ANNABEL VÁZQUEZ

Ya han pasado tres semanas.

Cada vez soy más rápida en el trabajo. Los clientes extraños, el idioma… ya no suponen un obstáculo, de hecho he dejado de llevarme el diccionario al trabajo.

Sin embargo, siento un pellizco alojado en el fondo de mi pecho. Una sensación de vacío indescriptible, vacío que ha surgido repentinamente y sé perfectamente a qué se debe.

Bufo mirando la cantidad de cosas que quedan por hacer, este promete ser un día largo y cansado como todos los demás. Acaricio mis manos agrietadas y secas mientras espero a que alguien abra la puerta.  Aunque lo cierto es solo estoy esperando a una persona en particular.

«¡Vamos! ¿No te ha dejado claro ya que no le interesas? Parece mentira que después de tres semanas sigas teniendo esperanzas de que aparezca».

Elevo el rostro tras escuchar la campanilla, pero enseguida vuelvo a deshincharme; no es él.

Una mujer elegante avanza con indecisión. Se retira las gafas de sol y recorre con la mirada cada rincón de la cafetería, parece estar buscando algo. Dos hombres con traje la esperan fuera fumando un cigarrillo. Puede que solo venga a preguntar por una dirección, no tiene pinta de ser de por aquí.

Camina irradiando clase, con un vestido de gasa blanca con detalles en negro en el cuello y en la cintura. Se me corta la respiración en cuanto se sitúa justo detrás de la barra.

María sale de la cocina y la mira con atención. Su piel se torna blanca como la cal y su expresión se congela. Entonces la señora mira a María, le dedica una leve sonrisa mientras toca suavemente su hombro derecho con la mano. Distingo un brazalete de oro blanco repleto de incrustaciones de rubíes. No hay duda. Esta mujer tiene algo que ver con Marcello.

—¿Qué  se le ofrece, señora? —Pregunta María dulcificando su voz al máximo.

Ella mira una vez más a su alrededor. No sé por qué.

—He venido a conversar con Ingrid.

Doy un respingo tras escuchar mi nombre.

María me mira sin comprender.

—¿Eres tú? —Dice frunciendo el ceño. Asiento sin atreverme a hablar— ¿Podemos sentarnos un momento, por favor?

—Claro.

Salgo de detrás de la barra para acompañarla hacia una mesa y le hago un gesto con la mano para que se siente , luego la acompaño.

—¿Quiere tomar algo?

—No. Gracias. No te preocupes –su mirada se centra en mi rostro y me entran escalofríos–. Me llamo Monic Lucci. Soy la madre de Marcello.

No le hacía falta la aclaración, me he dado cuenta enseguida ya que son como dos gotas de agua. Lo que no entiendo es qué tiene que hablar conmigo esa mujer.

—Encantada de conocerla señora Lucci —consigo articular.

Monic sonríe. Cruza sus vertiginosas piernas por debajo de la mesa y me mira intensamente durante unos segundos sin decir nada.

—¿Te gusta trabajar aquí? –Me pregunta de repente. No sé qué contestar, me desconcierta.

—El trabajo está bien —reconozco con rapidez.

Monic se pasa la mano por el cabello para recolocárselo. Parece una de esas actrices italianas de las películas antiguas. Tiene una larga cabellera oscura que desciende en enroscados bucles por sus hombros. Sus ojos son verdes y felinos, me recuerdan a los de Marcello. Todo ello contrasta con una tez blanca como la leche. Realmente es una mujer hermosa, sencillamente perfecta.

—Eres inteligente. Supongo que habrás advertido que no he venido hasta aquí para hablar de tu trabajo.

Sus comentarios me descuadran por completo.

—He venido por un único motivo: Marcello.

—Hace semanas que no le veo —me excuso rápidamente.

—Estoy al tanto –pone los codos sobre la mesa y entrelaza las manos para recostar en ellas su delicado rostro—. Marcello ha estado ocupado últimamente, digamos que le han obligado a tomar una decisión y así lo ha hecho. Aunque sé de sobras que ha elegido mal.

—Lo siento —me disculpo arrugando los ojos—, pero no la sigo…

Monic ríe y se relaja en el banco de cuero rojo, echándose hacia atrás.

