ANNABEL VÁZQUEZ

Aparco la moto cerca del bar y como cada día entro canturreando antes de colgar la chaqueta en el perchero de la entrada. Pero esa mañana, a diferencia de las otras, no he sido la primera en llegar. En la barra, junto a María se encuentra Marcello, que luce un polo azul claro Ralph Lauren y unos vaqueros desgastados del mismo color. Tras pasar la mano por su lacio cabello castaño, me mira de arriba abajo. No puedo evitar bajarme aún más la sudadera negra para tapar cualquier parte de mi cuerpo expuesta a su escrutinio.

—¡Ingrid, acércate cariño!

Camino vacilante hacia ellos. Me observan de una forma extraña, como si hubieran estado cuchicheando algo antes de mi llegada.

—¿Qué ocurre?

—Hemos cambiado tu día libre. Será hoy en lugar del jueves.

—¿Por qué? –Preciso saber.

—Todavía no has visto Nápoles. Nos parece del todo inadmisible.

Sonrío a María y a Marcello al mismo tiempo.

—¿Qué dices? ¿Nos vamos? –Me anima levantándose de un salto del taburete.

No sé cómo reaccionar. Mi cuerpo está tenso y mi corazón late con fuerza por la emoción de la sorpresa. Asiento enérgicamente y salgo del bar con una radiante sonrisa dibujada en el rostro.

Espero a que me abra la puerta del último modelo de Alfa Romeo en color negro que posee, y entro. Me coloco el cinturón de seguridad mientras él da la vuelta al coche. Nada más sentarse, baja los cristales de las ventanillas delanteras, inspiro profundamente el efluvio que proviene del exterior y cierro los ojos.  Es un aroma fresco, como a tierra húmeda; me encanta.

Él sonríe tras percibir la emoción palpable que me asalta por dar una simple vuelta en coche.

Llegamos a un terreno repleto de baches y Marcello aparca el coche en un vado cercano.

Me acompaña hacia las puertas de lo que parece un castillo enorme. Una fortaleza de piedra medieval.

—Este castillo defiende la entrada de la bahía desde hace cientos de años —me explica señalando hacia el enorme muro exterior.

Me sitúo en frente de unas puertas inmensas, el ancho mar está a mi espalda y una ciudad desconocida frente mí. Vuelvo a sonreír, sintiéndome emocionada por ver aquello que me espera tras del muro.

—Ahora vamos entrar en lo que es el centro económico de la ciudad. Las tiendas, las tabernas… ¿Te gusta el vino? Nápoles está arraigada a una importante tradición vinícola. Las uvas tienen un gusto diferente aquí porque las viñas crecen en tierra volcánica.

Me conduce por calles adoquinadas, rústicas y encantadoras. Lo que más me gusta es como respeta mi espacio para no incomodarme. No osa tocarme, aunque sí está lo bastante cerca de mí para hacer evidente que estamos juntos.

Paramos frente a una taberna donde las mesas son viejos barriles de vino barnizados. El turismo sí parece campar a sus anchar por este lugar tan lleno de color, de vida…

El joven camarero tropieza en la entrada y se esfuma rápidamente tras divisar a Marcello. Enseguida reaparece junto a un hombre mayor que camina hacia nosotros y abraza efusivamente a mi acompañante.

—Hace mucho que no vienes por aquí, ¿Qué ha sido de ti, amigo mío?

—He estado muy ocupado últimamente. Me encantaría charlar contigo pero estamos de paso,  solo hemos venido a catar tu excepcional vino. Estoy presentándole a Ingrid nuestra ciudad y me he visto obligado a parar aquí para que su paladar pueda constatar todo cuanto le he contado.

—Eso es cierto –aprueba el hombre mirándome amigablemente—. Aquí está el mejor vino de toda Italia.

—¡Corre Paulo! ¡Trae dos copas inmediatamente!

El joven sale corriendo y se pierde entre el gentío.

—Es todo un placer conocerla señorita –sostiene delicadamente mi mano tensa. Mi respiración se paraliza tras su contacto pero no la retiro, aguanto mientras me la besa delicadamente— Me llamo Lucca.

Asiento y retiro bruscamente la mano para colocarla entre las rodillas.

—Encantada de conocerle, Lucca.

Marcello me contempla entrecerrando los ojos.

