TANATOS12

Capítulo 32

Después de aquel momento incomparable ninguno de los dos quiso edulcorar la entrega efectiva del anillo de pedida. Como si lo hubiéramos pactado. María recibía el anillo en un hotel de carretera, en medio de la nada, no cutre, pero si ordinario. Mientras ella repetía que le encantaba, yo pensaba que nunca hubiera esperado dárselo allí, pero que me quedaría, y seguro ella también, con el recuerdo previo, al aire libre, ya casi muertos de frío, con aquellas vistas, en aquel paisaje.

Lo que nunca sabría María era las dudas terribles que yo había tenido, hasta el punto de plantearme dar marcha atrás.

Sentía júbilo, como cuando le pides a la chica que te gusta para salir con quince años y te dice que sí. Bajábamos las escaleras de la primera y única planta del típico motel, como los de las películas, y yo pensaba que aquel anillo era la confirmación absoluta de que era mutuo, de que todo era mutuo. Y entonces pensé que exactamente todo no, si efectivamente era cierto aquello que me había dicho, de que algo como lo de Edu nunca volvería a pasar. Y al írseme la cabeza a ese pensamiento me auto inculpé de no poder dejar esa parte de mi vida al lado ni siquiera en un momento como ese.

Aquel motel con plantas baja y planta primera, una gasolinera… una cafetería… Hacíamos kilómetros y kilómetros y todos parecían iguales, y me sentía como esos cantantes de gira que dicen no acabar sabiendo dónde están.

Sentados frente a frente en la cafetería yo la miraba obnubilado mientras ella indagaba en la carta. Con aquellos jerseys de lana, tan gruesos y la camisa asomando por los cuellos y por abajo, estaba tremendamente adorable. Tremendamente adorable y para toda la vida. Lo pensé y no me asusté en absoluto, si no que una sensación maravillosa, como de orden, de paz, hasta de prosperidad… me envolvió como una enorme y cálida manta, como la manta que se le echa al naufrago por la espalda una vez, por fin, está a salvo.

Inevitablemente y con enorme ilusión, nos sumergimos en una conversación en torno a la futura boda: sitio, invitados, forma, fecha… y estábamos bastante de acuerdo en que fuera discreta, con poca gente y sin mucha dilación, quizás ese mismo verano, en medio año, no más.

Parecía todo cercano y lejano a la vez. Tremendamente real a la vez que soñado. Yo estaba sobrepasado por esa noticia que de buena parecía como si no hubiera sido idea mía, demasiado buena como para no ser sobrevenida, y María estaba sobrepasada por una hamburguesa a la que no sabía por dónde recortar debido a su tamaño desmesurado. Fue entonces cuando vi la pantalla de su móvil iluminarse. No era un mensaje pues la pantalla no quería apagarse y María le dio la vuelta al teléfono con hastío.

—¿Quién es? —pregunté.

—¿Tú que crees? —preguntó queriendo mostrar desgana.

—¿Álvaro?

—Claro.

Miré mi móvil que también estaba sobre la mesa para ver qué hora era. Para Álvaro serían aproximadamente las cinco de la madrugada. Me sorprendió, pero recordé que era sábado. El saber que era sábado me llevó a recordar que hacía veinticuatro horas era viernes por la noche y María se besaba con aquel hombre. Veinticuatro horas atrás, y me parecía una vida.

—Habrá vuelto de salir de noche. O estará borracho por ahí, buscándote —dije.

María, dando bocados de pajarito a la hamburguesa, con los que podría tardar tres horas y cuarto en acabar aquello, resopló, posó la comida en el plato con cuidado, se limpió con una servilleta de papel y se dispuso a quitarse el jersey. No sabía cuánto de su calor era por temperatura o por agobio, agobio por aquella tremenda hamburguesa o por la llamada.

—Estoy bastante hartita de él. Le estoy cogiendo asquete —dijo ya solo en camisa rosa, espléndida, y urdiendo un plan te ataque con su mirada y sus manos para con aquella cena contundente.

—¿Te ha llamado mucho? —pregunté algo sorprendido, pues no había sido consciente durante todo el día de que su móvil hubiera sonado o se hubiera iluminado.

—Llamar no, pero sí que ha escrito cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues cosas que cada vez me gustan menos —respondió desvelándome que entonces sí había leído finalmente aquel párrafo que le había pedido.

—¿Y eso? —pregunté pensando que me lo daría a leer.

—Pues no sé, un plan que no me gusta. Como agresivo o machista… no sé… de verdad que me está dando asquete. Estoy a nada de bloquearle.