—Eso es lo de menos ahora. Vengo a proponerte algo…

Intento ocultar mi sorpresa, pero una vez más, mis ojos desorbitados me delatan.

—Quiero proponerte que acudas a una fiesta mañana. Celebramos el sesenta aniversario de mi  marido y para mí sería un gran honor tenerte entre nosotros.

—No entiendo…

—Te voy a ser sincera, Ingrid, y te voy a hablar con toda la confianza del mundo, espero que tú seas igualmente sincera conmigo.

Asiento con timidez. Me intimida esa mujer, su claridad me abruma, tanto es así, que no sé si llegado el momento podré corresponderle del mismo modo.

—Antes de confesarte el motivo exacto por el que estoy aquí, me gustaría preguntarte qué sientes por Marcello. Es decir… no he nacido ayer, supongo que mi hijo y tú…

Monic vuelve a entrelazar sus manos y dirige la vista al suelo. Se me contrae el rostro nada más intuir por donde van sus pensamientos.

—¡Oh, no! Señora, le aseguro que Marcello y yo no hemos tenido ese tipo de relación. Únicamente hemos hablado y paseado por Nápoles. Jamás hemos tenido intención de llegar más lejos, se lo aseguro.

Monic reprime la risa al ver el color rosáceo que han adquirido mis pómulos.

—¡Está bien muchacha! No hace falta que te ruborices, estamos en pleno siglo XXI y mi hijo es libre de elegir con quién quiere pasar la noche.

Aparto la mirada súbitamente. No sé qué hacer para que mi rostro deje de arder.

—Pero debo confesar que me sorprende. Tú eres una chica guapa y Marcello… —Ríe con cariño— bueno, Marcello es un hombre –me acabo de quedar en blanco–. Eso me dice que venir aquí y proponer que te unas a nosotros mañana, ha sido la decisión correcta.

—Perdone… —Suspiro al tiempo que miro a Monic con cautela— realmente no sé a qué vienen ese tipo de preguntas y por qué insiste en que yo acuda a un acto tan importante para su familia.

Monic vuelve a sonreír. Esta vez detecto un ápice de dulzura en sus ojos verdes.

—Te ha escogido a ti. Bueno, Stephano también está de acuerdo, aunque he sido yo quien lo ha visto todo claro y he percibido las enormes ventajas de tenerte entre nosotros.

—Debe ser más clara, señora, porque le aseguro que me cuesta seguirla.

—Lo sé –Monic acaricia fugazmente mi mano que descansa sobre la mesa. Su contacto me estremece, pero no la aparto—. Ahora quiero que me escuches con mucha atención. ¿De acuerdo? Quiero que escuches todo lo que voy a decirte y que no me interrumpas. ¿Crees que podrás hacerlo?

—Sí —digo poco convencida.

—Estupendo –aprueba entusiasmada—. Verás, he venido hasta aquí, con la única intención de comunicarte que estamos de acuerdo en que Marcello y tu… —Hace una breve pausa para ordenar sus pensamientos—  iniciéis una relación.

Abro la boca como para decir algo, pero Monic me hace un gesto con la mano recordándome lo que hemos pactado.

—Consideramos que tú reúnes todas las cualidades como mujer para formar parte de nuestra extensa familia. De alguna forma, desde que llegaste potenciaste un cambio en Marcello, él fue quién te encontró y te destacó por encima de las demás y créeme, eso no suele ocurrir —sonríe como acordándose de algo que solo ella sabe—. Para ti todas las conversaciones, los largos paseos por Nápoles y demás, no son más que actos inocentes de una bonita amistad. Pero verás Ingrid, nosotros no tenemos amigos, o no esa clase de amigos, por lo que las intenciones de mi hijo han sido evidentes desde el principio.

No me lo puedo creer. Me he quedado en shock.

Monic se levanta, camina lentamente hacia la barra, coge un par de vasos y una jarra de agua para depositarlos sobre nuestra  mesa.

«Un momento. ¿La señora Lucci acaba de servirme?»

