XAVI ALTA

Paula. 10

Había pospuesto la charla tanto como había podido pero no le quedó otra que coger el toro por los cuernos, nunca mejor dicho, pues José criaba animales y, si oficialmente no habían roto la relación, ella se los estaba poniendo del tamaño de un Miura. Pero la oficialidad o no del hecho no convertía en menos real algo que ambos sabían perfectamente. Su relación de pareja había acabado.

Paula pasó muy mal rato. Porque no es agradable cortar con tu pareja. Porque es duro dañar a una buena persona. Porque José no lo merecía. Porque le quería. Quería mucho a aquel chico grandote, de manos curtidas pero amables, de labios gruesos pero sensibles, de buen corazón y mejor carácter.

Pero si la distancia y las dudas respecto a compartir su vida con él ya habían minado la relación, compararlo con Martín era insultantemente humillante. Pertenecían a planetas distintos, habitaban vidas opuestas, ofrecían sensaciones antagónicas.

Su novio, el actual, el Príncipe de los mares, no sabía nada de la existencia de José, de su otra vida en Unquera, de su adolescencia, de su niñez. Ni siquiera de sus padres o hermanas. Martín no le había preguntado, algo que ella había agradecido pues el contraste socio-económico era muy marcado. Tampoco ella sabía gran cosa de los padres del chico, más allá de haber adivinado que se dedicaban a la construcción o al mundo inmobiliario pues él nombró de pasada que la inmensidad de casa en que vivía les había salido a precio de ganga por formar parte de un proyecto urbanístico de gran enjundia. A lo mejor con ese precio de ganga podían comprarse tres o cuatro pisos como el de sus padres.

Superado un escollo, su libertad marital, se centró en fortalecer su relación con Martín. Ya nada les impedía ser una pareja oficial, clamarlo a los cuatro vientos, aunque el joven prefería mantenerlo en un relativo secreto pues los estudios de ambos son muy importantes y no quiero que nos desviemos. “En verano, aprobado el curso, podremos dedicarnos el uno al otro con total intensidad” le había prometido aquella tarde de jueves en que había vuelto al palacio después de tres semanas sin pisarlo.

Fantaseó con un verano de playas azules y arenas sedosas, en calas paradisíacas, corriendo por la orilla de la mano de Martín, sonrientes, cálidos, felices, haciendo el amor en cualquier rincón de la costa, en improvisados catres, apasionadamente.

Pero había un segundo tema que debía solventar pues lo había estado toreando con cierta astucia pero últimamente parecía que se enquistaba. Germán.

Que el hombre fuera inofensivo no evitaba que se hubiera convertido en incómodo, desagradable. El sábado anterior, la había agobiado en el trabajo más de lo normal, educadamente, tratando de hacerse el buen compañero, no me veas como a un jefe, pero por más seca y distante que ella fuera, no lograba hacerle entender que no tenía ninguna posibilidad y que no estaba interesada ni lo estaría nunca en escuchar sus cantos de sirena.

Pero el domingo sonaron las alarmas. Salía de casa sola, a media tarde, para regalarse sus horas de asueto cinematográfico, cuando lo vio a lo lejos asomado a su calle. No podía ser casualidad. Menos, cuando confirmó que la seguía a cierta distancia. La incomodidad inicial se tornó en temor hasta que confirmó que el hombre solamente trataba de saber a qué cine se dirigía para coincidir con ella “casualmente”. Entró en el complejo, de una sola sala para facilitar la elección del acosador, la estrategia a ella, se escondió en el baño sin haber comprado entrada, dejó pasar más de media hora para asegurarse que la película hubiera empezado y, atenta a no encontrarlo en el hall, huyó veloz hacia los multicines del centro comercial. No iba a permitir que el pesado de Germán le estropeara los planes.

Solucionado el tema con José, decidió finiquitar también el asunto Germán. Mañana viernes, a mediodía, iré al súper y presentaré mi renuncia, para no tener que ir a trabajar el sábado. Así mataría dos pájaros de un tiro. Se sacaría de encima a un incordio. Y tendría más tiempo para pasar con su Adonis, pues algún sábado él le había propuesto quedar, los domingos me es imposible, le había confiado, pero sus obligaciones laborales lo impedían.

Sonrió satisfecha, imitando la sonrisa con que la vida la acompañaba.

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