—Bueno María, le pides que te escriba algo original a cambio de una foto. Lo hace, o al menos lo intenta, y no le respondes más…. Porque no le has respondido, supongo.

—No. Y menos con ese tonito, vamos.

Yo no quería que María le cogiera demasiada manía y también entendía bastante al chico. María, bueno, ambos, llevábamos dos meses mareándole, a cambio de absolutamente nada. Por otro lado tenía especial curiosidad por leer aquello que la había molestado tanto, pero no quise pedirle el móvil si no salía de ella.

Cambiamos de tema y en seguida volvió la María alegre de antes. Además, había algo en ella que parecía dar a entender que quería hacerlo esa noche, esas cosas se saben cuando llevas un tiempo juntos; la primera vez como prometidos, y yo estaba desconcertado: arnés, sí, no, imaginación sin más, ¿nada? Recordé los dos salvavidas que había lanzado a mi ego, aquello de que le había excitado que la mirase, aquello de que le daba morbo cuando hacía algo especialmente guarro… Me preguntaba qué de todo aquel batiburrillo se pondría aquella noche sobre la mesa, o, sobre la cama.

Subimos a la habitación y María ya sin pantalones ni jersey se lavaba los dientes mientras yo me desnudaba en el dormitorio, cada vez más intrigado por lo que le habría escrito Álvaro. Estaba totalmente desnudo cuando mi novia apareció en ropa interior y camisa, y con el móvil en la mano, mirando la pantalla.

—¿Te ha escrito más? —pregunté incontenido.

—No. ¿Quieres leerlo?

Mi mirada debió de ser respuesta inequívoca pues ella me dio su teléfono y, mientras yo cogía su móvil y entraba en el chat de Álvaro, ella se tumbaba a mi lado, haciéndose con el mando a distancia.

Querría haber empezado por el principio, justo después de la petición de María de aquel párrafo original, pero inevitablemente me topé con el final de la conversación, por no decir monólogo. Vi un montón de “respóndeme”, “deja de putearme” y “no me coges el teléfono”. Efectivamente, aun siendo escritos, parecían gritos; algo desagradable.

Intenté entonces subir hacia arriba en la conversación sin hacerme spoilers a mí mismo de lo que escribía después, hasta que llegué al ansiado párrafo. Fue encontrarlo y aparecer él en línea, y tuve el pálpito de que en aquel momento él y yo nos mirábamos a través de la pantalla. Sentí un extraño escalofrío, como si estuviera de golpe en una trinchera, oculto, con miedo a sacar la cabeza por encima de mi escondrijo. Aquel chico parecía no dormir nunca.

Boca arriba, desnudo, sobre la cama, me disponía a leer aquello mientras María hacía zapping, o tiempo, o las dos cosas. Álvaro comenzaba diciendo que una noche reciente había estado bebiendo con unos amigos en un descampado antes de entrar en un concierto, una vez allí, al rato, había visto a una mujer a lo lejos y había pensado que era ella, María, a la que había seguido hasta que con una profunda decepción se daba cuenta de que no era ella. Contaba que, esa noche, una vez ya de vuelta en casa, se había masturbado imaginando que sí era ella la chica del concierto, que la abordaba y la convencía para alejarse de la música e ir con él al descampado, allí donde había estado bebiendo con sus amigos. Y que, una vez allí, se besaban, en un principio, y la poca gente que aun había haciendo botellón comenzaba a mirarles como se enrollaban. Una vez esa introducción el chico había escrito una frase bastante abrupta, que me cogió por sorpresa: “Después de besarnos me acababas chupando la polla y la gente comenzaba a rodearnos y a mirar cómo me la mamabas bien mamadita”. Impactado, releí esa frase varias veces, cuando María me volvió a la realidad:

—Veo que te gusta lo que lees.

Sin darme cuenta mi miembro había crecido y se había movido hasta apuntar hacia mi ombligo, reposando sobre mi vello púbico.

—Pues creo que aun no he llegado a lo mejor —respondí desinhibido, seguramente ayudado por las dos cervezas de la cena.

Me dispuse a seguir leyendo mientras María apagaba la luz y quedábamos solo iluminados por la luz que emanaba del televisor. Álvaro describía cómo el corrillo de gente les miraba mientras ella se la chupaba y él le ordenaba que se pusiera de pie y se diera la vuelta. El chico entonces no escatimaba en detalles para describir cómo se follaba a María allí, contra un coche, delante de un montón de gente. “¡Menudo pajote me hice imaginándome que te follaba contra un coche como una perra!”, “¡¡Gritabas que se te oía en el concierto!!” “¿Te pone cachonda mi historia eh, de cómo te follo como a una cerda y todos te miran?” “¿¿A que si??”

