ANNABEL VÁZQUEZ

—Buenos días, María.

—Buenos dí….

Le sonrío mientras me encamino hacia el perchero y me pongo el delantal rojo. Se ha quedado sin palabras tras verme y no es para menos.

—Tita te he dejado el pedido en la trastienda y…

Iván se queda petrificado ante mí. Me contempla mientras me acerco a la máquina de café.

—¿Qué os pasa esta mañana? —digo sin ocultar mi radiante sonrisa— Parece que hayáis visto un fantasma.

—Un fantasma no, pero sí una tía buena…

María arruga el entrecejo y da una divertida colleja a Iván, este se queja y agacha la cabeza de forma cómica.

—Estás preciosa Ingrid —reconoce María y se acerca para acariciar mi pelo ondulado con dulzura—. No sé qué te has hecho, pero sea lo que sea te sienta divinamente.

Baja la mira, la pasa por mis pechos, mis caderas y luego se ladea para mirarme el culo. Apuesto a que piensa que me he operado de algo, pero lo cierto es que solo me he puesto una camisa más ajustada y he dejado la venda compresora guardada en el armario. En cuanto entra en la cocina para ayudar a su marido, Iván se acerca y se apoya en la barra, detrás de mí. Emite un silbido mientras sus ojos excesivamente abiertos me recorren el cuerpo de arriba abajo. Me molesta su descaro, para qué negarlo.

—Será mejor que dejes de mirarme. No me gusta nada.

—Ah. Lo siento. Pero es que hoy… en fin, ¿Qué coño te has hecho? ¡Pero si hasta tienes tetas! ¡Quién lo diría!

—Mira Iván, —me cuadro frente a él de forma chula. Él no me da miedo, siempre que hablamos tengo la sensación de que lo estoy haciendo con un adolescente de quince años—. Ni se te ocurra hacer ningún tipo de comentario obsceno. Simplemente estoy intentando cambiar mi forma de ver las cosas, así que no me lo pongas más difícil, ¿de acuerdo?

—Está bien, perdona. Pero es que estás increíble. Es como si la oruga hubiese salido del capullo convirtiéndose en una espléndida mariposa.

Le miro sorprendida.

—¿Me acabas de llamar oruga? —Pregunto perpleja.

—Bueno. Técnicamente sí, pero pretendía hacerte un cumplido.

Se me escapa una carcajada. No sé qué tienen los italianos que no hacen más que compararme con animales.

Suena la campanilla de la entrada y ambos nos giramos para ver quién es.

Dos chicas se sientan indecisas en una de nuestras mesas y cogen la carta para ver qué hay.

—Bueno Ingrid, voy a trabajar un poco. Con algo de suerte tendré plan para esta noche, porque contigo no tengo nada qué hacer, ¿no?

Niego con la cabeza sin dejar de reír; Iván no tiene remedio.

—¿Ni siquiera si te dedico una de mis miradas seductoras? —Entrecierra sus ojos azules y los dulcifica en un gesto que le hace vulnerable. Se me escapa una carcajada y me tapo la boca con la mano— Me lo temía. Enseguida vuelvo preciosa, si decides cambiar de idea házmelo saber ¿vale? Tú encabezas mi lista.

—Gracias Iván. Ese sí ha sido un buen cumplido –bromeo.

Me guiña un ojo y se aleja en dirección a la mesa de las dos chicas.

 

Para mí es todo un reto servir cafés vestida así. No es que lleve puesto nada especial, pero percibo la mirada de la gente. Los clientes habituales son los que más me observan, se han dado cuenta enseguida de mi visible cambio.

Una vez están todos atendidos, dedico mi tiempo a esa enorme barra de mármol blanco. Hay algunas manchas que no salen, así que me entretengo en frotarlas reiteradamente con productos especiales.

No me doy cuenta cuando entra un niño y se dirige a mí con paso lento y confuso.

—¡Hola! —Le saludo sonriéndole.

—Hola. ¿Eres Ingrid?

Asiento. Él extiende su mano en mi dirección y me entrega un sobre. Luego sale corriendo sin darme tiempo a hacer preguntas o a agradecérselo.

Abro el sobre con cautela y retiro la carta que hay en su interior.

 

Te espero en las faldas del monte Vesubio.

                                                                                                              M.L.

 

Justo debajo de la nota hay un mapa desplegable y sobre este un camino marcado en rotulador rojo desde el restaurante hasta la ubicación exacta a la que quiere que acuda.  

Mis ojos releen la nota una y otra vez. No sé qué hacer. Dejar mi puesto de trabajo… Pero ardo en deseos de ver a Marcello. De hecho ya no pienso en otra cosa. Así que con paso vacilante me acerco a María, que permanece sentada en la cocina leyendo la prensa y le explico que tengo que ausentarme.

