TANATOS12

Capítulo 31

A la mañana siguiente desayunábamos en el hotel, esta vez con compañía; por casualidad habíamos conocido a un matrimonio de españoles que llevaban una ruta similar a la nuestra, yendo además, no solo cargados con maletas, si no con un niño y una niña realmente pequeños, de unos cuatro y ocho años. Yo hablaba con los adultos mientras María interactuaba con los niños, sobre todo con el más pequeño, y por el rabillo del ojo veía a la María adorable de siempre, no al horror con el que había soñado.

Básicamente les estaba tomando el pelo con un juego que se había acabado de inventar, pero el niño pequeño se moría de risa y, al hacerlo, María se tomaba la licencia de hacerle cosquillas en la barriga, haciendo ya con eso que él se desternillara. Cuando veía a mi novia así, me daba cuenta de lo que tenía y de la locura en que la había metido, y recordaba lo felices que éramos antes de aquel dichoso juego que nos estaba llevando a unos límites cada vez más peligrosos. Aunque en aquellos momentos pensara con la cabeza y me dijera a mi mismo de cortar todo, de dejar todo aquello de las fantasías, los cuernos… el exhibicionismo… sabía que, primero, en el fondo no quería dejarlo y, segundo, sabía que ya no había vuelta atrás, que nunca volvería ser igual.

Nos despedimos de ellos y volví a pensar lo que había pensado cuando habíamos estado por los pueblos de la casa rural, y es que esa pareja no se podría ni imaginar que tan solo diez o doce horas antes María se estaba besando con un desconocido, que de milagro no se la había follado… que de casualidad no estaríamos en aquel momento desayunando, si no ambos en la cama y ella contándome lo que había hecho con él. La miraba despidiéndose de los niños, en vaqueros, camisa rosa y jersey blanco de lana tremendamente holgado, y pensaba que si le dijeran a esa pareja lo que había hecho María la noche anterior no se lo podrían creer.

Reanudamos el viaje en carretera. Nos esperaba un largo camino hacia un Parque Nacional y yo no sabía cómo íbamos a fingir durante todo ese tiempo que no había pasado nada. Pero cómo sacar el tema… Los dos disimulábamos que todo estaba bien, pero los silencios eran tremendamente incómodos.

Tan desesperado llegué a estar en uno de aquellos vacíos en nuestras conversaciones que, sin pensar, dije:

—¿Y Álvaro? ¿Te ha escrito al final?

—Sí. Bastante.

—¿Ah sí? —pregunté sorprendido— ¿Y?

—No lo he mirado. No quiero que vea que lo he leído. Ya me estará pidiendo la dichosa foto.

Eso fue lo único relacionado con nuestro caos sexual. Nada de lo del hombre de la noche anterior. Nada de sus palabras sobre aquel arnés insuficiente. Nada más de Álvaro. Por supuesto nada de Edu.

Llegamos a nuestro destino. En pleno atardecer. Las vistas de aquellas estructuras geológicas… los desfiladeros… el tono rojizo… era absolutamente espectacular. Uno de los sitios más impactantes que había visitado. Nos quedamos en silencio un largo rato, pero esta vez el silencio no era perturbador, si no casi lo contrario. Estábamos maravillados y yo no podía desear estar con otra persona… vivir aquello con María me llenaba aun más. Estaba en el sitio exacto con la persona exacta, incluso soñada.

María inhaló aire, con profundidad, en un largo recorrido, cerró los ojos, y dejó que una suave brisa acariciara su rostro. Yo miraba su cara, su belleza, su paz… sentada a mi lado. Abrió los ojos y me miró, riéndose de que la estuviera mirando.

Nos quedamos callados. No se escuchaba absolutamente nada. Y fue ella la valiente:

—Bueno… ¿No me vas a preguntar nada más de lo de ayer?

El momento tenía que llegar. Su tono fue dócil. Parecía querer simplemente poner las cartas sobre la mesa. Los dos lo queríamos. Aunque yo prefería que hablara ella.