—Supongo que para ti es difícil entender todo lo que trato de explicarte. Te entiendo. Créeme que yo misma me he visto en una situación similar hace poco más de treinta años –Ríe para sí—. ¿Quieres saber cómo conocí a Stephano? –Monic continua sin esperar respuesta— Una tarde salí del instituto e iba de camino a casa cuando un coche negro se detuvo. Bajó Stephano y empezó a charlar conmigo. Hablábamos de cosas normales, tal vez me permití el lujo de coquetear un poco, era una adolescente al fin y al cabo. Pero nada más. Mi sorpresa fue cuando a la semana vi ese mismo coche aparcado frente a la puerta de mi casa. Al entrar, mis padres me miraron con temor, como si hubiese ocurrido algo que yo ignoraba. Stephano había cerrado un trato, saldó todas las deudas de mi padre y les ofreció una casa más grande, alejada del mar, ya que mi madre tenía problemas respiratorios debidos a la humedad. En ese momento me di cuenta de lo que significaba: yo, a cambio de todo eso.

La miro horrorizada. Sin saber por qué, mi corazón empieza a latir desaforadamente.

—Naturalmente me lo tomé mal. No tuve más remedio que casarme con él y ser su nuevo juguete que acababa de comprar. Claro que no se lo puse nada fácil: Me revelé de todas las formas posibles, lo desprecié, le dediqué una enorme cantidad de insultos y cuando le pregunté por qué me había hecho eso, por qué me había separado de mi familia, de mi libertad… ¿sabes que fue lo que respondió? —Niego lentamente con la cabeza— Me dijo que me vio y enseguida supo que tenía que ser suya, a cualquier precio, y que no iba a cesar en su empeño de retenerme, aún en contra de mi voluntad, hasta que me resignara a amarle.

«Madre mía, yo solo quiero salir corriendo de aquí, no me gusta nada el nuevo rumbo que está adquiriendo esta conversación».

—Stephano me ama, me ama tanto que debería estar prohibido. Desde ese instante me convertí en su talón de Aquiles. Nada podía detenerle ni hacerle flaquear salvo yo. Yo era la única criatura en la faz de la tierra que tenía ese poder. Si realmente quisiera recuperar mi antigua vida, sabía qué hilos mover a mi favor. Entonces fui realmente consciente de todo el poder que tenía y por qué Stephano quiso tenerme siempre cerca. Naturalmente no tardé en amarle. Le amo más que a nada y salvo los primeros días de mi nueva vida, no lamento ni un solo instante más a su lado. ¿Entiendes lo que pretendo decirte?

—Lo siento mucho, de verdad, —cojo aire para hinchar mis pulmones vacíos— yo no creo que las personas pertenezcan a nadie. Todo el mundo tiene derecho a elegir y más una decisión tan importante como esa.

—Tienes un pensamiento muy liberal y justo. Admiro eso de ti. Crees en la igualdad de las personas, defiendes sus derechos y luchas por los tuyos propios. Pero las cosas no funcionan así, al menos no para Marcello. Él es como tú, sin embargo, como su padre en su día, ha encontrado su talón de Aquiles –Monic me mira intensamente y mi cuerpo tiembla al instante—. Aunque es demasiado orgulloso para admitirlo y hacer algo para condenarte, según él, a una vida de censuras y poca libertad. Por eso jamás se atreverá a hacer nada al respecto, jamás hablará abiertamente contigo de sus sentimientos y dejará pasar decenas de oportunidades para luego verse solo y desgraciado. Como comprenderás, no permitiré que mi hijo sea desdichado. Por eso estoy aquí. He venido a tratar de convencerte, a suplicar si hace falta para que aceptes mi ofrecimiento y pongas de tu parte.

Parpadeo varias veces para recobrar la cordura, en cuanto lo hago, me levanto con rapidez.

—Me está proponiendo demasiado. Ni siquiera sé si todas sus teorías son ciertas, puede que únicamente haya visto lo que quiere ver.

—Ingrid… —Monic intenta mostrar calma en sus palabras pero su rostro la delata— Conozco perfectamente a Marcello. Sé que por cualquiera de mis otros hijos no estaría aquí; ellos están con diversas mujeres, se cansan y vuelven. Escogen aquellas que mejor les conviene y forman su particular familia. A veces les va bien, y cuando les va mal, se refugian en los brazos de la amante. Nadie les dirá nunca nada porque son mis hijos, tampoco se quejarán sus mujeres porque no tienen lo que tienes tú: Carácter y fuerza. Sé que es eso lo que Marcello ha visto en ti. No eres como las demás chicas manejables a las que está acostumbrado y es precisamente esa singularidad tuya la que le atrae.