Ella no me lo impide, al contrario. Me sonríe y me acompaña hasta la puerta quedándose al frente del servicio.

Me abrocho la chaqueta, cojo la moto e intento seguir el camino trazado que hay en el mapa. Creo que lo estoy haciendo bastante bien, está tan claro y detallado que incluso me molesta.

Estoy cerca del punto marcado con una “X”, veo el mar a mi espalda y un extenso sendero montañoso frente a mí. Aparco la moto y continúo a pie.

Poco después, encuentro un árbol en el que han anudado una cinta roja. Miro el plano y sí, he llegado bien, es la misma cinta que Marcello ha dibujado en el árbol que ahora hay frente a mí.

—Veo que no te has perdido.

Su voz aparece de la nada y doy un respingo.

—Me has asustado… —digo intentando respirar con normalidad.

—Lo siento —sonríe y se acerca un poco más.

—¿Por qué nos vemos aquí? —Pregunto confundida.

—Ayer estuve pensando en todo lo que hablamos. Me consta que ambos queremos seguir viéndonos, así que la única forma que encontré para hacerlo sin comprometer a nadie es esta.

—A escondidas —aclaro y pretendo no parecer decepcionada, aunque creo que no lo consigo.

Él se encoge de hombros mientras me contempla con tristeza.

—Siempre puedes irte si quieres, no te obligo a que te quedes.

Suavizo el gesto y suspiro.

—No. Quiero verte.

Sonríe.

—Ven conmigo —me anima señalándome el camino— ¿Sabes qué es eso de ahí?

—Un volcán.

—Sí, es el Vesubio. Muchos todavía recuerdan la erupción del 24 de agosto del 79. Se desató de tal forma que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano. La gente no pudo escapar a tiempo, vieron el humo que desprendía el volcán pero pensaron que no era más que un escape, como ya había pasado años anteriores, por lo que les pilló de pleno. Por si no lo sabes, aún hoy el Vesubio es considerado uno de los volcanes más peligrosos del mundo, principalmente porque a sus alrededores viven unos tres millones de personas.

—Vaya… ¿Puede haber una erupción en cualquier momento?

—Sí.

—¿Y eso no os da miedo?

Marcello se encoje de hombros.

—Hoy en día no es como antaño. Hay gente que trabaja estudiando su actividad, al más leve cambio, nos desalojarían antes de que ocurriera una catástrofe.

—Entiendo… ¿en Pompeya es donde se pueden ver esos cuerpos carbonizados de las personas que no pudieron huir, verdad?

—Así es. Algunos son realmente conmovedores: madres protegiendo a sus hijos, cuerpos encogidos, cubriéndose la cabeza… Algún día te llevaré a verlos, forma parte de la historia de nuestro país.

Asiento poco convencida, no estoy segura de querer ver algo así. Pero Marcello tiene tantas cosas que enseñarme… además, parece que se divierte ideando planes para hacer los dos juntos.

—¿Sabes? Ahora mismo estamos sobre lugar sagrado.

—¿Por qué? —Pregunto con interés.

—Los griegos y los romanos consideraban este lugar sagrado y lo dedicaron al héroe y semidiós Hércules. Por eso hay una ciudad que se llama Herculano.

Caminamos sin rumbo fijo durante un buen rato. Me explica apasionantes historias mitológicas acerca de Heracles, relaciones entre dioses y mortales y me encanta como a todo le pone cierto tono intrigante. Es como si él también creyera en esos mitos creados hace tantísimos años. Recuerdo algunos de ellos, pero nadie hasta la fecha ha puesto la misma pasión en los relatos que Marcello, que no únicamente sabe cada palabra de memoria, sino que además, inconscientemente hace que te emociones, despertando la curiosidad por querer saber más.

Me atrevo a aventurar que esas historias son los cuentos de cuna que las madres les cuentan a sus hijos aquí. Me imagino a Monic sentada en una mecedora explicando a su hijo esas historias enrevesadas, repletas de aventuras y emociones.

 

—…Y por eso el mito de Eros y Psique se representa con un ángel que da cabida a una frágil mortal en sus brazos y juntos ascienden hacia el Olimpo.

—Vaya… Pero no acabo de entender por qué Eros no quería que Psique le viera el rostro. Al fin y al cabo llegaron a casarse. Podían seguir viviendo escondidos de Afrodita aunque Psique conociera realmente la identidad de su marido.

—No hubieran podido ser felices. Al final el orgullo de Psique le haría hablar, alardear de su conquista frente a su familia y la madre de Eros acabaría enterándose.

—Sigo pensando que no tenía por qué ocultarse. Podían haber llegado a un acuerdo y él dejarse ver con naturalidad frente a la mujer que supuestamente amaba. No era justo para Psique no conocer la identidad del hombre con el que pasaba cada noche.

—Es interesante esa conclusión —confirma acariciando su mentón y sonriendo de medio lado.

