TANATOS12

Capítulo 34

Me quedé sorprendido, impactado, y también comencé a sentir una creciente excitación.

Sorprendido, pues no me esperaba aquello en absoluto. Era cierto que llevábamos esas dos semanas sin tener sexo, pero no había previsto ni intuido su excitación durante aquel tiempo. Además, Edu, otra vez. Un mes atrás, en el aeropuerto, me decía que no quería volver a hablar de él nunca más. Y hacía dos meses nos calentábamos como locos recordando lo de la boda. Era como si cada cuatro semanas cambiara de opinión. No entendía anda. Si yo llevaba casi un año hecho un lío por todo aquello, parecía claro que aun más liada estaba ella.

María se giraba, hacia la cómoda, algo avergonzada. Yo, como decía, impactado. Impactado por ver su rostro, su mirada, tan caliente y tan morbosa, su lenguaje gestual tan femenino como encendido. Impactado por aquella ropa, que me teletransportaba otra vez a aquella noche, o casi mañana. El perfume, otra vez se lo había echado… la importancia de aquel olor…

Me acerqué y observé como tampoco había obviado el detalle de no llevar sujetador bajo la camisa, como en la habitación de Edu. Hice porque se girara un poco, para besarla, y conseguí un beso extraño, parecía más deseado por mí que por ella. Empezado por mí y finiquitado por María, antes de que pudiera tocar su lengua con la mía.

—Venga… ponte eso… —susurró.

Obedecí. Comencé a desnudarme. Nos dábamos la espalda. Y no pude evitar pensar si aquello de hacerlo pensando en Edu respondía simplemente a llevar dos semanas sin hacerlo y en no querer hacerlo pensando en Álvaro, pues, palabras textuales, le daba asco, o había algo más. Me preguntaba si habría algo más en aquellos mensajes que recibía, en aquellas mañanas en el juzgado, en aquellas reuniones en las que él era su jefe…

Me ajustaba el arnés y me preguntaba cómo de cachonda tenía que estar María para querer hacerlo pensando en Edu, pues estaba convencido de que aquello era una claudicación, pues odiaba reconocer que le atraía. Había reconocido que le jodía, que le humillaba haber sucumbido a él; le parecía humillante que se la hubiera follado, me lo había reconocido, y allí estaba, vestida como aquella vez, ansiando que la penetrase con aquella polla enorme, dispuesta a gritar su nombre. No tenía que ser fácil para ella pedirme aquello, esta vez sin la excusa de tener que contarme lo sucedido en su habitación mientras yo estaba con Paula. No tenía que ser fácil reconocérmelo y mucho menos reconocérselo a ella misma.

Me giré hacia María y lo que vi me dejó boquiabierto. Tanto que no quise anunciarle que ya estaba listo. Decidí fingir que tardaba más de lo debido en ajustarme el arnés, quedándome en silencio, viendo lo que hacía.

María se había quitado la falda, que estaba ahora en sus tobillos. No entendía para que se la había puesto si se la había quitado tan rápido, quizás para ubicarse, para recordar, desde luego no por mí. Y es que nada de lo que estaba pasando en nuestra habitación era ni por mí ni para mí. Pero aquello no era lo que me tenía impactado, inmóvil, estupefacto… Y es que, además, no había bragas por ninguna parte, el culo desnudo de María aparecía ante mí, tapado casi completamente por la parte baja de la camisa de seda blanca, pero se sabía que no había bragas; tampoco las vi enredadas sobre la falda, en el suelo, quizás nunca las había habido. Pero eso tampoco era lo que me estaba matando. Y es que cuando me había acercado para besarla no había reparado en que, seguramente, sobre la cómoda, había estado todo el tiempo nuestra primera polla de plástico, nuestro primer consolador. Aquel consolador tampoco estaba ahora allí, tranquilamente posado, si no que estaba en las manos de María, que, dándome la espalda, olvidándome, se metía aquello con las dos manos, en su coño… Era insoportablemente brutal, era asfixiante… verla con las rodillas flexionadas… metiéndose aquello, aquella polla enorme color carne, agarrada caóticamente por sus finas manos, como si yo no existiera… En sandalias, sus piernas flexionadas parecían más esbeltas, fuertes y fibrosas… y su coño ávido y hambriento después de tantos días, acogía aquella polla de goma con una facilidad pasmosa… Yo no podía ni respirar.