Monic se levanta para plantarme cara. Me siento como un feo insecto a su lado, en cualquier momento va a darme un manotazo y aplastarme.

—Realmente me gustaría que analizaras fríamente las cosas: jamás te faltará de nada, vivirás un amor auténtico, puro, y te garantizo que serás feliz. Puede que no al principio, pero con el tiempo no concebirás mejor vida que esta.

—¿Cómo puede estar tan segura de que es lo que quiere Marcello? ¿Cómo sabe que recibirá de buen grado que usted haya venido a buscarme con semejante pretexto?

—Mi hijo jamás me lo agradecerá; sin embargo, veré la satisfacción reflejada en sus ojos. Él es distinto a sus hermanos, pero es del todo predecible porque en lo que al amor se refiere, es exactamente igual que su padre.

Jamás en toda mi vida me he sentido más confusa. No puedo dar crédito a lo que acabo de escuchar, parece una broma de mal gusto, pero nadie es tan sádico como para hacer durar tanto tiempo una broma pesada. Además, en todo este fascinante asunto hay una realidad insondable: desde que Marcello salió de mi vida me siento, en cierto modo, perdida. ¿Significaba eso que quiero algo más de él?

Monic permanece atenta a cada una de mis reacciones, convencida de que nadie en su sano juicio rechazaría a su hijo. Después de contemplarme largo rato, decide romper el silencio.

—Ven mañana y lo verás por ti misma. Si Marcello no actúa, no reacciona de modo alguno cuando te vea, podrás continuar con tu vida como si nada hubiese ocurrido. Pero estoy convencida de que eso no será así.

Trago saliva nerviosa, creo que estoy a punto de desfallecer.

—Ahora, —Monic gira su rostro para toparse con mi mirada ausente— ¿qué te parece si tú y yo nos vamos de compras?

—Verá, señora, económicamente yo no…

Monic empieza a reír a carcajadas.

—No te preocupes niña, el dinero no es problema.

Observo a María desde la distancia, que advirtiendo que la señora va a irse, sale apresuradamente de la cocina para despedirse.

A juzgar por su rostro desencajado ha estado escuchando toda la conversación.

 

Nápoles parece ahora una ciudad diferente. Monic despierta mucha expectación, demasiada, en realidad.

No puedo evitar sentir nostalgia al caminar insegura por las mismas calles que un día recorrí junto a Marcello. Esas calles que ahora parecen toscas, carentes de luz y belleza.

Los guardaespaldas nos siguen de cerca y nos abren las puertas de las boutics para que realicemos nuestras compras.

La sigo por todos esos amplios pasillos, repletos de ropa de diseño, pero durante el recorrido no me atrevo a alzar el rostro. Me avergüenza mi aspecto y siento que desentono en estos lugares que solo visitan determinado grupo de gente.

No tuve más remedio que esconder la risa cuando, después de un interminable rodeo, Monic decide entrar en Marinella.

Enseguida nos atienden dos empleadas exquisitamente vestidas. Nos hacen pasar a unos amplios vestidores y colocan sobre el diván de cuero color caramelo un sinfín de vestidos de diferentes cortes y colores. Frunzo el ceño al contemplarlos más de cerca.

«Dudo que alguno de ellos pueda quedarme bien. Además, todos tienen pinta de ser carísimos».

Las dependientas me miden el pecho, la cintura y las caderas con una cinta métrica. Luego hacen lo mismo con la longitud que hay desde arriba de la cadera al tobillo. Anotan mis medidas en un cuaderno e ignorándome por completo, se dirigen hacia Monic para hablar con ella.

Seguidamente, vuelven a aparecer en la salita con más vestidos. Se los muestran uno a uno y ella va asintiendo o negando siguiendo su propio criterio. Parece que no necesita mi opinión para eso.

—Sí, debe ser de color azul. Su piel morena resaltará con este azul turquesa, además es el color favorito de mi hijo.

