XAVI ALTA

Yolanda. 10

Había vuelto a clase. No tenía nada mejor que hacer, se dijo. Serenamente, aunque su alma estaba completamente rota. El Dinosaurio, la Zombie, el Chulopiscinas… seres grises y aburridos a los que no quería parecerse pues qué interés podía tener dar clases a jóvenes universitarios. Se vio convertida en un borrego más de la manada, otra joven cuyo talento sería desaprovechado en una mesa de oficina o en un mostrador, mientras un jefe cabrón como el de papá la puteaba o algún patético compañero se ofrecía a ayudarla con zalamerías de distinto pelaje.

En casa el ambiente era el mismo. Sergio a penas aparecía y cuando lo hacía era un auténtico desconocido. Últimamente se saludaban, si un rugido animal a medio tono podía considerarse como tal, pero no había habido ningún avance más.

Así llevaba dos semanas, deambulando por el mundo más que viviendo, cuando decidió dejarse caer por la fiesta de Carnaval de la sala Rostov, donde hubieran tocado si no hubieran roto el grupo pocas semanas antes.

Tres chicas maquilladas en exceso se desgañitaban en el escenario a ritmo de garaje, menos rápido que el que solía atronar los conciertos de Father’s Cove. La cantante, Rémy le dijeron que se llamaba, tocaba el bajo, las otras dos rascaban las guitarras mientras un chaval que aparentaba menos de quince años aporreaba el Charlie y los platillos con las baquetas y el bombo con el pie derecho.

Saludó a una barbaridad de conocidos, con alguno hasta se había encamado, si podía usarse la expresión cuando no había habido una cama de por medio, respondiendo con evasivas y medias verdades a todos lo que le preguntaron por qué no eran ellos los que taladraban el escenario. Aguantó el chaparrón como pudo, mucho más llevadero a medida que el alcohol anegaba su sangre, pero ni así logró abstraerse del desastre que se cernía sobre sus cabezas, pues eran los cuatro los afectados, no solamente ella.

Maldijo a su hermano, maldijo a Adán y maldijo su suerte, pues no se lo merecía. No, ella no se lo merecía. Le sorprendió no ver a July, pues no solía perderse ningún concierto del Rostov, así que lo llamó. Necesitaba compañía para ahogar las penas, pero el joven músico declinó la oferta. No estoy de humor para admirar a nuestros sustitutos.

No por sabida dejó de afectarle más la frase. Tenía razón, aquel trío de góticas acompañadas del bebé sí tenían un futuro, al menos peleaban por él. No lo pudo soportar. Así que se dirigió al almacén contiguo al baño de hombres donde El Rata trapichaeaba con cualquier cosa que uno estuviera dispuesto a meterse entre pecho y espalda. Tuvo que esperar a que dos crías, menores de edad sin duda, lo liberaran derrotadas de ruegos y súplicas de muy baja estofa. Este camello no es como el moro del Callejón, el bar del polígono, al que puedes comprar con una mamada. Este sólo acepta billetes, por adelantado, pero nunca te timará ni te dará gato por liebre, por más roedor que sea.

La primera pastilla la llenó de euforia. La segunda, acompañada del cuarto tequila de la noche, le pegó el viaje del año. Luces de colores, estrellas, sombras, roces, incluso un tornado o huracán la asolaron las siguientes horas. Lo sentía todo pero era incapaz de reconocer nada, menos de recordarlo.

Bien entrada la madrugada despertó en una cama desconocida, completamente desnuda. Lo supo porque tenía frío. Trató de incorporarse pero la cabeza seguía en danza. Logró abrir los ojos, parcialmente, para atisbar un trozo de manta del que tiró para cubrirse. Pero otras manos tiraron de la gruesa tela, ronroneando en una infantil protesta. Era Rémy que también parecía estar desnuda en aquel catre. Si le pareció sorprendente el escenario, éste empeoró cuando oyó la cisterna del baño y el batería preadolescente atravesó la puerta completamente desnudo, se acercó por su lado de la cama y se coló en ella, dejándola emparedada como el trozo de carne en que parecía haberse convertido.

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