—¿Interesante por qué?

—En cierto sentido tú me recuerdas un poco a Eros.

—¿Yo?

—Sí. Eres hermosa, sin embargo te empeñas en ocultarte. Eso sin mencionar el hecho de que no dejas que nadie pueda tocarte. Ahora que pienso… creo que tampoco es justo para mí, tú lo has hecho conmigo, sin embargo, yo no puedo. Es algo frustrante ¿no crees?

Mis ojos desorbitados le contemplan con atención. Me pregunto si este mito lo ha escogido adrede para luego hacer semejante conjetura, o si ha surgido de forma casual. No, no creo que haya sido premeditado, todo ha acontecido de forma tan natural… además, he sido yo quién he insistido para que me explique ciertos aspectos de su historia que no encajan.

—Lo mío es diferente —respondo al fin—. No tiene nada que ver.

—Bueno, eso no lo sé. Nunca me lo has explicado.

—¿Y qué quieres que te diga? ¡Dime! Ya lo sabes todo, ¿no es así?

la rabia me sacude el pecho con violencia. Tengo ganas de chillar, de irme de ahí y regresar a casa.

—No te lo tomes así, solo ha sido una pregunta.

—Para mí no es fácil, ¿sabes? Todo aquello fue horrible, fue… —Cojo aire, las fuerzas ceden y siento que estoy a punto de derrumbarme— no puedo hablar de aquello.

—Lo comprendo.

Mis rodillas flaquean. Así que me siento en el duro suelo con las piernas cruzadas. Marcello no tarda en acompañarme. Miramos al Vesubio, que permanece adormecido frente a nuestra impasible mirada. Sin embargo por dentro encierra un caldero en ebullición; así me siento yo.

—Después de aquello… pasaron años —empiezo con la mirada absorta. La vergüenza me impide mirarle directamente a la cara mientras procedo con la explicación—. La única persona con la que intenté iniciar una relación fue Lucas. Con él me lo propuse de verdad. Me tragué mis inseguridades y me empleé a fondo en interpretar un papel. Alguna vez dejé que me tocara, pero una simple caricia, un roce, me ponía en tensión. A veces corría al baño para vomitar. Aguantamos así un par de meses. Él hacía pocas preguntas, eso me gustaba. Pero todo ese esfuerzo, esos pequeños pasos hacia delante al final quedaron en nada. Lo cierto es que no le culpo. Entiendo que me fuera infiel y se fuera a la menor oportunidad, en vistas de que yo no podía ofrecerle nada mejor. Lucas fue la persona encargada de darme a entender que jamás podría ser normal, algo dentro de mí estaba roto y no tenía solución. Ahora simplemente lo asumo e intento rehacer mi vida como puedo.

—¿No ha habido alguien antes de Lucas?

—No —agacho la cabeza.

—¿Por qué no has buscado ayuda en la medicina o la psicología?

—¿Crees que no lo he hecho? —río sin ganas— Ninguno ha conseguido hacerme superar esto. Solo me han ofrecido un diagnóstico: afefobia.

—¿Afefobia? Jamás lo había oído.

—No es muy común. Significa que tengo miedo a tocar y ser tocada.

Empiezo a jugar con unas piedrecitas volcánicas que hay en el suelo. No me he desmoronado, he podido hablar abiertamente de mi problema y no me ha pasado nada.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros.

—Ha habido un antes y un después en mi vida. Tengo recuerdos de haber vivido con él y de todo lo que me hizo, pero también hay lagunas. Es como si mi cerebro hubiese eliminado ciertas escenas para protegerme.

—Nunca he oído hablar de tu problema pero creo que tiene solución. No siempre tienes miedo, he observado que cuando te relajas lo suficiente te resulta más fácil hacer gestos espontáneos, incluso recibirlos si sabes exactamente lo que la otra persona va a hacer en todo momento. Creo que se trata de un trabajo de anticipación —suspiro. Le miro y me encuentro con esos ojos suyos, claros y extraños, que me contemplan con intensidad desde una distancia prudencial— ¿Podemos hacer un experimento?

—No, no… —tartamudeo— no creo que sea buena idea…

—Solo vamos a hacer una pequeña prueba. Mira. —Extiende la mano abierta frente a mí, mis ojos están desorbitados a sabiendas de lo que pretende hacer— Voy a acariciarte el dorso de la mano. No voy a cogerte. ¿De acuerdo?

Espera una reacción por mi parte, pero estoy tensa. No puedo evitarlo. Cojo una gran bocanada de aire y la suelto bruscamente.