La dependienta se acerca ondeando el vestido delante de mí para que pueda verlo bien.

A simple vista puedo apreciar que es un vestido asimétrico que deja un hombro al descubierto, luego se ajusta a la cintura y cae con algo de vuelo hasta los pies. Es de líneas simples y sinuosas y el tejido sedoso parece ser de esos que se adaptan a las cuervas de un cuerpo femenino.

—Bien. Entremos en el vestidor, te ayudaré a ponértelo.

—No hace falta… —Me apresuro a decir.

—¡Claro que sí señorita, es mi trabajo! —La mujer sonríe amablemente y me acompaña hasta el vestidor con ese impresionante vestido azul en las manos. Luego corre las cortinas y lo cuelga en el perchero para ayudar a desvestirme.

Me pongo tensa en cuanto siento sus manos retirándome la sudadera poco a poco. Me siento demasiado abrumada para actuar, es como si mi mente no tuviera tiempo de adaptarse a los cambios y actuar. En cuanto quedo parcialmente desnuda, el rostro de la dependienta cambia.

—¿Qué es esto? —Pregunta acariciando la venda que siempre llevo puesta para esconder el pecho— Enseguida vuelvo —dice antes de que logre explicárselo.

—Señora Lucci, creo que tenemos un problema.

—¿Un problema? ¿Cuál?

—Tiene que ver esto.

Mi corazón bombea fuerte. Monic irrumpe en el vestidor y me observa sin decir nada, su expresión me hace sentir aún más incómoda.

—Pero… ¿Es lo que creo que es?

Desvío la mirada. Lo cierto es que ahora mismo me parezco a un monstruo de feria.

—¡Quítaselo! —Ordena de inmediato.

—¡Señora Lucci! Por favor, no creo que… —Le digo escondiéndome el pecho todo lo que puedo para que no me toquen.

—Shhhh ¡Ni una palabra! Quiero ver qué es eso que escondes.

Trago saliva. No puedo llevarle la contraria, está decidida y su rotundidad es implacable. Desplego poco a poco los brazos colocándolos hacia arriba para dejar que la dependienta desenvuelva lentamente la venda. Sigue así hasta quitármela por completo.

Luego, me desabrocha el sujetador y mis senos quedan finalmente al descubierto. Miro atentamente a esas dos mujeres, roja como un tomate.

Monic se fija en las marcas de quemaduras de cigarrillo que tengo en la parte baja de la espalda y las cicatrices de cortes de tiempo atrás, pero decide pasar esos detalles por alto y retirar las manos que cubren mi pecho. Las señales rosas del vendaje han quedado grabadas en la piel.

—Madre mía Ingrid, ¿Por qué te maltratas de este modo? —Monic parece muy afectada— Tienes unos pechos preciosos —me contempla con una expresión que no sé interpretar—. Tienes un cuerpo espectacular, realmente no esperaba encontrar esto, no me lo creo.

Me cubro un poco para que deje de mirarme, pero ella se acerca y vuelve a retirarme los brazos para seguir observándome de arriba abajo. La modista no pierde el tiempo y sigue desvistiéndome ante su atenta mirada. Estoy muy nerviosa, siento como si estuviera pasando un examen que de sobras sé que he suspendido.

—Estas piernas son… son increíbles, Ingrid. ¿Por qué te cubres tanto?

Me encojo de hombros.

—Nunca me he sentido a gusto con mi cuerpo.

Monic entrecierra los ojos y parece apenarle mi comentario. Suspira y vuelve a mirarme a los ojos.

—Lo entiendo —dice acercándose a mí para ponerme las manos sobre los hombros—. Pero mírate detenidamente en el espejo, eres perfecta. Esbelta, torneada y muy, muy atractiva. Mucha gente mataría por tener lo que tú tienes, incluida yo.

Me giro con los ojos abiertos como platos; no puede estar hablando en serio.

—Oh, cariño… no puedo imaginar el daño que han debido hacerte, pero créeme, tú no eres esa fachada bajo la que te escondes habitualmente, tú eres así y tienes todo esto, déjame que te saque partido. Luego decides lo que quieras, puedes acudir a nuestra fiesta mañana o no, pero déjame ayudarte a descubrirte.