Mientras leía aquello, María me sorprendía, sentándose a horcajadas sobre mí, y mi erección se tornaba en más que evidente.

—Pues sí que te gusta, sí. —dijo una María, haciéndose la indignada, pero pícara, en bragas blancas y camisa rosa, sentada sobre mí, pero sin apenas tocarme. Mi polla, al sentirla tan cerca, dio un respingo, como un rebote, para captar su atención.

Para desgracia de mi polla, ella no la acariciaba, y, para desgracia de mi mente, el gran párrafo acababa ahí; pero seguí leyendo, frases cortas y sueltas en las que el chico le decía a María cosas tales como “se que te pones súper cerda mientras te escribo esto”, “en el fondo eres una guarra más, solo que más mayor, pero igual o más guarra que otras que me follo”.

El peso de sus frases era impactante. Es cierto que sonaba ciertamente desagradable. El chico tenía que estar muy borracho o muy salido o ya muy harto de ella para escribir eso, o las tres cosas. Después de pedirle la foto que él creía merecer, había llegado a escribir: “¡¡me tienes hasta la polla, ERES UNA MALA PUTA!! llevas semanas riéndote de mi o qué!??”

—Hostiás… —dije en un suspiro.

—Qué.

—Joder… te llama de todo…

—Ya te lo dije, menudo idiota… —dijo María al tiempo que se desabrochaba la camisa y salía a la luz un sujetador blanco de encaje, con dos copas enormes, necesarias, por otra parte. Cuánto más rotundo y vasto era su sujetador más advertía e informaba de la generosidad de sus pechos.

A mí no me interesaba que ella se enfadase ni alarmase. Intenté quitarle hierro al asunto. Al fin y al cabo al chico no le faltaba razón; llevábamos ni se sabe cuánto tiempo con aquello.

—Me da igual, es un idiota… Y un buen cerdo —dijo, y no pude evitar responder:

—Cerda… es lo que te llama a ti.

—Ya… ¿y te parece bien que me llame eso? —respondió, en una pregunta trampa, que yo dudé si era por fin el inicio del juego o debía responder que no, que se había pasado. Me quedé en silencio. Mirándola. Despeinada por haber estado acostada, con la camisa abierta… aquel sujetador enorme… su vientre plano, su cara, cansada y morbosa a la vez. Mi polla palpitó con vida propia, llamándola, sin que yo hubiera dado orden alguna, y su mano fue lentamente a ella, la recogió con sumo cuidado y echó la piel lentamente hacia atrás, haciendo nacer una gota transparente y tremendamente brillante que aparecía por la punta captando la atención de los dos. Aquel movimiento era una clara declaración de intenciones.

—Eh, ¿te parece bien que me llame eso? —preguntó mimosa, buscando protección, pero a la vez jugar. Y pasó la yema de su dedo pulgar por aquella gota… que esparció meticulosa y lentamente por mi glande, haciéndome temblar.

—Bueno… es normal… que esté enfadado.

Nos quedamos en silencio. Ella seguía con su movimiento mínimo con aquel dedo, mientras con la otra mano se recolocaba la melena o me acariciaba los muslos o el vientre, inquieta.

—También… —dije.

—¿También qué?

—También te llama… mala puta…

—Ya… menudo imbécil —dijo en un susurro, casi imperceptible.

María comenzó entonces a pajearme, muy lentamente. Mi polla casi chocaba con sus bragas debido a cómo estaba sentada sobre mí.

—Busca una de sus fotos —dijo, para mi sorpresa.

Yo recibía su lenta paja, que alternaba ahora con una y otra mano, mientras buscaba.

Le iba a preguntar qué foto quería, cuando ella detuvo la paja y apoyó mi miembro contra su entrepierna, en vertical, como un pequeño mástil que delimitaba sus bragas a izquierda y derecha. Y entendí, o supuse, qué quería.

—¿Quieres comparar? —pregunté.

—Mmm… es curiosidad…

—Qué cabrona… —dije sin que me molestara en absoluto, encontrando la foto en la que salía nítidamente la polla de él, agarrada por su mano. Un pollón importante, quizás no como el de Edu, pero seguramente del doble de tamaño del mío.

Le enseñé la foto y María fingió indiferencia, al menos no quiso mostrar impresión.

