ANNABEL VÁZQUEZ

Monic espera a que su hijo baje de la habitación. Le observa atentamente mientras abre la nevera, se sirve un vaso de leche, le da un rápido beso en la mejilla y se sienta en el taburete de la isla junto a ella.

—¿Has dormido bien? —Pregunta en tono condescendiente.

—Muy bien —Marcello entorna la mirada tímidamente, no puede ocultarle nada a su madre, es demasiado astuta.

Monic alza una perfecta ceja perfilada y le coge el rostro sin compasión, lo ladea de derecha a izquierda y luego lo coloca frente a ella. Se acerca para estudiar sus ojos con atención.

—Ni se te ocurra engañarme —le advierte  en tono serio.

Ella le suelta el rostro y abre el diario que descansa doblado al medio sobre la mesa. De su interior extrae un sobre marrón.

—Hay algo que deberías saber —le dice entregándole el sobre abierto por un lado.

—¿Qué es esto?

Esto es en lo que te estás metiendo. ¡Vamos! Échale un vistazo, te aseguro que no tiene desperdicio…

Marcello suspira fuerte. Su madre le presiona sin dejar de mirarle mientras lo abre y revisa su contenido poco a poco.

Su boca se destensa. Lee los papeles sin comprender, observa las escalofriantes fotografías y luego vuelve a mirar el rosto impasible de su madre.

—¿Qué es todo esto? —Pregunta dominado por la confusión.

—Sigue mirando, tómate tu tiempo.

Marcello regresa a los papeles, les da la vuelta, vuelve a leer las palabras subrayadas en negrita sin dar crédito, hasta que al final, llega al nombre al que pertenece ese informe: Ingrid Montero Villa.

—¿Esto es… cierto?

—Me temo que sí —responde Monic con entereza—. Ahora que lo sabes, piensa bien lo que estás haciendo, aunque me temo que sería más prudente que no te metieras en esto. Alguien puede salir herido.

—Pero… Yo creí que… No sabía que él estaba en la cárcel por eso… me resulta tan… —Se sujeta la cabeza con desesperación mientras regresa a las fotografía, en todas aparece la misma niña, desnutrida y pálida, repleta de arañazos, moratones y cicatrices. Marcello no entiende por qué hay tanta sangre en su cuerpo. Es incapaz de comprender como un padre puede hacer eso a su propia hija— Esto no… –suspira—, no sé qué decir, me he quedado sin palabras.

—Ahora que lo sabes todo ¿qué vas a hacer?

—¿A qué te refieres?

—Supongo que vas a poner más distancia entre ambos —su madre le contempla desafiante.

—¿Por qué debería hacer eso? Ella es inocente. Además, prácticamente ni nos vemos.

—Eso no lo sé –su madre le contempla escéptica–. ¿Estás seguro, Marcello? ¿Seguro que no hay nada más entre vosotros?

—¡Claro! —Se levanta enérgicamente del taburete— ¡Por Dios, mamá, solo es una chica! No es para nada lo que piensas, te lo aseguro. Ni siquiera me atrae.

Traga saliva. Sabe que esas últimas palabras no son del todo ciertas, pero de algo está completamente seguro: Ingrid no es el tipo de mujer por el que podría llegar a perder la cabeza.

—Eso espero –sentencia Monic levantándose de su silla.

Con movimientos elegantes se aleja de la cocina un poco más tranquila, convencida de que esa información hará que su hijo tome la decisión correcta.

Una vez a solas, Marcello traga saliva. Se sienta y vuelve a mirar los documentos. Un escalofrío le atraviesa el cuerpo mientras estudia esas imágenes que ahora despejan muchas de sus dudas. El corazón se le encoge, siente que se ahoga, la pena le asalta haciéndole flaquear; jamás imaginó que Ingrid pudiera esconder tantos secretos.

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