XAVI ALTA

Verónica. 10

Siendo una chica ordenada, tampoco podía considerarse a Verónica como una enferma de la organización o de la heterodoxia. Pero tenía hábitos muy interiorizados que no solía saltarse, o que evitaba hacerlo.

El reloj de pulsera, por ejemplo, el Tag Heuer Aquaracer con esfera de diamantes que papá le había regalado, vistiendo la muñeca derecha, a pesar de no ser zurda, como elemento de distinción. Cada noche, además, al acostarse, lo extendía sobre la mesita derecha para que también descansara.

Su ropa interior, distribuida en el segundo y tercer cajón de la cómoda lateral, bragas, tangas y cullottes en el más alto, sostenes en el más bajo, invertidos según su uso diario, lógicamente dispuestos a su modo de ver pues ella comenzaba a vestirse por la cintura. En el primero, todo el maquillaje. En el cuarto, calcetines y medias, a la altura de los pies.

Pero si había un hábito al que Verónica Bigas no renunciaba ni aunque estuviera de safari en Zimbabwe era a su ducha diaria, antes de cenar, tomándose su tiempo en asearse a conciencia, acariciándose con cremas epidérmicas, relajándose después de otra jornada fatigadora.

Mamá lo sabía, así que bastaba que la avisara de que entraba en el baño para que no la molestara hasta que hubiera salido, veinte o treinta minutos después. Envuelta en su albornoz inmaculado se adentraba en su habitación donde se cepillaba el cabello, se embutía en el bonito pijama de aquel día, nunca repetía, y se sentaba en la mesa esperando que su madre le sirviera la cena.

Por segundo día aquella semana, la puerta del baño había quedado mal cerrada. Dos mujeres solas compartiendo piso, más aún tratándose de madre e hija, relajaban hábitos que ante hermanos de sexo masculino o con papá sí hubieran sido necesarios, como instalar un pestillo en el lavabo. Pero Vero era muy celosa de su intimidad, de su espacio, así que solía asegurarse de cerrar la puerta, también en su habitación, pues prefería no ser molestada por su madre.

Le diría que llamara a un carpintero, o cerrajero, o lampista, o… el que fuera que arreglara puertas interiores, pues obviamente ella no pensaba hacerlo, pero sí disfrutarlo cuando estuviera arreglado.

Cepillada y vestida lista para cenar, se acercó a la cocina donde mamá debía tener a punto el suave ágape nocturno. La sorprendió no encontrarla sola. JuanCar se había dejado caer de nuevo, la informó risueña, feliz de tener a un hombre en casa, a su lado, en mangas de camisa, ayudándola a freír las verduras en el wok.

Vero se sentó en su sitio, hastiada de tonto amor y felicidad, mientras el hombre la saludaba con aquella simpatía tan exagerada que se gastaba ante madre e hija. “Esto está casi a punto” exclamó complacido sin revelar el ingrediente secreto que había añadido para darle aquel toque especial que estoy convencido que os va a encantar.

Con horror la chica contempló los tres cubiertos servidos en la mesa, señal inequívoca que se quedaba a cenar de nuevo, así que tomó el Iphone 5S dorado que papá le había regalado y se refugió en él.

Acabada la cena, se despidió de los tortolitos para encerrarse en su mundo y no tener que soportar más las efusivas muestras de cariño de la patética pareja. Prefería ver a su madre contenta, obviamente, rejuvenecida, incluso, pero le disgustaba tener que soportarlos.

Al rato los oyó, cuchicheando, riendo por lo bajo, infantilmente. ¿Quién es la adolescente de la casa? se preguntó. Espero que no les dé por follar conmigo en el piso, pensó, pero el violento estruendo de la puerta al cerrarse le confirmó que solamente se habían estado despidiendo en el recibidor. Silbando, mamá cruzó el pasillo, buenas noches cariño, para adentrarse también en su cuarto.

Una hora más tarde, Vero pasó al baño para lavarse los dientes y orinar pues necesitaba acostarse. Pero sus ojos se abrieron como platos. Una especie de papelito oscuro, marrón madera, cayó bailando, flotando, hasta el suelo. Se agachó, tomándolo con dos dedos. No era papel. Parecía algún compuesto de plástico muy fino, liviano, pero resistente con un lado adhesivo. Miró el marco de la puerta, ¿de dónde ha caído? El descubrimiento la encendió como hacía tiempo que no hervía. Ni siquiera el puto Ayala la había cabreado tanto.

El patético aburrido meapilas novio de mamá había adherido un pequeño plástico al marco de la puerta para que ésta no cerrara bien. Cabronazo. Sólo había una razón para haberlo hecho. Espiarla cuando se duchaba.

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