—¿Hasta dónde llegaría? —pregunté llevando mi mano a mi miembro, para que se mantuviera allí, erguido, discurriendo todo el tronco, de abajo arriba, frente a su entrepierna.

—… No sé… ¿Hasta aquí? —preguntaba ella mirando a mi miembro y a la pantalla, e indicando una altura considerable, prácticamente hasta su ombligo.

En aquel momento la luminosidad del televisor bajó en intensidad y María dejó caer el móvil sobre la cama. Casi irradiaba más luz el móvil, que era concretamente la foto de la polla de Álvaro, que el televisor. Ella llevó entonces su mano a donde estaba la mía y comenzó a frotar mi miembro contra sus bragas… con una feminidad y un morbo tremendo, movía su cuello y me miraba. Movía un poco su cadera hacia adelante y atrás, para frotarse, y me miraba. Quizás, o seguramente, pensaba en la polla de él, aunque tocase la mía, pero no me importaba, si no todo lo contrario.

Recordé entonces que ella se había excitado porque yo la hubiera mirado mientras se besaba con el hombre aquel la noche anterior, y quise tirar de ese hilo.

—Eso de que te folle contra un coche… no me importaría verlo…

—¿Ah sí…? ¿te gustaría ver eso? —preguntó moviendo más la cadera adelante y atrás y aprisionando con más fuera mi miembro contra sus bragas, y por ende, contra su coño.

—Sí que me gustaría… tu cara de guarra… siendo follada allí…

María me miraba, atenta, con los ojos entre cerrados, en la penumbra casi absoluta de la habitación. Y yo proseguí:

—Menuda guarra estarías hecha… dejándote follar por ese crío delante de mí… y delante de toda esa gente… Qué cachonda hay que estar para dejarse follar así y que todos miren… y unos alucinen… yo… me excitaría… como casi todos… y muchos también se reirían… en plan… hay que ser puta…

María en ese momento se separó un poco las bragas… apartándolas de su coño, tiró de ellas hacia adelante, e introducía mi miembro entre la seda blanca y su coño… y tapaba mi polla… quedando esta aprisionada entre las bragas y aquellos labios que sentí ardientes. Lo hizo en un movimiento lento, sutil, certero. Y acabó posando su mano sobre su ropa interior, y apretó, pero sin tocarme. Mi polla lagrimeaba, aprisionada, habiendo cambiado la piel de sus manos por aquellos labios húmedos y calientes.

Nuestras frases, nuestros movimientos. Todo era improvisado, pues seguíamos sin saber hacia dónde íbamos. Qué fantasía escoger, qué tipo de ocurrencia decir… pero todo, en el fondo, parecía tener un sentido, un trasfondo ordenado.

María movía su cadera hacia adelante y atrás, frotando su coño contra mi miembro encarcelado. Las bragas daban de sí con solvencia y yo maldecía no cambiar la visión de su sujetador por la de sus pechos desnudos. Disfrutaba de aquel roce, pero quería más, quería hacerla hablar:

—Pues sí, María… te miraría… y pensaría… joder qué guarra… para dejarse follar así.

—¿Ah sí…? ¿me llamarías guarra?

—Lo pensaría…

—Más guarro eres tú…

—¿Tú crees? —pregunté, mientras ella coló una de sus manos por entre sus bragas y comenzó a masturbarme, con mi miembro aun aprisionado y yo no me podía creer aquella destreza suya, a la vez que me moría del gusto, de su mano caliente apretándome con firmeza.

—Sí… más guarro eres tú… y voy a vengarme.

—Vengarte ¿por qué…? —preguntaba ya con los ojos ya casi cerrados, quedándome con una imagen antes de cerrarlos, y era la de María estirando sus bragas hacia adelante con una mano, mientras con la otra me masturbaba cada vez más rápido.

—Vengarme por llamarme guarra… o por pensarlo…

Me abandoné. No quise pensar más. Aquella mezcla de Álvaro, de su polla, de la mía, de la fantasía del chico… de lo vivido con el hombre la noche anterior… eran tantas cosas… Solo se escuchaba la televisión de fondo y el ruido húmedo de mi piel echada hacia adelante y atrás, una y otra vez, de forma rítmica, y tremendamente lubricada por todo el preseminal que iba soltando. María me hacía una paja brutal y yo temblaba y suspiraba, mis abdominales se contraían y abría los ojos mínimamente para ver el imponente torso de María, aquel impactante sujetador que evitaba que sus tetas se bamboleasen en demasía como consecuencia de la tremenda paja que me hacía.