—No sé… cuéntame lo que tú quieras —respondí.

Se hizo otro silencio. De golpe nos costaba buscarnos con la mirada.

—A ver… —volvió a lanzarse— sé que tenemos un lío importante… que… esto no es nada normal… pero sea lo que sea, el problema, sé que… eso, que lo acabaremos solucionando.

María no parecía esperanzada, si no segura, totalmente segura. Lo decía además con sobriedad. Y como si aquella frase la hubiera estado ensayando en su cabeza.

Se hizo otro silencio que María rompió acabando de alegrarme:

—No sé, lo acabaremos solucionando. No sé si en una semana, en tres semanas, o en tres años, pero lo acabaremos solucionando.

Aquel “o en tres años” se convirtió, de golpe, en lo más valioso que había escuchado en toda mi vida.

No pude evitar sonreír. Sin querer.

A pesar de aquella alegría inmensa y repentina, mi subconsciente se quiso meter inmediatamente en un jardín del que no sabía si saldría bien parado:

—No sé si tiene solución todo… María. A ver, igual sí, pero…

—¿Pero qué? —me interrumpió— Nada será tan grave que no tenga arreglo.

—Pues… —dije dudando si echarme atrás— esto… lo de la excitación o… vamos…

—¿Qué? —preguntó ansiosa.

—Pues eso… que… si yo no te excito… no te pongo… puede que tenga difícil solución.

—Eso no es así y lo sabes —replicó casi sin dejarme acabar la frase.

En ese momento escuchamos a un grupo bastante numeroso de gente, turistas, que se acercaban a nuestro rincón privado. Pero María ni volteó la cabeza para mirar. Prosiguió:

—Es más, ayer… me pusiste… muchísimo.

—¿Ayer? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Pues… una vez que me miraste, cuando yo me besaba con él.

—Si casi ni me miraste en toda la noche —dije, sin intención de hacer un reproche, pero sin duda aquello sonaba a exactamente eso.

—Sí, alguna vez te vi como me mirabas después de besarme con él… Y me pusiste…

—¿Te puse yo o te puso que te mirara?

—Es lo mismo.

—No, no es lo mismo —dije.

—Sí, porque si me hubiera mirado otro no me habría puesto ni la mitad. Entonces sí que es por ti.

—¿Y por qué te puso? —pregunté sin tenerlas todas conmigo.

—Pues porque… vi… no sé… es difícil de explicar.

—Inténtalo…

—Pues… a ver… porque al mirarme… la forma, no sé. Mira… diría que fue porque me juzgaste.

—¿Te juzgué? —respondí sorprendido y de forma automática.

—Sí. Me juzgaste. Me miraste y…

—¿Qué?

—Pues que esa mirada estaba diciendo… vamos… que me llamaste guarra con la mirada, básicamente.

A María le estaba dando algo de vergüenza contarlo, y a mi escucharlo, y no dejaba de sorprenderme que después de todo lo vivido aun nos diera corte hablar de esas cosas.

—¿Y eso te puso? —pregunté, algo reconfortado.

—Sí, me puso. Mucho. Es más… creo que gran parte de… de lo… excitada que me puse, o de lo que me ponía besarme con él… era por esas miradas. Que el hombre era atractivo… sí… pero ese punto de… de… pecaminoso… —dijo nerviosa y pronunciado yo creo esa palabra por primera vez en su vida— pues… lo daba que me mirases.

—¿Y cómo es que te besó? —pregunté, cuando yo lo que quería preguntar realmente era que cómo es que todo había sido tan aparentemente sencillo.

—No sé… Me cogió por sorpresa. Tenía mucha labia… ¿y acaso no crees que está permanentemente en mi cabeza que tú quieres que yo haga cosas con otros? Eso al final… pues… suma, no sé cómo decirlo. Y que… después de besarme viera tu cara…

—¿Cara de qué? —pregunté curioso, sin ninguna acritud.