Mis ojos se humedecen. Ella también lo sabe, sabe lo que ocurrió y me entristece sobre manera no poder ocultar mi gran secreto a nadie. Me avergüenza que me miren diferente, después de todo, he pasado toda la vida intentando superarlo y ocultándoselo a los demás.

—¿Marcello ha visto esto? —Me pregunta de repente.

Mi respiración se agita mientras mis ojos se abren tanto que a punto están de salir disparados de sus órbitas. No puedo hablar, así que niego frenéticamente con la cabeza.

—Increíble. Aun así le gustas —parpadea un par de veces y vuelve a mirarme. Me cubro el abdomen y me encojo un poco; esto es demasiado.

—No te escondas. ¡Ponte recta!

—Yo… yo no puedo, me veo gorda y…

—¿Gorda? —Sus ojos me contemplan alucinados— Ingrid, no hay un solo gramo de grasa en tu cuerpo, de hecho esto que escondes, —Dice poniendo las manos a ambos lados de las curvas de mis caderas— Es tu mejor arma.  Cualquier hombre caería rendido a tus pies si viera lo que yo estoy viendo ahora. Y sí, no me cabe ninguna duda de que Marcello también caería.

—¿Qué dice? —Mis mejillas arden tras su último comentario— Exagera.

—No, no exagero en absoluto. Lo que tú posees no es algo que tenga mucha gente. A los hombres de verdad les gustan las cuervas de una mujer y tú las tienes en su justa medida.

La modista vuelve a entrar. Tras comprobar que las medidas que me tomó sobre la ropa habían sido erróneas, ha ido a cambiar la talla del vestido.

Me lo coloca delicadamente por la cabeza y va deslizándolo con cuidado por mi cuerpo hasta los pies.

Miro la imagen que se proyecta en el espejo. Si no fuera por la cara de niña triste que veo en él, jamás diría que ese cuerpo me pertenece. Aunque debe ser cosa del vestido, no únicamente se ajusta divinamente, sino que también realza mis pechos y mi trasero.

—No tengo palabras —dice Monic recolocando los pliegues del vestido—. Perfecto. Enséñanos más.

La dependienta sale apresuradamente y regresa con más modelos. Vestidos cortos, faldas de tubo con blusas a juego, trajes largos, incluso me pone uno que parece un camisón, es rosa pálido y queda holgado, aunque se transparenta todo mi cuerpo.

Soy demasiado tímida como para atreverme a llevar esto.

—Nos lo llevamos también —dice Monic sin darme tregua. Lo que más me molesta es que entre toda esta ropa elegante no hay cabida ni para un simple pantalón, es como si Monic quisiera eliminarlos de mi vestuario para siempre.

Mi perplejidad llega cuando nos situamos frente a la caja y coloca en el mostrador cinco vestidos. La miro sin comprender.

«¿Es que va a comprarlos todos?»

—¿Cuánto cuesta todo esto? —Le pregunto sintiendo una punzada de remordimientos.

—No me importa. Cueste lo que cuente te lo voy a comprar, siento que con ello hago un enorme favor a la humanidad –sonríe irónicamente–. Puedo permitírmelo, así que no padezcas. Estando con nosotros el dinero no es algo por lo que debas preocuparte. Otros lo harán por ti, así que ¡Vamos! Todavía nos queda mucho por hacer.

Caminamos a paso ligero hasta el coche. Los guardaespaldas nos abren las puertas y conducen rápidamente por calles imposibles, estrechas y repletas de curvas pronunciadas.

En cuanto el coche se detiene, Monic se baja rápidamente. Yo hago lo mismo.

 

 

Mi rostro se congela en cuanto nos disponemos a entrar en una peluquería. Monic tira suavemente de mí hasta que acompaso su paso y cruzamos el umbral con decisión.

 

—¡¡¡¡Monic!!! Es todo un placer volver a verla.

Un hombre menudo de mediana edad se acerca a nosotras moviendo las manos de forma afeminada. Besa discretamente a Monic en las mejillas y luego detiene su mirada en mí. Frunce el ceño.

—Como habrás advertido, Pierre, te traigo a una nueva clienta. Se llama Ingrid.