Tan bloqueado me quedé que María acabó por voltear la cabeza. Y mirarme. Me clavó la mirada sin dejar de taladrarse el coño lentamente con aquello. Yo no sabía si buscaba placer, buscaba abrir camino, o las dos cosas. Me miraba con ojos llorosos y yo no entendía aquella activación tan brutal y casi instantánea. Diez minutos atrás entraba en casa como si tal cosa y ahora se metía una polla enorme, hasta más de la mitad de sus dieciocho o diecinueve centímetros, con la mirada ida…

¿Estaría recordando? ¿Estaría imaginando? La tercera pregunta la hice en voz alta:

—¿Tanto te pone.. Edu?

María respondió con un ·”shhh” como si aquello le molestase y, tras dejar su coño huérfano, dijo:

—Venga… méteme eso.

Yo aun no daba crédito a lo que veía, no daba crédito a su mirada extasiada de deseo y no daba crédito a lo que acababa de ver, a cómo al sacar el consolador de su coño había avistado por un instante aquella oquedad tremenda, salvaje, animal.

Di un par de pasos hacia ella, los necesarios para entrar en su radio de acción, y ella misma echó su mano hacia atrás para agarrar aquella polla atada a mí, un poco más larga y sobre todo gruesa, que reemplazaría a la que, empapada hasta la mitad, yacía sobre la cómoda.

Llevé mis manos a su cadera… y dejé que fuera ella la que buscase la entrada de su cuerpo con aquello. Durante unos segundos… parecía que le costaba un poco… y mi polla, mi polla verdadera, encajonada en aquel cilindro, no podía soportar otra vez más aquel castigo.

—Vamos… ayúdame un poco… —resopló ella, desesperada, incapaz… y llevó las manos adelante, viniéndome a decir que lo intentara yo. Se apoyó contra el mueble y yo utilicé entones una mano para dirigirla bien. También me costaba un poco. Le pedí que flexionara más las piernas. Obedeció. Utilicé entonces mi otra mano para separar sus labios… que sentí tiernos… y muy muy calientes… y entonces sí conseguí dirigir la punta a la entrada de un coño que se había empapado a velocidad de vértigo… y que acogía aquella polla, la punta, que era la parte más ancha, con una facilidad que me dejaba el corazón al borde del colapso. Cuando María sintió aquella punta no dejó que fuera yo quien moviera la cadera hacia adelante, o al menos no tuvo paciencia como para esperar eso… si no que ella misma se echó hacia atrás, perforándose… yo notaba como, centímetro a centímetro, ella, con las rodillas flexionadas y los tacones de las sandalias anclados al suelo, se echaba hacia atrás, absorbiendo aquella goma de manera brutal… Su gemido fue uno, entero y prolongado… un “aahhhhhmmm” que fue de menos a más, hasta el final, como si llevara días planeando y ansiando aquello, como si llevara días diciéndose a sí misma que cuando se metiera aquella polla se la metería de una sola vez.

Yo estaba tan impactado que le susurré:

—Pero qué te pasa…

María echó la cabeza a un lado, su melena a un lado de su cuello, los ojos cerrados… solo dijo:

—Dame…

Llevé mis manos a sus nalgas para abrir su coño un poco más. Sus labios parecía que querían escapar… salirse de su coño e irse con la polla color carne. Era increíble. Y saqué aquel cilindro casi por completo de su cuerpo… y moví la cadera de nuevo hacia adelante, para penetrarla hasta el fondo…

—Uuuufff, cabrón… —salió de su boca, durando aquella frase todo lo que duró la profunda penetración.

Al habérsela metido por completo la empujé un poco y tuvo que dar dos pasitos cortos, hacia adelante.

Comencé a follarla. Lentamente. No nos decíamos nada. Yo suponía que ella imaginaba que Edu era quién la follaba, pero no le preguntaba nada. Quería que fuera ella la que se lanzase, la que me confesase qué estaba pasando allí, a qué venía todo aquello.

María aprovechaba que mis movimientos eran relativamente suaves para sujetarse al mueble con una mano y usar la otra para desabrochar los botones de su camisa, que ganaba en sudor y ya se pegaba a su espalda… Una vez se la desabrochó por completo, no llevó la mano de nuevo a la cómoda para sujetarse, si no que fue a uno de sus pechos para acariciarse. Me encantaba penetrarla así, lentamente, sujetándola por la cadera, mientras ella jadeaba y se acariciaba aquella teta enorme que de ninguna de las maneras podía contener con su delicada mano.

Recogí un poco su camisa por un costado, para ver su maniobra, para ver aquella caricia y vi como sobaba aquella teta, y, al hacerlo, la pegaba un poco hacia su cuerpo, hacia su torso, de tal manera que la otra teta parecía caer mucho más enorme, al no estar contenida por su mano.