—Pues… de lo que te decía antes… de juzgarme. Me estabas llamando guarra con la mirada… y creo que… Mira, creo sinceramente que sin esa mirada la cosa hubiera quedado en tres besos.

—¿Y por qué no te fuiste con él? —pregunté sin estar realmente seguro de su última afirmación.

—¿Irme con él? Mira, si te digo la verdad no recuerdo para nada que te habré dicho anoche, al llegar. Estaba bastante borracha y ni sé lo que dije. Además en esas fantasías que nos contamos… cuando… estamos en plena faena… o no sé como decirlo… nos decimos muchas cosas, que, al menos por mi parte, no son una verdad… como pueda ser… —Notaba como María se estaba liando— como ahora, no sé. Que lo de Edu fue una locura. Una gilipollez. Pero que eso no volverá a pasar. Que que me bese… es… parte del juego, pero ni de broma sería capaz de volver a hacer lo que hice, de llegar hasta el final.

No podía negar que me sorprendía lo que me decía. Que si eso era cierto eso supondría que María estaba en un punto mucho más lejano al mío de lo que yo pensaba. Se me ocurrían mil preguntas, pero no era capaz de hacerle ninguna.

Afortunadamente aquella marea humana de gente acabó alejándose un poco y aunque se les escuchaba a lo lejos, manteníamos casi intacta nuestra intimidad. Nos quedamos un rato en silencio y acabé por sentarme detrás de ella, abriendo las piernas y dejando que su espalda se recostara sobre mi pecho. La puesta de sol era indescriptible, perfecta. No tan perfecta era la piedra donde me sentaba, que me hacía tener que recolocarme un poco de cuando en cuando.

Comencé a acariciar su pelo. Ella cerró los ojos y besé sus mejillas. Su piel, así, al aire libre, en aquel entorno, refrescada por aquella brisa, me parecía más suave que nunca. Yo llevaba sutilmente su melena a un lado y a otro de su cabeza… despejando la nuca y su cuello… que acababa besando… provocando en ella un ronroneo de gusto y agradecimiento. No me cansaba nunca de besar aquellas mejillas, aquel cuello y de enredar mis manos en su pelo…

María acabó por recostar su cabeza sobre mi hombro, su cara tan cerca de la mía era una invitación irrechazable… mis labios se juntaron con los suyos. Su boca se abrió y nuestras lenguas jugaron lentamente… Cuando me quise dar cuenta ya no nos besábamos, pero yo colaba mis manos por su torso, bajo su jersey y su camisa… acariciaba su abdomen y su sujetador, mientras la seguía besando en el cuello, en las mejillas y soplaba levemente en su oreja para hacerla estremecer.

—¿Sabes qué? —gimoteo ella, mimosa, dejándose hacer.

—¿Qué?

—Que… hablando de lo que decías antes de que no me pones…

—Sí…

—Pues que… no hace mucho… recordé algo, de ti, y… me puso… mucho.

—¿Qué…? —pregunté en un susurro en su oído, mientras mis manos sostenían las copas de su sujetador, cada una con una mano, notando en las yemas de mis dedos el encaje de un sujetador elegante y sutil, pero a la vez necesariamente contundente.

—Pues… es que… odio recordar nada… que tenga que ver con Edu… porque es un gilipollas… y no quería decírtelo… pero, es que, cuando tú, te… pones muy guarro, me pone mucho… y el día de Edu… que por muchos motivos no quiero ni recordarlo… hiciste algo tan…

—¿Guarro? —pregunté.

—Sí… —dijo ella y se incorporó un poco, despegando su espalda de mi pecho, y se llevó las manos a la espalda, bajo su jersey y camisa, y maniobró a la altura de la mitad de su espalda, para soltarse el cierre del sujetador. Tras hacerlo se volvió a recostar sobre mí. Volví a llevar mis manos bajo su ropa, a su torso, a su piel. Primero en su cintura, después en su abdomen y después llegué a las copas de un sujetador que se sentía suelto, liberado. Pero más liberados quedaron sus pechos que noté como fluyeron hacia los lados de su torso, ocupando mucho más espacio bajo su ropa que antes.

