GAMBITO DANÉS

Eusebio miraba de reojo a su hijo Efrén, que a su vez observaba a su esposa y sus gemelos corretear por el campo.

—¿Estás seguro de que esto es lo mejor, hijo? —se atrevió a preguntar al fin.

Efrén siguió contemplando a su bella y joven mujer, perseguida por sus muchachos.

—Completamente, lo he hablado ampliamente con el médico. A Julia no le pasa nada malo, es un trastorno completamente inofensivo, una especie de exceso de imaginación. Aquí, en el campo, al lado del lago, será mucho más feliz que en cualquier ciudad.

—¿Y cómo lo harás tú?

—Entre semana no me queda más remedio que estar entre Madrid y Oviedo pero los fines de semana los podré pasar en esta casa con ellos.

Bertu y Bras, los dos pequeños, al fin alcanzaban a su madre y esta, teatralmente, se arrojaba sobre el césped para dejarse abordar por sus hijos.

—¿Y el colegio de los rapazos?

—He contratado a una institutriz austríaca. Seria, muy seria. Vendrá de lunes a viernes y se ocupará personalmente de su educación.

Eusebio empezó a darse cuenta de que su hijo lo tenía todo previsto. Sacó un pequeño frasco de rapé y colocó el polvo de tabaco sobre el dorso de la mano para aspirarlo momento seguido, un mal vicio que se trajo de sus años trabajando en Suiza.

—¿Y Julia se ocupará de la casa? Es una villa muy grande esta que has comprado, hijo —insistió el padre.

—No, hoy mismo llegan Pedro y Ana. Son un matrimonio guatemalteco jovencísimo pero llegan ampliamente recomendados. Harán de guardés de la casa.

—Ya veo que lo tienes todo organizado. Ya sabes que de Oviedo a aquí hay poco trayecto, cuenta con que me pasaré todo lo que pueda para ver que está todo en orden.

—Lo sé papá —respondió Efrén dándole dos palmadas cariñosas en el muslo— no te preocupes por nada. Julia y los niños estarán bien, te lo aseguro. Sé que su afectación puede asustar si no se conoce, pero te aseguro que es un ángel. Un ser absolutamente incapaz de dañar a nadie, y la amo más que a mi propia vida.

I

Los siguientes años fueron tranquilos. Apacibles en aquella villa situada en un lugar de ensueño. Bertu y Bras crecían fuertes y sanos, entre el amor incondicional de su madre, las atenciones de Pedro y Ana y la estricta educación de la señorita Hannah Böhm.  Estaba siendo un mes mucho más caluroso de lo normal. Los muchachos habían terminado las lecciones y jugaban al fútbol en bañador a la orilla del lago. Al rato se les unió la madre. Treinta y un años de excelente figura cubierta por un discreto bañador azul.

Los tres se pelearon por la pelota durante más de una hora hasta que Bertu fue empujado a traición a las aguas del lago que, por buena que fuera la temperatura en el exterior, estaban excepcionalmente frías. Salió tiritando ante las risas de su hermano y la madre y no dudó en perseguirlos a ambos con la intención de pagarles con la misma moneda. Duró otro buen rato la improvisada opereta hasta que consiguió alcanzar a su madre y ambos cayeron sobre la hierba, exhaustos y entre risas. Bras se dejó caer también a un par de metros.

—¿Notáis como respira el suelo? Es Gaia, la Madre Tierra, orgullosa de que revoloteemos sobre ella —dijo Julia en uno de sus tantos excesos de imaginación.

Bertu y Bras la escuchaban relajados, recuperándose del esfuerzo físico.

—Cuando se siente triste, los nuberus usan su poder para hacer que llueva y así ella se nutre del agua para poner los prados verdes. Son seres increíbles.

Bertu había quedado parcialmente tumbado sobre la madre, con sus piernas sobre su muslo y la cabeza descansando en uno de los pechos. Al notar su bragadura presionando directamente contra la desnuda piel de la extremidad de la madre empezó a sentir un extraño desasosiego, una inexplicable y nunca antes experimentada excitación. Julia siguió contándole a los chicos historias de su particular mundo interior mientras que él advirtió el erguido y firme pecho bajo la oreja. Finalmente, sin poder evitarlo, sintió una súbita congoja en su bajo vientre y su entrepierna se endureció.

Abochornado, estudió a su madre y a su hermano que parecían completamente ajenos a esa explosión de emociones y reacciones que estaba experimentando. Su miembro estaba duro como nunca antes y tuvo una casi incontrolable ansia de restregarlo contra la torneada pierna, pero consiguió reprimirse. Le siguió un sudor frío y culpable y una ligera taquicardia y aceleración de la respiración.

Bertu experimentó, por primera vez, lo que era el deseo por una mujer.

