XAVI ALTA

Verónica. 9

En cuanto la arrogante chica salió del despacho, Héctor Ayala descolgó el teléfono, marcó la extensión del número 31 y ordenó a la voz que atendió “Ven aquí inmediatamente”. Le respondió una pregunta, “¿Ahora? Pero…”. “Ahora” y colgó.

Las revisiones de examen eran un episodio más de la temporada. No le agradaban tanto como impartir sus clases, pues intentaba que sus alumnos aprendieran algo más que unos conocimientos socioeconómicos con los que defenderse en la selva de asfalto, pero solía tomarlas como una prueba por la que tenía que pasar, igual como lo hacía la prole que se renovaba cada año.

Este trimestre no había habido ni más ni menos lloros que otros años, ni más ni menos reproches, ni más ni menos súplicas. Lo esperado. Pero cuando decidió suspender a Verónica Bigas, sí, la había suspendido él, supo que estaba haciendo lo correcto, pues esa chica necesitaba que alguien le parara los pies.

Se había fijado en ella hacía ya dos cursos, cuando la chica empezó la carrera y varios profesores, sobre todo hombres, hablaron de ella. Un claustro académico tiene los mismos hábitos que una tertulia de taxistas, una convención de vendedores de seguros o una charla post partido. Además del día a día del trabajo, se comentan otros temas de interés. Y esa cría no pasaba desapercibida.

Rocío Vílchez llamó a la puerta del despacho, dos toques suaves, esperó el permiso para entrar y, cuando éste se produjo, cruzó la puerta. “Ven aquí” fue la orden que oyó. Y como tantas otras veces, obedeció. Héctor, sentado en su butaca, se estaba separando ligeramente del escritorio a la vez que se desabrochaba el cinturón y los botones del pantalón. La profesora titular de Microeconomía de cuarto curso se aproximó rauda a su objetivo, arrodillándose mientras acababa de liberar su trofeo. Cuando su amante profirió “chupa puta” ella ya tenía la boca llena, saboreando el mejor caramelo que nunca había conocido. Como siempre, se esmeró, dio lo mejor de sí misma. Cada pasada de sus labios por el tronco, cada lamida al prepucio, cada gota de líquido preseminal que degustaba, la hacía sentirse más excitada. La mano de Héctor, agarrándola del cabello dorado, dirigiendo la intensidad de la mamada, obligándola a tragar más o menos carne según sus necesidades, completaba su goce.

“Más adentro, zorra, quiero sentir tu campanilla”. Estaba a punto de correrse, ella. Él todavía no, pues tenía mucho aguante, aunque esta vez lo notaba muy excitado. “Hacía tiempo que una tía no me ponía tan burro”, pensó el profesor Ayala. Y sin apenas esfuerzo, pues la señorita Bigas se había insinuado, cierto, pero él no le había dado pie a nada más. Tenía que reconocer que aquella niña era especial.

Rocío deslizó su mano derecha dentro de su pantalón de lana morado para masturbarse, pero él se lo impidió. “No te he dado permiso para tocarte, perra”. Como la ponía que le hablara así. ¡Uf!

La historia, su nueva vida, había empezado dieciséis meses atrás. Rocío Vílchez era la titular de la cátedra de Microeconomía de la Universidad. La había ganado después de opositar dos veces y haber superado un examen durísimo además de una batalla curricular con un economista mayor que ella, pero de inferior currículum.

La Profesora Vílchez se había licenciado en Ciencias Económicas y en Ciencias Matemáticas, había cursado un Master de Dirección Financiera en una universidad privada y, ante la dificultad de lograr plaza fija en una cátedra de primer nivel, había cursado un segundo Master, éste en Fiscalidad Corporativa. Entre ambos postgrados se había doctorado, cum laude, en esta misma universidad requisito que prácticamente le había otorgado la ventaja definitiva ante su oponente opositor.

Además, se había casado y había tenido tiempo para engendrar, parir y criar a dos niños, que aún no habían cumplido los diez años.

Pero allí estaba, comportándose como la más baja de las zorras, obedeciendo ciegamente a su amo, encharcada, esperando la siguiente orden.

Héctor Ayala era el guapo del claustro, el deseado, pero a ella nunca le habían llamado especialmente los guaperas, y menos si estaban tan pagados de sí mismos. Rocío siempre se había fijado más en hombres inteligentes, ese era su primer requisito, agradables, simpáticos, divertidos. Como Román, su marido. Un hombre en el que podía confiar al cien por cien, que siempre estaba y estaría a su lado, que ni era guapo ni era feo, pero que la había hecho feliz. O eso pensaba hasta que su vida cambió cuando Héctor encendió un interruptor que ella desconocía poseer.