Besaba su cuello mientras mis manos fueron colándose bajo unas copas que ya no contenían nada y me dejaban vía libre para que cada una de mis manos aplacara cada una de aquellas tetas que yo quería volver a juntar, como si mis manos fueran su nuevo sujetador. Las noté algo frías y sus pezones duros… lo cierto era que teníamos los dos algo de frío; el tacto de sus tetas y la dureza de sus pezones en la palma de mis manos me volvía loco. Y loco me ponía también no ser prácticamente capaz de abarcar cada teta con cada mano… Aquella complexión mediana y aquel jersey de lana grueso ocultaban un pecho precioso y voluptuoso que yo, cada vez que acariciaba, sentía que acariciaba por primera vez.

—¿Y qué fue eso tan guarro? —pregunté expectante, de nuevo en su oído, mientras masajeaba con delicadeza extrema sus pechos bajo la ropa.

—Pues… al final… recuerdas que él… bueno, que estaba encima de mí, y tú a mi lado… y que él, bueno, eso, que… eyaculó… sobre mí…

—Sí.

—Pues eso… que… eso, que se corrió sobre mi barriga y bueno, también… entre mis piernas, digamos…

—Sí…

—Y que después tú… quisiste, pues, comerme ahí abajo… y claro, estaba… manchado por él…

Me quedé callado, esperando que ella detallase más, pero no lo hizo, así que acabé por preguntar:

—¿Y te puso eso? — soplé en su oído… besándola en el cuello, y conteniendo unas tetas que parecía que crecían en mis manos, haciéndose incontenibles.

—Sí… me pone… recordarlo… es que es… tan guarro… que, me comas ahí… lamiendo también lo que él echó sobre mí…

—Ya…

—Es súper guarro, Pablo… fue… súper guarro… —dijo para sí misma.

Durante unos instantes yo disfruté de sus tetas y ella disfrutó de mis manos. Los dos con los ojos cerrados. Quería solo sentir, no pensar, pero no podía evitar darle vueltas a que aquello pudiera ser el principio de algo, una rendija de luz. Que yo, o lo que hiciera yo, le pudiera dar morbo en algunos contextos desde luego sonaba mejor que mi idea de que yo ya no le atraía nada y en ningún momento.

Las sorpresas que me daría María en aquel anochecer no acabarían ahí. Tras maldecir que llevara aquellos vaqueros ajustados por lo que me obligaba a descartar maniobrar más abajo, y ella acabar por abrocharse de nuevo el sujetador… me dijo:

—Pablo, voy a hacer la cosa menos romántica del mundo, pero no me aguanto más, es que te juro que me da la risa.

Yo no entendía nada y María se separaba un poco de mí. Ahora nos mirábamos a la cara, y yo la miraba con cara de precisamente eso, de no entender nada.

—Te vi una sospechosa caja pequeña en la maleta… —dijo riendo por dentro, no por fuera, quizás para que no me molestara, y yo no era capaz de reaccionar— Te la vi hace unos días… ¿Creí que me lo pedirías hoy aquí…? —sonrió, guapísima, diciéndome con cada sonrisa que todo era un “sí”.

Yo, inmensamente feliz, pero contenido, haciéndome el indignado, le dije:

—Pues la verdad que en San Francisco iba a ser…

—Pues como no iba a ser capaz de fingir sorpresa después de habértelo visto… ¿qué te parece si te lo pido yo aquí? —dijo poniéndose de pie.

—Tú misma —dije, más feliz que en toda mi vida.

—¿Te casas conmigo? —preguntó solemne, pero graciosa, casi hasta payasa.

—¿No te vas a arrodillar? —pregunté vacilón y encandilado.

—¿¡Sí o no!? —preguntó radiante, obligándome con su vitalidad y su alegría a ponerme yo también de pie, y dándome el mejor abrazo que jamás pensé que me daría nunca con nadie.

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