II

 Bras se agitaba nervioso en el pupitre. Su hermano parecía estar en otro mundo y él no soportaba más las interminables y soporíferas lecciones de matemáticas de la señorita Hannah Böhm. Esta le daba la espalda y seguía escribiendo aquellos jeroglíficos en la pizarra. Números que para él no tenían ningún sentido. La austríaca era una mujer bella aunque pareciera que se esforzara al máximo para disimularlo. A sus cuarenta años su esbelta figura era tan sensual como poco lo era su vestimenta, ataviada con un soso jersey de cuello alto gris y una larga falda de lana de similar color. Pero ni la poca gracia de su ropa podía evitar que un joven en plena pubertad se fijara en las formas de su cuerpo de manera tan impúdica.

El alumno se imaginaba a la institutriz de todas las indecentes maneras imaginables. En ropa interior, sin nada de ropa, en traje de baño, mostrando su generoso busto. Más que generoso incluso, teniendo en cuenta lo delgada de su figura. La señorita Hannah Böhm no solo tenía los rasgos finos, ojos azules y una preciosa cabellera dorada, también tenía unos senos desproporcionados. Difícilmente podía camuflarlos por recatada que fuera su vestimenta.

Un pedazo de tiza se rompió contra la pizarra y cuando la estupenda fémina se agachó para recogerlo le regaló, involuntariamente, una inmejorable visión de su apetecible trasero. Bras se revolvió aún más inquieto en su asiento viendo como la institutriz contorsionaba su cuerpo incapaz de alcanzar el pedazo roto hasta que finalmente, poseído por un calor que empezaba a ser usual e iba en aumento, agarró con la yema de sus dedos la tela y lentamente comenzó a subirle la falda. La señorita Böhm siguió inalterable buscando por el suelo mientras el muchacho ya vislumbraba la meta, lo que esperaba fuera la visión de una ropa interior de encaje y elegante. Se relamió incluso cuando, a escasos centímetros de su objetivo, la maestra se giró a la velocidad del rayo, incorporándose y cruzándole la cara con una sonora bofetada.

Hannah Böhm no tuvo necesidad de argumentar la extrema acción, se limitó a mirar a aquel indecoroso jovenzuelo con sus ojos gélidos. Mucho más sorprendido estaba Bertu, que llevaba tiempo mirando las musarañas y se había perdido la escena completa. Pasados dos interminables minutos, la educadora decidió seguir con la lección. Bras aguantó el resto de la mañana frustrado, abochornado y con una enrojecida mejilla que ardía más y más con el transcurso del tiempo.

III

El último año a los gemelos se les había hecho, por primera vez, largo. Lo que parecía una vida idílica les empezaba a parecer una cárcel de oro. Su conducta era buena, siendo educados y cariñosos con su amada madre y también con el padre que, aunque ausente la mayor parte del tiempo, pasaba los fines de semana con la familia fuera como fuese. Eran demasiado obvios los cambios físicos y hormonales que habían vivido en los meses anteriores. Su tema de conversación se había reducido a uno, las maravillas del sexo y las mujeres. Maravillas que, a ellos, se les resistían.

Habían terminado las clases de la mañana y ambos fueron directos a la cocina a ver trabajar a Ana. Se conocían desde que ellos tenían seis años y ella tan solo dieciocho, pero a pesar de haber cumplido ya los treinta y dos, la guatemalteca parecía no superar los veintitrés como mucho, teniendo una apariencia muy juvenil. Más que una sirvienta, se había convertido parte de la familia, siendo también su cuidadora e incluso confidente.

Bertu y Bras la observaban sin perder detalle, con aquella especie de vestidito que solía llevar para trabajar y el imprescindible delantal de cocina. Era una mujer atractiva, menuda, de piel trigueña y larga melena negra, recogida a veces en una espectacular trenza. Los hermanos veían como Ana removía el puchero sacudiendo involuntariamente su respingón trasero, bastaba con una sola mirada para poder comunicarse pero Bras fue un poco más allá e incluso le dio un codazo a su compinche señalándole el objetivo. Este gesto no pasó inadvertido para la cocinera, que se sonrió pero decidió pasarlo por alto.

—¿No tienen nada mejor que hacer que estar en la cocina? —preguntó ella divertida.

—Ya hemos terminado las clases de la mañana —fue lo único que se le ocurrió contestar a Bertu.

—Ya veo… —dijo ella siguiendo con su trabajo.

Ahora la contemplaban picar una cebolla de perfil, percibiendo como los pechos separaban ligeramente el delantal de su cintura. Senos ni grandes ni pequeños, del tamaño justo. Ana percibió de nuevo las desvergonzadas pupilas de los adolescentes clavadas como agujas en su cuerpo, y se sintió entre halagada y avergonzada. Al fin y al cabo, estaban en la edad.

—Ana… —comenzó Bras.