El chico al que llaman Paulo regresa con una bandeja en la mano, sobre esta dos copas y una botella. Coloca la bandeja sobre la mesa y exhibe la botella frente a Marcello, esperando que este dé su aprobación. Él se limita a asentir y el chico la descorcha frente a nosotros, la cubre con una servilleta de tela blanca y aboca poco a poco el vino tinto en nuestras copas.

—Pues aquí está nuestro mejor vino. Espero que sea de su agrado —mira a Marcello y le toca el hombro con cariño—. Les dejo solos chicos. Cualquier cosa no duden en llamarme.

Lucca se marcha junto al muchacho joven, yo me centro en Marcello e involuntariamente estallo en carcajadas.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Me parece tan medieval eso de besar la mano… pensé que ese gesto ya estaba totalmente pasado de moda.

Marcello me contempla con incredulidad. No se ríe.

—Si nos hubiésemos conocido en circunstancias normales yo también hubiese besado tu mano. ¿Me lo hubieses permitido?

Me revuelvo inquieta en la silla.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, Lucca te ha tocado y no has montado ningún numerito.

—Ya… –reconozco desviando la mirada–, ha sido complicado para mí, no te creas. Pero contigo no hubiese hecho falta retirar la mano, no habrías hecho algo así en la vida, sabes que ese gesto está fuera de lugar en los tiempos que corren.

Se encoje de hombros.

—Ya te dije que aquí somos muy arraigados a las tradiciones.

—Entonces el mito debe ser cierto…

—¿Qué mito?

—Todo lo que dicen de los italianos, su galantería y demás…

Marcello ríe y niega varias veces con la cabeza.

—Hay de todo como en todas partes. Por cierto, tienes una habilidad especial para eludir los temas que no te interesan, ¿lo sabías?

—Se debe a la práctica diaria.

—Imagino… —vuelve a reír mientras alza su copa—, ¡venga! vamos brindar y probar este delicioso brebaje de una vez. ¿Preparada?

Cojo mi copa ilusionada.

—¿Por qué vamos a brindar?

Marcello no lo duda. Junta su copa a la mía y me mira intensamente.

—Porque las cosas sigan así de bien.

Es un brindis sencillo y escueto, pero me parece de lo más apropiado. Choco mi copa suavemente contra la suya, me dispongo a beber pero él me lo impide.

—¿Qué haces? El vino no se toma así —me reprocha molesto.

Le miro sorprendida.

—Primero tienes que olerlo —aclara con suavidad.

Aprieto una sonrisa mientras llevo la copa a mi nariz y aspiro profundamente.

—Debes cerrar los ojos.

Obedezco.

—Ahora te lo llevas a la boca y das un sorbo pequeño. El secreto está en mantenerlo diez segundos en la boca antes de ingerirlo.

Hago lo que dice: doy un pequeño sorbito y le miro reprimiendo la risa. Cuento mentalmente hasta diez y lo trago.

—Realmente está muy bueno. No entiendo mucho de vinos, pero este es increíble.

Marcello ríe sin dejar de mirarme.

—Ya puede estarlo. Cuesta cien Euros la copa.

—¿¿¿Cómo???

—Pero merece la pena.

—¡Estás loco! ¿Cómo prevés que paguemos esto? Te advierto que hoy es mi día libre y no pienso fregar platos.

—Me parece increíble –Marcello me castiga con la mirada—, estás conmigo y sigues preocupándote por el dinero.

—Es lo normal, ¿no?

Él vuelve a mirarme con severidad. Como si por mi boca no hubiese salido más que un insulto.

—¿Cómo se hace en España? ¿Paga la mujer?

— Bueno, en realidad, se paga todo a medias.

— Estás de broma.

—Para nada –empiezo a reír de la cara de póker que se le ha quedado.

—En tal caso puedes relajarte. El día de hoy corre de mi cuenta.

Reprimo nuevamente la risa. Parece que Marcello continua ausente, aún molesto por algo que he dicho sin darme cuenta.

—No me extraña que las mujeres vengan aquí creyendo el mito del italiano seductor, no es que nosotros seamos seductores, es que el resto de los hombres parecen haberse extinguido como tales.

—No sabía que mi desafortunado comentario te había molestado tanto…

Doy el último sorbo a mi copa de vino caro y la dejo vacía; no es cuestión de malgastar cien euros.

—No me ha molestado tanto —admite poco después.

Ha vuelto a sonreír. Se retira el cabello colocándoselo hacia un lado y se levanta.

—Ahora debemos seguir. Solo acabamos de empezar.

