XAVI ALTA

Yolanda. 9

Hacía cuatro días que Sergio no le dirigía la palabra. Ni siquiera en la mesa, cenando en familia, por más que ella lo retara o le obligara con interpelaciones tan agresivas como ¿me pasas la sal, por favor? Su hermano la tomaba de la mesa, se la tendía y seguía a lo suyo.

Hasta esa noche en que se había hartado de él. Entró sin llamar. No era la primera vez, pero desde aquella ocasión en que lo había pillado mirando algo íntimo en su portátil, prefería avisar antes de atravesar la puerta de su habitación. No lo hizo esta vez, prefirió entrar marcando territorio, violentamente, agresivamente. Me vas a escuchar como que me llamo Yolanda.

Tardó media hora en abandonar aquellas cuatro paredes forradas de grupos musicales, orgullosamente erguida, con la cabeza aturullada, los ojos anegados y la palma de la mano derecha dolorosamente caliente.

Sergio no entraba en razones ni pensaba hacerlo. No lo dijo con esas palabras, pero el grupo era suyo. También de July, innegablemente, pero era suyo. Ni Adán ni ella tenían ningún derecho a mangonearlo, mancillarlo, desvirtuarlo y, mucho menos, quitárselo. La gota que colmó el vaso, que enrabietó a la chica hasta niveles impensables, fue la injusta e irascible sentencia del líder de la banda: Sin mí no sois nada.

Acabose. El plas sonó atronador a oídos de Yoli, desconcertantemente violento a ojos de Sergio. La puta niñata le había cruzado la cara. ¡Qué coño se había creído! Pero no tuvo tiempo de responder, pues la chica salió de su cuarto sin prisa, pero sin pausa.

Sentada en su cama, se miró la mano, roja a rabiar, reflejo físico de la bofetada que le había dado a su hermano, testigo psíquico de su estado de ánimo. El muy idiota era capaz de mandarlo todo a rodar solamente por salvaguardar su orgullo. Tal vez necesitaba tiempo, pensó, pero sabía que Sergio no es de los que olvidan, ni ella lo tenía.

Llamó a July para desahogarse, buscando el apoyo de la otra pared maestra del edificio, pero no lo encontró. Dios, todo salía mal. Sosteniendo aún el teléfono pensó en llamar a Adán, pero no se atrevió. ¿Qué el hubiera dicho? Le he cruzado la cara a mi hermano para defenderte, no era cierto; pon tú un poco de tu parte, lo estaba haciendo. Mejor no llamarle.

Se dejó caer sobre el colchón, de lado, abrazando la almohada con todas sus fuerzas, tratando de mitigar lágrimas de rabia aderezadas con toneladas de tristeza. Su futuro se le escapaba de las manos, su futuro se iba a la mierda.

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