Marcello se acerca, lo hace muy despacio para que pueda hacerme a la idea. Desciende su mano izquierda y coloca los dedos sobre el dorso de mi mano. Mi sangre se congela. Estoy rígida mientras refreno el primer instinto que me ocasiona su contacto, que es el de apartar la mano bruscamente. En cuanto me he aclimatado a sentir su invasión, desliza los dedos y me acaricia. El vello se pone de punta. Es extraño. Permanezco inmóvil un rato más, sintiéndole.

—Voy a ascender un dedo por tu brazo —anuncia y yo asiento. Esa zona está cubierta por las gruesas mangas de mi chaqueta.

Percibo su recorrido haciéndome cosquillas bajo la tela de mi chaqueta, pero no resulta tan duro como antes. En cuanto llega al hombro se detiene.

—Voy a pasar este mismo dedo por tu cuello, iré muy despacio.

Le miro atemorizada. Se acerca a zona peligrosa, pero no se lo digo, solo espero…

Siento el roce cálido de su dedo sobre mi piel.

«Puedo con esto. Yo puedo… aprieto los ojos y me muerdo el labio. Trabajo desde dentro para restar importancia a su contacto».

En cuanto se detiene en los pliegues de mi cicatriz mal curada, emito un frágil chillido y me aparto; ya no lo soporto más.

—No… —mis ojos se llenan de lágrimas mientras me cubro la herida con la mano.

—Perdóname.

Su disculpa me tranquiliza.

—Me cuesta… —admito al tiempo que respiro hondo— Pero no ha sido tan terrible.

—¿No? —Pregunta repentinamente esperanzado.

—No.

—Ahora hazlo tú.

Mis ojos desesperados le buscan de nuevo.

—¿Cómo dices?

—Tócame.

Marcello se tiende sobre el manto de tierra y hierba cerrando los ojos para no mirarme. Seguramente piensa que así me resultará más fácil. Y es cierto.

Me arrodillo a su lado y lo observo detenidamente desde las alturas. Parece estar dormido. Su rostro es dulce y tranquilo, me trasmite mucha serenidad. Alzo una mano y la coloco envolviendo su mejilla. No sé por qué me he decantado por esa parte de su cuerpo, tal vez sea porque su rostro siempre ha llamado mi atención. Al ver que no ha abierto los ojos, asciendo levemente hasta tocar con los dedos el lóbulo de su oreja.

Deslizo los dedos tras su nuca hasta alcanzar el pelo. Su tacto es suave y sedoso. Enrosco los dedos intentando hacer un bucle. Un leve movimiento de sus manos me hace detenerme en seco, aunque no me retiro. Marcello está remangado y percibo el vello erizado de sus brazos. Sin duda, mis caricias tienen una reacción en él. Devuelvo la mirada a su rostro tranquilo y muevo la mano en dirección a su barbilla. No es tan suave como todo lo demás, palpo algo de barba incipiente, pese a que seguramente se ha afeitado esta mañana.

Entonces siento la fuerte necesidad de desvelar ese misterio. Me inclino levemente e intento aspirar su aroma, buscar algún rastro de olor a gel o after shave.

Su piel huele bien. La frescura de su colonia invade mis fosas nasales y queda grabada para siempre en mi cerebro, constato que Marcello tiene el mejor aroma del mundo.

—Uuuuaaauuuu….

Me separo rápidamente y le observo con los ojos desorbitados. La vergüenza vuelve a atacarme haciendo que mi piel arda. El calor se extiende por todo mi rostro sin poder refrenarlo.

—Ha sido increíble. No creía que pudieras llegar tan lejos. He tenido que despertarte o de lo contrario hubiese ocurrido algo que los dos hubiésemos lamentado.

Le miro sin entender. Él se vuelve a sentar mientras se sacude la arena del cabello.

—Te hubiera besado, Ingrid —confirma con media sonrisa socarrona, despejando así todas mis dudas. Yo me pongo aún más roja—. Y no queremos que eso ocurra, ¿no? —Me pregunta sin dejar de mirarme.

Me apresuro a negar con la cabeza.

—Bien. Aclarado esto, deberíamos irnos. Pronto empezará a anochecer.

Nos ponemos en pie y juntos deshacemos el camino andado. Él ha vuelto a la mitología, pero esta vez no le escucho, me limito a asentir de vez en cuando mientras no dejo de observar sus labios. Hacen muecas, sonríen y hablan sin parar, me hipnotiza su movimiento y no puedo dejar de pensar cómo sería sentir uno de sus besos, percibir toda esa suavidad sobre los míos. Un estremecimiento me recorre todo el cuerpo en forma de corriente eléctrica. Trago saliva y desvío la mirada súbitamente.

«Es inútil pensar eso, Ingrid. De sobras sabes que no podrás acercarte nunca tanto como para darle un beso. Pero ser consciente de ello no impide que mentalmente rompa esas cuerdas que me atan y desate mi imaginación. Nunca me había pasado esto. Pero sea lo que sea lo que me está haciendo Marcello, me hace sentir de maravilla».

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