—¿Si?

—¿Cómo es que Pedro y tú no habéis tenido hijos?

A la sirvienta le pilló por sorpresa aquella pregunta, pero no le cambio el buen humor.

—Pues porque no se dio la ocasión.

—Ya… —fue lo único que dijo el muchacho— Pero vosotros…

La guatemalteca cogió aquella insinuación al vuelo, dejó su tarea y se giró mirando directamente a los chicos intentando disimular una sonrisa.

—¿Nosotros qué?

—Vosotros…¿lo hacéis, no?

—¿Hacemos el qué? —insistió ella con la intención de incomodarlo.

—¿Folláis no? —intervino ahora Bertu siendo, poco usual en él, el más lanzado de los dos hermanos.

—¡Pero bueno! —exclamó ella exagerando la indignación—. ¡Largo de aquí, pervertidos!

Los echó de la cocina atizándoles con un trapo, riéndose los tres por aquella travesura. El resto del día fue según lo previsto. Comida, un pequeño descanso, y vuelta a las clases. Cuando por fin la institutriz abandonó la villa los gemelos volvieron en busca de Ana y esta vez la encontraron en su habitación, la más pequeña de la casa y la única situada en el piso de abajo. Irrumpieron sin aviso ante la sorpresa de la sirvienta que, alarmada por un momento, interrogó:

—¿Pasó algo?

Los gemelos permanecieron allí de pie unos segundos, cabizbajos y como si fueran a confesar la mayor de las atrocidades.

—Me están asustando muchachos, ¿la señora está bien?

—Sí, sí, mamá está bien, se ha tumbado un rato —adelantó Bertu.

—¿Entonces? ¿Qué son esas caras?

—Ana, no ha pasado nada, somos nosotros —intervino ahora Bras.

—¿Qué os pasa?

Los tres se miraban de pie en aquel pequeño cuarto, intercalaban miradas.

—Ana…—volvió Bras—. Sabes que nosotros prácticamente nunca salimos de la villa. Estudiamos y vivimos aquí desde que somos pequeños, solo una vez al mes vamos con papá a Oviedo y recorremos la ciudad, a excepción de algunas vacaciones.

—Sí, ¿y pues?

—Pues pasa que no podemos más. Todos los días es la misma historia es como aquella película que vimos juntos, ¿te acuerdas? La de la marmota, Atrapado por su pasado.

—Qué buena peli —dijo ella sonriendo por primera vez desde que había empezado aquella extraña e improvisada reunión.

—Buena para verla, pero no para vivirla —afirmo ahora muy serio Bertu.

—Chicos, deberían hablar con su papá, yo no puedo ayudarles en esto.

—El caso es que sí puedes, Ana —contestó Bras volviendo a coger el liderazgo.

—¿¿Yo?? —dijo la sirvienta realmente confundida.

Bertu se dio cuenta de que la puerta se había quedado entreabierta y aprovechó para cerrarla mientras que su hermano proseguía:

—Ana…nosotros…nunca hemos visto a una mujer.

—¿Cómo que no han visto nunca a una mujer? —repreguntó ella subiendo algo el tono, remarcando su incredulidad pero sospechando ya por dónde iban los tiros.

—No Ana, ¡no! Ya me entiendes joder, nunca hemos visto a una mujer de verdad. ¡Nunca! ¡Ya sabes a lo que me refiero!

—¡Habla bien! —le increpó ella—. Déjense de estupideces y váyanse.

Incómoda, la guatemalteca hizo ver que recogía una ropa que estaba sobre la cama, intentando dar por cerrada la conversación.

—Ana por favor, por favor, no nos hagas esto —suplicó Bertu entre gimoteos.

—¡Basta! Vayan a dar una vuelta, que me van a gastar el nombre —respondió ella sin levantar la vista de su tarea.

—Por favor, nunca te hemos pedido nada así. Estamos aquí como si fuéramos prisioneros. Es normal que tengamos curiosidad. ¿Crees que es fácil para nosotros pedirte algo así? Nos hemos atrevido porque para nosotros eres parte de la familia y te queremos.

—Qué cara más dura —susurró la criada intentando no sonreír.

—Lo decimos en serio —atacó de nuevo Bertu—. No podemos vivir así.

Finalmente volvió a dejar la ropa sobre la cama, alzó la vista y mirándolos fijamente sacudió la cabeza de forma negativa, con paciencia. Los adolescentes percibieron que empezaba a ablandarse y su corazón dio un vuelvo antes de rematar:

—Solo queremos ver a una mujer, una vez, y nunca más te pediremos nada. ¡Lo juramos!

Ella siguió negando pero se sintió atrapada por la pena, la comprensión y el cariño que les tenía a los chicos.

—Solo una vez Ana, solo mirar —rogó Bras sabiéndose vencedor.