Marcello empieza a hablar de la antigüedad de las iglesias, de las calles y de nombres distinguidos de personas que deberían resultarme familiares. Le escucho con atención, como si fuera un profesor dándome mi primera clase de historia.

—Así fue como Alfonso I, el Magnánimo de Aragón, reconstruyó el castillo de la plaza del municipio de acuerdo a las nuevas técnicas militares y arquitectónicas de la época.

Seguimos caminando hasta llegar al palacio Real, situado en la amplia piazza del plebiscito.

—Esto es impresionante.

—Las estatuas que decoran las paredes son importantes reyes que pasaron y dejaron su huella en Nápoles.  Todo cuanto ves, hace referencia a esas personalidades.

Asiento impresionada, y su rostro se ladea en mi dirección. Vuelve a observarme atentamente hasta que se da cuenta que unas lágrimas invasivas salen tímidamente mis ojos.

—¿Estás llorando?

Me cubro los ojos y empiezo a reír con nerviosismo.

—No.

Marcello me mira estupefacto.

—Pues menos mal. De saber que esto te gustaba tanto te hubiese propuesto entrar, pero lo cierto es que no tenemos tiempo si queremos verlo todo. Además, aún no has visto lo mejor. Vamos a comer la mejor pizza del mundo. Pizza friggitoria Di Matteo Gennaro. Te aseguro que nunca has probado nada igual.

Se me escapa la risa. Como buen italiano que es, solo piensa en comer, si me paro a pensar, es un rasgo muy masculino apreciar más la gastronomía de un lugar que las singularidades arquitectónicas.

Nos dirigimos a la pizzería friggitoria, esa de nombre extraño que ha mencionado antes, y como en la taberna anterior, el dueño parece reconocerle al instante. Se acerca a él dejando al resto de clientes a un lado y le ofrece una mesa. Pese a que el restaurante está lleno y no quedaba ningún lugar disponible, Marcello no parece tener ningún problema para hacerse con una mesa adicional que han colocado expresamente para él. El dueño me mira y al igual que Lucca, me tiende la mano para que yo ponga la mía sobre la suya. Miro a Marcello en un acto reflejo, pero su rostro no revela nada. Finalmente, me armo de valor y dejo que efectúe ese gesto tan antiguo como el mundo.  Al fin y al cabo, es algo cultural.

—Me da que hoy está haciendo muchos esfuerzos señorita Montero…

Hago una mueca y desvío el rostro.

—Aquí todo el mundo es tan amable…

—Y más les vale –me contempla sonriente.

Marcello elige la pizza por los dos. Quiere asegurarse de que pruebo la que él considera la mejor pizza del mundo y así es. En cuanto el encargado se acerca a nosotros con dos humeantes pizzas gigantes sobre unas tablas de madera redondas, las deposita sobre la mesa y yo las contemplo con admiración. Tienen champiñones, queso de cabra, beicon, queso azul, cebolla, tomate y parmesano. Pero sin duda lo mejor es la masa. Tostada en fuego de leña, ni demasiado gruesa ni demasiado fina, crujiente en el borde y algo más blanda en el interior. Sencillamente Perfecta.

—Tenías razón. Creo que en mi vida he probado algo así, y eso que he estado en otras partes de Italia, pero ninguna pizza puede igualar esta.

—¿Dónde has estado?

—En Roma –digo mientras doy un discreto mordisco a una porción—. Dos veces.

Marcello resopla.

—Roma ya no es lo que era. Ahora está demasiado acondicionada para el turismo. No obstante, todavía hay ciertos restaurantes que se salvan, claro que están algo retirados del centro.

—Supongo que como buena guiri no me alejé demasiado del centro histórico.

—Imagino… adivino que hiciste la visita completa: Colisseo, arco del triunfo, Fontanna Di Trevi, Panteón, Vaticano…

—Sí, fue más o menos así.

—Roma tiene muchos encantos, incluso lugares ocultos donde los turistas no acuden, de esta forma sigue conservando su magia y la esencia italiana.

—Sé que no has viajado mucho, pero… ¿Alguna vez has estado en España?

—No… he hecho pocos destinos europeos. De todas formas España no me llama especialmente la atención; el flamenco y los toros… dudo que eso pueda gustarme.

—¿Otra vez con los estereotipos? Creí que ya habíamos superado eso. España tiene mucho más que flamenco y toros, al igual que Roma, hay sitios que el turismo desconoce. El vino también es bueno allí y las comidas tradicionales de cada región, las playas… tiene otro tipo de encanto.