—Joder… María… Para… —le supliqué pues si tenía ganas de correrme, más ganas tenía de que se subiese por fin encima de mi, de que me montase de una vez.

Ella, implacable, no solo no obedecía si no que no bajaba un ápice el ritmo. Mecánico, hábil, perfecto. Aquella mano me cubría el miembro por completo y ella aprovechaba ese poderío, esa superioridad, para maltratarme y para sacudírmela de forma despiadada.

—Joder… María… dios… me voy a correr…

—Pues córrete… vamos…

—Uf…—protestaba mínimamente, al borde de la rendición, entre espasmos… pero también mi cuerpo quería descargar, sobre todo por lo vivido la noche anterior… horas y horas en las que finalmente no había podido disfrutar ya no de un clímax si no de desahogo alguno….

—¡Vamos…! ¡guarro…!

—¡Joder…! ¡Uf…! ¡María…! —me retorcía, indefenso.

—¡Córrete…! ¡Cerdo…! ¡Córrete…! —me provocó en un susurro… pero ella me conocía, y ya sabía que me estaba contrayendo, que todo mi abdomen vibraba solo, que mis brazos temblaban y que mis piernas se tensaban. Abrí ligeramente los ojos y María no miraba mi polla si no que me miraba a mí. Seria, categórica, inclemente. Y dirigía mi miembro hacia su cuerpo, aunque éste, de forma natural por estar empalmado, quisiera apuntar hacia mi vientre. Y yo suspiré, resoplé y ella paró, a propósito, sabiendo que parando justo en ese momento explotaría aun con más intensidad, y sentí como descargaba hacia arriba, un primer chorro, violento, y ella tras ser salpicada, reanudó la paja, lentamente y mis espasmos se hicieron vehementes, y ridículos, por aleatorios, y mis suspiros tornaron en jadeos continuos, en segundos y segundos jadeando y soltando, salpicando aquel semen que yo sentía en parte caer sobre mí, pero ella parecía obcecada en intentar dirigir hacia sí misma… hacia su vientre, hacia su coño… aunque yo no sabía con exactitud donde aterrizaba, pues entre cerraba los ojos; y ella no solo no se quejaba por ser manchada si no que seguía exprimiéndome, aprentándome incluso con más fuerza, vaciándome, inflexible… mientras yo seguía disfrutando de un orgasmo eterno…

Ladeé la cabeza. Vacío, pero extrañamente espabilado. Aquel orgasmo largo y tremendo me había extasiado, pero no adormilado.

No noté que ella se moviera, y seguía exprimiendo hasta la última gota, tan última que le tuve que suplicar que parara.

Finalmente, con delicadeza, mi miembro flácido fue por fin liberado, de su mano y de sus bragas, que deduje empapadas por parte de lo que yo había soltado. Estas cayeron a mi lado y ella se bajó de mí, con un extraño cuidado, pensé que iría al cuarto de baño y no querría ir goteando todo lo que había eyaculado sobre ella, pero María tenía otros planes.

—¿En serio crees que soy una guarra? —dijo, sorprendiéndome, colocándose a horcajadas sobre mí, pero ahora más arriba, casi sobre mi pecho. Toda su entre pierna bañada de líquido blanco y transparente aparecía a veinte centímetros de mi cara. Sus vello púbico encharcado, un latigazo blanco chorreaba desde su ombligo hasta su pelo recortado, otra densa salpicadura en su muslo, en la ingle. —Yo creo que eres más guarro tú— dijo, levantando su cadera, colocando sus piernas a los lados de mi cabeza. Proponiendo, pero no obligando. Miré hacia arriba, su cara a lo lejos, su camisa abierta, su sujetador enorme… y aquel coño embadurnado por fuera, con sus labios encharcados medio separados. Podría sentarse en mi cara en cualquier momento, pero esperaba una señal, mi señal. Aquellos chorretones descendían por su coño y su vientre, en cualquier momento una gota, o más que una gota, podría caer sobre mi rostro. Yo, a pesar de mi reciente orgasmo, no dudé en dar la señal, llevé mis manos a sus nalgas, para que ella descendiera… y ella entonces bajó un poco, y su coño quedó expuesto y a centímetros de mis labios…

—Qué guarro eres… —murmuró… sabiendo que tenía mi aprobación, mientras mi lengua salió de mi boca para abrirse paso entre unos labios blandos y desordenados… que habían estado martirizados y aplastados instantes antes… Me deleité lamiendo y succionando… sin importarme lo más mínimo degustar mi propio semen por primera vez, y María se retorcía del gusto cuando lamía de su coño y se retorcía del morbo cuando sorbía de aquel líquido blanco, aunque este estuviera en sus muslos.