Estaba hipnotizado por aquella imagen, por aquellas caricias y por aquella otra teta especialmente colgante, cuando escuché de sus labios un impactante y sorprendente: “¡Ummm…! ¡Ahh…! ¡Vamos! ¡Edu! ¡cabrón! ¡dame más fuerte!”. Escuché aquello y creí morir del morbo. Tanto que mi polla parecía casi querer eyacular allí dentro.

No sabía por qué, quizás porque desconfiaba de que había pasado algo y no me lo había dicho, porque sospechaba de que algo me estaba ocultando… el caso es que no quise obedecer… y me quise salir de su juego diciendo algo que seguramente le jodería. Aceleré un poco el ritmo. Acaricié sus nalgas y le di un pequeño azote en el culo. Tras ese “clap” ella protestó por fuera pero lo agradeció por dentro. Incliné mi torso más hacia adelante, para que me escuchara bien, y le susurré en su nuca:

—¿Edu? Edu se está follando a Begoña ahora…

María no reaccionó. Siguió gimiendo y jadeando al ritmo de mis embestidas. Como si no hubiera escuchado nada. Yo insistí:

—La está matando a polvos…

Ella seguía con sus “¡ahhh!” “¡ahhhhmmm!” “¡damee!” “¡dame…! ¡joder!”, fingiendo que aquello no le dolía, y mi vena sádica y también masoquista, continuó:

—Begoña está recibiendo polla de Edu… polla de verdad… no esta mierda de goma…

La respuesta de María fue un “Ummm… cabrón, joder…” extraño. Reconocía entonces que aquello le jodía, pero no llegaba a enfadarse. Aceleré el ritmo y ella comenzó a cambiar los jadeos y gemidos por casi gritos y aquella mano que acariciaba su teta tuvo que dedicarse, más que a acariciar, a sujetar sus tetas, a evitar que rebotasen entre sí por el movimiento, por aquella follada que se hacía frenética.

Yo no iba a parar:

—La tiene a cuatro patas… con sus huevos enormes golpeándola —le susurraba. Ya con mi pecho en su espalda. Volcado sobre ella.

No me reconocía, pero seguía:

—¿¡Te jode, eh!? ¿¡O te da envidia!? —preguntaba… excitadísimo… esperando su respuesta afirmativa, pero ella solo sentía aquella polla enorme partirla en dos y gemía y gritaba aquellos “¡ahhh!” “¡ahhh!” cada vez gritados con más desvergüenza y desesperación. Cuando, de repente, de su boca salió un inesperado “¡Más fuerte, idiota!” que yo supe que no era para Edu, sino para mí, y yo, algo encolerizado, la agarré del pelo y aceleré el ritmo, ya brutalmente, a todo lo que era capaz. Con una mano la sujetaba de la melena, tirándole un poco, obligándola a levantar la cara hacia adelante, y con la otra me agarraba el arnés para que no se me descolocara. La follada contra aquel mueble era brutal, ella tuvo que agarrarse a la madera con las dos manos y sus tetas enormes rebotaban una con la otra sin parar, el sonido de mi pelvis chocando contra su culo era ensordecedor, tanto que, a pesar de sus gritos, apenas se solapaban con aquel sonido hueco. María comenzó a gritar a lo bestia, se corría, se corría sin necesidad de tocarse, allí agarrada y con sus tetas enormes y libres rebotando, yo la seguía tirando del pelo, cada vez con más fuerza y sus “¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡¡Cabrón!!” se hicieron incesantes y continuos, como veinte segundos gritando eso, sin parar, repitiendo aquellos ¡¡Ahhhmm!! ¡Aaahhmmm!! ¡¡Cabrooón!!”, que acabó acompañando con su nombre, introduciendo unos “¡¡Aaahhmmm!! ¡¡¡Edu…!! ¡¡Dame…!!¡¡Cabrooón!!” que la mataban del gusto y que hacían que se corriera, que me herían el orgullo pero que a la vez me tenían a mi también a punto de correrme. Ella sentía que se corría y repetía su nombre mientras yo notaba como se deshacía, como inundaba aquella polla de plástico mientras pensaba en él. Disfrutaba de una corrida brutal allí, de pie, ensartada, y yo ni daba crédito ni entendía nada…

Pensé que después de aquello querría que me quitara el arnés. Al menos para parar un poco. Pero no. En absoluto. A los dos minutos solo habíamos cambiado aquello de estar de pie contra la cómoda por estar ahora sobre la cama, yo de rodillas tras ella y ella a cuatro patas.