—Supongo que es cuestión de conocerlo para opinar.

—¿Dejarías que yo fuera tu guía por España?

—No.

Alzo la vista sorprendida.

—¿Por qué no?

—No lo tomes a mal pero…

—¿Pero…?

—En primer lugar sé que tu sentido de la orientación es bastante pésimo, por lo que pasaríamos la mayor parte del tiempo perdidos en cualquier cuneta hasta que hallaras la forma de regresar a casa  –me quedo boquiabierta, sin saber si enfadarme o echarme a reír—. En segundo lugar, y por primitivo que resulte, me gusta ser yo quien te lleve, quien te muestre lugares que desconoces… básicamente quién te guie. Pienso que es así como debe hacerse.

—¿Te das cuenta de que acabas de hacer un comentario machista?

—Posiblemente para ti lo sea. Aunque yo no lo veo así. Pienso que este es el orden lógico que deben seguir las cosas. Esto forma parte de una de las funciones del hombre.

Le miro con incredulidad, tiene una forma de ver el mundo tan distinta a la mía… parece muy arraigado a una tradición que yo no comparto en absoluto. No creo en los roles que se asignan a un hombre o una mujer según su sexo; lo mío es la igualdad.

—Sigo pensando que tienes una mentalidad demasiado anticuada para lo joven que eres.

—No te creas, he evolucionado con los años. Para ciertas cosas soy más abierto –murmura entre dientes para sí y una sonrisa malévola se dibuja en su rostro.

—¿Has dicho algo? –pregunto tras advertir su regocijo. Aunque lo cierto es que lo he escuchado todo.

—¿Yo? ¡Qué va! ¿Cómo está la pizza? ¿Ya no comes más?

—Está buenísima, pero creo que ya he hecho un gran esfuerzo con este último trozo. No puedo más.

Marcello aprovecha para pedir la cuenta alzando una mano.

—El postre lo tomaremos en otro lugar. Por si no lo sabes, aquí hacen los mejores pastelillos de la ciudad y sirven un café que te aseguro que no has probado en la vida.

—¡Vaya! ¡No sé si voy a poder con todo!

—¡Ya verás como sí!

Me abre la puerta del local y espera a que pase, como siempre. Le dedico una tímida sonrisa y empiezo a caminar por la plaza. Subimos una cuesta estrecha con casas a ambos lados y bajamos otra mucho más amplia donde hay incontables tiendas por todas partes, los escaparates son lo mejor, resaltan los tonos dorados, entradas iluminadas y todas provistas de un vigilante de seguridad vestido con traje negro y corbata. Es alucinante. No deja de ser un reclamo para la gente con dinero. De soslayo miro el precio de un simple vestido negro que luce un maniquí rosa, en cuanto leo algo como: preguntar por el precio en el interior, me doy cuenta de que debe ser muy caro.  Inconscientemente empiezo a sentirme casa vez más pequeña, la gente es muy diferente a la que hemos visto antes, de hecho me parece estar en el reservado vip de una exclusiva discoteca.

Sin duda este no es mi sitio. Sé cuando estoy de más y este es uno de esos momentos. A Marcello, en cambio, parece no importarle demasiado que le acompañe una chica con el pelo alborotado por el viento, el cutis limpio sin maquillar, con unos simples vaqueros y una sudadera vieja como atuendo. En cambio él no desentona en este escenario, encaja perfectamente como la pieza de un puzle, va informal, pero despierta clase por cada poro de su piel.

—Aquí es donde compro casi toda mi ropa —comenta señalando uno de los establecimientos que se me ha pasado por alto.

En plena costa amalfitana una tienda destacaba frente a las demás: Marinella.

—Me da miedo solo de pensar la ropa que debe haber ahí.

Marcello arruga el entrecejo, sin comprender mi expresión.

—Hacen básicamente ropa a medida, es una de las tiendas más elitistas. Hasta las corbatas las confeccionan individualmente para cada cliente. ¿Quieres entrar?

—No, gracias… creo que no voy vestida para la ocasión.

—¿Qué dices? ¿Es eso lo que te preocupa? Te aseguro que nadie te va a decir nada. Además, no vas mal.

Me centro en las baldosas adoquinadas, me avergüenza tener que alzar el rostro justo ahora.

—De todos modos, no me apetece.

—¡Vamos! –Me anima— ¿No te gustaría que te hicieran un vestido? ¿O comprarte algo especial en un sitio como este?

