MARCELA VARGAS

“Paraná no es un río, es un cielo que baja”. No olvidaré jamás esa frase. La primera y última vez que la leí fue en la escuela, a mis siete años. Se hallaba impresa en tamaño pequeño sobre el mapa de Argentina colgado en el pizarrón. ¡Me llenó de intriga! No adivinaría que más adelante, mi vida amorosa tendría que ver con ese mismo río y que se desarrollaría a través de las intermediaciones.

Veintiún febreros después, comencé una relación a distancia. Él y yo vivíamos en distintas provincias, pero felices; conectados por la correspondencia y el teléfono, la imaginación y los sueños. El afluente mencionado, que era azul cuando estábamos alegres, nos unía porque recorría ambas regiones.

Lo bonito de estar mediados por el Paraná era intercambiarnos tarjetas y sellos postales que comprábamos en las quimeras: una estampilla era muy especial, puesto que retrataba un madrugado y azulino paisaje en el que una densa neblina fusionaba las nubes y el río  (lo difícil era dilucidar de qué provincia se trataba). Este regalo era tan hermoso como el aroma de la tinta que usábamos para escribir nuestras cartas. Tan lindo como el fragmento de una canción de Queen, que dice: “The postman delivered a letter from your lover” (“El cartero entregó una carta de tu amante”). O como escuchar la voz de mi novio exclamar: “¡No estamos tan lejos, no nos vamos a asustar por unos kilómetros!”.

Pero, muchas veces, dicha masa hídrica representaba una despiadada separación. Eso me afectaba tanto como lo hace el agua, que es tan vital como perjudicial e, inclusive, mortal. Esa lejanía era tan dolorosa como lo sería si mi colección filatélica estuviera en una cueva que cada tanto se inunda. O como ver cuánto sufren aquellas personas que no tienen casa y que están obligadas a adueñarse de terrenos ajenos, donde construyen precarias casillas que se anegan con las lluvias.

Las discusiones entre ambos también eran punzantes. Enturbiaban el río. Oscurecían nuestro cielo. Lo volvían tormentoso; muchas veces, casi nos ahogamos.

 

Ahora vivimos juntos ¡por fin! Con frecuencia, nos procuramos un tiempo para sumergirnos en nuestra colección epistolar y revivir todas las peripecias que atravesamos hasta llegar a esta instancia.  “El Paraná es un cielo que baja”, confirmo en esos momentos. “Es un brazo que nos une con el más allá y nos da la inmensa posibilidad de subir a lo más alto”, completa él.

 

www.relafabula.wordpress.com

5 comentarios sobre “El cielo en el Paraná

  1. Vecinos los ríos se ve alguien adaptó la poesía al río de al lado.
    El gran Aníbal Sampayo escribió Río de los Pájaros…”El Uruguay no es un río,es un cielo azul que viaja.Pintor de nubes: camino,con sabor a mieles ruanas…” Eximios cantautores argentinos llevaron los versos a sus guitarras para inmortalizar el canto montaráz cuando muere en el Río Uruguay, entre ellos José Larralde, Jorge Cafrune…” Chuá, chuá, chuá, ja, ja, ja,no cantes más, torcacita,que llora sangre el ceibal”…

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    1. Sí, en Argentina se conoce la canción “El río de los pájaros”, de Sampayo, pero yo no la conocía. Recién cuando busqué información sobre el autor de la frase “Paraná no es un río, es un cielo que baja”, supe que la misma había sido adaptada de esa canción. Lo cual no quita que yo, cuando era pequeña, haya visto la frase en el mapa que menciono en el relato. Es claro que quienes confeccionaron ese grupo de mapas pusieron allí la frase, la deformaron por así decirlo. La cuestión es que esas palabras estaban allí impresas, me asombraron y decidí narrar una historia a partir de ellas. Aclaro en el relato que no me pertenece dicha frase y, de hecho, está citada entre comillas.

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  2. Dice un amigo (y esto se lo escribí ayer en otro blog, no es copia y pega ja ja) cantautor el hombre, de esos que chicas, señoras y señoritas al verlo gritan ay ayyy ayyyy ayyyyy ayyyyy vaya a saber por qué, que las canciones, poemas y poesías, no son de quien las escribe son de aquel que las hace suyas, y es ahí cuando se da esa fabulosa conexión entre un alma que escribió a un corazón, sin saberlo y sin conocerlo. Paraná o Uruguay, ambos son un cielo que baja y viaja. Como cantaban Los Chalcha aquello de los Ábalos, “casas más, casas menos, igualito a mi Santiago”.
    Me dio alegría este relato y la cita a ese verso que me permitió despertar a un tal Cafrune, o a un tal Larralde, para que mediante la magia de las redes, por casualidad algún contacto que no supo de ellos descubra su genialidad, como tantos de nuestra cultura nativa argentina.
    Mi padre, que ya andaría por los 100, silbaba al despertar la clareada, con machasas heladas o noches sin dormir por el calor, según sea la cuestión, buscando su caballo pampa…”El Uruguay no es un río, es un cielo azul que viaja”…

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