Yo, al no haber eyaculado, no tenía excusa para pedir un descanso y ella, aunque extasiada por el orgasmo, no parecía haber tenido suficiente. A cuatro patas, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor, con el pelo pegado a la frente y a la cara por el sudor, me volvía a llamar Edu y yo le volvía a decir que Edu se estaba follando a otra. Azotaba sus nalgas mientras le repetía aquello y ella gritaba a cada impacto. Separé entonces aquellas nalgas casi con crueldad y ante mi apareció el agujero oscuro de su culo… agujero al que llevé la yema de unos de mis dedos… e, inmediata y bruscamente aquel dedo y aquella mano fue apartada por ella, pues el culo era la fantasía con el denostado Álvaro y quién la follaba ahora era Edu.

Tras mi error volví entonces a hablar de él, pero no como ella quería, si no volviendo a meter a Begoña en la ecuación, para joderla. Le decía que no entendía como a Begoña le cabía el pollón de Edu… en aquel menudo cuerpo… que aquel pedazo de pollón estaba hecho para ella, para María… “Joder… esa polla solo te folló una vez… tendría que follarte cada noche…” le jadeaba, entrecortado, en el oído, mientras la follaba y ella anunciaba su segundo orgasmo… “No me jodas que prefiere follarse a esa cría que a ti…” le seguía jadeando en su nuca… y ella soltaba aquellos “¡¡Umm!! ¡¡Damee…!! ¡¡Edu…!! ¡¡Jodeeer!!” Y yo le insistía: “¡Qué bien te folló, eh…!” “¡Qué bien supo follarte…!” “¡Al final te folló bien follada…! y ella respondía con un “¡Sí…!” “¡¡Joder…!!”¡¡Me corroo…!! ¡¡Dios…!!” Y yo le insistía:

—¡Al final te folló, eh!

—¡Síí… me follooó!

—¡Te folló bien, eh!

—¡¡Sii!! ¡¡Diooos!!

—¡Dímelo!

—¡¡Síi!! ¡¡Ahhmm!! ¡¡Ahhmm!! ¡¡Me folló…!! ¡¡Me folló el muy cabrón!! ¡¡Me corrooo!! ¡Aaaahmm!! —María gritaba, ida, retorciéndose del gusto, empalada por aquella polla enorme… produciendo un sonido, líquido, como consecuencia de su impresionante humedad, un “chof” “chof” grotesco, brutal, que se solapaba con sus alaridos, con sus “¡Edu me follooó!” que me mataban del morbo y ponían todo mi vello de punta…

De nuevo ella no podía salirse de mí fácilmente, por estar insertada de aquella impactante manera. Tuve que retroceder, con cuidado, descubriendo aquel miembro color carne tremendamente embadurnado, poco menos que con tropezones blancuzcos… que me dejaban atónito… absorto.

Cuando quedó liberada, su coño mostró una oquedad inenarrable y sus labios, machacados, no se molestaron, quizás ya no tenían fuerzas, en cubrir aquello. Y cayó desplomada. Hacia adelante.

Los dos sabíamos cómo tenía que acabar aquello. Estaba clarísimo. De rodillas, frente a ella, me quitaba el arnés mientras ella se daba la vuelta, y se colocaba boca arriba, se apartaba la camisa y se acariciaba las tetas… Comencé a masturbarme apuntando hacia su cuerpo casi desnudo. Su melena esparcida por la cama, sus piernas separadas, su coño enrojecido y abierto como nunca… No tardé más de seis o siete sacudidas en comenzar derramarme, sobre su vientre los latigazos más largos, sobre sobre su coño los chorretones más espesos. María separaba la camisa para que no la manchase, aunque por culpa de Edu aquella camisa no valía para nada más que para jugar a aquel juego nuestro. Mirándola, con los ojos entre cerrados, salpicaba a María y me derramaba impunemente sobre su cuerpo… unos segundos interminables en los que yo sentía la descarga y María recibía los impactos, en silencio, mirándome y sin dejar de sobar sus pechos cuyos pezones parecía querían salirse de sus enormes tetas.