Le miro con el rostro desencajado. ¿Se ha vuelto loco?  Escenas de la película de Pretty woman revolotean por mi mente y eso no hace más que aumentar mi frustración.

—No puedo permitirme esto —le digo en tono bajo.

Marcello parece ofendido.

—¿A caso he dicho que tú tuvieras que correr con algún gasto?

—¡No podría aceptar nunca un regalo así! Es demasiado ostentoso para mí, además, no tendría ocasión para ponérmelo. No me veo sirviendo cafés con un vestido de este sitio.

Marcello deja de insistir y acepta mi excusa, aunque no parece muy convencido.

—Creo que es el momento oportuno para ir a por esos pastelillos. Te van a encantar.

—Está bien, vamos.

Recorremos unos metros y nos adentraron en una pequeña plaza rodeada por arcos de piedra. Bajo unos soportales, hay una acogedora pastelería. Todo es de color azul, blanco y rosa. En el escaparate hay pasteles ornamentados con flores comestibles, perlas, chocolate, mil hojas de merengue, panettone de muchas clases, pasteles de golosinas, con nata, frutas exóticas, crema… cualquier cosa que imagine, está ahí.

Marcello entra decidido y saluda fervientemente a la mujer que hay tras el mostrador.

—¿Cuál te gusta? –Pregunta dirigiéndose a mí.

—Pues creo que tengo un gran dilema. No sé cuál escoger…

—¿Qué te gusta? El regusto afrutado, el azúcar, los cítricos, chocolate…

—Me gusta todo en realidad. ¿Me recomiendas alguno?

La señora se adelanta a Marcello. Coge un trozo de tarta de arándanos y me la entrega.

—Prueba este. Si no te gusta te lo cambio. Aunque creo que he acertado.

Lo miro desde todos los ángulos, admirando su perfección. Luego, percibiendo la expectación de los dos, me lo llevo a la boca y le doy un pequeño mordisco.

—Mmmmm…. Esto está increíble. Tienes que probarlo –le sugiero a Marcello, que riendo escoge de la vitrina uno de merengue de limón. Es clásico hasta eligiendo pasteles.

—Antes de que os valláis, llévale esta caja de delicias turcas a tu madre. Sé que le gustan y hace tanto que no viene por aquí…

Marcello asiente y acepta gustosamente la caja. Cuando se dispone a pagar, la señora se lo impide alegando que es un regalo.

Salgo de la pastelería tan feliz como una niña, saboreando el increíble trozo de tarta que tengo entre las manos. Jamás en toda mi vida he probado algo igual.

—Pruébalo –insisto—. No puedes imaginarte lo bueno que está hasta que no lo hagas.

Él vuelve a reír. Me mira raro y mi sonrisa se apaga un poco. Se acerca, entonces yo ladeo el pastelillo y lo acerco para que lo coja. Mi sorpresa llega cuando en lugar de eso, me sujeta de la muñeca, lo hace con tal delicadeza que no roza parte alguna de mi piel. Vuelve a girar la tarta poco a poco y muerde el pastel por el mismo sitio donde yo lo he hecho antes. Me sorprende ese detalle entre nosotros, descubro entonces que Marcello no es nada escrupuloso.

—Sí, está muy bueno. Te toca.

Exhibe el suyo delate de mis narices, así que me acerco y le doy un minúsculo bocado por el lado que me ha ofrecido, que curiosamente, también es por donde él ha mordido antes.

—¡Vaya! Es súper cremoso. La textura es increíble.

—Ya te lo dije.

En cuanto termino, me alejo un poco para lanzar en una papelera cercana las servilletas con restos de pasteles que tengo entre las manos.

Miro a Marcello desde la distancia, es muy guapo. No puedo creerme que esté conociendo Nápoles junto a él. No he tenido tanta suerte en toda mi vida y además, me lo estoy pasando bien.

Me detengo a observar como el sol se ha ido alejando poco a poco y se avecina la hora de regresar a la realidad de nuestras vidas, donde como no puede ser de otra manera, estamos separados. Descubro perpleja que cuanto más tiempo paso con él, más me gusta.

Me retiro en pelo de la cara, pues una fuerte ráfaga me lo ha alborotado, él sonríe desde la distancia, en cuanto me acerco lo suficiente, habla:

—Creo que te has dejado un trozo…

Se le desata una risilla que me vuelve incómoda.

—¿Qué?

—Justo ahí —dice señalándose un punto en su barbilla.

Hago el intento de limpiarme pero él vuelve a reír.