Pierre me da dos rápidos besos en las mejillas. Luego, sin venir a cuento me sujeta la barbilla obligándome a mover el rostro en diversas direcciones.

—Será fácil. Hay algo de materia prima ahí abajo –acepta al fin.

Le contemplo sorprendida. No sé si reír o echarme a llorar tras su último comentario.

—Eso ya lo sé. Solo hay que descubrir toda esa belleza que durante años se ha empeñado en ocultar. No nos llevará mucho, ¿verdad?

—¡Claro que no! Por favor, pasad por aquí preciosas.

Pierre da un par de palmadas al aire y dos empleados acuden en el acto.

—Traed un café y una revista para la señora. Nos esperará aquí, ¿verdad?

—Preferiría entrar, la verdad.

—Oh Monic… no, no, no —se cruza de brazos estirando una pierna al mismo tiempo — ¿Acaso le preguntaron a Miguel Ángel si podían ver la capilla Sixtina antes de acabarla? Usted espere aquí tranquila. Le prometo que cuando salgamos me acompañará una Diosa en lugar de un ser humano.

Monic ríe y acepta de buen grado la propuesta de Pierre. Yo no hago más que contemplar la escena boquiabierta, después de todo, alguien ha osado contradecirla.

—¿Qué vas a hacerme? –Pregunto mientras me sientan frente a un espejo enorme y me cubren el cuerpo con una capa negra.

—Voy a esculpirte, cariño. ¡Oh, Dios mío! —Vuelve a ladearme el rostro, esta vez escandalizado— ¿Cuánto hace que no pisas una peluquería?

Se me escapa una breve carcajada.

—No me acuerdo.

Pierre, de forma exagerada, coge un abanico y empieza a ventilarse la cara.

—¿Y una limpieza de cutis?

Pierre cierra los ojos preparándose para lo peor. Lo observo en el espejo y vuelvo a reír.

—Nunca me he hecho una.

Pierre parece despertar de golpe. Su abanico queda congelado así como sus facciones.

—Creo que me va a dar un sofoco. ¡Anna, Sara, Claudia! ¡Rápido, aquí! ¡Ahora!

Aparecen tres personas en la habitación.

—Una limpieza exhaustiva de cutis, uñas, cejas y labios… ¡Ufff! necesito una tila antes de empezar. ¿Quieres tomar algo cariño?

Niego con la cabeza.

—Está bien. Relájate y déjate hacer. En cuanto regrese intentaremos hacer algo respetable con ese pelo, pero no antes de que mis compañeras te dejen como una patena. Voy a hablar con Monic.

Pierre se aleja refunfuñando algo por el pasillo. Yo decido no hacerle caso y centrarme en esas personas tan amables que se han puesto manos a la obra conmigo. Tengo a una chica liada con mi cutis, otra a los pies y la que queda está retocándome las uñas de las manos con un montón de utensilios extraños y afilados.

Después de una hora, miro los arreglos; bueno, no están del todo mal…

Pierre entra en la habitación poco después. Sonríe al ver que me han dejado medianamente aceptable para su gusto. Ahora le toca a él.

Sin decir nada ladea mi cabeza y empieza a cortar sin tan si quiera mojarme el pelo. Observo que me está cortando el pelo de forma desigual, escalando en las puntas con una navaja pero manteniendo el largo. Luego, aplica una serie de mezclas cremosas en un bol y empieza a pasarme el mejunje por la cabeza con un pincel. Nunca me había teñido hasta hoy.

Observo como combina diferentes colores, haciendo una especie de mechas para ofrecer algo de luz a mi cabello apagado.

Después de esperar lo que me parece una eternidad, por fin me lava cabeza, me la seca con el secador y moldea mi pelo rebelde. Primero con un cepillo y luego con una plancha.

El resultado no podía ser mejor. No únicamente me ha rejuvenecido el corte sino que además, me favorece, al igual que el color que ha elegido.

—¡Bualá! Ya hemos terminado —anuncia con una exagerada sonrisa.

Monic entra poco después. Sus pupilas se dilatan nada más verme.

—No –dice mientras coloca el dedo índice bajo mi barbilla obligándome a alzar el rostro—. No mires al suelo, estás sensacional y creo que tú ya lo sabes. Ahora solo falta que empieces a creértelo.

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