La sirvienta miró en todas direcciones, quedándose un instante obnubilada observando el techo y terminó diciendo:

—Solo un momento, y les juro que si alguna vez se entera alguien los mato.

Los hermanos aceptaron llenos de nerviosismo y emoción, como niños la mañana de reyes. La guatemalteca dudó otra vez, puso los ojos en blanco de paciencia y lo primero que hizo fue descalzarse. Después comenzó a subirse el vestido, dejando a la vista de los excitados adolescentes primero sus piernas y luego sus braguitas negras. Ahora la prenda recorría la cintura en dirección ascendente hasta mostrar el sujetador negro a juego para finalmente desaparecer por encima de la cabeza. Dejó el vestido sobre la cama y miró a los ansiosos jovenzuelos.

Realmente era la primera vez que los gemelos veían a una mujer en ropa interior, y aquella bonita y delicada muchacha no era para nada una mala primera experiencia. Ana siguió observándoles y enseguida se dio cuenta de que no se iban a conformar con solo eso, llevó sus manos a la espalda y con algo de dificultad consiguió desabrochar el sostén. Lentamente lo dejó caer sobre el suelo y, estratégicamente, tapó sus desnudos senos con los brazos. Bertu y Bras no perdían detalle, disfrutando de cada centímetro de su piel y temblorosos por la situación.

—¿Suficiente? —preguntó ella haciéndose la inocente pero sabiendo perfectamente cuál sería la respuesta.

No hizo falta que hablaran, sus miradas eran de por sí una súplica. Como pudo llevó sus manos hasta la goma de las braguitas, procurando en todo momento no mostrar más de lo imprescindible, y las bajó hasta librarse de ellas por los pies. Ahora la sirvienta hacía equilibrios para tapar su pubis y los pechos. Los dos adolescentes seguían estudiando su anatomía, completamente absortos. Bras fue el primero en notar el crecimiento del bulto de su pantalón, pero no tardó en acompañarle Bertu.

—¿Contentos?

Bertu se acariciaba inconscientemente la entrepierna por encima de la ropa mientras el hermano meditaba la mejor forma de expresarse:

—Bueno…

—¡¿Ahora qué les pasa?! ¡Cómo les agarre Pedro los colgará de un árbol!

—¡Si es que no se te ve nada! Jolín…

De nuevo la guatemalteca puso los ojos en blanco en señal de paciencia, inspiró profundamente y finalmente abrió los brazos mostrando su anatomía al completo. Los jóvenes parecía que hubieran encontrado la piedra filosofal, con los ojos abiertos como platos recorrían su cuerpo al fin sin barreras de ningún tipo. Un cuerpo menudo pero bonito, con grandes areolas negras alrededor de los erectos pezones, una cintura considerablemente firme y generosas y sensuales caderas. Bras fue el primero que se movió para poder deleitarse con un trasero firme y bien formado entretanto que Bertu estudiaba su sexo, con el pubis depilado en forma de pequeño triangulito.

—¿Ya me puedo vestir? —preguntó la sirvienta con un tono con tendencia al enfado.

No era fácil dar por satisfechos a dos sacos de hormonas que vivían alejados de la sociedad. Aunque el plan de los gemelos estaba ampliamente conseguido, estos fueron incapaces de detenerse. Fue Bras el primero que, acercándose un poco más, llevó su mano hasta una de sus nalgas. Ana volvió a inspirar profundamente, ahora sí realmente molesta, pero el adolescente a falta de impedimento siguió palpando el glúteo, manoseándolo con cuidado. Bertu se sintió excluido y, sin dejar de acariciarse compulsivamente la erección por encima del pantalón, lanzó la garra libre hasta alcanzar uno de los pechos.

—¿Se puede saber qué hacen? —preguntó ella en un susurro, conteniéndose.

—Es solo un momento Ana, por favor, solo queremos saber qué se siente.

Aquel experimento que en un principio casi le había parecido hasta tierno, se estaba convirtiendo en algo muy incómodo e incluso peligroso. Bras siguió magreándole las posaderas mientras que Bertu hacía lo propio con su busto, alternando entre ambas mamas y jugando con los pezones.

—Déjenlo ya o gritaré, les di mucho más de lo pactado chicos.

—Un minuto más, te lo suplico —rogó Bertu casi lloriqueando.

Bras quiso saber también que se sentía manoseando aquellos pechos y se intercambiaron, pero Bertu dio un paso en falso y poco después de comenzar su inspección por detrás llevo la mano hasta su sexo, rozándolo con los dedos.

—¡¡Basta!! —anunció la sirvienta con autoridad, alejándose con un respingo de los libidinosos dedos para taparse rápidamente con el vestido.

Con la prenda por encima intentando cubrir su cuerpo les señaló la puerta de manera implacable y los hermanos supieron que el juego había llegado a su fin.

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