—¿Puedo? —sugiere con esa misma diversión en sus ojos desiguales.

Me quedo muy quieta, sé que va a tocarme, por lo que mi cuerpo entero se torna rígido. Pero esta vez no digo nada. Trago saliva y me limito a observarle atentamente mientras se acerca vacilante a mí.

Alza una mano y pasa el pulgar por mi labio inferior con delicadeza. No nos quitamos ojo el uno del otro. Mi sangre se calienta bajo su contacto, pues aún no ha dejado de acariciar mi labio inferior. Como reflejo natural, mi impulsividad actúa por instinto y le muerdo el dedo con fuerza, él lo retira rápidamente sin dejar de mirarme.

Su cara expresa incredulidad. No sabe si reír o enfadarse conmigo. Yo no me atrevo a decir o hacer nada mientras le observo con mucha atención.

—Me has mordido —constata alucinado.

—Lo sé y… lo siento. Pero no… no me gusta que me toquen. Te lo dije —le recrimino con acritud.

Él asiente, pero parece confundido. Entonces alza un dedo, el mismo que antes ha recorrido mis labios y se lo lleva a la boca.

—No, no te disculpes. Ha sido interesante.

Mi rostro hace un extraño rictus. ¿Es que me he perdido algo?

—Eres un ser extraño… ¿Lo sabías?

Marcello se ríe ante mi contundente afirmación.

—¡Ni que lo digas!

El camino que emprendemos a continuación nos lleva a la terraza de una cafetería que tiene unas pequeñas mesitas en el exterior. Nos disponemos a sentarnos en una de ellas cuando me fijo en una mujer gitana que hay en la esquina. Como inducida por una magia oscura, siento la necesidad de acercarme a ella.

La gitana tiene el pelo blanco, con algunos mechones negros y lo lleva recogido en un alto moño. Viste de negro y agita una pequeña caja de madera llena de piedras con extraños símbolos tallados sobre ellas.

—Se dice que las runas pueden predecir el futuro. A cambio de unas monedas te dirá todo lo que ve.

Asiento intrigada.

—¿Puedo probar? —pregunto a Marcello con el rostro encendido.

Marcello me da su consentimiento. Y se adelanta a pagar a la gitana antes de que yo pueda sacar mi monedero del bolsillo.

La gitana me entrega las piedras.

—Agítalas y tíralas al suelo –dice al ver que esta es una experiencia nueva para mí.

Hago lo que dice. Las agito un par de veces y las arrojo al suelo frente a ella.

La gitana las estudia con atención frunciendo el ceño. Miro a Marcello que está muy concentrado y me encojo de hombros.

—Eres una chica muy fuerte, aunque no te ves así. Encontrarás tu destino en el hogar al que realmente perteneces y serás dueña de él.

Arrugo el entrecejo.

—¿A dónde pertenezco?

La gitana ríe de mi impaciencia.

—Tu vida está a punto de cambiar para siempre, lo que ahora ves –hace un gesto con la mano señalándome–, es un escudo. Falta tiempo para que empieces a ser quien estás destinada a ser. Pero tranquila, el momento llegará.

No he entendido gran cosa, es obvio que mi vida no hace más que cambiar últimamente, de hecho venir aquí ya ha supuesto un gran cambio, pero aparte de eso, dudo que haya algo más.

Antes de que me vaya, la gitana reclama a Marcello.

—Coge las piedras, muchacho –le ordena.

Marcello se niega educadamente, pero la gitana insiste.

Finalmente acepta las piedras emitiendo un largo suspiro, las agita con desgana y las lanza con pereza al suelo.

La gitana las mira.

—¿Y bien? —Pregunta inquieto.

Ella contrae el rostro y empieza a hablar muy deprisa.

—La fortuna no está de tu parte.

Marcello ladea la cabeza y frunce el ceño en señal de advertencia.

—Coja esto.

La gitana le entrega un amuleto en forma de hueso.

—No lo necesito –lo aparta con brusquedad, pero la gitana vuelve a insistir hasta que Marcello se lo lleva al bolsillo. En cuanto lo hace le dedica unas palabras en voz baja y ambos me miran, no soy capaz de descifrarlas.

—¿Qué ha dicho? –Le pregunto.

—Nada. Está loca.

No insisto, pues intuyo que este es un tema que le incomoda.

Finalmente nos sentamos en una de las mesas de la cafetería y esperamos pacientemente a que nos atiendan.