—Joder… qué guarro eres… —volvía a repetir, ayudándome con su mano para que levantara la cabeza. Y yo continué absorbiendo todo aquello que encontraba más húmedo a mi paso. Con mis labios, con mi lengua, lamía su vello púbico caliente y empapado por aquel liquido espeso y mío, y ella gemía, quizás recordando cuando había hecho lo propio, pero con el semen de Edu. Mi lengua comenzó a abrirse paso entre su coño, buscando a veces lo más profundo y oloroso y a veces se salía para apretar su clítoris.

Ella, excitada, cachonda, no tenía suficiente con llevar una de sus manos a mi cabeza, si no que la otra la llevaba a su cintura y movía esta adelante y atrás… Sí… me follaba la boca literalmente con su coño, era ella la que acababa enterrando su coño en mí más que mi lengua y boca en ella. Me insultaba, me llamaba cerdo y guarro por lamer de mi propio semen, me preguntaba, ida, y retóricamente si me gustaba comerme mi propio semen… y ya, al borde del orgasmo, cuando yo notaba ya su coño fundiéndose en mi boca, acabó por confesar, por confesar lo que imaginaba, y me llamó de nuevo cerdo y guarro, y un “te gustaba el semen de Edu, ¡eh, cabrón!” salió de su boca justo antes de apretar más mi cabeza contra su coño, justo antes de follarme la boca con su movimiento de cadera, justo antes de echar la cabeza hacia atrás y rendirse, y abandonarse y gemir, y jadear, y gritar un orgasmo, aprisionándome… Mi lengua apretaba con fuerza en su clítoris para complacerla, mientras ella ya no me insultaba si no que gemía como loca y unos “aahhhmmm” tremendos que tenían que escucharse por todo el pasillo unos “ahhhmmm mmmm” tan ordinarios como el propio motel… salieron a gritos, desvergonzados, de su boca. Y no paró, no paró de aprisionarme, de aplastarme, de follarme la boca con aquellos movimientos de cadera adelante y atrás, hasta que se quedó completamente complacida.

Mi cabeza cayó rendida sobre la almohada y ella me descabalgó. Estaba exhausta. Y yo, lúcido, despejado, no daba crédito a lo sexual que la estaba sintiendo. De nuevo aquella sensación, que casi asustaba, o como mínimo impresionaba, de lo que se podía cada vez presentir con mas fuerza, de lo que María llevaba dentro.

No llegamos a follar aquella noche. Había sido todo extraño, una mezcla de todo. Una mezcla de Álvaro, de Edu, de lo leído en su móvil, de lo que le excitaba de mí… Un batiburrillo, un caos, fiel reflejo de lo que nosotros estábamos viviendo en nuestra vida sexual, un auténtico lío, con salpicaduras, nunca mejor dicho, de todo lo vivido en los últimos diez meses.

Aquella mezcla no se detuvo pues la siguiente noche usamos el arnés. Otro elemento más. A petición suya y fantaseando con un Álvaro al que por mucho que ahora prácticamente le hubiera cogido asco no parecía por eso que fuera a dejar de querer fantasear con él. Y una vez tuvo su orgasmo yo volví a hacer aquello de penetrarla y a disfrutar de no sentir casi nada. Y fue esa la primera vez que estuve dentro de ella como prometidos, y tuve una sensación de amor incluso más intensa por ello.

Pocos días más tarde el viaje tocaba a su fin. Ya estábamos en el aeropuerto y aun nos veríamos sorprendidos por una vivencia más. Esperando para embarcar sonó el móvil de María. Un mensaje. Leyó, vi su cara, y supe que algo no iba bien, nada bien, y es que le cambió completamente el semblante. No la quise atosigar, no era pena, no era enfado, parecía preocupación. Pensé que quizás algún lío en el trabajo, algo extremadamente grave. Finalmente no pude contenerme, y, tras varios “qué pasa”, María me dio a leer, llevó sus codos a sus rodillas y se tapó la cara con las manos. Yo leí:

Álvaro Móvil: “Hola cabrona calienta pollas, la otra noche estuve con una de aquellas amigas tuyas que había visto la noche que nos conocimos y me dijo donde trabajas, fui ayer y anteayer a tu curro a ver si te veía y podíamos hablar pero no te vi salir, ¿donde te metes?”.

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