Extasiado, desconcertado pero feliz, acabé mi orgasmo y conseguí ver con más nitidez. La zona del vientre de María estaba manchada de aquel líquido blanco, pero sobre todo su vello púbico, los labios de su coño, por fuera, su ingle… esa parte, estaba completamente embadurnada. No hizo falta que María me lo pidiera, ni de palabra ni con la mirada. A los pocos segundos me agachaba ante ella, entre sus piernas, y lamía de mi propio semen… y mi lengua jugaba a esparcir todo aquel líquido caliente y espeso, por entre los labios más gruesos y más finos, pero igual de tiernos, del coño de María… Y ella me llamaba guarro… y cerdo… y me recordaba que había saboreado el semen de Edu… y yo notaba su espalda arquearse, su torso erguirse, sus manos liberar sus tetas, dejando que estas se desparramasen por su torso, para agarrarme del pelo, apretando mi cabeza contra su entre pierna, anunciándome así su tercer orgasmo. Tercer orgasmo que ella comenzó a gritar, otra vez desvergonzada y escandalosa. Tercer orgasmo que le arrancaba enterrando mi lengua en lo más profundo de aquella oquedad que apestaba a sexo, y apretando aquel clítoris embadurnado de todo aquel líquido blanco, denso y ardiente, que me resultaba salado a la vez de empalagoso, de una manera extraña pero terriblemente morbosa.

Nos quedamos tumbados sobre la cama, agotados, extenuados… Yo no entendía nada. No entendía aquel resurgir de Edu.

No hablábamos, pero nos sentíamos al lado, sudar, respirar. El calor era asfixiante.

María fue la primera en dar señales de vida, e intentó quitarse la camisa, a duras penas, pues tenía la seda pegada al cuerpo… Y se iba hacia el cuarto de baño, aun con las elegantes sandalias de tacón puestas, intentando que las salpicaduras que yo no había absorbido cayeran al suelo por el camino.

Mientras escuchaba el sonido del grifo proveniente de la habitación contigua, pensaba que quizás hubiera sido solo un caso aislado, fruto de un calentón, fruto de llevar dos semanas sin hacerlo y no poder fantasear ya con Álvaro. Que quizás no habría porqué darle tantas vueltas.

No sabría que estaba tremendamente equivocado hasta seis días más tarde.

A la mañana siguiente, viernes, María fue en falda al juzgado. Pensé que quizás se había vestido así simplemente porque le apetecía. Pero fue a trabajar en falda también el lunes, y el martes… y el miércoles sucedió algo que encendió todas mis alarmas. Quizás en aquellos diez meses nunca había sucedido algo que me hubiera desconcertado tanto.

Ese miércoles por la mañana, María estaba en el cuarto de baño, secándose el pelo, mientras yo desayunaba. No paraba de pensar en si iría en falda otra vez. Quizás si lo hiciera le preguntaría a cuento de qué tantos días así, ya que era cada vez más difícil de creer que aquello obedeciera a una mera casualidad, pues, en circunstancias normales, tres o cuatro días de cada cinco María iba en traje de pantalón y chaqueta a trabajar.

En esas estaba mi mente cuando fui al dormitorio a por mis zapatos, que siempre cojo allí y me pongo en el salón. Una vez en nuestra habitación, cogí el calzado y vi el móvil de María iluminarse. Estaba cogiendo la mala costumbre de curiosear, pero no lo pude evitar, lo que leí me dejó estupefacto, atónito… me puso el corazón en un puño:

Edu: “Acuérdate de venir con la camisa rosa pija, que hoy va a estar Víctor”.

Boquiabierto. Inmóvil. Congelado. Atónito. Bloqueado. No me lo podía creer.

Lo releí, una y otra vez. Solo tenía el raciocinio justo para no entrar en el chat, en la conversación, pues si lo hacía María sabría que lo había leído. Y yo necesitaba ganar tiempo.

Dejé el móvil donde lo había cogido y, de forma errática, como un zombie, me fui con los zapatos al salón. Me senté en el sofá. Intentaba pensar.

Mi mente iba más rápido de lo que era capaz de procesar. La cantidad de preguntas que me hacía no me permitían siquiera articular una con la siguiente.

María salió del cuarto de baño. Escuché como iba al dormitorio. Estuvo allí poco tiempo. En seguida escuché como se acercaba al salón. Sus tacones por el pasillo. Tan pronto entró en el mismo habitáculo en el que estaba yo, la miré. Llevaba el móvil en la mano. Vestía traje gris de falda y chaqueta y camisa azul marino. Y entonces se paró en el medio del salón. Miró el móvil. Leyó. No hizo ningún gesto. Su cara no emitió nada, absolutamente nada que me pudiera dar ninguna pista. Y se dio media vuelta, se fue de nuevo al dormitorio.

A los dos minutos aparecía en el salón en traje de chaqueta y falda gris y camisa rosa. Se despidió de mí como si nada.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 2 (34)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s