Cuando el camarero se da cuenta de a quién está haciendo esperar más de quince minutos, se disculpa nerviosamente.

—Perdón yo, yo no sabía que usted… —respira hondo y vuelve a mirar a Marcello, que le deja continuar en su disculpa— ha sido una torpeza hacerles esperar –aparta rápidamente su mirada y cierra los párpados con fuerza—. Lo lamento señor, le juro que no estaba mirándole a los ojos, yo solo…

—Vale, vale, —ríe— no hace falta que te disculpes por todo. Lo mejor que puedes hacer es traernos un par de cafés especiales de la casa.

—Sí señor. Ahora mismo.

El muchacho desaparece rápidamente, tropezando con otras mesas a su paso.

—¿Por qué la gente no puede mirarte a los ojos?

—Pueden hacerlo –admite sin dudarlo—. Pero ellos no quieren, ¡les da apuro o qué se yo! Piensan que eso me hace sentir mal.

—Supongo que a la gente le resulta difícil mirarte fijamente a los ojos porque son muy diferentes.

—No puedo remediar eso. Aunque por lo que veo no a todo el mundo le cuesta. Tú eres una de las pocas personas que me sostiene la mirada sin pestañear. ¿Por qué?

—No me das miedo.

Marcello vuelve a reír.

—¿Ni siquiera en nuestro primer encuentro?

—Bueno, ahí un poco —reconozco.

El camarero se acerca y pone una taza de café a cada uno.

—Bueno pues ya llegamos al final del recorrido. Estamos en el café Gambrinus y este es su particular café italiano.

Lo huelo, distingo algo del olor dulzón del chocolate. Sin pensárselo dos veces doy un pequeño sorbo, para saborearlo.

—¡Oh, Dios mío! Esto no es solo café. El sabor es increíble. ¿Qué tiene?

—Tiene chocolate y crema de nuez.

—¿Crema de nuez?

Mi rostro se contrae mientras empiezo a masajearme el cuello nerviosamente.

—¡No! –Grita Marcello desesperado— ¡No me digas que eres alérgica!

Ya no puedo continuar la broma, estallo en carcajadas e incluso me llevo las manos a la boca para amortiguar el sonido.

—Deberías haberte visto la cara —espeto sin parar de reír.

—No le veo la gracia por ningún sitio –rebate, molesto.

—¡Vamos! Debes admitir que ha sido una broma buenísima.

—No. No lo ha sido –responde con severidad.

Marcello me mira con reprobación y eso aumenta mis ganas de reír.

—Sigue sin ser gracioso. Deja de reírte –me ordena por enésima vez.

Al fin logro contenerme. Reprimo la risa y contemplo con detalle sus ojos claros, primero el verde y luego el azul. Ya me he acostumbrado a ese rostro asimétrico, ese aire siniestro que refleja su cara, y más cuando algo le molestaba.

—Vale, ya paro. Definitivamente no tienes sentido del humor.

Marcello paga la cuenta y apura el café de un trago.

—No te enfades, por favor… ha sido una bromita inocente.

—No es eso lo que me ha chafado el día.

—¿Qué ha sido?

—Tenemos que volver a casa.

Acabo mi café y me levanto de la silla con rapidez.

—¿Por qué esa prisa de repente?

Marcello mira hacia atrás de soslayo.

—¿Ves el hombre del polo negro? Nos lleva siguiendo desde la salida del restaurante.

—¿En serio? –miro con timidez hacia atrás.

—No temas. Lo más probable es que sea un simple espía, pero hoy no llevo escolta como has podido observar, y eso puede ser arriesgado.

—¿Tienes que ir escoltado a todas horas?

—Bienvenida a mi mundo —espeta sin ganas.

Marcello me mete prisa mientras camino. Doblamos la esquina y aceleramos el paso camino a la salida de la fortaleza.

Por suerte el coche no está demasiado lejos. Lo abre a distancia y se adelanta dando un salto para abrir rápidamente mi puerta.

—Parece que ahora nadie nos sigue –observo mirando nerviosamente desde la ventanilla.

—No, tienes razón.

Ahora es él quien empieza a reír a carcajadas.

—¡No me digas que es una broma!

Él corrobora mis sospechas sin parar de reír.

—Te has pasado de la raya.

—Bueno –se encoje de hombros–, yo también puedo gastar bromas. No tienes el monopolio.