El juego se había puesto en marcha al principio del curso anterior. Una junta de profesores que acabó en cena, ni era la primera vez ni iba a ser la última, en la que Héctor estuvo más solícito con ella que de costumbre, pues solía intercambiar con él opiniones y comentarios con la misma asiduidad que lo hacía con otros docentes. Pero aún no sabía por qué aquella noche había sido distinta.

Hacia el final de la cena se fue sintiendo acaparada por Héctor, o ella lo acaparaba a él, era incapaz de discernirlo. Pero sí podía afirmar que había algo en la mirada de ese hombre que no era normal. Era seductora, sí, intensa, también, descarada, mucho, pero sobre todo era conminativa, ineludible. Dominante. Y cuanto más tiempo compartía con él, más subyugada se sentía.

Extrañamente para ella, no ocurrió nada aquella noche. Por primera vez en su vida se vio a punto de traicionar a su marido y fue consciente de que, si Héctor lo hubiera querido, ella habría sucumbido. Pero no fue así.

No le comentó nada a Román cuando llegó a casa y lo encontró aún despierto. Pero hizo el amor con él con ansia, haciéndose perdonar un pecado de pensamiento que él desconocía. Se sintió culpable varios días, pero se sintió peor ante la indiferencia que Héctor mostró hacia ella. “Y pensar que estuve a punto de acostarme con él”. Pero esa herida la hizo más vulnerable.

Dos semanas después, la abordó en la cafetería de la facultad, repitió aquel tono autoritario y aquella mirada dominante y le pidió que aquella tarde le acompañara a una reunión del claustro. Sin saber porqué obedeció instantáneamente. Y ahora sí. Acabada la reunión le ordenó que llamara a casa avisando que llegaría en un par de horas y la llevó a su apartamento donde Rocío Vílchez, a sus 41 años, fue infiel a su pareja por primera vez en su vida. En este caso a su marido.

Desde aquel día, la catedrática sentía que su vida no le pertenecía. Se había convertido en la amante sumisa de un amo dominante que la poseía cuándo, dónde y cómo quería.

Un amo que disponía y ella obedecía. Al principio mandatos fáciles, como rasurarse completamente el pubis, no llevar ropa interior o mostrar más de la cuenta en algún lugar público en el que no podía ser reconocida. Le costó acostumbrarse a las eyaculaciones en la cara o en la boca, a reprimir las arcadas cada vez que le ordenaba tragarse su semen, o al sexo anal, algo que nunca se había planteado hacer y que Héctor adoraba.

Lo más duro, aunque a la vez fuera el juego más excitante en el que hubiera participado en su vida, eran las órdenes a distancia, como él las llamaba. “Al llegar a casa enciérrate en el baño y mastúrbate pensando en lo que hemos hecho”, “hoy darás las clases con las bolas chinas puestas y en cada cambio de clase, ve al lavabo y chúpalas”, “ponte este vibrador hasta mañana por la tarde y actívalo durante cinco minutos cada hora en punto”.

Pero había una orden por encima de las demás que a su vez era la más difícil de cumplir: “no te corras”.

Héctor podía mantenerla en un estado permanente de excitación, rayando el orgasmo, durante horas al principio, durante días a medida que fueron pasando los meses. Era entonces cuando hacía con ella lo que quería. Nuevas órdenes, nuevos juegos, cualquier aberración que el amo inventaba era un nuevo paso en su sometimiento. No comprendía cómo ni por qué, tampoco se lo cuestionaba, pero la palabra sumisión se había convertido para ella en el sinónimo exacto del término placer.

Cuando él se lo permitía, le daba permiso, Rocío llegaba a orgasmos devastadores, clímax en los que sentía una explosión en cada terminación nerviosa de su cuerpo, como se desgarraban sus entrañas, como su mente flotaba e incluso había llegado a perder la consciencia.

La peor parte se la llevaba Román. Pobre, ni sabía ni intuía nada. Ni siquiera cuando la orden de Héctor había sido “no le atiendas, que se mate a pajas”. Y ella había obedecido, como esta vez que ya hacía 5 semanas que su marido recibía evasivas y excusas.

Rocío se sentía mal. Pero una mirada de Héctor era suficiente para desencadenar el torrente en su interior.

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