porque decía él, insistentemente, que era un crack gracias a que jugaba con todo su cuerpo. Pero el doctor Giménez, que sabía cómo tratar bien a la gente, le revisó con mucho cuidado cada parte de su extremidad, mientras le contaba lo apenado que estaba de haber sido pillado con su amante.

Nuestra agente de seguros, feliz por el rango obtenido, bajándose la falda a su lugar le pidió un autógrafo al Pipín, quien se lo dio complacido. Al goleador le habrá parecido que semejante buen hombre no sería capaz de tener algo con su esposa; menos aun teniendo ahí a su encantadora amante de nalgas y muslos de leche.

Cuando Pipín su hubo ido, el jefe vino al lugar de María Elena para que le curase la cortada que se había hecho en la cara; y me dio las gracias con una expresión sincera que me hizo sentir cariño por él. María Elena me dio una palmada en la espalda y me dijo que ella siempre supo que yo era buena con las armas; y que el día que yo quisiera podríamos probar si tenía el mismo temple para un cunnilingus. Le agradecí el cumplido con sinceridad.

Me senté en mi lugar, guardé el revólver en mi escritorio y el resto de la tarde lo dediqué a imaginarme siendo nuestra agente de seguros, recibiendo golpecitos con los testículos del jefe en el perineo sin movérseme un pelo de mi cabello planchado, sin arrugárseme la falda de mi traje sastre —pese a tenerla subida hasta la cintura—; y equilibrando los embates del semental, apoyada en un par de zapatos tacón 15 de Christian Louboutin, verdes y monísimos.

A mi mamá le habría parecido más estúpida por haberme enamorado del jefe y no de los futbolistas; o tal vez no, pero nunca fui a contárselo.

Un comentario sobre “El revólver en mi escritorio

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