Sonrío, me recuesto en el respaldo de cuero y miro por el cristal de mí ventanilla. Está anocheciendo y sin el sol radiante sobre Nápoles puedo observar detalladamente esa ciudad tan enigmática, de la que solo he visto menos de la mitad.

Las casas ascienden por la montaña, parecen incrustadas en ella, bañándola de colores pastel: marrón, blanco, amarillo, azul claro… Están colocados en perfecta armonía, resaltando la belleza de un lugar rústico, repleto de historia y ante todo, acogedor. Jamás hasta ahora había visto una ciudad construida hacia arriba. Bordeando el mar se puede apreciar con mayor claridad sus edificios y cuestas empinadas. Pese a haber pasado todo el día subiendo y bajando calles imposibles, no puedo negar el encanto del lugar y la sutileza de la arquitectura. Vuelvo la vista hacia la cima, no alcanzo a ver la parte más alta, pero espero poder ascender algún día y contemplar todo cuando hay bajo mis pies.

Ladeo la cabeza y ahí está Marcello, atento a la carretera, sin perder detalle. Serio. Siempre serio, aunque esta vez parece diferente. No tarda en corresponder mi mirada indiscreta y dedicarme otra de sus espléndidas sonrisas.

Hoy se está riendo mucho. Y yo también, de hecho ya casi ni me reconozco.

—¿Qué estás mirando?

—A ti –contesto sin vacilar.

—Debes estar aburrida… ¿Qué te parece el paisaje? ¿Has visto como el sol se esconde en el mar?

Este es el primer atardecer que veo en Nápoles, cómo ignorar semejante belleza.

Todo es maravilloso: el día nos ha acompañado, la comida ha sido exquisita, hemos paseado por las plazas, calles y observado monumentos históricos…  realmente no puedo pedir más. Me aparto un mechón de cabello rebelde de la cara pero vuelve a caer hacia delante, me  deshago la coleta y me revuelvo un poco el pelo antes de volver a recogerlo con la goma.

—Tienes un pelo bonito.

Me giro sorprendida, me cuesta inmensamente recibir halagos y más de alguien como él. Cuando me dice esas cosas no sé si se trata de una broma o va en serio.

—Gracias —respondo de forma rápida sin darle importancia.

—¿Quieres saber una cosa?

Asiento y vuelvo a centrar mi mirada en él.

—Habré visto esas calles millones de veces, y hasta hoy jamás lo había disfrutado del mismo modo. Me lo he pasado bien, Ingrid.

Frente a eso no sé qué decir.

—Yo también me lo he pasado muy bien —respondo con las mejillas encendidas.

—Entonces podríamos repetir.

Asiento y desvío la mirada rápidamente. Vuelvo a centrarme en el exterior, pero ha anochecido tan rápido que ya a penas veo nada.

Por un instante dejo que esas palabras que aún resuenan en mi mente me ilusionen, aunque solo sea por el placer de seguir soñando despierta.

Miro a Marcello en el momento justo en que consulta el reloj de su muñeca. Entonces lo tengo claro: Él pertenece a otro mundo, un lugar superior y yo estoy en el primer peldaño de una inmensa escalera, incapaz de ascender hasta la cima.

—Ya hemos llegado —anuncia deteniendo el coche frente a mi casa.

—Marcello… muchas gracias por todo. Ha sido, con diferencia, uno de los mejores días de mi vida.

—Para mí ha sido todo un orgullo poder guiarte.

—Antes de irme… —empiezo como quien no quiere la cosa— ¿Podría hacerte una última  pregunta?

Él asiente sorprendido.

—Todo el día de hoy… los paseos, los restaurantes…. ¿A qué se debe?

Marcello alza una ceja.

—¿Qué quieres preguntar exactamente?

—¿Te sientes culpable?¿Has hecho todo esto por un sentimiento de culpa?

Expulsa lentamente el aire por la nariz y mira hacia la nada. Sin duda es una pregunta importante, sobre todo para mí, todavía no acabo de creerme que un chico así haya sacrificado un día de su vida para estar conmigo.

—Creo que estás dándole demasiadas vueltas a la cabeza… —Marcello esboza una apretada sonrisa carente de emoción— simplemente hemos pasado un día juntos y ha estado bien. Tenía curiosidad por ver tu reacción cuando vieras por primera vez, todo lo que durante tanto tiempo te has estado perdiendo.

Asiento a su argumento.

—Bueno pues… una vez más, gracias…

—No se merecen…

Abro la puerta y la cierro tras de mí, camino rápidamente por el camino sin mirar atrás.

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